Pienso que
las IAs destruirán muchos libros, oficios y carreras profesionales
Por Bruno Perera
Si pensamos en la antigua Biblioteca de
Alejandría, considerada uno de los grandes centros del saber de la Antigüedad,
podemos comprender la importancia que tiene conservar los conocimientos
acumulados por la humanidad. Su historia ha quedado asociada a la pérdida de
innumerables obras antiguas, aunque su destrucción no fue un único incendio,
sino un proceso histórico complejo a lo largo de varios siglos.
Hoy nos encontramos ante una situación que,
aunque muy diferente, podría tener consecuencias igualmente profundas para el
futuro del conocimiento humano. Me refiero a la aparición y expansión de las
inteligencias artificiales (IAs), unas herramientas capaces de proporcionar en
segundos información que antes obligaba a muchas personas a consultar libros, enciclopedias,
manuales y otros documentos, o a pagar a profesionales para obtener
determinadas respuestas.
¿Podría suceder que, mientras las IAs acumulan y
distribuyen conocimientos, la humanidad deje de escribir, comprar y conservar
muchos de los libros que durante siglos han servido para transmitirlos?
Esta es una pregunta que merece ser meditada.
De las
bibliotecas a las respuestas instantáneas
Durante siglos, los libros han sido una de las
principales herramientas utilizadas por la humanidad para transmitir
conocimientos de una generación a otra. Quien deseaba aprender un idioma,
estudiar matemáticas, conocer las leyes, diseñar una máquina, construir una
vivienda o comprender el funcionamiento de una industria debía recurrir a
libros, acudir a una institución educativa o buscar a alguien que dominara esa
materia.
Posteriormente, con la llegada de Internet, se
facilitó enormemente el acceso a la información. Sin embargo, todavía era
necesario buscar páginas, comparar documentos, leer artículos y dedicar tiempo
a seleccionar aquello que resultaba útil.
Con las IAs se ha producido un cambio
considerable. Ahora una persona puede formular una pregunta y recibir una
explicación adaptada a sus necesidades en cuestión de segundos. Puede solicitar
una traducción, pedir que le redacten una carta, consultar una fórmula
matemática, comprender un concepto jurídico general o recibir orientación para
resolver un problema técnico.
Y todo ello, en muchos casos, sin pagar nada.
Es lógico pensar que una parte de los lectores que
antes compraban libros para adquirir determinados conocimientos prefiera ahora
recurrir a una IA. ¿Para qué comprar un manual de cientos de páginas si una
herramienta digital puede resumir sus principales conceptos y explicar las
dudas que surjan durante la lectura?
Esta comodidad representa un avance
extraordinario, pero también puede convertirse en un problema para quienes
viven de escribir, editar, imprimir, distribuir y vender libros.
¿Qué ocurrirá
con los escritores y las editoriales?
Imaginemos a un autor que dedica meses o años a
escribir un libro sobre traducción, arquitectura, ingeniería, historia,
economía o matemáticas. Después de terminarlo, debe buscar una editorial,
asumir determinados gastos o invertir tiempo y dinero en promocionarlo, con la
esperanza de que los lectores lo compren.
Sin embargo, cuando un usuario puede obtener
gratuitamente una explicación sobre ese mismo tema, es posible que decida no
adquirir la obra.
Esto no significa que todos los libros vayan a
desaparecer ni que las IAs puedan sustituir por completo a sus autores. Una
obra literaria, una investigación original, una biografía bien documentada o un
libro que transmita la experiencia personal de su autor pueden ofrecer mucho
más que una simple recopilación de información.
Pero existe un riesgo económico evidente: si
disminuye la demanda de determinados libros, algunos escritores podrían perder
ingresos, ciertas editoriales podrían dejar de publicar obras especializadas y
las librerías podrían verse obligadas a reducir su oferta.
También podrían verse perjudicados los
traductores, correctores, ilustradores, diseñadores gráficos y otros
profesionales relacionados con la producción editorial.
El problema no consiste únicamente en que se
vendan menos libros. La cuestión es qué ocurrirá con la producción de nuevos
conocimientos si quienes dedican su vida a investigarlos y divulgarlos dejan de
encontrar una remuneración suficiente por su trabajo.
Los oficios y
las carreras profesionales también están en peligro
La influencia de las IAs no se limita al mundo
editorial. Sus efectos pueden extenderse a numerosas profesiones y actividades
económicas.
En traducción, por ejemplo, ya existen
herramientas capaces de traducir textos en pocos segundos. En redacción, pueden
preparar artículos, informes y cartas. En matemáticas, ayudan a resolver
ejercicios y explicar procedimientos. En diseño, generan imágenes y propuestas
visuales. En programación, escriben y revisan código. En administración,
automatizan tareas que antes exigían horas de trabajo humano.
Incluso en determinadas actividades relacionadas
con la arquitectura, la ingeniería, el asesoramiento jurídico y la
contabilidad, las IAs pueden realizar parte del trabajo que anteriormente
correspondía a profesionales especializados.
Esto no significa que puedan asumir sin
supervisión todas las responsabilidades de esas profesiones. Una respuesta
jurídica puede ser incorrecta, un cálculo de ingeniería puede contener errores
y una explicación médica puede resultar incompleta. Por ello, la experiencia
humana, la comprobación de los datos y la responsabilidad profesional continúan
siendo fundamentales.
No obstante, aunque las IAs no eliminen por
completo una profesión, sí podrían reducir la cantidad de trabajadores
necesarios para realizar ciertas tareas. Y cuando una empresa descubre que
puede producir lo mismo con menos personal, es razonable pensar que intentará
aprovechar esa ventaja para reducir costes.
Por tanto, no solo debemos preguntarnos cuántos
libros dejarán de venderse, sino también cuántos puestos de trabajo podrían
desaparecer, transformarse o quedar reservados a quienes sepan utilizar estas
nuevas herramientas.
El peligro de
que dejemos de aprender por nosotros mismos
Existe otro aspecto que considero especialmente
importante.
Una cosa es utilizar una IA para ampliar nuestros
conocimientos y otra muy diferente es acostumbrarnos a preguntarle todo sin
realizar ningún esfuerzo por comprender las respuestas.
Leer un libro exige concentración, paciencia y
capacidad para relacionar unas ideas con otras. Nos obliga a detenernos,
reflexionar, comparar argumentos y, en ocasiones, discrepar con el autor. Ese
proceso puede contribuir a desarrollar el pensamiento crítico y la capacidad de
análisis.
En cambio, si nos limitamos a formular preguntas
y aceptar automáticamente las respuestas de una IA, corremos el riesgo de
convertirnos en personas dependientes de una herramienta cuyo funcionamiento no
comprendemos completamente.
Además, las IAs pueden equivocarse, presentar
información desactualizada o transmitir afirmaciones que parecen ciertas sin
serlo. Si perdemos la costumbre de consultar fuentes independientes y
contrastar los datos, podríamos acabar aceptando errores como si fueran
verdades.
El verdadero conocimiento no consiste únicamente
en recibir información. También consiste en saber interpretarla, comprobarla y
utilizarla correctamente.
Por eso, considero que las escuelas, los
institutos y las universidades deberían enseñar a utilizar las IAs, pero sin
abandonar la lectura, la escritura, las matemáticas ni el aprendizaje de los
fundamentos de cada materia. Una persona que comprende aquello que hace puede
aprovechar mejor una herramienta inteligente que otra que se limita a copiar
sus resultados.
¿Podrían las
bibliotecas convertirse en las memorias de las IAs?
Aquí llegamos a una de las cuestiones que más me
preocupan.
Si en el futuro una parte importante de la
población deja de comprar libros porque obtiene respuestas a través de las IAs,
podría disminuir el incentivo económico para escribir y publicar determinadas
obras. Con el tiempo, algunas editoriales cerrarían, ciertos títulos dejarían
de reeditarse y numerosos conocimientos podrían quedar dispersos en archivos
digitales difíciles de localizar.
Mientras tanto, las IAs continuarían ofreciendo
respuestas a millones de personas, dando la impresión de que todo el
conocimiento está permanentemente disponible.
Pero ¿qué sucedería si una empresa cerrara sus
servicios, una plataforma perdiera sus archivos, un sistema dejara de funcionar
o una crisis tecnológica interrumpiera el acceso a sus datos?
No es necesario imaginar que todas las IAs
desaparezcan de un día para otro para comprender el peligro. Bastaría con que
una parte importante del conocimiento estuviera concentrada en unos pocos
sistemas privados, inaccesibles para el público o dependientes de
infraestructuras que dejaran de funcionar.
No obstante, hay una diferencia importante
respecto a la antigua Biblioteca de Alejandría: hoy disponemos de libros
impresos, bibliotecas públicas, archivos nacionales, universidades, bases de
datos y copias digitales distribuidas por numerosos lugares. La desaparición de
una IA no borraría automáticamente todos los libros ni todos los conocimientos
existentes.
El riesgo aparecería si, confiados en que las
máquinas siempre nos proporcionarán las respuestas, dejáramos de conservar
adecuadamente las fuentes originales de las que procede una parte de ese
conocimiento.
Por eso, las bibliotecas físicas y digitales, los
archivos públicos y la conservación de documentos deben seguir desempeñando un
papel esencial. El saber humano no debería depender exclusivamente de la
memoria de una máquina ni de la voluntad de una empresa.
¿Quién será
dueño del conocimiento en el futuro?
También debemos considerar el poder económico que
podría concentrarse en las empresas que desarrollan y controlan las IAs más
avanzadas.
Un libro puede comprarse, prestarse, conservarse
durante décadas y consultarse sin necesidad de conectarse a un servicio
digital. Una IA comercial, en cambio, puede depender de una suscripción, de una
conexión a Internet, de las condiciones de uso de una compañía o de decisiones
empresariales que el usuario no controla.
Hoy algunas herramientas ofrecen acceso gratuito,
pero nada garantiza que todas sus prestaciones continúen siendo gratuitas en el
futuro. Las empresas necesitan financiar sus infraestructuras, pagar a sus
trabajadores y obtener ingresos.
Podría darse la paradoja de que, después de acostumbrarnos
a consultar gratuitamente conocimientos que antes comprábamos en libros,
termináramos dependiendo de servicios de pago para acceder a determinadas
respuestas.
Y si, al mismo tiempo, se redujera la producción
de libros independientes, los ciudadanos podrían encontrarse con menos
alternativas para consultar información fuera de esas plataformas.
Por eso considero necesario fomentar la
conservación pública del conocimiento, las bibliotecas abiertas, los archivos
accesibles y la publicación de obras que puedan consultarse sin depender de una
única empresa.
¿Desaparecerán
los libros?
Personalmente, no creo que los libros
desaparezcan por completo. Siempre habrá personas que disfruten leyendo
novelas, investigando la historia, estudiando una materia en profundidad o
conservando una obra que consideren importante.
También continuarán existiendo libros escolares,
universitarios, científicos, técnicos y especializados. Es posible, sin
embargo, que cambie su función y que algunas categorías pierdan una parte
importante de sus lectores y compradores.
Quizá en el futuro se vendan menos manuales
destinados exclusivamente a responder preguntas sencillas, mientras que ganen
importancia las obras que ofrezcan investigaciones originales, experiencias
profesionales, explicaciones profundas y conocimientos difíciles de sustituir
mediante una respuesta breve.
El problema es que todavía no sabemos hasta dónde
llegará esta transformación. Lo que sí parece razonable es esperar cambios
importantes en el mercado editorial y en las profesiones vinculadas a la
producción y transmisión del conocimiento.
La sociedad tendrá que encontrar nuevas formas de
remunerar a quienes investigan, escriben y crean, sin impedir que los
ciudadanos puedan beneficiarse de las ventajas de las nuevas tecnologías.
Mi reflexión
final
La humanidad ha tardado miles de años en acumular
el conocimiento que hoy nos permite construir ciudades, desarrollar
medicamentos, fabricar máquinas, explorar el espacio y comprender buena parte
del universo. Ese conocimiento no apareció de la nada: fue el resultado del
esfuerzo de incontables generaciones de personas que observaron,
experimentaron, investigaron, escribieron y transmitieron sus descubrimientos.
Las IAs pueden ayudarnos a aprovechar ese legado
de una forma más rápida y accesible. Sería absurdo rechazar sus ventajas por
miedo al cambio. Pero también sería un error pensar que, porque una máquina
puede responder a nuestras preguntas, ya no necesitamos libros, escritores,
investigadores, profesores ni profesionales especializados.
Una IA puede ayudarnos a encontrar una respuesta,
pero debemos seguir preguntándonos de dónde procede, si es correcta y qué
fuentes permiten comprobarla.
Mi temor es que, en nuestra carrera por obtenerlo
todo de manera instantánea, terminemos debilitando precisamente aquello que
hizo posible la creación de las IAs: el conocimiento acumulado por los seres
humanos.
Si dejamos de comprar determinados libros, si los
autores dejan de encontrar motivos económicos para escribirlos y si numerosas
profesiones pierden su razón de ser, podríamos encontrarnos dentro de unas
décadas con una sociedad tecnológicamente más avanzada, pero mucho más
dependiente de unas pocas empresas que controlen el acceso a la información.
Y entonces la pregunta sería inevitable:
¿habremos utilizado la inteligencia artificial para ampliar el conocimiento
humano o habremos permitido que nuestra dependencia de ella reduzca nuestra
capacidad de producirlo, conservarlo y transmitirlo?
La antigua Biblioteca de Alejandría nos recuerda
que el conocimiento puede perderse cuando no se protege adecuadamente. La
diferencia es que hoy no necesitamos esperar a que un incendio destruya
nuestros libros. Bastaría con que dejáramos de escribirlos, publicarlos,
comprarlos y conservarlos, convencidos de que ya no los necesitamos.
Por ello, creo que debemos aprovechar las
ventajas de las IAs, pero sin abandonar los libros ni despreciar el trabajo de
quienes dedican su vida a crear conocimiento. Porque una civilización no
demuestra su inteligencia únicamente por las respuestas que consigue obtener,
sino también por su capacidad para conservar lo aprendido y seguir descubriendo
cosas nuevas.
No permitamos que, en nombre del progreso, el
conocimiento humano termine convertido en un servicio del que dependamos, en
lugar de un patrimonio que todos contribuyamos a enriquecer y conservar.

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