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viernes, 23 de octubre de 2026

Pienso que las IAs destruirán muchos libros, oficios y carreras profesionales

 


Pienso que las IAs destruirán muchos libros, oficios y carreras profesionales

Por Bruno Perera

Si pensamos en la antigua Biblioteca de Alejandría, considerada uno de los grandes centros del saber de la Antigüedad, podemos comprender la importancia que tiene conservar los conocimientos acumulados por la humanidad. Su historia ha quedado asociada a la pérdida de innumerables obras antiguas, aunque su destrucción no fue un único incendio, sino un proceso histórico complejo a lo largo de varios siglos.

Hoy nos encontramos ante una situación que, aunque muy diferente, podría tener consecuencias igualmente profundas para el futuro del conocimiento humano. Me refiero a la aparición y expansión de las inteligencias artificiales (IAs), unas herramientas capaces de proporcionar en segundos información que antes obligaba a muchas personas a consultar libros, enciclopedias, manuales y otros documentos, o a pagar a profesionales para obtener determinadas respuestas.

¿Podría suceder que, mientras las IAs acumulan y distribuyen conocimientos, la humanidad deje de escribir, comprar y conservar muchos de los libros que durante siglos han servido para transmitirlos?

Esta es una pregunta que merece ser meditada.

De las bibliotecas a las respuestas instantáneas

Durante siglos, los libros han sido una de las principales herramientas utilizadas por la humanidad para transmitir conocimientos de una generación a otra. Quien deseaba aprender un idioma, estudiar matemáticas, conocer las leyes, diseñar una máquina, construir una vivienda o comprender el funcionamiento de una industria debía recurrir a libros, acudir a una institución educativa o buscar a alguien que dominara esa materia.

Posteriormente, con la llegada de Internet, se facilitó enormemente el acceso a la información. Sin embargo, todavía era necesario buscar páginas, comparar documentos, leer artículos y dedicar tiempo a seleccionar aquello que resultaba útil.

Con las IAs se ha producido un cambio considerable. Ahora una persona puede formular una pregunta y recibir una explicación adaptada a sus necesidades en cuestión de segundos. Puede solicitar una traducción, pedir que le redacten una carta, consultar una fórmula matemática, comprender un concepto jurídico general o recibir orientación para resolver un problema técnico.

Y todo ello, en muchos casos, sin pagar nada.

Es lógico pensar que una parte de los lectores que antes compraban libros para adquirir determinados conocimientos prefiera ahora recurrir a una IA. ¿Para qué comprar un manual de cientos de páginas si una herramienta digital puede resumir sus principales conceptos y explicar las dudas que surjan durante la lectura?

Esta comodidad representa un avance extraordinario, pero también puede convertirse en un problema para quienes viven de escribir, editar, imprimir, distribuir y vender libros.

¿Qué ocurrirá con los escritores y las editoriales?

Imaginemos a un autor que dedica meses o años a escribir un libro sobre traducción, arquitectura, ingeniería, historia, economía o matemáticas. Después de terminarlo, debe buscar una editorial, asumir determinados gastos o invertir tiempo y dinero en promocionarlo, con la esperanza de que los lectores lo compren.

Sin embargo, cuando un usuario puede obtener gratuitamente una explicación sobre ese mismo tema, es posible que decida no adquirir la obra.

Esto no significa que todos los libros vayan a desaparecer ni que las IAs puedan sustituir por completo a sus autores. Una obra literaria, una investigación original, una biografía bien documentada o un libro que transmita la experiencia personal de su autor pueden ofrecer mucho más que una simple recopilación de información.

Pero existe un riesgo económico evidente: si disminuye la demanda de determinados libros, algunos escritores podrían perder ingresos, ciertas editoriales podrían dejar de publicar obras especializadas y las librerías podrían verse obligadas a reducir su oferta.

También podrían verse perjudicados los traductores, correctores, ilustradores, diseñadores gráficos y otros profesionales relacionados con la producción editorial.

El problema no consiste únicamente en que se vendan menos libros. La cuestión es qué ocurrirá con la producción de nuevos conocimientos si quienes dedican su vida a investigarlos y divulgarlos dejan de encontrar una remuneración suficiente por su trabajo.

Los oficios y las carreras profesionales también están en peligro

La influencia de las IAs no se limita al mundo editorial. Sus efectos pueden extenderse a numerosas profesiones y actividades económicas.

En traducción, por ejemplo, ya existen herramientas capaces de traducir textos en pocos segundos. En redacción, pueden preparar artículos, informes y cartas. En matemáticas, ayudan a resolver ejercicios y explicar procedimientos. En diseño, generan imágenes y propuestas visuales. En programación, escriben y revisan código. En administración, automatizan tareas que antes exigían horas de trabajo humano.

Incluso en determinadas actividades relacionadas con la arquitectura, la ingeniería, el asesoramiento jurídico y la contabilidad, las IAs pueden realizar parte del trabajo que anteriormente correspondía a profesionales especializados.

Esto no significa que puedan asumir sin supervisión todas las responsabilidades de esas profesiones. Una respuesta jurídica puede ser incorrecta, un cálculo de ingeniería puede contener errores y una explicación médica puede resultar incompleta. Por ello, la experiencia humana, la comprobación de los datos y la responsabilidad profesional continúan siendo fundamentales.

No obstante, aunque las IAs no eliminen por completo una profesión, sí podrían reducir la cantidad de trabajadores necesarios para realizar ciertas tareas. Y cuando una empresa descubre que puede producir lo mismo con menos personal, es razonable pensar que intentará aprovechar esa ventaja para reducir costes.

Por tanto, no solo debemos preguntarnos cuántos libros dejarán de venderse, sino también cuántos puestos de trabajo podrían desaparecer, transformarse o quedar reservados a quienes sepan utilizar estas nuevas herramientas.

El peligro de que dejemos de aprender por nosotros mismos

Existe otro aspecto que considero especialmente importante.

Una cosa es utilizar una IA para ampliar nuestros conocimientos y otra muy diferente es acostumbrarnos a preguntarle todo sin realizar ningún esfuerzo por comprender las respuestas.

Leer un libro exige concentración, paciencia y capacidad para relacionar unas ideas con otras. Nos obliga a detenernos, reflexionar, comparar argumentos y, en ocasiones, discrepar con el autor. Ese proceso puede contribuir a desarrollar el pensamiento crítico y la capacidad de análisis.

En cambio, si nos limitamos a formular preguntas y aceptar automáticamente las respuestas de una IA, corremos el riesgo de convertirnos en personas dependientes de una herramienta cuyo funcionamiento no comprendemos completamente.

Además, las IAs pueden equivocarse, presentar información desactualizada o transmitir afirmaciones que parecen ciertas sin serlo. Si perdemos la costumbre de consultar fuentes independientes y contrastar los datos, podríamos acabar aceptando errores como si fueran verdades.

El verdadero conocimiento no consiste únicamente en recibir información. También consiste en saber interpretarla, comprobarla y utilizarla correctamente.

Por eso, considero que las escuelas, los institutos y las universidades deberían enseñar a utilizar las IAs, pero sin abandonar la lectura, la escritura, las matemáticas ni el aprendizaje de los fundamentos de cada materia. Una persona que comprende aquello que hace puede aprovechar mejor una herramienta inteligente que otra que se limita a copiar sus resultados.

¿Podrían las bibliotecas convertirse en las memorias de las IAs?

Aquí llegamos a una de las cuestiones que más me preocupan.

Si en el futuro una parte importante de la población deja de comprar libros porque obtiene respuestas a través de las IAs, podría disminuir el incentivo económico para escribir y publicar determinadas obras. Con el tiempo, algunas editoriales cerrarían, ciertos títulos dejarían de reeditarse y numerosos conocimientos podrían quedar dispersos en archivos digitales difíciles de localizar.

Mientras tanto, las IAs continuarían ofreciendo respuestas a millones de personas, dando la impresión de que todo el conocimiento está permanentemente disponible.

Pero ¿qué sucedería si una empresa cerrara sus servicios, una plataforma perdiera sus archivos, un sistema dejara de funcionar o una crisis tecnológica interrumpiera el acceso a sus datos?

No es necesario imaginar que todas las IAs desaparezcan de un día para otro para comprender el peligro. Bastaría con que una parte importante del conocimiento estuviera concentrada en unos pocos sistemas privados, inaccesibles para el público o dependientes de infraestructuras que dejaran de funcionar.

No obstante, hay una diferencia importante respecto a la antigua Biblioteca de Alejandría: hoy disponemos de libros impresos, bibliotecas públicas, archivos nacionales, universidades, bases de datos y copias digitales distribuidas por numerosos lugares. La desaparición de una IA no borraría automáticamente todos los libros ni todos los conocimientos existentes.

El riesgo aparecería si, confiados en que las máquinas siempre nos proporcionarán las respuestas, dejáramos de conservar adecuadamente las fuentes originales de las que procede una parte de ese conocimiento.

Por eso, las bibliotecas físicas y digitales, los archivos públicos y la conservación de documentos deben seguir desempeñando un papel esencial. El saber humano no debería depender exclusivamente de la memoria de una máquina ni de la voluntad de una empresa.

¿Quién será dueño del conocimiento en el futuro?

También debemos considerar el poder económico que podría concentrarse en las empresas que desarrollan y controlan las IAs más avanzadas.

Un libro puede comprarse, prestarse, conservarse durante décadas y consultarse sin necesidad de conectarse a un servicio digital. Una IA comercial, en cambio, puede depender de una suscripción, de una conexión a Internet, de las condiciones de uso de una compañía o de decisiones empresariales que el usuario no controla.

Hoy algunas herramientas ofrecen acceso gratuito, pero nada garantiza que todas sus prestaciones continúen siendo gratuitas en el futuro. Las empresas necesitan financiar sus infraestructuras, pagar a sus trabajadores y obtener ingresos.

Podría darse la paradoja de que, después de acostumbrarnos a consultar gratuitamente conocimientos que antes comprábamos en libros, termináramos dependiendo de servicios de pago para acceder a determinadas respuestas.

Y si, al mismo tiempo, se redujera la producción de libros independientes, los ciudadanos podrían encontrarse con menos alternativas para consultar información fuera de esas plataformas.

Por eso considero necesario fomentar la conservación pública del conocimiento, las bibliotecas abiertas, los archivos accesibles y la publicación de obras que puedan consultarse sin depender de una única empresa.

¿Desaparecerán los libros?

Personalmente, no creo que los libros desaparezcan por completo. Siempre habrá personas que disfruten leyendo novelas, investigando la historia, estudiando una materia en profundidad o conservando una obra que consideren importante.

También continuarán existiendo libros escolares, universitarios, científicos, técnicos y especializados. Es posible, sin embargo, que cambie su función y que algunas categorías pierdan una parte importante de sus lectores y compradores.

Quizá en el futuro se vendan menos manuales destinados exclusivamente a responder preguntas sencillas, mientras que ganen importancia las obras que ofrezcan investigaciones originales, experiencias profesionales, explicaciones profundas y conocimientos difíciles de sustituir mediante una respuesta breve.

El problema es que todavía no sabemos hasta dónde llegará esta transformación. Lo que sí parece razonable es esperar cambios importantes en el mercado editorial y en las profesiones vinculadas a la producción y transmisión del conocimiento.

La sociedad tendrá que encontrar nuevas formas de remunerar a quienes investigan, escriben y crean, sin impedir que los ciudadanos puedan beneficiarse de las ventajas de las nuevas tecnologías.

Mi reflexión final

La humanidad ha tardado miles de años en acumular el conocimiento que hoy nos permite construir ciudades, desarrollar medicamentos, fabricar máquinas, explorar el espacio y comprender buena parte del universo. Ese conocimiento no apareció de la nada: fue el resultado del esfuerzo de incontables generaciones de personas que observaron, experimentaron, investigaron, escribieron y transmitieron sus descubrimientos.

Las IAs pueden ayudarnos a aprovechar ese legado de una forma más rápida y accesible. Sería absurdo rechazar sus ventajas por miedo al cambio. Pero también sería un error pensar que, porque una máquina puede responder a nuestras preguntas, ya no necesitamos libros, escritores, investigadores, profesores ni profesionales especializados.

Una IA puede ayudarnos a encontrar una respuesta, pero debemos seguir preguntándonos de dónde procede, si es correcta y qué fuentes permiten comprobarla.

Mi temor es que, en nuestra carrera por obtenerlo todo de manera instantánea, terminemos debilitando precisamente aquello que hizo posible la creación de las IAs: el conocimiento acumulado por los seres humanos.

Si dejamos de comprar determinados libros, si los autores dejan de encontrar motivos económicos para escribirlos y si numerosas profesiones pierden su razón de ser, podríamos encontrarnos dentro de unas décadas con una sociedad tecnológicamente más avanzada, pero mucho más dependiente de unas pocas empresas que controlen el acceso a la información.

Y entonces la pregunta sería inevitable: ¿habremos utilizado la inteligencia artificial para ampliar el conocimiento humano o habremos permitido que nuestra dependencia de ella reduzca nuestra capacidad de producirlo, conservarlo y transmitirlo?

La antigua Biblioteca de Alejandría nos recuerda que el conocimiento puede perderse cuando no se protege adecuadamente. La diferencia es que hoy no necesitamos esperar a que un incendio destruya nuestros libros. Bastaría con que dejáramos de escribirlos, publicarlos, comprarlos y conservarlos, convencidos de que ya no los necesitamos.

Por ello, creo que debemos aprovechar las ventajas de las IAs, pero sin abandonar los libros ni despreciar el trabajo de quienes dedican su vida a crear conocimiento. Porque una civilización no demuestra su inteligencia únicamente por las respuestas que consigue obtener, sino también por su capacidad para conservar lo aprendido y seguir descubriendo cosas nuevas.

No permitamos que, en nombre del progreso, el conocimiento humano termine convertido en un servicio del que dependamos, en lugar de un patrimonio que todos contribuyamos a enriquecer y conservar.

 

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