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sábado, 24 de octubre de 2026

Normalmente, los padres que viven fuera de la ley no enseñan a sus hijos a delinquir

 


Normalmente, los padres que viven fuera de la ley no enseñan a sus hijos a delinquir

Por Bruno Perera

Existe en la sociedad humana una paradoja que merece ser analizada con detenimiento: muchas personas que se ganan la vida mediante actividades ilegales, que engañan, extorsionan, trafican o corrompen las instituciones, procuran, sin embargo, que sus hijos reciban una educación respetable y tengan un futuro alejado de la delincuencia.

Es una contradicción que nos invita a preguntarnos: ¿por qué quienes desprecian las leyes en su propia vida desean que sus hijos aprendan a respetarlas?

Pensemos en las grandes organizaciones mafiosas italianas que se establecieron en Estados Unidos, en los poderosos narcotraficantes colombianos, mexicanos, etc., y en determinados políticos corruptos que han utilizado sus cargos para enriquecerse. Muchos de ellos han procurado ofrecer a sus descendientes una vida cómoda, enviándolos a buenos colegios y universidades, con la esperanza de que lleguen a ocupar posiciones respetables en la sociedad.

En algunas familias de origen italiano vinculadas históricamente al crimen organizado, la educación religiosa también ha formado parte de esa aspiración. Sin embargo, conviene aclarar que no todas las familias mafiosas actúan de la misma manera ni todos sus hijos siguen el camino que sus padres desean.

Lo verdaderamente llamativo es que una persona puede pasar su vida quebrantando las leyes y, al mismo tiempo, considerar que esas mismas leyes son necesarias para proteger a sus hijos.

Al Capone: el poder criminal y la vida familiar

Uno de los ejemplos más conocidos de la historia del crimen organizado estadounidense es Al Capone, el famoso gánster que dominó buena parte del mundo criminal de Chicago durante la década de 1920, en los años de la prohibición del alcohol.

Capone construyó su poder mediante el contrabando de bebidas alcohólicas, el soborno y la violencia. Su organización llegó a convertirse en un símbolo de la capacidad de las redes criminales para acumular enormes fortunas mientras debilitaban las instituciones encargadas de perseguirlas.

Pero detrás del personaje público existía también un hombre con familia. Capone se casó con Mae Coughlin y tuvo un hijo, Albert Francis Capone, conocido como Sonny.

La existencia de esa familia nos permite plantear una cuestión interesante: ¿cómo podía alguien que había construido un imperio delictivo desear que su propio hijo tuviera una vida familiar normal y un futuro diferente?

La respuesta no tiene por qué encontrarse en una repentina transformación moral. Puede que, sencillamente, Capone distinguiera entre la vida que él había elegido y la que consideraba conveniente para su descendencia.

Quien conoce los peligros de un mundo dominado por las armas, las traiciones, las venganzas y las persecuciones policiales puede desear que sus hijos no tengan que soportar esas mismas amenazas.

El dinero puede proporcionar lujos, pero no garantiza la tranquilidad. Y una fortuna conseguida ilegalmente puede convertirse en una herencia acompañada de miedo, sospechas y problemas con la justicia.

Pablo Escobar: una fortuna que no podía comprar la seguridad

Otro caso que ilustra esta contradicción es el de Pablo Escobar, el narcotraficante colombiano que dirigió el poderoso cartel de Medellín y que murió el 2 de diciembre de 1993 durante un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad colombianas.

Escobar acumuló una inmensa fortuna gracias al tráfico internacional de cocaína y construyó una organización responsable de una terrible ola de asesinatos, atentados, amenazas y corrupción.

Al mismo tiempo, cultivó una imagen de benefactor entre determinados sectores populares, financiando proyectos sociales y utilizando parte de su riqueza para ganar apoyo. Esa faceta no borra la violencia ni el sufrimiento que provocó su organización.

Su historia también permite reflexionar sobre el futuro de los hijos de quienes alcanzan un poder semejante.

¿Qué seguridad puede tener una familia cuando su riqueza procede de una actividad que enfrenta a su propietario con policías, jueces, organizaciones rivales y gobiernos? ¿Qué clase de herencia reciben los hijos cuando el dinero familiar está relacionado con la violencia y el miedo?

La muerte de Escobar puso fin a su vida, pero no eliminó todos los problemas que había generado el narcotráfico. Su familia tuvo que afrontar las consecuencias de su legado y buscar seguridad en medio de una situación extraordinariamente difícil.

La paradoja es evidente: el hombre que consiguió amasar una fortuna inmensa no pudo comprar una protección definitiva para sí mismo ni garantizar una vida libre de amenazas para sus seres queridos.

La moral: ¿un principio universal o una convención humana?

Aquí entramos en un terreno más profundo: el de la moral.

La moral es un conjunto de principios, valores y normas mediante los cuales los seres humanos juzgamos nuestras acciones y las de los demás. Aunque sus interpretaciones varían entre culturas y épocas, no podemos afirmar que carezca de relación con nuestra naturaleza. Nuestra capacidad de sentir empatía, cooperar y proteger a nuestros seres queridos también tiene raíces biológicas y sociales.

En la naturaleza encontramos comportamientos de competencia, lucha por los recursos y supervivencia, pero también cooperación, cuidado de las crías y protección del grupo.

Por tanto, no sería correcto decir que la naturaleza únicamente nos enseña a tomar lo que necesitamos sin pensar en los demás. La realidad es más compleja: la supervivencia puede impulsar tanto el enfrentamiento como la colaboración.

Sin embargo, los seres humanos hemos desarrollado sociedades en las que las leyes intentan establecer límites a nuestros deseos individuales. Sin ellas, la convivencia quedaría mucho más expuesta a la fuerza, el engaño y los abusos de quienes tienen mayor poder.

Lo curioso es que algunas personas aceptan la necesidad de esas reglas cuando se trata de proteger a su familia, pero las rechazan cuando les impiden alcanzar sus propios objetivos.

Un delincuente puede considerar que engañar a un desconocido es una manera de enriquecerse, pero enfurecerse si alguien engaña a su hijo. Un empresario corrupto puede pagar sobornos para conseguir contratos, pero desear que sus descendientes estudien, trabajen y obtengan sus títulos de manera legítima.

En otras palabras, puede que no rechacen por completo las normas morales: quizá las apliquen de manera selectiva, según sus intereses y los de las personas a las que quieren proteger.

¿Por qué no quieren que sus hijos sigan sus pasos?

Las razones pueden ser diversas.

En primer lugar, muchos padres conocen los riesgos de su propia actividad. Saben que la delincuencia puede conducir a la cárcel, a la pérdida de sus bienes, a la violencia o a una muerte prematura.

En segundo lugar, desean que sus hijos disfruten de un prestigio social que ellos mismos no pueden conseguir de manera legítima. Tener un hijo médico, ingeniero, abogado o empresario respetado puede representar para ellos una forma de reconocimiento que el dinero obtenido ilegalmente no les proporciona.

En tercer lugar, algunos pretenden romper el vínculo entre su pasado y el futuro de su familia. Quieren que sus hijos disfruten de las ventajas económicas que han acumulado, pero sin padecer las consecuencias personales y judiciales de sus actividades.

Y existe una cuarta posibilidad: que determinados padres quieran sinceramente a sus hijos y crean que una vida honrada es mejor, aunque ellos no hayan sido capaces de vivirla.

Pero aquí aparece otra contradicción. ¿Cómo se puede enseñar honestidad a un hijo mientras se le muestra, mediante el ejemplo cotidiano, que el engaño y la corrupción son caminos eficaces para conseguir dinero y poder?

Las palabras pueden recomendar una conducta, pero los hechos también educan. Un niño que observa cómo su padre obtiene beneficios mediante trampas puede acabar aprendiendo que la honestidad es un discurso para los demás, mientras que la astucia sin escrúpulos es el verdadero camino hacia el éxito.

Naturalmente, eso no significa que los hijos de delincuentes estén condenados a convertirse en delincuentes. Muchos rechazan el comportamiento de sus padres y construyen vidas completamente diferentes. Otros, por el contrario, pueden heredar no solo el patrimonio, sino también las relaciones, los negocios y las costumbres que mantienen viva una organización criminal.

Los políticos corruptos: otra cara de la misma paradoja

Esta reflexión no afecta únicamente a las mafias y al narcotráfico. También puede aplicarse a quienes utilizan el poder político para enriquecerse ilegalmente.

Un político corrupto puede pronunciar discursos sobre la justicia, la igualdad y el respeto a las instituciones mientras utiliza su posición para favorecer a determinados empresarios, cobrar comisiones o desviar fondos públicos.

Sin embargo, probablemente desee que sus hijos estudien en buenos centros educativos, obtengan titulaciones reconocidas y consigan empleos que les permitan vivir sin tener que recurrir a las prácticas que él mismo ha utilizado.

¿No resulta paradójico?

El dinero público pertenece a la sociedad y su utilización fraudulenta perjudica a ciudadanos que necesitan hospitales, carreteras, escuelas y servicios sociales. Pero quien se enriquece de esa manera puede terminar empleando parte de ese dinero en proporcionar a su familia una educación y unas oportunidades que otros ciudadanos difícilmente pueden permitirse.

La contradicción no consiste en querer un futuro mejor para los hijos. Eso es natural y comprensible. El problema aparece cuando se pretende conseguir ese futuro perjudicando a los demás y se reserva para la propia familia una moral distinta de la que se exige al resto de la sociedad.

Una herencia que va más allá del dinero

Al final, la cuestión más importante no es si los delincuentes quieren a sus hijos, sino qué clase de legado les dejan.

Una herencia puede estar formada por propiedades, empresas, cuentas bancarias y bienes materiales. Pero también puede incluir un apellido asociado a la delincuencia, enemigos, investigaciones judiciales, desconfianza social y una historia familiar difícil de explicar.

La verdadera riqueza de una familia no debería medirse únicamente por el dinero acumulado, sino también por la libertad de sus miembros para vivir sin miedo, desarrollar sus capacidades y relacionarse con los demás sin tener que ocultar el origen de su patrimonio.

Por eso, cuando un padre que ha vivido al margen de la ley intenta orientar a sus hijos hacia una vida honrada, está reconociendo, de alguna manera, que existen caminos mejores que el suyo.

La pregunta que queda en el aire es por qué, si considera que esos caminos son mejores para sus hijos, no los eligió también para sí mismo.

Quizá la respuesta sea que el ser humano no siempre actúa conforme a lo que considera correcto. A veces conoce la diferencia entre el bien y el mal, pero antepone la ambición, el poder, el miedo o el deseo de enriquecerse a sus propios principios.

Y esa es una de las grandes contradicciones de nuestra sociedad: muchas personas quieren que sus hijos vivan en un mundo más justo, pero no todas están dispuestas a contribuir a construirlo mediante sus propias acciones.

Porque, al fin y al cabo, no basta con educar a los hijos para que respeten la ley. También es necesario que los padres comprendan que la honestidad no debe ser una obligación reservada a las generaciones futuras, sino una responsabilidad que comienza con uno mismo.

 

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