Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

domingo, 28 de junio de 2026

El expresidente de España José Luis Rodríguez Zapatero jamás cobró por sus servicios a la patria venezolana. Solo recibió regalos del régimen chavista. Jajajajaja.

 





Jesucristo aún no ha llegado a la Casa de su Dios Padre Celestial, ni llegará nunca porque el universo se está expandiendo

 


Jesucristo aún no ha llegado a la Casa de su Dios Padre Celestial, ni llegará nunca porque el universo se está expandiendo

Por Bruno Perera

La tradición cristiana afirma que Jesucristo ascendió a los cielos para reunirse con su Padre Celestial. Pero si intentamos interpretar esa imagen desde la física moderna, surge una paradoja inevitable: no existe un destino físico al que pueda llegar, y si existiera, sería inalcanzable. La cosmología actual lo deja claro.

1. La “Casa del Padre” no puede estar en la Nada previa al Big Bang

La idea de que Jesucristo viajó hacia la “Nada” que había antes del Big Bang es incompatible con la ciencia. En cosmología:

1.      Antes del Big Bang no había espacio.

  1. No había tiempo.
  2. No había distancias.
  3. No había un “lugar” donde colocar un Cielo, un Reino o una Casa Divina.

La “Nada” no es un sitio vacío esperando ser ocupado. Es la ausencia total de espacio‑tiempo. Por tanto, ningún ser —ni humano ni divino— podría viajar hacia allí, porque no existe un camino físico hacia algo que no es un lugar.

2. Supongamos que sí: ¿cuánto tardaría en llegar?

Para entender mejor la paradoja, imaginemos que la Casa del Padre Celestial estuviera en el borde del universo observable.

1.      El universo observable tiene un radio aproximado de 46.500 millones de años luz= 93 mil millones de años luz de diámetro.

  1. Si Jesucristo viajara a la velocidad de la luz, tardaría 46.500 millones de años en llegar a ese límite.

Pero este cálculo es solo teórico, porque aparece el factor decisivo:

El universo se expande. Y lo hace más rápido que la luz.

Las regiones más lejanas del cosmos se alejan de nosotros a velocidades superiores a la velocidad de la luz debido a la expansión del espacio. Esto significa:

1.      El “borde” del universo se aleja mientras avanzas.

  1. Cuanto más viajas, más lejos está tu destino.
  2. Es un horizonte que nunca se alcanza.

Incluso viajando a la velocidad de la luz, Jesucristo no podría llegar jamás. No por falta de poder o fe, sino porque las leyes físicas del universo lo impiden.

3. La paradoja entre teología y cosmología

La teología clásica imagina un Cielo como un destino fijo y accesible. La cosmología moderna describe un universo dinámico, en expansión acelerada y sin bordes alcanzables.

Si el Cielo fuera un punto dentro del universo físico, sería un destino eternamente fuera de alcance. Si estuviera fuera del universo, en la “Nada” previa al Big Bang, entonces no existe un camino físico para llegar allí.

4. Conclusión

Si Jesucristo hubiera ascendido físicamente a la velocidad de la luz hacia la Casa de su Padre Celestial situada en la Nada previa al Big Bang, aún estaría viajando. Y no llegaría nunca. El universo se expande más rápido que cualquier viajero posible, incluso uno descrito como divino.

La cosmología moderna transforma la ascensión en un viaje infinito: una metáfora que nos recuerda que el universo es mucho más vasto y extraño de lo que cualquier tradición antigua pudo imaginar.

 

sábado, 27 de junio de 2026

EL SÁHARA OCCIDENTAL SIEMPRE SERÁ LA TIERRA REBELDE

 


EL SÁHARA OCCIDENTAL SIEMPRE SERÁ LA TIERRA REBELDE

Por Bruno Perera

Han pasado ya muchas décadas desde que España abandonó el Sáhara Occidental y, sin embargo, el conflicto continúa sin una solución definitiva. Es uno de esos problemas internacionales que el paso del tiempo no ha conseguido cerrar, sino simplemente congelar.

Desde mi punto de vista, aunque algún día el Sáhara Occidental terminara formando parte de Marruecos de manera definitiva y con reconocimiento internacional, difícilmente dejaría de ser una tierra marcada por la resistencia política de una parte importante de su población. Su historia ya ha quedado escrita y esa historia no puede borrarse mediante decretos, acuerdos diplomáticos o el paso de los años.

Los pueblos construyen su identidad a través de su memoria colectiva. En el caso del pueblo saharaui, durante décadas ha desarrollado un sentimiento nacional propio, reforzado por el exilio, los campamentos de refugiados, la actividad del Frente Polisario y la reivindicación del derecho a decidir su futuro. Esa conciencia política no desaparece fácilmente.

Por ello considero que, aun en el supuesto de que Marruecos consolidara plenamente su soberanía sobre el territorio, siempre existiría una parte de la sociedad saharaui que seguiría considerándose distinta y mantendría vivas sus aspiraciones políticas. En ese sentido, el Sáhara Occidental continuaría siendo, históricamente, un territorio rebelde.

La historia ofrece numerosos ejemplos de regiones que, aun integradas dentro de un Estado durante generaciones, han mantenido fuertes movimientos identitarios o independentistas. La integración administrativa no siempre significa integración emocional, histórica o cultural. La memoria de los pueblos suele sobrevivir a los cambios de fronteras. (Por el ejemplo el caso de los curdos en Turquía).

El conflicto saharaui posee además un fuerte componente internacional. Las resoluciones de las Naciones Unidas mantienen al Sáhara Occidental como un territorio pendiente de descolonización y defienden la necesidad de encontrar una solución política aceptable para las partes. Mientras no exista un acuerdo ampliamente aceptado, el debate seguirá abierto.

Salvando las enormes diferencias históricas, militares y humanas, la disputa entre saharauis y marroquíes presenta ciertos paralelismos con la existente entre palestinos e israelíes. En ambos casos existe un profundo desacuerdo sobre la soberanía de un territorio, la identidad nacional y el derecho de un pueblo a decidir su futuro. Evidentemente, el conflicto del Sáhara Occidental no ha alcanzado el nivel de violencia ni el número de víctimas que ha sufrido Oriente Próximo, pero sí mantiene un fuerte componente reivindicativo que continúa vivo desde hace décadas. La existencia de generaciones enteras de saharauis que siguen defendiendo su identidad hace pensar que esa reivindicación difícilmente desaparecerá con el paso del tiempo.

La situación también afecta a la estabilidad del norte de África. Las tensiones entre Marruecos y Argelia, el cierre de fronteras terrestres entre ambos países y la competencia geopolítica en la región convierten al Sáhara Occidental en mucho más que un conflicto territorial. Se trata de un asunto con implicaciones diplomáticas, económicas y de seguridad para todo el Magreb.

Resulta difícil imaginar que varias generaciones de saharauis renuncien por completo a la identidad política que han construido durante medio siglo. Incluso si las circunstancias internacionales evolucionaran hacia un reconocimiento más amplio de la soberanía marroquí, probablemente seguirían existiendo organizaciones, asociaciones y movimientos que reivindicaran la identidad nacional saharaui.

Por ello pienso que el verdadero desafío no consiste únicamente en determinar quién ejerce la soberanía sobre el territorio, sino en encontrar una fórmula que permita garantizar la convivencia, el respeto a los derechos humanos, la estabilidad regional y el reconocimiento de la identidad de la población saharaui.

La paz duradera no suele imponerse únicamente mediante el control del territorio. También requiere legitimidad, diálogo y aceptación por parte de quienes viven en él.

Quizá el tiempo modifique las fronteras políticas, pero difícilmente borrará la memoria histórica de un pueblo que lleva décadas defendiendo aquello que considera su derecho. Y mientras esa memoria permanezca viva, el Sáhara Occidental seguirá siendo, para muchos, el Sáhara rebelde. (Y más lo será cuando Marruecos intente extraer el telurium del Monte submarino Tropic que se haya dentro de la Plataforma Continental Extra de 150 m/n que podría pertenecer al Sáhara si algún día llegara a ser una nación soberana.

Nota: En el problema del Sáhara no se deben olvidar las resoluciones de la ONU, la 1514 (XV) o la 2625, para reforzar la idea de “territorio pendiente de descolonización”.

 

viernes, 26 de junio de 2026

La edad del universo en años terrestres es distinta a su diámetro cósmico en años luz

 


La edad del universo en años terrestres es distinta a su diámetro cósmico en años luz

Por Bruno Perera.

Una de las cuestiones que más confusión produce cuando se estudia la cosmología es la diferencia entre la edad del universo y el diámetro del universo observable. A primera vista podría parecer una contradicción que el universo se haya formado a través del Big Bang a una distancia de la Tierra de 13.800 millones de años luz y, sin embargo, el universo observable posea un diámetro cercano a los 93.000 millones de años luz. Sin embargo, ambas cifras son compatibles y describen dos magnitudes completamente diferentes.

La edad del universo expresa el tiempo transcurrido desde el Big Bang hasta la actualidad. Según las estimaciones más aceptadas por la comunidad científica, ese tiempo es de aproximadamente 13.800 millones de años luz que en edad del universo es igual a 13.800 millones de años terrestres.

En esto se debe entender que, un año luz no es una unidad de tiempo, sino de distancia. Representa el recorrido que realiza la luz en el vacío durante un año, viajando a una velocidad constante de aproximadamente 299.792 kilómetros por segundo.

Si el universo hubiera permanecido estático desde el Big Bang, la luz más lejana habría recorrido unos 13.800 millones de años luz. Sin embargo, el universo no ha permanecido inmóvil. Desde los primeros instantes de su existencia, el propio espacio ha venido expandiéndose. Como consecuencia de esa expansión, mientras la luz viajaba hacia nosotros, las regiones del universo de donde partió esa luz continuaron alejándose.

Este fenómeno explica que, aunque la luz haya viajado durante unos 13.800 millones de años, las regiones más lejanas que hoy podemos observar se encuentren actualmente a unos 46.500 millones de años luz de distancia en cada dirección, dando lugar a un universo observable de aproximadamente 93.000 millones de años luz de diámetro.

Este hecho no significa que la luz haya viajado más deprisa que su velocidad conocida ni que la materia haya superado el límite impuesto por la teoría de la relatividad de Albert Einstein. La Relatividad Especial establece que ningún objeto material puede desplazarse localmente por el espacio a una velocidad superior a la de la luz en el vacío. Sin embargo, la Relatividad General permite que sea el propio tejido del espacio el que se expanda, haciendo que dos galaxias muy alejadas aumenten su separación a una velocidad efectiva superior a la de la luz sin que ello contradiga las leyes de la física.

Es importante comprender esta diferencia. No son las galaxias las que necesariamente viajan a velocidades superiores a la luz atravesando el espacio, sino que es el espacio existente entre ellas el que aumenta de tamaño.

Otra cuestión relevante es que el universo observable no tiene por qué coincidir con el universo completo. Solo podemos observar aquella región cuya luz ha tenido tiempo de llegar hasta nosotros desde el Big Bang. Más allá de ese horizonte cosmológico podría existir una extensión mucho mayor del universo, e incluso podría ser infinito. Actualmente no existe ninguna observación que permita determinar con certeza cuál es su tamaño real.

En ocasiones se intenta dividir el diámetro del universo observable, unos 93.000 millones de años luz, entre la edad del universo, 13.800 millones de años, obteniendo un valor cercano a siete. Sin embargo, ese resultado no significa que el universo se haya expandido a una velocidad constante equivalente a siete veces la velocidad de la luz. La expansión del universo no ha sido uniforme. Los modelos cosmológicos indican que ha pasado por distintas etapas: una inflación extremadamente rápida en sus primeros instantes, un periodo de desaceleración debido a la gravedad y, en épocas relativamente recientes, una nueva aceleración atribuida a la energía oscura.

En consecuencia, no puede calcularse una única velocidad media de expansión mediante una simple división entre el diámetro actual y la edad del universo.

En resumen, la edad del universo y su diámetro observable describen conceptos distintos. La primera mide el tiempo transcurrido desde el Big Bang; el segundo mide la distancia actual entre las regiones más alejadas que podemos observar. La diferencia entre ambas magnitudes se explica por la expansión continua del espacio y no porque la luz haya aumentado su velocidad.

Reflexión final

La cosmología moderna ha logrado explicar por qué el universo observable es mucho mayor de lo que cabría esperar si el espacio permaneciera inmóvil. Sin embargo, todavía quedan grandes interrogantes abiertos. Desconocemos si el universo completo es finito o infinito, cuál es su verdadera extensión y qué puede existir más allá del horizonte observable. Estas preguntas siguen siendo objeto de investigación y representan algunos de los mayores desafíos de la física y de la cosmología contemporáneas.


El rey de Arabia saudita Salmán bin Abdulaziz Al Saud, ficha a Zapatero en su equipo de fútbol internacional

 


domingo, 21 de junio de 2026

Zapatero gana la copa del mundo entre España y Arabia saudita

 





Tanto, hierba, plantas, árboles, animales y humanos, somos lo que comemos

 


Tanto, hierba, plantas, árboles, animales y humanos, somos lo que comemos

Por Bruno Perera

Cuando observamos una pradera verde, un bosque frondoso o un huerto lleno de verduras, pocas veces pensamos que allí comienza la historia de casi toda la vida que existe en la Tierra. Sin embargo, es precisamente en las plantas donde se inicia la cadena que alimenta a animales y seres humanos.

Durante siglos se creyó que las plantas obtenían su alimento directamente de la tierra. Hoy sabemos que no es así. Las plantas fabrican su propio alimento gracias a la luz del Sol, el agua y el dióxido de carbono que toman de la atmósfera. Mediante la fotosíntesis transforman estos elementos en azúcares y otras sustancias orgánicas que les permiten crecer, desarrollarse y reproducirse.

La tierra cumple una función importante, pero no porque sea el alimento de las plantas, sino porque les proporciona soporte, agua y minerales esenciales. De hecho, algunas plantas pueden cultivarse sin suelo mediante sistemas hidropónicos.

Toda esta realidad nos lleva a una conclusión sorprendente: la fuente principal de energía de casi toda la vida terrestre es el Sol.

Las plantas capturan la energía solar y la almacenan en forma de materia orgánica. Cuando un conejo come hierba, incorpora a su cuerpo parte de esa energía almacenada. Cuando un zorro se alimenta del conejo, esa energía pasa al zorro. Lo mismo ocurre con los seres humanos cuando consumimos frutas, verduras, cereales, pescado o carne.

En otras palabras, la energía que mueve nuestros músculos, permite latir nuestro corazón y mantiene activo nuestro cerebro es energía solar transformada y transferida a través de múltiples eslabones de la cadena alimentaria.

A diferencia de las plantas, los animales no pueden producir su propio alimento. Deben obtenerlo consumiendo otros organismos.

Algunos son herbívoros y comen plantas. Otros son carnívoros y se alimentan de animales. Existen también los omnívoros, que consumen tanto vegetales como carne, como ocurre con los seres humanos.

En el océano sucede algo parecido. Allí la base de la cadena alimentaria suele ser el fitoplancton, diminutos organismos que realizan la fotosíntesis utilizando la luz solar. El fitoplancton alimenta al zooplancton; éste sirve de alimento a pequeños peces; los peces pequeños son consumidos por peces mayores, y así continúa la cadena.

Por tanto, tanto en tierra como en el mar, la energía que sostiene la vida tiene un origen común: la radiación solar.

Si seguimos el recorrido de los alimentos hasta llegar a nuestro cuerpo, encontramos una realidad fascinante.

Los seres humanos estamos formados aproximadamente por un 60 % de agua. El resto corresponde principalmente a elementos químicos como oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio, fósforo, hierro y otros minerales.

El carbono ocupa un lugar especial porque constituye la base de todas las moléculas orgánicas que forman nuestros músculos, órganos, piel, huesos y ADN.

Ese carbono llegó a nosotros a través de los alimentos. Las plantas lo extrajeron previamente del dióxido de carbono presente en la atmósfera. Más tarde, animales y seres humanos incorporamos ese carbono al comer plantas o a otros animales.

Por ello puede afirmarse que nuestro cuerpo está construido con agua, carbono y otros elementos químicos obtenidos gracias a la actividad biológica iniciada por las plantas.

La conocida expresión "somos lo que comemos" encierra una profunda verdad científica.

Cada molécula de nuestro cuerpo procede de algún alimento que ingerimos. La carne que forma nuestros músculos, el calcio de nuestros huesos, el hierro de nuestra sangre y la energía que utilizamos cada día tienen su origen en los nutrientes que absorbemos.

Pero la frase puede ampliarse todavía más:

Sin plantas no existirían los animales herbívoros. Sin herbívoros no existirían muchos carnívoros. Y sin toda esa compleja red biológica tampoco existiría la humanidad.

La ciencia moderna ha descubierto algo todavía más extraordinario. Los átomos que componen nuestro cuerpo no fueron creados en la Tierra.

Los átomos de carbono, oxígeno, calcio, hierro y muchos otros elementos nacieron en el interior de antiguas estrellas que existieron mucho antes de la formación del Sistema Solar. Cuando aquellas estrellas agotaron su combustible, expulsaron esos elementos al espacio. Con el tiempo, ese material terminó formando nuevas estrellas, planetas y, finalmente, seres vivos.

Por ello, cuando observamos nuestras manos o nuestro rostro frente a un espejo, estamos contemplando materia que inició su viaje hace miles de millones de años en el corazón de estrellas desaparecidas.

Final

Las plantas convierten la luz del Sol, el agua y el dióxido de carbono en materia viva. Los animales consumen esa materia. Los seres humanos nos alimentamos de plantas y animales. De esta forma, la energía solar almacenada por las plantas termina circulando por toda la biosfera.

Por eso puede afirmarse que tanto animales como humanos somos, literalmente, lo que comemos. Somos agua, carbono, minerales y energía solar transformados en vida. Y, si ampliamos aún más la perspectiva, somos también el resultado de una larga historia cósmica que comenzó en estrellas que existieron mucho antes de que apareciera la Tierra.

Datos y fuentes contrastadas

1.      La fotosíntesis transforma agua, dióxido de carbono y energía solar en materia orgánica y oxígeno.

  1. Aproximadamente el 60 % del cuerpo humano adulto está compuesto por agua.
  2. El carbono es el elemento fundamental de todas las moléculas orgánicas conocidas.
  3. Las cadenas alimentarias terrestres y marinas dependen en última instancia de organismos fotosintéticos.
  4. Los elementos químicos pesados presentes en el cuerpo humano fueron sintetizados en generaciones anteriores de estrellas mediante procesos de nucleosíntesis estelar.

Fuentes de referencia:

1.      NASA

  1. European Space Agency
  2. Encyclopaedia Britannica
  3. National Geographic Society
  4. Smithsonian Institution

Este artículo muestra que detrás de una frase aparentemente sencilla —"somos lo que comemos"— se esconde una de las historias más fascinantes de la naturaleza: la conexión entre el Sol, las plantas, los animales, los seres humanos y el propio universo.

 

lunes, 15 de junio de 2026

El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes que él no acoge en su hogar vaticano

 


El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes que él no acoge en su hogar vaticano

Por Bruno Perera

Cada vez que el Papa hace un llamamiento a una mayor acogida de inmigrantes en Canarias, España o Europa, surge una pregunta que muchos ciudadanos nos hacemos: ¿Por qué pide a otros que hagan lo que el propio Vaticano no parece dispuesto a asumir en la misma proporción?

Nadie discute que ayudar a personas necesitadas sea una obligación moral para quienes así lo consideran. Tampoco se puede negar que la Iglesia católica, a través de numerosas organizaciones benéficas, participa en programas de ayuda humanitaria en distintos países. Sin embargo, una cosa es predicar la solidaridad y otra muy distinta asumir directamente todas las consecuencias prácticas de esa solidaridad.

Canarias lleva más de 3 décadas soportando una presión migratoria constante. Decenas de miles de inmigrantes ilegales llegan cada año a las islas en embarcaciones precarias, y su atención requiere enormes recursos económicos, sanitarios, educativos y sociales. Estos gastos son sufragados principalmente por los contribuyentes españoles y europeos.

Cuando el Papa pide una mayor acogida, muchos canarios percibimos que el mensaje va dirigido siempre a terceros: a los gobiernos, a las administraciones públicas y a los ciudadanos. Sin embargo, el Estado de la Ciudad del Vaticano, aunque es una entidad soberana con recursos propios, no se presenta como un lugar dispuesto a albergar de forma masiva a quienes llegan ilegalmente a Europa.

Es cierto que el Vaticano es un territorio muy pequeño y que no dispone de capacidad para acoger grandes cantidades de personas. Pero precisamente ese argumento es el mismo que utilizamos muchos ciudadanos de Canarias cuando afirmamos que unas islas limitadas en territorio, recursos e infraestructuras tampoco pueden absorber indefinidamente una inmigración creciente.

La cuestión, por tanto, no es si debe existir solidaridad. La verdadera cuestión es quién debe asumir el coste de esa solidaridad y cuáles son sus límites razonables.

Resulta fácil reclamar generosidad cuando los gastos recaen sobre otros. Es más sencillo pedir a los ciudadanos europeos que compartan sus recursos, su vivienda pública, sus servicios sanitarios y sus escuelas que ofrecer el propio hogar para resolver el problema.

Por ello, muchos ciudadanos contemplamos con escepticismo los llamamientos papales sobre inmigración. Consideramos que existe una diferencia entre el discurso moral y la realidad práctica. Desde su punto de vista, el Papa predica una solidaridad cuyos costes son asumidos principalmente por terceros.

Quizá el debate debería centrarse menos en los discursos y más en las soluciones reales para evitar que millones de personas se vean obligadas a abandonar sus países. Porque mientras las causas profundas de la emigración no se resuelvan, Europa seguirá afrontando un fenómeno que ningún territorio, por solidario que sea, puede absorber sin límites.

La solidaridad es una virtud. Pero también lo son la responsabilidad, la prudencia y el reconocimiento de que los recursos de cualquier comunidad son finitos.

 

sábado, 13 de junio de 2026

¿Quiénes eran dueños de los mares y océanos antes de las ZEE y las plataformas continentales?

 

                                             Poseidón, el dios de los mares y océanos de la mitología griega

¿Quiénes eran dueños de los mares y océanos antes de las ZEE y las plataformas continentales?

Por Bruno Perera

Cuando observamos un mapa marítimo actual, vemos mares y océanos divididos por líneas invisibles que delimitan aguas territoriales, zonas contiguas, Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) y plataformas continentales extendidas. Sin embargo, esta organización jurídica es muy reciente. Durante casi toda la historia humana, los mares y océanos no estuvieron repartidos como hoy.

Esto nos lleva a una pregunta esencial: ¿Quiénes eran los dueños de los mares y océanos antes de que existieran las ZEE de 200 millas y las plataformas continentales modernas?

La respuesta es tan simple como profunda: nadie era dueño de la inmensa mayoría de los mares y océanos.

Los mares y océanos antes del siglo XX: espacios casi completamente libres

Durante siglos, los Estados costeros solo controlaban una franja muy estrecha de mar adyacente a sus costas. Más allá de esa zona mínima, los mares y océanos eran considerados un espacio abierto para la navegación, la pesca y el comercio.

La regla general era clara: mar territorial muy reducido y océano libre para todos.

Intentos de apropiación en la Edad Media y la Era de los Descubrimientos

Algunas potencias intentaron reclamar grandes extensiones oceánicas. El ejemplo más famoso es el Tratado de Tordesillas (1494), por el que Castilla y Portugal se repartieron las áreas de exploración del Atlántico. Sin embargo, este acuerdo solo obligaba a las dos coronas y nunca fue aceptado por el resto de Europa.

Grocio y el nacimiento del “mar libre”

A comienzos del siglo XVII, el jurista neerlandés Hugo Grocio publicó Mare Liberum (1609), defendiendo que los mares y océanos debían permanecer abiertos a todas las naciones y que ningún Estado podía apropiarse de ellos debido a su inmensidad.

Su doctrina terminó imponiéndose: los Estados solo controlaban una franja mínima y el resto de los mares y océanos era alta mar, un espacio sin dueño.

Durante siglos, el límite habitual fue de tres millas náuticas, basado en el alcance de los cañones costeros. Más tarde algunos países ampliaron a seis y doce millas, pero la lógica seguía siendo la misma: el mar era libre.

El punto de inflexión: la Proclamación Truman (1945)

El gran cambio llegó en el siglo XX. El desarrollo tecnológico permitió explotar recursos pesqueros, petrolíferos y minerales situados lejos de la costa. En 1945, Estados Unidos emitió la Proclamación Truman, reclamando derechos exclusivos sobre los recursos de su plataforma continental.

Este acto desencadenó una ola de reclamaciones similares en América Latina, África y Asia. Por primera vez, los Estados empezaron a extender su jurisdicción mar adentro.

La UNCLOS de 1982: el sistema marítimo moderno

Tras décadas de negociaciones, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, 1982) estableció el marco jurídico que usamos hoy.

Las zonas marítimas actuales son:

El mar territorial (0–12 millas náuticas), donde el Estado ejerce soberanía plena sobre aguas, lecho y espacio aéreo.

La zona contigua (12–24 millas náuticas), donde el Estado puede ejercer control en materia aduanera, fiscal, sanitaria e inmigratoria.

La Zona Económica Exclusiva (hasta 200 millas náuticas), donde el Estado no es dueño del mar, pero sí tiene derechos soberanos para explorar y explotar recursos naturales en la columna de agua, el lecho y el subsuelo.

La plataforma continental (hasta 200 millas o más), que abarca solo el lecho y el subsuelo marino y puede extenderse más allá de 200 millas si la prolongación natural del territorio submarino lo justifica.

Criterios técnicos para extender la plataforma continental (artículo 76 de la UNCLOS)

La ampliación puede llegar hasta 350 millas náuticas o 100 millas más allá de la isobata de 2.500 metros, según criterios geológicos y geomorfológicos. La isobata no es la regla general, sino uno de los criterios posibles.

Alta mar y “la Zona”

Más allá de la ZEE, el agua superficial es alta mar, un espacio sin jurisdicción estatal. El fondo marino más allá de las plataformas continentales se denomina “la Zona” y es considerado patrimonio común de la humanidad.

Reflexión final

La historia demuestra que las actuales divisiones marítimas son extremadamente recientes. Durante miles de años, los mares y océanos fueron espacios abiertos donde ninguna nación podía reclamar propiedad exclusiva.

La progresiva ampliación de la jurisdicción estatal —de 3 millas a 200 y, en algunos casos, hasta 350— ha supuesto una auténtica territorialización de los mares y océanos.

Queda abierta una cuestión clave: ¿ha alcanzado este proceso su límite o veremos nuevas reclamaciones en el futuro? Y, más allá de eso, ¿deberían los mares y océanos seguir dividiéndose entre Estados o preservarse como patrimonio común?

Lo cierto es que, durante la mayor parte de la historia, nadie fue dueño de la inmensa mayoría del mar. Las fronteras marítimas que hoy consideramos normales son, en realidad, una creación muy reciente dentro de la larga historia de la civilización humana.

Datos y referencias

Tratado de Tordesillas (1494)
Hugo Grocio, Mare Liberum (1609)
Proclamación Truman sobre la plataforma continental (1945)
Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (1982)
Mar territorial: hasta 12 millas náuticas
Zona contigua: hasta 24 millas náuticas
ZEE: hasta 200 millas náuticas
Plataforma continental: hasta 350 millas náuticas o 100 millas más allá de la isobata de 2.500 m
Alta mar: aguas fuera de la jurisdicción nacional