Marruecos
debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional
Por Bruno Perera
Marruecos debería plantearse seriamente un cambio
de actitud política y social, tanto dentro de sus fronteras como en sus
relaciones con los países vecinos. No lo digo pensando en el pueblo marroquí,
sino en quienes gobiernan y toman las decisiones que afectan a millones de sus ciudadanos.
Lo que está ocurriendo actualmente alrededor de
Ceuta debería servir para abrir una reflexión.
Decenas de miles de inmigrantes ilegales (unos
80.000) orquestados por el Gobierno
marroquí llegaron como invasión en julio a la ciudad autónoma procedentes de
Marruecos y una parte importante de ellos unos 10.000 que aún no la han
abandonado, adultos y MENAs, necesita comida, ropa, alojamiento y asistencia médica.
España, las instituciones ceutíes, organizaciones humanitarias y ciudadanos
particulares están afrontando buena parte de esa responsabilidad.
Y aquí aparece una pregunta que considero
inevitable: ¿por qué Marruecos no participa de una manera mucho más visible en
la ayuda a sus propios ciudadanos que tiene abandonados en Ceuta?
Si una persona marroquí se encuentra en una
situación de extrema necesidad al otro lado de la frontera, sería razonable
esperar que su propio país mostrara preocupación y colaborara, dentro de sus
posibilidades, en atenderla.
Sin embargo, mientras se produce esta situación
humanitaria, Marruecos continúa manteniendo una política exterior marcada por
importantes reivindicaciones territoriales y por su interés en aumentar su
influencia regional.
Aquí aparece una contradicción que merece ser
analizada.
Antes de aspirar a tener más territorio o mayor
influencia internacional, cualquier Estado debería demostrar que es capaz de
proporcionar unas condiciones dignas a todos sus ciudadanos.
No se trata solamente de territorio. Se trata de
personas.
¿De qué sirve reivindicar más territorio si
todavía existen ciudadanos que viven en condiciones de pobreza y que, cuando
abandonan su país, terminan dependiendo de la asistencia de otros Estados?
Marruecos tiene recursos humanos, económicos y
geográficos importantes. También tiene una posición estratégica extraordinaria
entre Europa y África. Precisamente por eso debería utilizar sus posibilidades
para mejorar las condiciones de vida de su población y para construir
relaciones de confianza con sus vecinos.
España y Marruecos están condenados, por su
proximidad geográfica, a entenderse. Hay intereses económicos, comerciales,
turísticos y de seguridad que hacen necesaria una relación estable. Pero una
relación estable necesita confianza y la confianza se construye mediante
hechos.
Ceuta y Melilla constituyen uno de los asuntos
más delicados de esa relación. España considera ambas ciudades parte integrante
de su territorio, mientras que Marruecos mantiene reivindicaciones ficticias sobre
ellas. Ese desacuerdo existe y seguirá siendo objeto de discusión política.
Pero precisamente por eso resulta todavía más
importante que la cuestión migratoria no se convierta en un instrumento de
presión.
Las personas que emigran no deberían convertirse
en piezas de una partida política entre Estados, y menos en carne de cañón que
es la pólvora que Marruecos utiliza para su guerra hibrida contra España.
Detrás de cada inmigrante hay una persona que
busca una vida mejor. Algunos huyen de la pobreza, otros buscan trabajo y otros
persiguen unas oportunidades que no encuentran en su país. Utilizar su
desesperación como herramienta política solamente agrava el problema.
Y tampoco España puede limitarse a esperar que
las crisis desaparezcan por sí solas. Ceuta tiene una población limitada, un
territorio reducido y unas capacidades de acogida que no son infinitas. Cuando
miles de personas llegan en poco tiempo, las consecuencias recaen directamente
sobre los servicios públicos y sobre los propios ciudadanos ceutíes.
Por eso hace falta una política migratoria clara,
rápida y humana.
También hace falta que Marruecos asuma su parte
de responsabilidad.
No es razonable que Europa tenga que afrontar
prácticamente en solitario las consecuencias sociales de problemas que tienen
una parte importante de su origen en el norte de África.
Marruecos podría ganar mucho más mediante la
cooperación que mediante la confrontación. Un país que quiere aumentar su peso
internacional debería aspirar también a ser reconocido por la calidad de vida
de sus ciudadanos, por la fortaleza de sus instituciones, por la lucha contra la
corrupción, por el respeto a los derechos de las personas y por su capacidad
para resolver sus propios problemas sociales.
La grandeza de un país no se mide solamente por
los kilómetros cuadrados que pretende controlar.
La verdadera grandeza de una nación se demuestra
cuando sus ciudadanos no necesitan abandonar su tierra para encontrar una vida
digna.
Por eso Marruecos debería cambiar su actitud
política y social, tanto a nivel nacional como internacional.
Debería mirar menos hacia los territorios que pretende
incorporar a su esfera de influencia y mirar más hacia las necesidades de las
personas que ya viven dentro de sus fronteras.
Porque antes de querer más territorio, hay algo
mucho más importante que conquistar:
el bienestar de su propio pueblo.
Nota final:
Espero sinceramente que este artículo pueda llegar algún día a conocimiento del
rey de Marruecos. Quizás algunas de las reflexiones que aquí expongo puedan
servirle para meditar sobre su forma de gobernar y sobre el futuro que desea
para su país.


