El cerebro
de una persona o animal es un fantasma para sí mismo
Por Bruno Perera
Hay algo extraordinariamente curioso en nuestro
cuerpo que pocas veces nos detenemos a pensar: tenemos dentro de la cabeza un
órgano que controla, interpreta y organiza prácticamente todo lo que somos,
pero que, paradójicamente, parece no tener una percepción consciente de sí
mismo como órgano.
Me refiero al cerebro.
El cerebro recibe información de nuestros ojos,
nuestros oídos, nuestra piel, nuestros músculos y prácticamente de todo nuestro
organismo. Gracias a él vemos, escuchamos, pensamos, recordamos, imaginamos,
sentimos miedo, alegría, tristeza o dolor. Es, por decirlo de una manera
sencilla, el gran guardián de todo lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro
de nosotros.
Pero existe una paradoja fascinante: el
cerebro propiamente dicho no siente dolor cuando se le toca.
Esto no es una cuestión filosófica, sino un hecho
anatómico. El tejido cerebral carece prácticamente de nociceptores, que son los
receptores especializados en detectar estímulos potencialmente dolorosos. Por
eso, cuando se realiza una operación cerebral, el cirujano puede llegar a
manipular determinadas zonas del cerebro sin que el propio tejido cerebral
produzca dolor.
Naturalmente, una operación cerebral no significa
que el paciente no necesite anestesia. El cuero cabelludo, el cráneo, las
meninges y otras estructuras que rodean el cerebro sí poseen sensibilidad y
pueden producir dolor. Por eso esas zonas deben ser anestesiadas.
Y aquí comienza la parte que, a mi juicio,
resulta verdaderamente extraordinaria.
El cerebro es el órgano que nos permite sentir el
dolor, pero él mismo no siente dolor cuando se toca directamente.
Es como si un guardián estuviera encargado de
vigilar una enorme ciudad, recibiera información de cada rincón de ella y
supiera inmediatamente cuándo ocurre algo, pero no pudiera experimentar
directamente su propia existencia como guardián.
Por eso me atrevo a decir que el cerebro de
una persona o de un animal es un fantasma para sí mismo.
No quiero decir con ello que el cerebro no pueda
recibir información sobre su propio funcionamiento. Evidentemente puede
hacerlo. El organismo dispone de numerosos mecanismos para informar al cerebro
de lo que sucede en su interior: presión, temperatura, composición química de
la sangre, posición de las extremidades, funcionamiento de los órganos, etc.
Lo que quiero señalar es algo diferente: nosotros
no tenemos una experiencia consciente del cerebro como objeto físico que
llevamos dentro de la cabeza.
No sentimos nuestro cerebro como sentimos una
mano.
Podemos cerrar los ojos y sentir una mano, una
pierna o nuestro estómago. Podemos notar un golpe en la piel. Podemos sentir
frío o calor. Pero no podemos concentrarnos y decir: «Ahora mismo estoy
sintiendo mi cerebro».
Y eso resulta todavía más sorprendente porque, en
cierto sentido, todo aquello que sentimos depende de él.
El cerebro construye nuestra representación del
mundo. Recibe señales procedentes de los sentidos y las transforma en una
experiencia que nosotros interpretamos como realidad. También construye una representación
de nuestro propio cuerpo.
Sin embargo, parece que esa representación no
incluye una experiencia cotidiana del cerebro como órgano físico.
Es como si el cerebro pudiera mirar hacia todas
partes, pero no pudiera mirarse directamente a sí mismo.
Aquí aparece una comparación que quizá ayude a
entenderlo.
El ojo puede ver el mundo, pero no puede verse
directamente a sí mismo. Para observar nuestro propio
ojo necesitamos un espejo, una fotografía o una cámara.
Con el cerebro ocurre algo todavía más profundo.
El cerebro es el instrumento mediante el cual conocemos el mundo y también
mediante el cual pensamos sobre nosotros mismos. Podemos estudiar nuestro
cerebro mediante un escáner, una operación, una fotografía o un modelo
anatómico. Podemos pensar sobre él.
Pero cuando pensamos «mi cerebro», no estamos
experimentando directamente nuestro cerebro como experimentamos una mano que
tocamos con la otra.
Estamos construyendo una representación mental de
él.
Y aquí aparece una de las grandes preguntas de la
existencia humana:
¿Cómo puede el órgano que produce nuestra
experiencia consciente no tener una experiencia consciente directa de sí mismo
como órgano?
Quizá por eso la palabra «fantasma» resulte
apropiada como metáfora.
No porque el cerebro sea realmente un fantasma,
por supuesto, sino porque está presente en todo lo que somos y, al mismo
tiempo, permanece oculto para nuestra experiencia directa.
Está detrás de nuestros pensamientos, pero no
podemos sacar nuestro pensamiento fuera de la cabeza para observarlo como
observamos una piedra.
Está detrás de nuestra visión, pero no podemos
mirar directamente el cerebro que está produciendo esa visión.
Está detrás de nuestra sensación de dolor, pero
el tejido cerebral no siente dolor cuando el cirujano lo toca.
Está detrás de nuestra conciencia, pero todavía
seguimos sin comprender completamente cómo la actividad de miles de millones de
neuronas da lugar a esa experiencia íntima que llamamos «yo».
Y esto no ocurre solamente en los seres humanos.
En los animales que poseen sistemas nerviosos complejos existe también una
separación entre el órgano que procesa la información y la experiencia que ese
organismo tiene de sí mismo.
Por eso esta cuestión no solamente pertenece a la
medicina. También pertenece a la filosofía.
Quizá uno de los mayores misterios de la
naturaleza sea precisamente este: somos conscientes de nuestro entorno,
somos conscientes de nuestro cuerpo y podemos incluso pensar sobre nuestro
propio cerebro, pero el cerebro no aparece ante nosotros como aparece cualquier
otro objeto del mundo.
El cerebro es, al mismo tiempo, el observador
y parte de lo observado.
Es el instrumento con el que intentamos
comprender el universo y también el instrumento con el que intentamos comprendernos
a nosotros mismos.
Y aquí aparece una última paradoja que me parece
extraordinaria:
El cerebro humano ha conseguido construir
telescopios para observar galaxias situadas a miles de millones de años luz,
microscopios para observar estructuras diminutas y máquinas capaces de
fotografiar su propia actividad; sin embargo, todavía tiene que recurrir a esos
instrumentos externos para intentar comprenderse a sí mismo.
Quizá por eso podamos decir, metafóricamente, que
el cerebro es el gran guardián de nuestro mundo, pero un fantasma para sí
mismo.
Un fantasma que piensa.
Un fantasma que observa.
Un fantasma que siente a través de todo el
cuerpo.
Y, sobre todo, un fantasma que lleva miles de
años intentando descubrir quién es.



