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domingo, 24 de mayo de 2026

Invertir en MENAS es hundir recursos públicos mientras se abandona a las familias españolas

 


Invertir en MENAS es hundir recursos públicos mientras se abandona a las familias españolas

Por Bruno Perera

Cuando se habla de la baja natalidad en España, se repite el discurso oficial como si fuera un fenómeno inevitable, cuando en realidad es el resultado directo de decisiones políticas concretas.

Las familias españolas de clase media y trabajadora están cada vez más asfixiadas económicamente. Tener hijos se ha convertido en un lujo, no en una opción natural de vida. Sin embargo, al mismo tiempo, el Estado mantiene un sistema de gasto elevado en la acogida de menores extranjeros no acompañados (MENAS), con cifras que en distintas estimaciones autonómicas se sitúan en  unos 3.500 y 4.500 euros mensuales por menor, dependiendo del recurso de acogida. Ese dinero que el Estado despilfarra en una media de 3 años de cobijo de cada MENA representa un gasto de 126 mil euros en tres años que si se donara a familias nacionales sería suficiente para que cada una se interesaran en tener más hijos y así la etnia española no se extinga al mínimo en unas decenas de años.

A ello se suma el enorme volumen de recursos que España, junto con la Unión Europea, destina a la gestión de la inmigración irregular: control de fronteras, centros de acogida, dispositivos de emergencia, cooperación internacional y ayudas a países de origen o tránsito, en especial en África, como parte de programas de contención migratoria.

Si se acumulan estas partidas durante los últimos 30 años, incluyendo acogida, gestión administrativa, políticas migratorias y cooperación exterior vinculada a la inmigración, se habla de una cifra global que en estimaciones críticas podría superar los 30 mil millones de euros.

Con ese volumen de recursos se podría haber impulsado una política de vivienda pública de gran escala. Por ejemplo, la construcción de alrededor de 300.000 viviendas a un coste medio de 100.000 euros por unidad, especialmente si el Estado aportara suelo público, licencias, planificación urbanística y parte de la ingeniería administrativa.

Esto no es una cifra al azar: es una forma de ilustrar la magnitud del coste de oportunidad de unas políticas que han priorizado la gestión reactiva de la inmigración ilegal frente a la inversión estructural en vivienda y natalidad.

El resultado es una contradicción evidente. Mientras se insiste en la necesidad de fomentar la natalidad y mejorar el acceso a la vivienda, no se aplican políticas de gran impacto para las familias jóvenes españolas, que siguen siendo las principales perjudicadas por la precariedad económica y el encarecimiento del mercado inmobiliario.

No se trata de negar la solidaridad, sino de exigir prioridades claras. Un Estado que no protege primero la estabilidad de sus propias familias está construyendo un futuro frágil, dependiente y sin base demográfica sólida.

El debate no puede seguir siendo tabú. España necesita decidir si quiere seguir expandiendo un modelo de gasto reactivo o si, por fin, apuesta por una estrategia centrada en su propia supervivencia demográfica y social.

 

Nicolás Maduro entrega a escondidas sobre a Zapatero y Chaves desde su tumba lo aplaude

 


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sábado, 23 de mayo de 2026

Nueva Ley Mundial del Trabajo aprobada por mayoría absoluta por Naciones Unidas 24 de mayo de 2026

 


Nueva Ley Mundial del Trabajo aprobada por mayoría absoluta por Naciones Unidas
24 de mayo de 2026

Todos los trabajadores deberán ser recogidos en sus domicilios por sus empleadores en coche deportivo nuevo, preferiblemente descapotable, y posteriormente devueltos a casa con música relajante y aire acondicionado.

1.    Al llegar al lugar de trabajo, el empleador ofrecerá gratuitamente desayunos de primera calidad: café premium, zumos naturales, jamón ibérico, croissants calientes y, para los nostálgicos, cigarrillos incluidos.

2.    Cada trabajador dispondrá de un robot y un sistema de inteligencia artificial que realizarán la mayor parte de su trabajo mientras el empleado supervisa la situación con gesto profesional.

3.    La ropa laboral, zapatos, perfumes, peluquería y, en casos especiales, retoques de estética, correrán íntegramente a cargo del empleador.

4.    Queda terminantemente prohibido llamar la atención a un trabajador por baja productividad, cansancio, sueño, estrés existencial o exceso de inspiración filosófica.

5.    Se concederá un descanso obligatorio de 30 minutos por cada hora trabajada, acompañado de café, refrescos, aperitivos y zona de masaje relajante.

6.    La jornada laboral será de únicamente 4 horas diarias: dos horas por la mañana y dos por la tarde, dejando suficiente tiempo libre para vivir, descansar y discutir en redes sociales.

7.    El salario consistirá en una cantidad fija elevada más el 50 % de los beneficios netos generados por la empresa, aunque nadie entienda exactamente cómo se calculan dichos beneficios.

8.    La semana laboral comprenderá exclusivamente de lunes a jueves. Los viernes quedarán reservados para la recuperación física y emocional del trabajador.

9.    Cada empleado recibirá dos pagas extraordinarias anuales: una en verano y otra en Navidad, además de una posible paga extra por aguantar reuniones inútiles.

10.Si el trabajador decide casarse, todos los gastos de la boda —banquete, música, flores, fotógrafo y luna de miel— serán cubiertos por el empleador como muestra de gratitud por su esfuerzo laboral.

11.Y si el trabajador decide no casarse pero igualmente desea disfrutar de la vida amorosa, Naciones Unidas estudiará la creación de un “Bono Internacional para Encuentros Románticos”, financiado solidariamente por las grandes multinacionales.

12.Finalmente, se establece que cualquier empleado que diga la frase: “Estoy quemado del trabajo”, tendrá derecho automático a 15 días de vacaciones en una playa tropical con todos los gastos pagados.

Portavoz de Naciones Unidas:
“Trabajar sí… pero sufrir ya no está de moda.”

 

La paradoja de un universo sin humanos, sin animales y sin ninguna clase de inteligencia

 


La paradoja de un universo sin humanos, sin animales y sin ninguna clase de inteligencia

Por Bruno Perera

Desde hace miles de años el ser humano se ha hecho la misma pregunta: ¿existiría el universo si no hubiese nadie capaz de observarlo?
Es una cuestión inquietante porque nos obliga a pensar no solo en el cosmos, sino también en nuestra propia existencia.

Imaginemos por un instante un universo completamente vacío de inteligencia. No habría seres humanos, ni animales, ni insectos, ni civilizaciones extraterrestres, ni ninguna forma de vida basada en ADN o en cualquier otro sistema biológico. Habría galaxias, estrellas, planetas, agujeros negros y enormes océanos cósmicos de materia y energía… pero nadie para contemplarlos.

Entonces surge la gran paradoja: si no existe ninguna conciencia capaz de observar el universo, ¿puede decirse realmente que el universo existe?

Desde el punto de vista de la física clásica, la respuesta sería sí. Las estrellas seguirían fusionando hidrógeno, los planetas continuarían girando alrededor de sus soles y las galaxias viajarían por el espacio aunque nadie las mirase. El universo no necesitaría espectadores para funcionar.

Sin embargo, la filosofía y algunas interpretaciones de la física cuántica introducen dudas fascinantes. Hay teorías que sugieren que el acto de observar participa de algún modo en la definición de la realidad. En ciertos experimentos cuánticos, las partículas parecen comportarse de manera distinta cuando son medidas. Esto ha llevado a algunos pensadores a preguntarse si la conciencia tiene un papel más profundo en la existencia de la realidad física.

No significa necesariamente que el universo dependa de los humanos para existir, pero sí abre la puerta a una cuestión extraordinaria: tal vez un universo sin observadores sería un universo sin significado.

Porque existir físicamente y existir como realidad consciente podrían no ser exactamente lo mismo.

Una montaña perdida en un planeta lejano puede permanecer durante millones de años sin ser observada por nadie. Pero si jamás hubo un ser capaz de verla, describirla o pensarla, esa montaña jamás habría tenido historia, belleza ni sentido. Sería únicamente materia obedeciendo leyes naturales en un silencio absoluto.

El ser humano suele pensar que ocupa un lugar insignificante dentro de la inmensidad cósmica. Y es cierto que, comparados con las galaxias, somos microscópicos. Pero existe otro punto de vista igualmente válido: quizá la conciencia sea una de las cosas más raras y valiosas del universo.

Puede que el cosmos lleve miles de millones de años expandiéndose precisamente hasta el momento en que alguna forma de inteligencia fuese capaz de preguntarse por él.

Y aquí aparece otra paradoja aún más profunda.

Si el universo nunca hubiese generado inteligencia, nadie podría afirmar que existe. No habría matemáticas, ni física, ni filosofía, ni memoria, ni lenguaje. El universo sería una realidad muda y eterna, incapaz de conocerse a sí misma.

En cierto modo, nosotros somos los ojos del cosmos.

Cuando un ser humano mira las estrellas, el universo se contempla a sí mismo a través de la conciencia. Cuando pensamos en el origen del tiempo o en el tamaño de las galaxias, la materia del universo está reflexionando sobre su propia existencia.

Esta idea resulta casi poética, pero también posee una enorme profundidad científica y filosófica.

El cerebro humano está formado por átomos creados en antiguas explosiones estelares. El hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos y el oxígeno que respiramos nacieron en estrellas que murieron hace miles de millones de años. Somos literalmente polvo de estrellas convertido en pensamiento.

Pero aquí aparece otra cuestión todavía más desconcertante:

¿Dónde estaría Dios en un universo sin inteligencia?

Si no existiera ninguna conciencia capaz de imaginarlo, adorarlo, negarlo o preguntarse por Él, ¿seguiría existiendo Dios como realidad absoluta o el concepto de Dios jamás habría nacido?

Las religiones sostienen generalmente que Dios existe independientemente del ser humano. Que sería eterno aunque no hubiese criaturas que lo reconocieran. Sin embargo, filosóficamente surge una duda inevitable: un Dios que jamás pudiera ser pensado, sentido o descubierto por ninguna inteligencia, ¿sería distinguible de un Dios inexistente?

Porque incluso la idea de divinidad necesita de una mente que formule la pregunta.

Tal vez Dios, si existe, no necesite del universo. Pero un universo sin inteligencia jamás podría plantearse la existencia de Dios. No habría templos, ni plegarias, ni filosofía, ni ciencia, ni temor a la muerte, ni esperanza de eternidad.

Sería un cosmos sin preguntas metafísicas.

Un silencio total.

Y quizá por eso la inteligencia representa algo tan extraordinario. Porque no solo observa galaxias y estrellas, sino que también intenta comprender aquello que podría estar más allá del espacio y del tiempo.

Tal vez la aparición de seres conscientes no sea simplemente un accidente biológico, sino el momento en que el universo comenzó a preguntarse por su origen… y por la posible existencia de un creador.

No somos importantes por nuestro tamaño, sino porque somos una parte del universo que ha logrado despertar y hacerse preguntas sobre sí mismo.

Tal vez la inteligencia no sea un accidente insignificante del cosmos.

Tal vez sea su forma más elevada de existencia.

 

Ver el mejor vídeo jamás antes publicado sobre el universo, la vida y las religiones. Por el científico británico Roger Penrose:

 


https://www.youtube.com/watch?v=9Hzy_8VuiSc

 

 

viernes, 22 de mayo de 2026

Algunos jóvenes no respetan a los mayores

 


Algunos jóvenes no respetan a los mayores

Por Bruno Perera

Vivimos en una época donde la rapidez, la tecnología y el culto a la juventud parecen haber desplazado valores que durante siglos fueron fundamentales en la convivencia humana. Uno de ellos es el respeto hacia las personas mayores. No todos los jóvenes faltan al respeto, por supuesto, pero sí existe un sector de la juventud que mira a los ancianos como si fueran personas sin importancia, olvidando algo elemental: ellos también llegarán a viejos, si la vida les concede ese privilegio.

La juventud suele vivir con la sensación de que el tiempo nunca pasará para ellos. Cuando se es niño, la vida parece un juego interminable. Luego llega la adolescencia, etapa de diversión, descubrimientos y sueños. Más tarde aparecen los estudios, el trabajo, las amistades, las fiestas y los primeros amores. Durante esos años muchos gastan el dinero sin pensar demasiado en el mañana, porque creen que el futuro aún queda muy lejos.

Sin embargo, el reloj de la vida nunca se detiene.

A partir de cierta edad, normalmente alrededor de los veinticinco o treinta años, muchas personas comienzan a mirar la vida de otra manera. Empiezan a ahorrar, a pensar en formar una familia, en comprar una vivienda o en construir cierta estabilidad. Entonces descubren que la vida no era tan infinita como parecía cuando tenían 16 o 18 años.

Después llegan los hijos, las responsabilidades y el cansancio acumulado de décadas de trabajo. Y casi sin darse cuenta, aparece la jubilación. Algunos logran disfrutarla durante veinte o treinta años; otros apenas tienen tiempo para ello debido a enfermedades o a una muerte temprana. Por eso, quienes alcanzan los cien años o más pueden considerarse verdaderos ganadores de la lotería de la vida.

La ancianidad no debería verse como una carga, sino como una medalla ganada tras décadas de esfuerzo, sacrificios y experiencias. Cada persona mayor guarda en su memoria historias, errores, enseñanzas y conocimientos que ningún teléfono móvil ni ninguna inteligencia artificial pueden reemplazar totalmente. Son bibliotecas humanas vivientes.

Resulta triste observar cómo algunos jóvenes se burlan de la lentitud de un anciano al caminar, de su forma de hablar o de sus dificultades para adaptarse a las nuevas tecnologías. Lo que no comprenden es que el envejecimiento no perdona a nadie. El joven fuerte de hoy puede ser mañana el anciano que necesite ayuda para subir unas escaleras o cruzar una calle.

Una sociedad que desprecia a sus mayores termina perdiendo parte de su memoria y de su humanidad. El respeto hacia los ancianos no debería nacer solo de la educación familiar o de las normas sociales, sino también de la inteligencia y de la empatía. Respetar a los mayores es, en el fondo, respetar nuestro propio futuro.

Además, muchas veces olvidamos que las generaciones mayores fueron quienes levantaron las ciudades, construyeron carreteras, trabajaron en el campo, criaron hijos y sostuvieron economías enteras en tiempos mucho más difíciles que los actuales. Muchos de ellos vivieron guerras, pobreza o etapas donde apenas existían comodidades. Gracias a su esfuerzo, las nuevas generaciones heredaron un mundo con más oportunidades.

La vida humana es como una rueda que nunca deja de girar. Hoy unos están arriba y otros abajo; hoy unos son jóvenes y otros ancianos. Mañana los papeles cambiarán inevitablemente.

Por eso sería bueno que algunos jóvenes reflexionaran más antes de despreciar a un mayor. Tal vez deberían mirar a sus abuelos y preguntarse cómo les gustaría ser tratados cuando les lleguen las arrugas, el cansancio y la fragilidad de la edad avanzada.

Porque si existe algo seguro en esta vida, es que el tiempo pasa para todos y que no perdona ni tampoco agracia a nadie con intención cosmológica.

 

miércoles, 20 de mayo de 2026

Zapatero voló en el nido del Cucú situado en un árbol con muchas ramas podridas

 


Zapatero voló en el nido del Cucú situado en un árbol con muchas ramas podridas

Por Bruno Perera

En la política española existe una vieja costumbre: cuando comienzan a aparecer demasiadas sombras alrededor de determinados personajes públicos, unos los convierten en héroes perseguidos y otros en culpables antes de que exista sentencia alguna. Y en medio de ese ruido mediático y político se encuentra el expresidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo nombre vuelve a sonar con fuerza en tertulias, redes sociales y artículos de opinión debido a las múltiples especulaciones, acusaciones indirectas y teorías que circulan sobre sus relaciones políticas y diplomáticas.

La imagen que muchos españoles empiezan a percibir es la de un político que decidió volar demasiado cerca de ciertos entornos controvertidos, confiando quizá en que su experiencia, sus contactos internacionales y su influencia le permitirían mantenerse siempre por encima de cualquier sospecha. Pero la historia política demuestra que cuando un árbol tiene demasiadas ramas secas o podridas, cualquiera que se pose sobre él corre el riesgo de caer junto con ellas.

A día de hoy, gran parte de lo que se comenta sobre Zapatero pertenece más al terreno de la especulación política y mediática que al de los hechos judicialmente probados. Conviene recordarlo porque en democracia nadie debería ser condenado en la plaza pública antes de que hablen los tribunales. Sin embargo, también es cierto que la percepción pública pesa mucho, y en España la confianza en la clase política lleva años deteriorándose.

Muchos ciudadanos ven con preocupación las relaciones mantenidas por determinados dirigentes españoles con gobiernos extranjeros polémicos o con figuras políticas cuestionadas internacionalmente. Otros consideran que Zapatero actuó simplemente como mediador internacional, intentando ejercer un papel diplomático que, acertado o no, formaba parte de su estrategia política personal tras abandonar la presidencia del Gobierno. El propio Zapatero ha defendido públicamente su amistad con dirigentes chavistas como Delcy y Jorge Rodríguez, afirmando incluso que “ellos me han ayudado y yo les he ayudado”. (RTVE)

Sin embargo, para una parte importante de la sociedad española y también para sectores de la oposición venezolana, esa cercanía política y personal con el chavismo siempre generó sospechas. Desde hace años, algunos opositores venezolanos llegaron a acusarlo de actuar más como protector internacional del régimen de Nicolás Maduro que como mediador neutral. Incluso la Asamblea Nacional venezolana controlada por la oposición llegó a declarar “inadmisible” su mediación al considerar que actuaba con parcialidad favorable al chavismo. (infobae)

Aquí es donde la metáfora del cucú cobra aún más fuerza.

El cucú es un ave que pone sus huevos en nidos ajenos para que otros carguen con el esfuerzo y las consecuencias. Y muchos críticos de Zapatero creen ver algo parecido en su manera de moverse políticamente entre gobiernos, empresarios, influencias diplomáticas y relaciones internacionales. Según esa visión crítica, el expresidente habría utilizado su enorme red de contactos para posicionarse siempre cerca de centros de poder económico y político tanto en España como en Venezuela.

Ahora bien, también existen quienes defienden exactamente lo contrario. Sus partidarios sostienen que Zapatero evitó escenarios de violencia civil en Venezuela, facilitó liberaciones de presos políticos y mantuvo abiertos canales de diálogo cuando otros solo apostaban por la confrontación. (RTVE)

El problema aparece cuando todas esas relaciones internacionales comienzan a mezclarse con investigaciones judiciales y acusaciones sobre tráfico de influencias. En los últimos días diversos medios han informado de que la Audiencia Nacional investiga presuntas conexiones económicas y empresariales vinculadas a operaciones relacionadas con Venezuela y con la aerolínea Plus Ultra. (El País)

Si finalmente un juez interrogara a Zapatero en un contexto de máxima presión mediática, podrían suceder varias cosas simultáneamente.

La primera sería una explosión política inmediata. Los partidos rivales aprovecharían el momento para intentar desgastar aún más al entorno socialista y presentar el caso como símbolo de una decadencia moral de parte de la izquierda política española. Mientras tanto, sus defensores denunciarían una persecución política o una campaña de demolición mediática.

La segunda consecuencia sería mediática. España vive instalada desde hace años en una política-espectáculo donde las investigaciones judiciales se convierten casi en series televisivas. Cada gesto, cada silencio y cada declaración serían analizados hasta el extremo por periodistas, tertulianos y usuarios de redes sociales.

Y la tercera consecuencia sería psicológica y social: aumentaría todavía más el desencanto ciudadano. Muchos españoles ya sienten que existe una enorme distancia entre la vida cotidiana de la población y los privilegios o maniobras de ciertas élites políticas. Si un expresidente acabara seriamente cuestionado judicialmente, para una parte importante del país sería otra prueba más de que el sistema político español atraviesa una profunda crisis ética.

No obstante, también podría ocurrir algo distinto: que tras el interrogatorio no aparecieran pruebas concluyentes de ilegalidad. De hecho, algunos juristas ya sostienen públicamente que determinadas acusaciones presentadas hasta ahora podrían carecer de base probatoria suficiente. (ElHuffPost) En ese caso, quienes durante meses o años hayan dado por hecha su culpabilidad quedarían políticamente retratados. Esa es precisamente la razón por la que en un Estado de derecho debe prevalecer siempre la prudencia.

El gran problema de la España actual es que la ciudadanía ya no distingue claramente entre información, propaganda, rumores o campañas de desgaste político. Todo se mezcla. Y cuando eso ocurre, cualquier figura pública queda atrapada en un juicio paralelo permanente.

Quizá por eso la metáfora del “nido del cucú” resulta tan apropiada. El cucú pone sus huevos en nidos ajenos y deja que otros carguen con las consecuencias. En política ocurre algo parecido: algunos construyen alianzas tácticas creyendo que podrán abandonarlas antes del derrumbe, pero a veces el árbol entero termina partiéndose.

Y muchos españoles, viendo el espectáculo desde abajo, comienzan a pensar que las ramas podridas no pertenecen solo a un político concreto, sino a una parte entera del sistema político español.