Normalmente,
los padres que viven fuera de la ley no enseñan a sus hijos a delinquir
Por Bruno Perera
Existe en la sociedad humana una paradoja que
merece ser analizada con detenimiento: muchas personas que se ganan la vida
mediante actividades ilegales, que engañan, extorsionan, trafican o corrompen
las instituciones, procuran, sin embargo, que sus hijos reciban una educación
respetable y tengan un futuro alejado de la delincuencia.
Es una contradicción que nos invita a
preguntarnos: ¿por qué quienes desprecian las leyes en su propia vida desean
que sus hijos aprendan a respetarlas?
Pensemos en las grandes organizaciones mafiosas
italianas que se establecieron en Estados Unidos, en los poderosos
narcotraficantes colombianos, mexicanos, etc., y en determinados políticos
corruptos que han utilizado sus cargos para enriquecerse. Muchos de ellos han
procurado ofrecer a sus descendientes una vida cómoda, enviándolos a buenos
colegios y universidades, con la esperanza de que lleguen a ocupar posiciones
respetables en la sociedad.
En algunas familias de origen italiano vinculadas
históricamente al crimen organizado, la educación religiosa también ha formado
parte de esa aspiración. Sin embargo, conviene aclarar que no todas las
familias mafiosas actúan de la misma manera ni todos sus hijos siguen el camino
que sus padres desean.
Lo verdaderamente llamativo es que una persona
puede pasar su vida quebrantando las leyes y, al mismo tiempo, considerar que
esas mismas leyes son necesarias para proteger a sus hijos.
Al Capone: el
poder criminal y la vida familiar
Uno de los ejemplos más conocidos de la historia
del crimen organizado estadounidense es Al Capone, el famoso gánster que dominó
buena parte del mundo criminal de Chicago durante la década de 1920, en los
años de la prohibición del alcohol.
Capone construyó su poder mediante el contrabando
de bebidas alcohólicas, el soborno y la violencia. Su organización llegó a
convertirse en un símbolo de la capacidad de las redes criminales para acumular
enormes fortunas mientras debilitaban las instituciones encargadas de
perseguirlas.
Pero detrás del personaje público existía también
un hombre con familia. Capone se casó con Mae Coughlin y tuvo un hijo, Albert
Francis Capone, conocido como Sonny.
La existencia de esa familia nos permite plantear
una cuestión interesante: ¿cómo podía alguien que había construido un imperio
delictivo desear que su propio hijo tuviera una vida familiar normal y un
futuro diferente?
La respuesta no tiene por qué encontrarse en una
repentina transformación moral. Puede que, sencillamente, Capone distinguiera
entre la vida que él había elegido y la que consideraba conveniente para su
descendencia.
Quien conoce los peligros de un mundo dominado
por las armas, las traiciones, las venganzas y las persecuciones policiales
puede desear que sus hijos no tengan que soportar esas mismas amenazas.
El dinero puede proporcionar lujos, pero no
garantiza la tranquilidad. Y una fortuna conseguida ilegalmente puede
convertirse en una herencia acompañada de miedo, sospechas y problemas con la
justicia.
Pablo Escobar:
una fortuna que no podía comprar la seguridad
Otro caso que ilustra esta contradicción es el de
Pablo Escobar, el narcotraficante colombiano que dirigió el poderoso cartel de
Medellín y que murió el 2 de diciembre de 1993 durante un enfrentamiento con
las fuerzas de seguridad colombianas.
Escobar acumuló una inmensa fortuna gracias al
tráfico internacional de cocaína y construyó una organización responsable de
una terrible ola de asesinatos, atentados, amenazas y corrupción.
Al mismo tiempo, cultivó una imagen de benefactor
entre determinados sectores populares, financiando proyectos sociales y
utilizando parte de su riqueza para ganar apoyo. Esa faceta no borra la
violencia ni el sufrimiento que provocó su organización.
Su historia también permite reflexionar sobre el
futuro de los hijos de quienes alcanzan un poder semejante.
¿Qué seguridad puede tener una familia cuando su
riqueza procede de una actividad que enfrenta a su propietario con policías,
jueces, organizaciones rivales y gobiernos? ¿Qué clase de herencia reciben los
hijos cuando el dinero familiar está relacionado con la violencia y el miedo?
La muerte de Escobar puso fin a su vida, pero no
eliminó todos los problemas que había generado el narcotráfico. Su familia tuvo
que afrontar las consecuencias de su legado y buscar seguridad en medio de una
situación extraordinariamente difícil.
La paradoja es evidente: el hombre que consiguió
amasar una fortuna inmensa no pudo comprar una protección definitiva para sí
mismo ni garantizar una vida libre de amenazas para sus seres queridos.
La moral: ¿un
principio universal o una convención humana?
Aquí entramos en un terreno más profundo: el de
la moral.
La moral es un conjunto de principios, valores y
normas mediante los cuales los seres humanos juzgamos nuestras acciones y las
de los demás. Aunque sus interpretaciones varían entre culturas y épocas, no
podemos afirmar que carezca de relación con nuestra naturaleza. Nuestra
capacidad de sentir empatía, cooperar y proteger a nuestros seres queridos
también tiene raíces biológicas y sociales.
En la naturaleza encontramos comportamientos de
competencia, lucha por los recursos y supervivencia, pero también cooperación,
cuidado de las crías y protección del grupo.
Por tanto, no sería correcto decir que la
naturaleza únicamente nos enseña a tomar lo que necesitamos sin pensar en los
demás. La realidad es más compleja: la supervivencia puede impulsar tanto el
enfrentamiento como la colaboración.
Sin embargo, los seres humanos hemos desarrollado
sociedades en las que las leyes intentan establecer límites a nuestros deseos
individuales. Sin ellas, la convivencia quedaría mucho más expuesta a la
fuerza, el engaño y los abusos de quienes tienen mayor poder.
Lo curioso es que algunas personas aceptan la
necesidad de esas reglas cuando se trata de proteger a su familia, pero las
rechazan cuando les impiden alcanzar sus propios objetivos.
Un delincuente puede considerar que engañar a un
desconocido es una manera de enriquecerse, pero enfurecerse si alguien engaña a
su hijo. Un empresario corrupto puede pagar sobornos para conseguir contratos,
pero desear que sus descendientes estudien, trabajen y obtengan sus títulos de
manera legítima.
En otras palabras, puede que no rechacen por
completo las normas morales: quizá las apliquen de manera selectiva, según sus
intereses y los de las personas a las que quieren proteger.
¿Por qué no
quieren que sus hijos sigan sus pasos?
Las razones pueden ser diversas.
En primer lugar, muchos padres conocen los
riesgos de su propia actividad. Saben que la delincuencia puede conducir a la
cárcel, a la pérdida de sus bienes, a la violencia o a una muerte prematura.
En segundo lugar, desean que sus hijos disfruten
de un prestigio social que ellos mismos no pueden conseguir de manera legítima.
Tener un hijo médico, ingeniero, abogado o empresario respetado puede
representar para ellos una forma de reconocimiento que el dinero obtenido
ilegalmente no les proporciona.
En tercer lugar, algunos pretenden romper el
vínculo entre su pasado y el futuro de su familia. Quieren que sus hijos
disfruten de las ventajas económicas que han acumulado, pero sin padecer las
consecuencias personales y judiciales de sus actividades.
Y existe una cuarta posibilidad: que determinados
padres quieran sinceramente a sus hijos y crean que una vida honrada es mejor,
aunque ellos no hayan sido capaces de vivirla.
Pero aquí aparece otra contradicción. ¿Cómo se
puede enseñar honestidad a un hijo mientras se le muestra, mediante el ejemplo
cotidiano, que el engaño y la corrupción son caminos eficaces para conseguir
dinero y poder?
Las palabras pueden recomendar una conducta, pero
los hechos también educan. Un niño que observa cómo su padre obtiene beneficios
mediante trampas puede acabar aprendiendo que la honestidad es un discurso para
los demás, mientras que la astucia sin escrúpulos es el verdadero camino hacia
el éxito.
Naturalmente, eso no significa que los hijos de
delincuentes estén condenados a convertirse en delincuentes. Muchos rechazan el
comportamiento de sus padres y construyen vidas completamente diferentes.
Otros, por el contrario, pueden heredar no solo el patrimonio, sino también las
relaciones, los negocios y las costumbres que mantienen viva una organización
criminal.
Los políticos
corruptos: otra cara de la misma paradoja
Esta reflexión no afecta únicamente a las mafias
y al narcotráfico. También puede aplicarse a quienes utilizan el poder político
para enriquecerse ilegalmente.
Un político corrupto puede pronunciar discursos
sobre la justicia, la igualdad y el respeto a las instituciones mientras
utiliza su posición para favorecer a determinados empresarios, cobrar
comisiones o desviar fondos públicos.
Sin embargo, probablemente desee que sus hijos
estudien en buenos centros educativos, obtengan titulaciones reconocidas y consigan
empleos que les permitan vivir sin tener que recurrir a las prácticas que él
mismo ha utilizado.
¿No resulta paradójico?
El dinero público pertenece a la sociedad y su
utilización fraudulenta perjudica a ciudadanos que necesitan hospitales,
carreteras, escuelas y servicios sociales. Pero quien se enriquece de esa
manera puede terminar empleando parte de ese dinero en proporcionar a su
familia una educación y unas oportunidades que otros ciudadanos difícilmente
pueden permitirse.
La contradicción no consiste en querer un futuro
mejor para los hijos. Eso es natural y comprensible. El problema aparece cuando
se pretende conseguir ese futuro perjudicando a los demás y se reserva para la
propia familia una moral distinta de la que se exige al resto de la sociedad.
Una herencia
que va más allá del dinero
Al final, la cuestión más importante no es si los
delincuentes quieren a sus hijos, sino qué clase de legado les dejan.
Una herencia puede estar formada por propiedades,
empresas, cuentas bancarias y bienes materiales. Pero también puede incluir un
apellido asociado a la delincuencia, enemigos, investigaciones judiciales,
desconfianza social y una historia familiar difícil de explicar.
La verdadera riqueza de una familia no debería
medirse únicamente por el dinero acumulado, sino también por la libertad de sus
miembros para vivir sin miedo, desarrollar sus capacidades y relacionarse con
los demás sin tener que ocultar el origen de su patrimonio.
Por eso, cuando un padre que ha vivido al margen
de la ley intenta orientar a sus hijos hacia una vida honrada, está
reconociendo, de alguna manera, que existen caminos mejores que el suyo.
La pregunta que queda en el aire es por qué, si
considera que esos caminos son mejores para sus hijos, no los eligió también
para sí mismo.
Quizá la respuesta sea que el ser humano no
siempre actúa conforme a lo que considera correcto. A veces conoce la
diferencia entre el bien y el mal, pero antepone la ambición, el poder, el
miedo o el deseo de enriquecerse a sus propios principios.
Y esa es una de las grandes contradicciones de
nuestra sociedad: muchas personas quieren que sus hijos vivan en un mundo
más justo, pero no todas están dispuestas a contribuir a construirlo mediante
sus propias acciones.
Porque, al fin y al cabo, no basta con educar a
los hijos para que respeten la ley. También es necesario que los padres
comprendan que la honestidad no debe ser una obligación reservada a las
generaciones futuras, sino una responsabilidad que comienza con uno mismo.


