jueves, 18 de junio de 2026
lunes, 15 de junio de 2026
El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes que él no acoge en su hogar vaticano
El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes
que él no acoge en su hogar vaticano
Por Bruno Perera
Cada vez que el Papa hace un llamamiento a una
mayor acogida de inmigrantes en Canarias, España o Europa, surge una pregunta
que muchos ciudadanos nos hacemos: ¿Por qué pide a otros que hagan lo que el
propio Vaticano no parece dispuesto a asumir en la misma proporción?
Nadie discute que ayudar a personas necesitadas
sea una obligación moral para quienes así lo consideran. Tampoco se puede negar
que la Iglesia católica, a través de numerosas organizaciones benéficas,
participa en programas de ayuda humanitaria en distintos países. Sin embargo,
una cosa es predicar la solidaridad y otra muy distinta asumir directamente
todas las consecuencias prácticas de esa solidaridad.
Canarias lleva más de 3 décadas soportando una
presión migratoria constante. Decenas de miles de inmigrantes ilegales llegan
cada año a las islas en embarcaciones precarias, y su atención requiere enormes
recursos económicos, sanitarios, educativos y sociales. Estos gastos son
sufragados principalmente por los contribuyentes españoles y europeos.
Cuando el Papa pide una mayor acogida, muchos
canarios percibimos que el mensaje va dirigido siempre a terceros: a los
gobiernos, a las administraciones públicas y a los ciudadanos. Sin embargo, el
Estado de la Ciudad del Vaticano, aunque es una entidad soberana con recursos
propios, no se presenta como un lugar dispuesto a albergar de forma masiva a
quienes llegan ilegalmente a Europa.
Es cierto que el Vaticano es un territorio muy
pequeño y que no dispone de capacidad para acoger grandes cantidades de
personas. Pero precisamente ese argumento es el mismo que utilizamos muchos
ciudadanos de Canarias cuando afirmamos que unas islas limitadas en territorio,
recursos e infraestructuras tampoco pueden absorber indefinidamente una
inmigración creciente.
La cuestión, por tanto, no es si debe existir
solidaridad. La verdadera cuestión es quién debe asumir el coste de esa
solidaridad y cuáles son sus límites razonables.
Resulta fácil reclamar generosidad cuando los
gastos recaen sobre otros. Es más sencillo pedir a los ciudadanos europeos que
compartan sus recursos, su vivienda pública, sus servicios sanitarios y sus
escuelas que ofrecer el propio hogar para resolver el problema.
Por ello, muchos ciudadanos contemplamos con
escepticismo los llamamientos papales sobre inmigración. Consideramos que
existe una diferencia entre el discurso moral y la realidad práctica. Desde su
punto de vista, el Papa predica una solidaridad cuyos costes son asumidos
principalmente por terceros.
Quizá el debate debería centrarse menos en los
discursos y más en las soluciones reales para evitar que millones de personas
se vean obligadas a abandonar sus países. Porque mientras las causas profundas
de la emigración no se resuelvan, Europa seguirá afrontando un fenómeno que
ningún territorio, por solidario que sea, puede absorber sin límites.
La solidaridad es una virtud. Pero también lo son
la responsabilidad, la prudencia y el reconocimiento de que los recursos de
cualquier comunidad son finitos.
sábado, 13 de junio de 2026
¿Quiénes eran dueños de los mares y océanos antes de las ZEE y las plataformas continentales?
Poseidón, el dios de los mares y océanos de la mitología griega
¿Quiénes eran dueños de los mares y océanos antes
de las ZEE y las plataformas continentales?
Por Bruno Perera
Cuando observamos un mapa marítimo actual, vemos
mares y océanos divididos por líneas invisibles que delimitan aguas
territoriales, zonas contiguas, Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) y plataformas
continentales extendidas. Sin embargo, esta organización jurídica es muy
reciente. Durante casi toda la historia humana, los mares y océanos no
estuvieron repartidos como hoy.
Esto nos lleva a una pregunta esencial: ¿Quiénes eran los dueños de los mares y océanos antes de que existieran las ZEE de 200 millas
y las plataformas continentales modernas?
La respuesta es tan simple como profunda: nadie
era dueño de la inmensa mayoría de los mares y océanos.
Los mares y océanos antes del siglo XX: espacios
casi completamente libres
Durante siglos, los Estados costeros solo
controlaban una franja muy estrecha de mar adyacente a sus costas. Más allá de
esa zona mínima, los mares y océanos eran considerados un espacio abierto para
la navegación, la pesca y el comercio.
La regla general era clara: mar territorial muy
reducido y océano libre para todos.
Intentos de apropiación en la Edad Media y la Era
de los Descubrimientos
Algunas potencias intentaron reclamar grandes
extensiones oceánicas. El ejemplo más famoso es el Tratado de Tordesillas
(1494), por el que Castilla y Portugal se repartieron las áreas de exploración
del Atlántico. Sin embargo, este acuerdo solo obligaba a las dos coronas y
nunca fue aceptado por el resto de Europa.
Grocio y el nacimiento del “mar libre”
A comienzos del siglo XVII, el jurista neerlandés
Hugo Grocio publicó Mare Liberum (1609), defendiendo que los mares y
océanos debían permanecer abiertos a todas las naciones y que ningún Estado
podía apropiarse de ellos debido a su inmensidad.
Su doctrina terminó imponiéndose: los Estados
solo controlaban una franja mínima y el resto de los mares y océanos era alta
mar, un espacio sin dueño.
Durante siglos, el límite habitual fue de tres
millas náuticas, basado en el alcance de los cañones costeros. Más tarde
algunos países ampliaron a seis y doce millas, pero la lógica seguía siendo la
misma: el mar era libre.
El punto de inflexión: la Proclamación Truman
(1945)
El gran cambio llegó en el siglo XX. El
desarrollo tecnológico permitió explotar recursos pesqueros, petrolíferos y
minerales situados lejos de la costa. En 1945, Estados Unidos emitió la
Proclamación Truman, reclamando derechos exclusivos sobre los recursos de su
plataforma continental.
Este acto desencadenó una ola de reclamaciones
similares en América Latina, África y Asia. Por primera vez, los Estados
empezaron a extender su jurisdicción mar adentro.
La UNCLOS de 1982: el sistema marítimo moderno
Tras décadas de negociaciones, la Convención de
las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, 1982) estableció el marco
jurídico que usamos hoy.
Las zonas marítimas actuales son:
El mar territorial (0–12 millas náuticas), donde
el Estado ejerce soberanía plena sobre aguas, lecho y espacio aéreo.
La zona contigua (12–24 millas náuticas), donde
el Estado puede ejercer control en materia aduanera, fiscal, sanitaria e
inmigratoria.
La Zona Económica Exclusiva (hasta 200 millas
náuticas), donde el Estado no es dueño del mar, pero sí tiene derechos
soberanos para explorar y explotar recursos naturales en la columna de agua, el
lecho y el subsuelo.
La plataforma continental (hasta 200 millas o
más), que abarca solo el lecho y el subsuelo marino y puede extenderse más allá
de 200 millas si la prolongación natural del territorio submarino lo justifica.
Criterios técnicos para extender la plataforma
continental (artículo 76 de la UNCLOS)
La ampliación puede llegar hasta 350 millas
náuticas o 100 millas más allá de la isobata de 2.500 metros, según criterios
geológicos y geomorfológicos. La isobata no es la regla general, sino uno de
los criterios posibles.
Alta mar y “la Zona”
Más allá de la ZEE, el agua superficial es alta
mar, un espacio sin jurisdicción estatal. El fondo marino más allá de las
plataformas continentales se denomina “la Zona” y es considerado patrimonio
común de la humanidad.
Reflexión final
La historia demuestra que las actuales divisiones
marítimas son extremadamente recientes. Durante miles de años, los mares y
océanos fueron espacios abiertos donde ninguna nación podía reclamar propiedad
exclusiva.
La progresiva ampliación de la jurisdicción
estatal —de 3 millas a 200 y, en algunos casos, hasta 350— ha supuesto una
auténtica territorialización de los mares y océanos.
Queda abierta una cuestión clave: ¿ha alcanzado este
proceso su límite o veremos nuevas reclamaciones en el futuro? Y, más allá de
eso, ¿deberían los mares y océanos seguir dividiéndose entre Estados o
preservarse como patrimonio común?
Lo cierto es que, durante la mayor parte de la
historia, nadie fue dueño de la inmensa mayoría del mar. Las fronteras
marítimas que hoy consideramos normales son, en realidad, una creación muy
reciente dentro de la larga historia de la civilización humana.
Datos y referencias
Tratado de Tordesillas (1494)
Hugo Grocio, Mare Liberum (1609)
Proclamación Truman sobre la plataforma continental (1945)
Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (1982)
Mar territorial: hasta 12 millas náuticas
Zona contigua: hasta 24 millas náuticas
ZEE: hasta 200 millas náuticas
Plataforma continental: hasta 350 millas náuticas o 100 millas más allá de la
isobata de 2.500 m
Alta mar: aguas fuera de la jurisdicción nacional
jueves, 11 de junio de 2026
Parece una broma: El Papa pide que Canarias acoja a más inmigrantes

Parece una
broma: El Papa pide que Canarias acoja a más inmigrantes
Por Bruno Perera
La reciente visita del Papa a Canarias y sus
llamamientos a una mayor acogida de inmigrantes han sido recibidos con aplausos
por unos y con indignación por otros. Entre estos últimos nos encontramos muchos
canarios que consideramos que las islas han llegado al límite de su capacidad
de acogida y que quienes piden más solidaridad desde cómodos despachos
desconocen la realidad que se vive en las calles de nuestras ciudades.
Canarias lleva más de 30 años soportando una
presión migratoria constante. Centenas de miles de inmigrantes ilegales llegan
en pateras y cayucos, mientras otras entran por vía aérea y permanecen en
situación ilegal. Ante esta situación, muchos ciudadanos nos preguntamos cuánto
más puede resistir un territorio fragmentado, alejado del continente europeo y
con recursos limitados.
La vivienda se ha convertido en un lujo para
miles de familias canarias. Los alquileres están por las nubes, comprar una
vivienda es cada vez más difícil y los salarios no crecen al mismo ritmo que el
coste de la vida. Mientras tanto, la sanidad acumula listas de espera, los servicios
sociales trabajan al límite y los cuerpos policiales denuncian falta de medios.
Ante este panorama, resulta comprensible que la
mayor parte de la población no entienda los mensajes que reclaman una acogida
cada vez mayor. Muchos ciudadanos consideramos que la solidaridad tiene límites
cuando los recursos son escasos y cuando las necesidades de la población local
siguen sin resolverse.
También existe una crítica creciente hacia
determinadas oenegés que viven de la gestión de programas relacionados con la
inmigración. Y por ello la mayor parte de ciudadanos piensan que se ha creado
una industria subvencionada alrededor del fenómeno migratorio. Aunque muchas de
estas entidades realizan algunas labores asistenciales, los desconformes consideramos
que existe una dependencia económica de un problema que parece no tener
solución ni final.
La cuestión que muchos planteamos es sencilla: si
la inmigración masiva es una responsabilidad moral de toda Europa, ¿por qué
Canarias debe soportar una carga tan desproporcionada? ¿Por qué no se
distribuye de forma efectiva entre todos los territorios? ¿Por qué las regiones
más alejadas de las rutas migratorias pueden pronunciar discursos humanitarios
sin sufrir las consecuencias directas de la presión que soportan las fronteras
exteriores? ¿Y por qué no se cierran las fronteras?
En cuanto al Vaticano, algunos ciudadanos sostenemos
que sus mensajes serían más convincentes si la propia Iglesia asumiera una
responsabilidad material aún mayor en la acogida de inmigrantes. Los canarios consideramos
que no basta con hacer llamamientos morales, sino que también es necesario
ofrecer ejemplos prácticos de cómo afrontar un fenómeno tan complejo.
El debate sobre la inmigración suele presentarse
como una lucha entre buenos y malos, entre solidarios e insolidarios. Sin
embargo, la realidad es mucho más compleja. Es posible sentir compasión por
quienes arriesgan su vida en el mar y, al mismo tiempo, preocuparse por el
impacto que una inmigración descontrolada puede tener sobre los servicios
públicos, la vivienda y la convivencia social.
Canarias no puede convertirse indefinidamente en
la sala de espera de Europa. La solidaridad es una virtud, pero también lo es
la responsabilidad. Y gobernar consiste precisamente en encontrar un equilibrio
entre ambas.
Quizá la verdadera pregunta no sea cuántos
inmigrantes más puede acoger Canarias, sino cuánto tiempo más podrá mantenerse
una situación en la que las soluciones reales parecen sustituirse por discursos
manipulados que no resuelven los problemas de fondo.
Porque las palabras de toque de corazón pueden
aliviar conciencias, pero no construyen viviendas, no amplían hospitales, no
crean empleo ni eliminan la presión que sentimos miles de ciudadanos que
observamos cómo nuestras dificultades aumentan año tras año.
Nota: No pido más que un poco de solidaridad: El Vaticano como ejemplo de buena voluntad podría acoger a unos 50 MENAs y mantenerlos durante tres años por unos 3.500 euros mensuales por cada uno. A ver si a la curia le gusta el remedio social compartido.
Apostilla: La inmigración, la Iglesia y los límites de Canarias
Cada vez que el Papa o altos representantes de la
Iglesia católica hacen un llamamiento para que Canarias reciba más inmigrantes,
surge una pregunta que muchos canarios nos planteamos: ¿Quién soportará
realmente las consecuencias de esa acogida continua y creciente?
La Iglesia defiende públicamente una mayor
solidaridad con los inmigrantes y refugiados, apelando a valores cristianos
como la caridad, la compasión y la ayuda al necesitado. Sin embargo, existen
ciudadanos que consideramos que esta postura no aborda suficientemente los
problemas reales que afrontan los territorios receptores, especialmente cuando
estos poseen recursos limitados y una capacidad de acogida finita.
Desde esta perspectiva crítica, muchos miles de
canarios sostenemos que si la Iglesia desea ayudar a los más desfavorecidos del
mundo, debería concentrar una parte importante de sus recursos económicos en
promover el desarrollo de los países de origen de la emigración. La
construcción de escuelas, hospitales, centros de formación profesional,
sistemas de abastecimiento de agua y proyectos de desarrollo económico podrían
contribuir a que muchas personas encontraran oportunidades en sus propias
tierras sin verse obligadas a emprender peligrosas rutas migratorias.
Quienes defendemos esta posición también señalamos
que el Vaticano dispone de importantes recursos económicos, patrimoniales e
inmobiliarios. Por ello consideramos que, antes de pedir mayores esfuerzos a
regiones que ya soportan fuertes presiones sociales y económicas, la propia
Iglesia podría incrementar aún más sus programas de ayuda directa en los países
más pobres.
En Canarias, el debate adquiere una dimensión
especial debido a la condición insular del archipiélago. Las islas cuentan con
un territorio limitado, recursos naturales escasos, dificultades para ampliar
infraestructuras y una creciente presión sobre la vivienda, la sanidad, los
servicios sociales y el empleo. Para la mayoría de ciudadanos canarios, estas
circunstancias hacen que cualquier incremento significativo de población genere
tensiones adicionales.
Quienes sostenemos esta visión argumentamos que
el espacio disponible en las islas debe planificarse pensando también en las
futuras generaciones de canarios. Consideramos que la protección del
territorio, de los recursos naturales y de la calidad de vida de los residentes
constituye una obligación de cualquier administración pública responsable.
Según este razonamiento, no se trata de rechazar
la ayuda humanitaria ni de ignorar el sufrimiento de quienes emigran, sino de
reconocer que ningún territorio posee una capacidad ilimitada para absorber
población sin que aparezcan problemas sociales, económicos y medioambientales.
El verdadero desafío consiste en encontrar un
equilibrio entre la solidaridad y la sostenibilidad. Una ayuda eficaz debería
combinar la asistencia humanitaria inmediata con inversiones que permitan a los
países de origen mejorar sus condiciones económicas y sociales. Solo así podría
reducirse la necesidad de emigrar por pura supervivencia.
Pero
en esto nace un problema. Cuando los
países más desarrollados invierten en África o en otras naciones en vías de
desarrollo, suele surgir un problema: una parte de la población local ve esas
inversiones con desconfianza y considera que no buscan ayudar al progreso del
país, sino aprovecharse de sus recursos y de su mano de obra para beneficio
propio.
La cuestión de fondo sigue abierta: ¿es más
eficaz concentrar los esfuerzos en acoger cada vez a más personas en los países
receptores, o invertir masivamente en crear oportunidades en los países de origen
para que millones de personas no tengan que abandonar sus hogares?
Muchos canarios creemos que la segunda opción es
la más razonable y sostenible a largo plazo, especialmente en un territorio
limitado como Canarias, donde los recursos y el espacio no son infinitos y
donde también deben preservarse oportunidades para las generaciones futuras.
¿Qué clase de universo habría si el Big Bang no hubiese ocurrido?
¿Qué clase de universo habría si el Big Bang no hubiese ocurrido?
Por Bruno Perera
Si la Nada no hubiera despertado creando el Big
Bang, ¿qué clase de universo tendríamos? Y aún más importante: si algo
existiera en esa Nada Absoluta, ¿quién podría dar testimonio de ello?
Estas preguntas parecen sencillas, pero nos
llevan a uno de los mayores misterios que la inteligencia humana ha intentado
comprender desde que comenzó a observar las estrellas. Según la teoría
científica más aceptada, el universo nació hace unos 13.800 millones de años en
un acontecimiento conocido como Big Bang. Antes de ese instante, la ciencia
reconoce que sus herramientas actuales encuentran enormes dificultades para
describir qué había o qué podía existir.
Pero imaginemos por un momento que el Big Bang
jamás hubiese ocurrido.
En ese escenario no existirían galaxias, estrellas,
planetas ni seres vivos. No existirían los átomos que forman nuestros cuerpos
ni la luz que viaja por el espacio. Tampoco existiría el tiempo tal como lo
conocemos, pues el tiempo parece estar ligado a la existencia misma del
universo.
Algunos filósofos sostienen que habría una Nada
Absoluta. No una oscuridad infinita, porque la oscuridad ya implica la
existencia de espacio donde pueda haber ausencia de luz. La Nada Absoluta sería
la inexistencia total de materia, energía, espacio, tiempo, leyes físicas e
incluso de posibilidades.
Sin embargo, aquí aparece una paradoja
fascinante: si realmente existiera una Nada Absoluta, ¿cómo pudo surgir algo de
ella? ¿Cómo nació el universo?
Quizás la Nada Absoluta sea imposible. Tal vez la
existencia sea una propiedad inevitable de la realidad. Quizás siempre hubo
algo, aunque fuera una forma de existencia tan extraña que nuestras mentes no
pueden comprenderla.
Otra posibilidad es que el universo exista dentro
de una realidad superior. Del mismo modo que un pez no comprende el océano
entero porque solo conoce una pequeña parte de él, nosotros podríamos estar
observando apenas una diminuta región de una realidad mucho más vasta.
Pero volvamos a la pregunta inicial. Supongamos
que no hubiese ocurrido el Big Bang y que existiera una especie de realidad
silenciosa e inmóvil.
¿Quién podría dar testimonio de ella?
La respuesta parece ser nadie.
Sin observadores, sin inteligencia y sin
conciencia, no habría nadie para afirmar que algo existe. El universo, si
existiera, sería una realidad muda. No habría palabras para describirlo, ni
pensamientos para interpretarlo, ni memoria para conservar su historia.
Esto nos conduce a una reflexión profunda. Quizás
la inteligencia no sea simplemente un producto accidental del cosmos. Tal vez
la inteligencia sea el mecanismo mediante el cual el universo llega a conocerse
a sí mismo.
Las montañas existen, pero no saben que existen.
Las estrellas brillan, pero no saben que brillan.
Las galaxias giran durante miles de millones de
años, pero no son conscientes de su movimiento.
Somos nosotros, los seres inteligentes, quienes
observamos, analizamos y explicamos esas realidades. Gracias a la conciencia,
la materia deja de ser completamente muda y adquiere significado.
Por ello podría afirmarse que los seres
inteligentes somos la voz del universo. Somos la parte del cosmos que pregunta
de dónde viene, por qué existe y cuál puede ser su destino final.
Quizás, si el Big Bang nunca hubiera ocurrido,
tampoco habría surgido ninguna inteligencia capaz de formular estas preguntas.
En consecuencia, jamás habría existido un testigo para confirmar la existencia
o inexistencia de nada.
Y tal vez esa sea una de las mayores
singularidades del ser humano: que en un universo inmenso y aparentemente
indiferente ha aparecido una forma de materia capaz de contemplar las estrellas
y preguntarse qué había antes de que ellas existieran.
Quizás la gran misión de la inteligencia sea
precisamente esa: ser los ojos con los que el cosmos se observa a sí mismo y la
voz con la que intenta explicar su propio origen.
Apéndice:
Reflexión adicional
La ciencia intenta explicar cómo nació el
universo. La filosofía intenta comprender por qué existe algo en lugar
de nada. Ambas disciplinas siguen enfrentándose a una frontera común: el
misterio del origen último de la realidad. Hasta hoy nadie ha demostrado qué
había antes del Big Bang ni si la pregunta misma tiene sentido. Quizás el mayor
descubrimiento futuro no sea encontrar qué hubo antes del universo, sino
comprender por qué existe la capacidad de preguntarlo.
miércoles, 10 de junio de 2026
Imagínate un mundo donde todas las criaturas fueran inteligentes
Imagínate
un mundo donde todas las criaturas fueran inteligentes
Por Bruno Perera
Imaginemos por un instante un planeta Tierra
donde todas las criaturas poseyeran la misma capacidad de razonar, hablar y
reflexionar que los seres humanos. Un mundo donde las vacas discutieran sobre
filosofía, los cerdos escribieran poesía, los peces reclamaran derechos, los
leones defendieran su territorio ante tribunales y los insectos explicaran sus
propias teorías sobre el universo.
A primera vista podría parecer un paraíso de
comprensión mutua, una gran comunidad de seres conscientes compartiendo un mismo
hogar. Sin embargo, cuanto más profundamente reflexionamos sobre esa
posibilidad, más inquietante se vuelve.
Porque la inteligencia no elimina necesariamente
los conflictos. Los seres humanos, que compartimos la misma especie, seguimos
enfrentándonos por diferencias de raza, religión, ideología, nacionalidad o
riqueza. Si entre individuos tan parecidos existe tanta división, ¿qué
ocurriría en un mundo donde convivieran miles de especies inteligentes
físicamente distintas?
El racismo adquiriría dimensiones inimaginables.
Cada especie se consideraría superior a las demás. Los depredadores
justificarían su dominio apelando a la fuerza. Las presas reclamarían su
derecho a vivir. Los animales de gran tamaño despreciarían a los pequeños,
mientras que estos acusarían a los grandes de tiranía biológica.
Pero el problema más profundo sería otro.
¿Cómo podría existir una convivencia pacífica
cuando la propia naturaleza obliga a unos seres a alimentarse de otros?
¿Cómo justificaría un lobo el hecho de devorar a
un cordero que comprende perfectamente el significado de la muerte?
¿Cómo aceptaría un pez ser tragado vivo sabiendo
exactamente lo que le espera?
¿Cómo podría una vaca acudir tranquilamente al
matadero siendo plenamente consciente de su destino?
La cadena alimentaria se convertiría en una
tragedia universal. Cada comida sería un juicio moral. Cada acto de
supervivencia implicaría la destrucción consciente de otra inteligencia.
Quizás por ello la naturaleza, o aquello que dio
origen al universo, no distribuyó la inteligencia de manera uniforme. Tal vez
la mayoría de los animales viven sin formular las preguntas que atormentan a
los humanos porque, de otro modo, la existencia sería todavía más dolorosa de
lo que ya es.
No sabemos quién o qué creó el universo. Los científicos
postulan que se creó por si mismo a través del Big Bang y la partícula de Higgs;
y las religiones implican a dioses con propósitos definidos. Pero fuera de las
creencias permanece un inmenso misterio.
Podemos imaginar la existencia de un Cosmo-Poder,
una fuerza creadora que no responde a las características humanas que
atribuimos a los dioses tradicionales. No sería un juez, ni un padre, ni un
salvador. Sería simplemente la potencia originaria que hizo posible la
existencia.
Ese Cosmo-Poder habría dado forma a galaxias,
estrellas, planetas y seres vivos siguiendo leyes que apenas comenzamos a
comprender. Y si realmente existe, sus motivos permanecen ocultos para
nosotros.
La creación parece estar construida sobre una
paradoja permanente. La vida genera belleza, pero también sufrimiento. Produce
amor, pero también pérdida. Hace posible la alegría, pero inevitablemente
conduce a la muerte.
Cada ser nace condenado a desaparecer.
Cada criatura lucha por vivir sabiendo que
finalmente perderá esa batalla.
La naturaleza entera parece sostenerse sobre un
intercambio constante entre creación y destrucción.
Quizás por eso el universo provoca tanta
fascinación como angustia. Contemplamos los cielos estrellados y sentimos
asombro, pero también percibimos el inmenso silencio que nos rodea. Un silencio
que no responde a nuestras preguntas.
¿Por qué existimos?
¿Por qué existe el dolor y el llanto?
¿Por qué la vida necesita alimentarse de vida?
¿Por qué la conciencia surge en un universo
aparentemente indiferente a ella?
Nadie posee respuestas definitivas.
Y tal vez nunca las tengamos.
Vivimos en un mundo que muchos consideramos
huérfano de Dios, un mundo donde no existen pruebas concluyentes de una
voluntad divina que intervenga en nuestros destinos. Sin embargo, incluso en
ese aparente abandono cósmico, seguimos percibiendo la presencia de algo mayor
que nosotros mismos: una fuerza creadora inexplicable, un Cosmo-Poder que dio
origen a todo cuanto existe.
Ante ese misterio solo nos queda una posibilidad:
intentar comprender, amar y aliviar el sufrimiento de quienes comparten con
nosotros este breve instante de existencia.
Porque si algo distingue a los seres humanos no
es únicamente la inteligencia, sino la capacidad de reconocer el dolor ajeno y
actuar para reducirlo.
Quizás esa sea la única respuesta que podemos
ofrecer al silencio del universo.
¿Qué puede hacer España para volver a ser una economía competitiva?
¿Qué puede
hacer España para volver a ser una economía competitiva?
Por Bruno
Perera
España atraviesa una situación compleja que
preocupa a millones de ciudadanos. Mientras los precios de la vivienda alcanzan
niveles difíciles de asumir para una gran parte de la población, los salarios
permanecen estancados, la cesta de la compra sigue encareciéndose y la
percepción de corrupción política continúa erosionando la confianza de los
ciudadanos en las instituciones.
Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable:
¿qué puede hacer España para recuperar competitividad económica y mejorar el
nivel de vida de sus ciudadanos?
Ningún país puede planificar correctamente sus
servicios públicos, su mercado laboral o sus políticas de vivienda si desconoce
cuántas personas inmigrantes ilegales entran y permanecen en su territorio.
España necesita reforzar el control de sus fronteras marítimas y aéreas,
agilizar los procedimientos de identificación y devolución cuando la ley lo
permita, y promover acuerdos eficaces con los países de origen y tránsito.
La inmigración legal, ordenada y vinculada a las
necesidades reales del mercado laboral puede ser beneficiosa. Sin embargo, la
inmigración irregular masiva de adultos y MENAs genera tensiones sobre los
servicios públicos, la vivienda y determinados sectores laborales donde los
salarios ya son bajos.
La vivienda se ha convertido en uno de los
mayores problemas económicos del país. Miles de jóvenes no pueden
independizarse y numerosas familias destinan una parte excesiva de sus ingresos
al alquiler o a la hipoteca.
España necesita aumentar significativamente la
construcción de viviendas, especialmente vivienda protegida y asequible.
También es necesario simplificar trámites urbanísticos, liberar suelo donde sea
viable y fomentar la colaboración público-privada para incrementar la oferta.
Cuando la oferta es insuficiente y la demanda
aumenta, los precios se disparan. Esa es una ley económica básica que ningún
gobierno puede ignorar.
La okupación ilegal de viviendas genera inseguridad
jurídica y desconfianza entre los propietarios. Muchos pequeños ahorradores
evitan poner sus viviendas en alquiler por miedo a sufrir largos procesos
judiciales en caso de impago u okupación.
España necesita procedimientos judiciales rápidos
que permitan distinguir claramente entre situaciones de vulnerabilidad social y
okupaciones ilegales. Proteger a las familias necesitadas no debe significar
desproteger el derecho de propiedad.
Una mayor seguridad jurídica ayudaría a aumentar
la oferta de viviendas en alquiler y contribuiría a moderar los precios.
Las pequeñas y medianas empresas son el motor
económico del país. Sin embargo, muchas soportan una elevada carga fiscal y
burocrática.
Reducir impuestos sobre el trabajo, simplificar
trámites administrativos y facilitar la creación de empresas permitiría atraer
inversión, generar empleo y mejorar los salarios.
La riqueza no se crea desde los despachos
ministeriales, sino mediante la actividad de millones de trabajadores,
autónomos y empresarios.
La corrupción tiene un coste económico enorme.
Cada euro malgastado en contratos amañados, enchufismo o clientelismo es un
euro que deja de invertirse en infraestructuras, sanidad, educación o reducción
de impuestos.
España necesita endurecer las penas por
corrupción, aumentar la transparencia de las administraciones públicas y
reforzar los organismos de control independientes.
La confianza es uno de los activos más
importantes para cualquier economía moderna. Cuando los ciudadanos perciben que
las reglas no son iguales para todos, la inversión disminuye y el crecimiento
económico se resiente.
Los salarios españoles llevan años perdiendo
capacidad de compra frente al aumento de los precios. Para mejorar los sueldos
no basta con decretarlo desde un despacho; es necesario aumentar la
productividad de la economía.
Eso implica invertir en innovación, industria,
energía competitiva, formación profesional, digitalización y sectores de alto
valor añadido.
Los países más ricos no son los que reparten
mejor la pobreza, sino los que generan más riqueza.
Conclusión
España dispone de recursos humanos,
infraestructuras, posición geográfica y capacidad empresarial suficientes para
convertirse en una de las economías más competitivas de Europa. Sin embargo,
para lograrlo necesita afrontar con valentía problemas que muchos responsables
políticos prefieren evitar o maquillar.
Controlar la inmigración irregular, aumentar la
oferta de vivienda, combatir la okupación ilegal, reducir la presión fiscal
sobre quienes producen riqueza, perseguir la corrupción y apostar por la
productividad son medidas que podrían contribuir a mejorar la situación
económica del país.
Asimismo sería algo rentable para el sistema económico
español no importar tanto desde China, sobre todo placas solares, y generadores
eólicos de varias naciones. También la recuperación de las fábricas de textil y de
acero son una prioridad.
La prosperidad no surge por casualidad. Requiere
instituciones sólidas, reglas claras y gobiernos que antepongan el interés
general al interés partidista. Solo así España podrá ofrecer a las futuras
generaciones oportunidades reales de progreso y bienestar.
Apéndice de fuentes
1.
España mantiene un debate público intenso sobre
la presión de la vivienda, especialmente en grandes ciudades y zonas
turísticas.
- Los datos oficiales muestran que el acceso a la vivienda es una de las
principales preocupaciones ciudadanas.
- La inflación acumulada de los últimos años ha afectado al poder
adquisitivo de muchos hogares.
- La corrupción política sigue siendo objeto de investigaciones
judiciales y de preocupación social periódica.
- Los economistas discrepan sobre el impacto exacto de la inmigración en
salarios y vivienda, pero existe consenso en que una planificación eficaz
de infraestructuras, vivienda y empleo es fundamental para evitar
tensiones sociales.
- Nota: En los 30 y tantos años que hemos padecido inmigración ilegal en
España, se han despilfarrado unos 30.000.000.000 de euros en ayudas a países
africanos desde donde nos envían inmigrantes y en cobijo y manutención de inmigrantes
ilegales adultos y MENAs. Dinero que hubiese sido suficiente para hacer
unas 300.000 viviendas a precio de unos 100.000 euros cada una, contando
con que el Gobierno español pusiera el terreno, permisos y planos.
lunes, 8 de junio de 2026
Una observación personal sobre inmigración, salud y gasto social
Una
observación personal sobre inmigración, salud y gasto social
Por Bruno Perera
Durante mis paseos casi diarios por Arrecife, he
observado algo que me llama la atención y que considero digno de reflexión. En
numerosas ocasiones he visto a personas inmigrantes que presentan un evidente
sobrepeso o incluso obesidad. Se trata de una observación basada en lo que veo
habitualmente en las calles de mi ciudad.
Esta realidad visible me lleva a plantearme
algunas preguntas sobre el impacto que determinadas condiciones de salud pueden
tener en los sistemas públicos de trabajo y de asistencia social y sanitaria.
Es sabido que la obesidad puede estar asociada a diversas enfermedades, como
diabetes, problemas cardiovasculares, hipertensión o dificultades de movilidad.
Todas ellas pueden generar una mayor demanda de atención médica y de recursos
públicos.
No pretendo afirmar que todos los inmigrantes
padezcan estos problemas ni que esta situación sea exclusiva de quienes llegan
de otros países. Sin embargo, desde mi experiencia cotidiana, la presencia de
personas con un importante exceso de peso entre parte de la población
inmigrante es una realidad que observo con frecuencia.
Algunos dirán que para hablar de este asunto
hacen falta estadísticas, informes y estudios. Sin embargo, también existe una
realidad que cualquier ciudadano puede contemplar con sus propios ojos. No todo
lo que se percibe en la vida diaria necesita primero la validación de un
informe para ser observado. Cuando una persona presencia un fenómeno de forma
repetida durante años, es lógico que extraiga conclusiones y se formule
preguntas sobre sus posibles consecuencias sociales y económicas.
Por ello considero legítimo expresar esta
preocupación y abrir un debate sobre la relación entre salud pública,
inmigración y sostenibilidad de los servicios sociales. Mi reflexión no nace de
teorías ni de prejuicios, sino de lo que observo cada día en mi entorno más
cercano.
La inmigración es un fenómeno complejo que
presenta ventajas y desafíos. Entre estos últimos se encuentra la necesidad de
garantizar que los servicios públicos dispongan de recursos suficientes para
atender a toda la población, independientemente de su origen. Hablar de estas
cuestiones debería ser posible desde el respeto y la libertad de expresión, sin
descalificaciones automáticas hacia quienes plantean inquietudes basadas en sus
observaciones personales.
La buena gestión de un país exige analizar todos
los factores que pueden influir en el bienestar colectivo. Y las observaciones
realizadas por los ciudadanos sobre la realidad que les rodea también forman
parte de ese análisis, aunque posteriormente puedan ser confirmadas, matizadas
o discutidas mediante estudios más amplios.







