domingo, 28 de junio de 2026
Jesucristo aún no ha llegado a la Casa de su Dios Padre Celestial, ni llegará nunca porque el universo se está expandiendo
Jesucristo
aún no ha llegado a la Casa de su Dios Padre Celestial, ni llegará nunca porque el
universo se está expandiendo
Por Bruno Perera
La tradición cristiana afirma que Jesucristo
ascendió a los cielos para reunirse con su Padre Celestial. Pero si intentamos
interpretar esa imagen desde la física moderna, surge una paradoja inevitable: no
existe un destino físico al que pueda llegar, y si existiera, sería
inalcanzable. La cosmología actual lo deja claro.
1. La “Casa
del Padre” no puede estar en la Nada previa al Big Bang
La idea de que Jesucristo viajó hacia la “Nada”
que había antes del Big Bang es incompatible con la ciencia. En cosmología:
1.
Antes del Big Bang no había espacio.
- No había tiempo.
- No había distancias.
- No había un “lugar” donde colocar un Cielo, un Reino o una Casa Divina.
La “Nada” no es un sitio vacío esperando ser
ocupado. Es la ausencia total de espacio‑tiempo. Por tanto, ningún ser
—ni humano ni divino— podría viajar hacia allí, porque no existe un camino
físico hacia algo que no es un lugar.
2. Supongamos
que sí: ¿cuánto tardaría en llegar?
Para entender mejor la paradoja, imaginemos que
la Casa del Padre Celestial estuviera en el borde del universo observable.
1.
El universo observable tiene un radio aproximado
de 46.500 millones de años luz= 93 mil millones de años luz de diámetro.
- Si Jesucristo viajara a la velocidad de la luz, tardaría 46.500
millones de años en llegar a ese límite.
Pero este cálculo es solo teórico, porque aparece
el factor decisivo:
El universo se
expande. Y lo hace más rápido que la luz.
Las regiones más lejanas del cosmos se alejan de
nosotros a velocidades superiores a la velocidad de la luz debido a la
expansión del espacio. Esto significa:
1.
El “borde” del universo se aleja mientras
avanzas.
- Cuanto más viajas, más lejos está tu destino.
- Es un horizonte que nunca se alcanza.
Incluso viajando a la velocidad de la luz, Jesucristo
no podría llegar jamás. No por falta de poder o fe, sino porque las leyes
físicas del universo lo impiden.
3. La paradoja
entre teología y cosmología
La teología clásica imagina un Cielo como un
destino fijo y accesible. La cosmología moderna describe un universo dinámico,
en expansión acelerada y sin bordes alcanzables.
Si el Cielo fuera un punto dentro del universo
físico, sería un destino eternamente fuera de alcance. Si estuviera
fuera del universo, en la “Nada” previa al Big Bang, entonces no existe un
camino físico para llegar allí.
4. Conclusión
Si Jesucristo hubiera ascendido físicamente a la
velocidad de la luz hacia la Casa de su Padre Celestial situada en la Nada
previa al Big Bang, aún estaría viajando. Y no llegaría nunca. El
universo se expande más rápido que cualquier viajero posible, incluso uno
descrito como divino.
La cosmología moderna transforma la ascensión en
un viaje infinito: una metáfora que nos recuerda que el universo es mucho más
vasto y extraño de lo que cualquier tradición antigua pudo imaginar.
sábado, 27 de junio de 2026
EL SÁHARA OCCIDENTAL SIEMPRE SERÁ LA TIERRA REBELDE
EL SÁHARA
OCCIDENTAL SIEMPRE SERÁ LA TIERRA REBELDE
Por Bruno Perera
Han pasado ya muchas décadas desde que España
abandonó el Sáhara Occidental y, sin embargo, el conflicto continúa sin una
solución definitiva. Es uno de esos problemas internacionales que el paso del
tiempo no ha conseguido cerrar, sino simplemente congelar.
Desde mi punto de vista, aunque algún día el
Sáhara Occidental terminara formando parte de Marruecos de manera definitiva y
con reconocimiento internacional, difícilmente dejaría de ser una tierra
marcada por la resistencia política de una parte importante de su población. Su
historia ya ha quedado escrita y esa historia no puede borrarse mediante
decretos, acuerdos diplomáticos o el paso de los años.
Los pueblos construyen su identidad a través de
su memoria colectiva. En el caso del pueblo saharaui, durante décadas ha
desarrollado un sentimiento nacional propio, reforzado por el exilio, los
campamentos de refugiados, la actividad del Frente Polisario y la
reivindicación del derecho a decidir su futuro. Esa conciencia política no
desaparece fácilmente.
Por ello considero que, aun en el supuesto de que
Marruecos consolidara plenamente su soberanía sobre el territorio, siempre
existiría una parte de la sociedad saharaui que seguiría considerándose
distinta y mantendría vivas sus aspiraciones políticas. En ese sentido, el
Sáhara Occidental continuaría siendo, históricamente, un territorio rebelde.
La historia ofrece numerosos ejemplos de regiones
que, aun integradas dentro de un Estado durante generaciones, han mantenido
fuertes movimientos identitarios o independentistas. La integración
administrativa no siempre significa integración emocional, histórica o
cultural. La memoria de los pueblos suele sobrevivir a los cambios de
fronteras. (Por el ejemplo el caso de los curdos en Turquía).
El conflicto saharaui posee además un fuerte
componente internacional. Las resoluciones de las Naciones Unidas mantienen al
Sáhara Occidental como un territorio pendiente de descolonización y defienden
la necesidad de encontrar una solución política aceptable para las partes.
Mientras no exista un acuerdo ampliamente aceptado, el debate seguirá abierto.
Salvando las enormes diferencias históricas,
militares y humanas, la disputa entre saharauis y marroquíes presenta ciertos
paralelismos con la existente entre palestinos e israelíes. En ambos casos
existe un profundo desacuerdo sobre la soberanía de un territorio, la identidad
nacional y el derecho de un pueblo a decidir su futuro. Evidentemente, el
conflicto del Sáhara Occidental no ha alcanzado el nivel de violencia ni el
número de víctimas que ha sufrido Oriente Próximo, pero sí mantiene un fuerte
componente reivindicativo que continúa vivo desde hace décadas. La existencia
de generaciones enteras de saharauis que siguen defendiendo su identidad hace
pensar que esa reivindicación difícilmente desaparecerá con el paso del tiempo.
La situación también afecta a la estabilidad del
norte de África. Las tensiones entre Marruecos y Argelia, el cierre de
fronteras terrestres entre ambos países y la competencia geopolítica en la
región convierten al Sáhara Occidental en mucho más que un conflicto
territorial. Se trata de un asunto con implicaciones diplomáticas, económicas y
de seguridad para todo el Magreb.
Resulta difícil imaginar que varias generaciones
de saharauis renuncien por completo a la identidad política que han construido
durante medio siglo. Incluso si las circunstancias internacionales
evolucionaran hacia un reconocimiento más amplio de la soberanía marroquí,
probablemente seguirían existiendo organizaciones, asociaciones y movimientos
que reivindicaran la identidad nacional saharaui.
Por ello pienso que el verdadero desafío no
consiste únicamente en determinar quién ejerce la soberanía sobre el
territorio, sino en encontrar una fórmula que permita garantizar la
convivencia, el respeto a los derechos humanos, la estabilidad regional y el
reconocimiento de la identidad de la población saharaui.
La paz duradera no suele imponerse únicamente
mediante el control del territorio. También requiere legitimidad, diálogo y
aceptación por parte de quienes viven en él.
Quizá el tiempo modifique las fronteras
políticas, pero difícilmente borrará la memoria histórica de un pueblo que
lleva décadas defendiendo aquello que considera su derecho. Y mientras esa
memoria permanezca viva, el Sáhara Occidental seguirá siendo, para muchos, el
Sáhara rebelde. (Y más lo será cuando Marruecos intente extraer el telurium del Monte submarino Tropic que se haya dentro de la Plataforma Continental Extra de 150 m/n que podría pertenecer al Sáhara si algún día llegara a ser una nación soberana.
Nota: En el problema del Sáhara no se deben olvidar las resoluciones
de la ONU, la 1514 (XV)
o la 2625,
para reforzar la idea de “territorio pendiente de descolonización”.
viernes, 26 de junio de 2026
La edad del universo en años terrestres es distinta a su diámetro cósmico en años luz
La edad del
universo en años terrestres es distinta a su diámetro cósmico en años luz
Una de las
cuestiones que más confusión produce cuando se estudia la cosmología es la
diferencia entre la edad del universo y el diámetro del universo
observable. A primera vista podría parecer una contradicción que el
universo se haya formado a través del Big Bang a una distancia
de la Tierra de 13.800 millones de años luz y, sin embargo, el universo
observable posea un diámetro cercano a los 93.000 millones de años luz. Sin embargo,
ambas cifras son compatibles y describen dos magnitudes completamente
diferentes.
La edad del
universo expresa el tiempo transcurrido desde el Big Bang hasta la actualidad.
Según las estimaciones más aceptadas por la comunidad científica, ese tiempo es
de aproximadamente 13.800 millones de años luz que en edad del universo es igual a 13.800
millones de años terrestres.
En esto se debe entender que, un año luz no es una unidad de tiempo, sino de distancia.
Representa el recorrido que realiza la luz en el vacío durante un año, viajando
a una velocidad constante de aproximadamente 299.792 kilómetros por segundo.
Si el universo
hubiera permanecido estático desde el Big Bang, la luz más lejana habría
recorrido unos 13.800 millones de años luz. Sin embargo, el universo no ha
permanecido inmóvil. Desde los primeros instantes de su existencia, el propio
espacio ha venido expandiéndose. Como consecuencia de esa expansión, mientras
la luz viajaba hacia nosotros, las regiones del universo de donde partió esa
luz continuaron alejándose.
Este fenómeno
explica que, aunque la luz haya viajado durante unos 13.800 millones de años,
las regiones más lejanas que hoy podemos observar se encuentren actualmente a
unos 46.500 millones de años luz de distancia en cada dirección, dando lugar a
un universo observable de aproximadamente 93.000 millones de años luz de
diámetro.
Este hecho no
significa que la luz haya viajado más deprisa que su velocidad conocida ni que
la materia haya superado el límite impuesto por la teoría de la relatividad de
Albert Einstein. La Relatividad Especial establece que ningún objeto material
puede desplazarse localmente por el espacio a una velocidad superior a la de la
luz en el vacío. Sin embargo, la Relatividad General permite que sea el propio
tejido del espacio el que se expanda, haciendo que dos galaxias muy alejadas
aumenten su separación a una velocidad efectiva superior a la de la luz sin que
ello contradiga las leyes de la física.
Es importante
comprender esta diferencia. No son las galaxias las que necesariamente viajan a
velocidades superiores a la luz atravesando el espacio, sino que es el espacio
existente entre ellas el que aumenta de tamaño.
Otra cuestión
relevante es que el universo observable no tiene por qué coincidir con el
universo completo. Solo podemos observar aquella región cuya luz ha tenido
tiempo de llegar hasta nosotros desde el Big Bang. Más allá de ese horizonte
cosmológico podría existir una extensión mucho mayor del universo, e incluso
podría ser infinito. Actualmente no existe ninguna observación que permita
determinar con certeza cuál es su tamaño real.
En ocasiones
se intenta dividir el diámetro del universo observable, unos 93.000 millones de
años luz, entre la edad del universo, 13.800 millones de años, obteniendo un
valor cercano a siete. Sin embargo, ese resultado no significa que el universo
se haya expandido a una velocidad constante equivalente a siete veces la
velocidad de la luz. La expansión del universo no ha sido uniforme. Los modelos
cosmológicos indican que ha pasado por distintas etapas: una inflación extremadamente
rápida en sus primeros instantes, un periodo de desaceleración debido a la
gravedad y, en épocas relativamente recientes, una nueva aceleración atribuida
a la energía oscura.
En
consecuencia, no puede calcularse una única velocidad media de expansión
mediante una simple división entre el diámetro actual y la edad del universo.
En resumen, la
edad del universo y su diámetro observable describen conceptos distintos. La
primera mide el tiempo transcurrido desde el Big Bang; el segundo mide la
distancia actual entre las regiones más alejadas que podemos observar. La
diferencia entre ambas magnitudes se explica por la expansión continua del
espacio y no porque la luz haya aumentado su velocidad.
Reflexión
final
La cosmología
moderna ha logrado explicar por qué el universo observable es mucho mayor de lo
que cabría esperar si el espacio permaneciera inmóvil. Sin embargo, todavía
quedan grandes interrogantes abiertos. Desconocemos si el universo completo es
finito o infinito, cuál es su verdadera extensión y qué puede existir más allá
del horizonte observable. Estas preguntas siguen siendo objeto de investigación
y representan algunos de los mayores desafíos de la física y de la cosmología
contemporáneas.
domingo, 21 de junio de 2026
Tanto, hierba, plantas, árboles, animales y humanos, somos lo que comemos
Tanto,
hierba, plantas, árboles, animales y humanos, somos lo que comemos
Por Bruno
Perera
Cuando observamos una pradera verde, un bosque
frondoso o un huerto lleno de verduras, pocas veces pensamos que allí comienza
la historia de casi toda la vida que existe en la Tierra. Sin embargo, es
precisamente en las plantas donde se inicia la cadena que alimenta a animales y
seres humanos.
Durante siglos se creyó que las plantas obtenían
su alimento directamente de la tierra. Hoy sabemos que no es así. Las plantas
fabrican su propio alimento gracias a la luz del Sol, el agua y el dióxido de
carbono que toman de la atmósfera. Mediante la fotosíntesis transforman estos
elementos en azúcares y otras sustancias orgánicas que les permiten crecer,
desarrollarse y reproducirse.
La tierra cumple una función importante, pero no
porque sea el alimento de las plantas, sino porque les proporciona soporte,
agua y minerales esenciales. De hecho, algunas plantas pueden cultivarse sin
suelo mediante sistemas hidropónicos.
Toda esta realidad nos lleva a una conclusión
sorprendente: la fuente principal de energía de casi toda la vida terrestre es
el Sol.
Las plantas capturan la energía solar y la
almacenan en forma de materia orgánica. Cuando un conejo come hierba, incorpora
a su cuerpo parte de esa energía almacenada. Cuando un zorro se alimenta del
conejo, esa energía pasa al zorro. Lo mismo ocurre con los seres humanos cuando
consumimos frutas, verduras, cereales, pescado o carne.
En otras palabras, la energía que mueve nuestros
músculos, permite latir nuestro corazón y mantiene activo nuestro cerebro es
energía solar transformada y transferida a través de múltiples eslabones de la
cadena alimentaria.
A diferencia de las plantas, los animales no
pueden producir su propio alimento. Deben obtenerlo consumiendo otros
organismos.
Algunos son herbívoros y comen plantas. Otros son
carnívoros y se alimentan de animales. Existen también los omnívoros, que
consumen tanto vegetales como carne, como ocurre con los seres humanos.
En el océano sucede algo parecido. Allí la base
de la cadena alimentaria suele ser el fitoplancton, diminutos organismos que
realizan la fotosíntesis utilizando la luz solar. El fitoplancton alimenta al
zooplancton; éste sirve de alimento a pequeños peces; los peces pequeños son
consumidos por peces mayores, y así continúa la cadena.
Por tanto, tanto en tierra como en el mar, la
energía que sostiene la vida tiene un origen común: la radiación solar.
Si seguimos el recorrido de los alimentos hasta
llegar a nuestro cuerpo, encontramos una realidad fascinante.
Los seres humanos estamos formados
aproximadamente por un 60 % de agua. El resto corresponde principalmente a
elementos químicos como oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, calcio,
fósforo, hierro y otros minerales.
El carbono ocupa un lugar especial porque
constituye la base de todas las moléculas orgánicas que forman nuestros
músculos, órganos, piel, huesos y ADN.
Ese carbono llegó a nosotros a través de los
alimentos. Las plantas lo extrajeron previamente del dióxido de carbono
presente en la atmósfera. Más tarde, animales y seres humanos incorporamos ese
carbono al comer plantas o a otros animales.
Por ello puede afirmarse que nuestro cuerpo está
construido con agua, carbono y otros elementos químicos obtenidos gracias a la
actividad biológica iniciada por las plantas.
La conocida expresión "somos lo que
comemos" encierra una profunda verdad científica.
Cada molécula de nuestro cuerpo procede de algún
alimento que ingerimos. La carne que forma nuestros músculos, el calcio de
nuestros huesos, el hierro de nuestra sangre y la energía que utilizamos cada
día tienen su origen en los nutrientes que absorbemos.
Pero la frase puede ampliarse todavía más:
Sin plantas no existirían los animales
herbívoros. Sin herbívoros no existirían muchos carnívoros. Y sin toda esa
compleja red biológica tampoco existiría la humanidad.
La ciencia moderna ha descubierto algo todavía
más extraordinario. Los átomos que componen nuestro cuerpo no fueron creados en
la Tierra.
Los átomos de carbono, oxígeno, calcio, hierro y
muchos otros elementos nacieron en el interior de antiguas estrellas que
existieron mucho antes de la formación del Sistema Solar. Cuando aquellas
estrellas agotaron su combustible, expulsaron esos elementos al espacio. Con el
tiempo, ese material terminó formando nuevas estrellas, planetas y, finalmente,
seres vivos.
Por ello, cuando observamos nuestras manos o
nuestro rostro frente a un espejo, estamos contemplando materia que inició su
viaje hace miles de millones de años en el corazón de estrellas desaparecidas.
Final
Las plantas convierten la luz del Sol, el agua y
el dióxido de carbono en materia viva. Los animales consumen esa materia. Los
seres humanos nos alimentamos de plantas y animales. De esta forma, la energía
solar almacenada por las plantas termina circulando por toda la biosfera.
Por eso puede afirmarse que tanto animales como
humanos somos, literalmente, lo que comemos. Somos agua, carbono, minerales y
energía solar transformados en vida. Y, si ampliamos aún más la perspectiva,
somos también el resultado de una larga historia cósmica que comenzó en
estrellas que existieron mucho antes de que apareciera la Tierra.
Datos y
fuentes contrastadas
1.
La fotosíntesis transforma agua, dióxido de
carbono y energía solar en materia orgánica y oxígeno.
- Aproximadamente el 60 % del cuerpo humano adulto está compuesto por
agua.
- El carbono es el elemento fundamental de todas las moléculas orgánicas
conocidas.
- Las cadenas alimentarias terrestres y marinas dependen en última
instancia de organismos fotosintéticos.
- Los elementos químicos pesados presentes en el cuerpo humano fueron
sintetizados en generaciones anteriores de estrellas mediante procesos de
nucleosíntesis estelar.
Fuentes de referencia:
1.
NASA
- European Space Agency
- Encyclopaedia Britannica
- National Geographic Society
- Smithsonian Institution
Este artículo muestra que detrás de una frase
aparentemente sencilla —"somos lo que comemos"— se esconde una
de las historias más fascinantes de la naturaleza: la conexión entre el Sol,
las plantas, los animales, los seres humanos y el propio universo.
jueves, 18 de junio de 2026
lunes, 15 de junio de 2026
El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes que él no acoge en su hogar vaticano
El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes
que él no acoge en su hogar vaticano
Por Bruno Perera
Cada vez que el Papa hace un llamamiento a una
mayor acogida de inmigrantes en Canarias, España o Europa, surge una pregunta
que muchos ciudadanos nos hacemos: ¿Por qué pide a otros que hagan lo que el
propio Vaticano no parece dispuesto a asumir en la misma proporción?
Nadie discute que ayudar a personas necesitadas
sea una obligación moral para quienes así lo consideran. Tampoco se puede negar
que la Iglesia católica, a través de numerosas organizaciones benéficas,
participa en programas de ayuda humanitaria en distintos países. Sin embargo,
una cosa es predicar la solidaridad y otra muy distinta asumir directamente
todas las consecuencias prácticas de esa solidaridad.
Canarias lleva más de 3 décadas soportando una
presión migratoria constante. Decenas de miles de inmigrantes ilegales llegan
cada año a las islas en embarcaciones precarias, y su atención requiere enormes
recursos económicos, sanitarios, educativos y sociales. Estos gastos son
sufragados principalmente por los contribuyentes españoles y europeos.
Cuando el Papa pide una mayor acogida, muchos
canarios percibimos que el mensaje va dirigido siempre a terceros: a los
gobiernos, a las administraciones públicas y a los ciudadanos. Sin embargo, el
Estado de la Ciudad del Vaticano, aunque es una entidad soberana con recursos
propios, no se presenta como un lugar dispuesto a albergar de forma masiva a
quienes llegan ilegalmente a Europa.
Es cierto que el Vaticano es un territorio muy
pequeño y que no dispone de capacidad para acoger grandes cantidades de
personas. Pero precisamente ese argumento es el mismo que utilizamos muchos
ciudadanos de Canarias cuando afirmamos que unas islas limitadas en territorio,
recursos e infraestructuras tampoco pueden absorber indefinidamente una
inmigración creciente.
La cuestión, por tanto, no es si debe existir
solidaridad. La verdadera cuestión es quién debe asumir el coste de esa
solidaridad y cuáles son sus límites razonables.
Resulta fácil reclamar generosidad cuando los
gastos recaen sobre otros. Es más sencillo pedir a los ciudadanos europeos que
compartan sus recursos, su vivienda pública, sus servicios sanitarios y sus
escuelas que ofrecer el propio hogar para resolver el problema.
Por ello, muchos ciudadanos contemplamos con
escepticismo los llamamientos papales sobre inmigración. Consideramos que
existe una diferencia entre el discurso moral y la realidad práctica. Desde su
punto de vista, el Papa predica una solidaridad cuyos costes son asumidos
principalmente por terceros.
Quizá el debate debería centrarse menos en los
discursos y más en las soluciones reales para evitar que millones de personas
se vean obligadas a abandonar sus países. Porque mientras las causas profundas
de la emigración no se resuelvan, Europa seguirá afrontando un fenómeno que
ningún territorio, por solidario que sea, puede absorber sin límites.
La solidaridad es una virtud. Pero también lo son
la responsabilidad, la prudencia y el reconocimiento de que los recursos de
cualquier comunidad son finitos.
sábado, 13 de junio de 2026
¿Quiénes eran dueños de los mares y océanos antes de las ZEE y las plataformas continentales?
Poseidón, el dios de los mares y océanos de la mitología griega
¿Quiénes eran dueños de los mares y océanos antes
de las ZEE y las plataformas continentales?
Por Bruno Perera
Cuando observamos un mapa marítimo actual, vemos
mares y océanos divididos por líneas invisibles que delimitan aguas
territoriales, zonas contiguas, Zonas Económicas Exclusivas (ZEE) y plataformas
continentales extendidas. Sin embargo, esta organización jurídica es muy
reciente. Durante casi toda la historia humana, los mares y océanos no
estuvieron repartidos como hoy.
Esto nos lleva a una pregunta esencial: ¿Quiénes eran los dueños de los mares y océanos antes de que existieran las ZEE de 200 millas
y las plataformas continentales modernas?
La respuesta es tan simple como profunda: nadie
era dueño de la inmensa mayoría de los mares y océanos.
Los mares y océanos antes del siglo XX: espacios
casi completamente libres
Durante siglos, los Estados costeros solo
controlaban una franja muy estrecha de mar adyacente a sus costas. Más allá de
esa zona mínima, los mares y océanos eran considerados un espacio abierto para
la navegación, la pesca y el comercio.
La regla general era clara: mar territorial muy
reducido y océano libre para todos.
Intentos de apropiación en la Edad Media y la Era
de los Descubrimientos
Algunas potencias intentaron reclamar grandes
extensiones oceánicas. El ejemplo más famoso es el Tratado de Tordesillas
(1494), por el que Castilla y Portugal se repartieron las áreas de exploración
del Atlántico. Sin embargo, este acuerdo solo obligaba a las dos coronas y
nunca fue aceptado por el resto de Europa.
Grocio y el nacimiento del “mar libre”
A comienzos del siglo XVII, el jurista neerlandés
Hugo Grocio publicó Mare Liberum (1609), defendiendo que los mares y
océanos debían permanecer abiertos a todas las naciones y que ningún Estado
podía apropiarse de ellos debido a su inmensidad.
Su doctrina terminó imponiéndose: los Estados
solo controlaban una franja mínima y el resto de los mares y océanos era alta
mar, un espacio sin dueño.
Durante siglos, el límite habitual fue de tres
millas náuticas, basado en el alcance de los cañones costeros. Más tarde
algunos países ampliaron a seis y doce millas, pero la lógica seguía siendo la
misma: el mar era libre.
El punto de inflexión: la Proclamación Truman
(1945)
El gran cambio llegó en el siglo XX. El
desarrollo tecnológico permitió explotar recursos pesqueros, petrolíferos y
minerales situados lejos de la costa. En 1945, Estados Unidos emitió la
Proclamación Truman, reclamando derechos exclusivos sobre los recursos de su
plataforma continental.
Este acto desencadenó una ola de reclamaciones
similares en América Latina, África y Asia. Por primera vez, los Estados
empezaron a extender su jurisdicción mar adentro.
La UNCLOS de 1982: el sistema marítimo moderno
Tras décadas de negociaciones, la Convención de
las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (UNCLOS, 1982) estableció el marco
jurídico que usamos hoy.
Las zonas marítimas actuales son:
El mar territorial (0–12 millas náuticas), donde
el Estado ejerce soberanía plena sobre aguas, lecho y espacio aéreo.
La zona contigua (12–24 millas náuticas), donde
el Estado puede ejercer control en materia aduanera, fiscal, sanitaria e
inmigratoria.
La Zona Económica Exclusiva (hasta 200 millas
náuticas), donde el Estado no es dueño del mar, pero sí tiene derechos
soberanos para explorar y explotar recursos naturales en la columna de agua, el
lecho y el subsuelo.
La plataforma continental (hasta 200 millas o
más), que abarca solo el lecho y el subsuelo marino y puede extenderse más allá
de 200 millas si la prolongación natural del territorio submarino lo justifica.
Criterios técnicos para extender la plataforma
continental (artículo 76 de la UNCLOS)
La ampliación puede llegar hasta 350 millas
náuticas o 100 millas más allá de la isobata de 2.500 metros, según criterios
geológicos y geomorfológicos. La isobata no es la regla general, sino uno de
los criterios posibles.
Alta mar y “la Zona”
Más allá de la ZEE, el agua superficial es alta
mar, un espacio sin jurisdicción estatal. El fondo marino más allá de las
plataformas continentales se denomina “la Zona” y es considerado patrimonio
común de la humanidad.
Reflexión final
La historia demuestra que las actuales divisiones
marítimas son extremadamente recientes. Durante miles de años, los mares y
océanos fueron espacios abiertos donde ninguna nación podía reclamar propiedad
exclusiva.
La progresiva ampliación de la jurisdicción
estatal —de 3 millas a 200 y, en algunos casos, hasta 350— ha supuesto una
auténtica territorialización de los mares y océanos.
Queda abierta una cuestión clave: ¿ha alcanzado este
proceso su límite o veremos nuevas reclamaciones en el futuro? Y, más allá de
eso, ¿deberían los mares y océanos seguir dividiéndose entre Estados o
preservarse como patrimonio común?
Lo cierto es que, durante la mayor parte de la
historia, nadie fue dueño de la inmensa mayoría del mar. Las fronteras
marítimas que hoy consideramos normales son, en realidad, una creación muy
reciente dentro de la larga historia de la civilización humana.
Datos y referencias
Tratado de Tordesillas (1494)
Hugo Grocio, Mare Liberum (1609)
Proclamación Truman sobre la plataforma continental (1945)
Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (1982)
Mar territorial: hasta 12 millas náuticas
Zona contigua: hasta 24 millas náuticas
ZEE: hasta 200 millas náuticas
Plataforma continental: hasta 350 millas náuticas o 100 millas más allá de la
isobata de 2.500 m
Alta mar: aguas fuera de la jurisdicción nacional











