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viernes, 16 de octubre de 2026

Quizás lo que yo llamo Cosmo-Poder y que otros llaman Dios aprende mientras crea

 



Quizás lo que yo llamo Cosmo-Poder y que otros llaman Dios aprende mientras crea

Por Bruno Perera

Llevo años meditando sobre una posibilidad que, cuanto más reflexiono sobre ella, más interesante me parece: quizás lo que yo llamo Cosmo-Poder y que otros llaman Dios no creó el universo con un proyecto completamente definido desde el principio, sino que ha ido desarrollando su obra a medida que la propia Creación le ha mostrado nuevas posibilidades.

Se trata de una idea que puede parecer atrevida, porque tradicionalmente muchas religiones han sostenido que Dios es omnisciente, que conoce el pasado, el presente y el futuro, y que todo cuanto existe responde a un plan concebido desde la eternidad. Sin embargo, cabe plantearse una pregunta filosófica: ¿y si la Creación no fuera una obra terminada desde el primer instante, sino un proceso en constante desarrollo, en el que el propio Cosmo-Poder aprende mientras crea?

No pretendo afirmar que esta hipótesis sea una verdad demostrada científicamente. Es una reflexión personal sobre el origen del universo, la aparición de la vida, el desarrollo de la inteligencia y el sentido que podría tener nuestra existencia dentro de una realidad mucho mayor de lo que alcanzamos a comprender.

El comienzo de una obra gigantesca

Según el modelo cosmológico actual, el universo observable comenzó a evolucionar hace aproximadamente 13.800 millones de años a partir de un estado extremadamente caliente y denso. A este proceso lo conocemos como Big Bang.

La ciencia estudia cómo se expandió el universo, cómo se formaron las primeras partículas, cómo aparecieron los átomos y cómo, mucho después, nacieron las estrellas y las galaxias. En el interior de las estrellas se fueron formando elementos químicos que posteriormente se dispersaron por el espacio, contribuyendo a la aparición de nuevas estrellas, planetas y, finalmente, de las condiciones necesarias para la vida tal como la conocemos.

Pero cuando contemplamos esta extraordinaria sucesión de acontecimientos, podemos hacernos una pregunta que va más allá de la física: ¿existía desde el principio un plan completo para todo cuanto iba a suceder, o la historia del universo podría entenderse como un proceso abierto, en el que cada etapa dio lugar a nuevas posibilidades?

Aquí comienza mi reflexión sobre el Cosmo-Poder.

Imagino que, si existe una inteligencia creadora detrás de toda esta realidad, quizá su obra no consista necesariamente en ejecutar un proyecto cerrado hasta el último detalle. Tal vez su manera de crear sea establecer unas condiciones fundamentales y permitir que, a partir de ellas, surjan nuevas estructuras, nuevas formas de organización y nuevas posibilidades de existencia.

Sería como comenzar una obra inmensa disponiendo de los primeros materiales y descubrir, a medida que se construye, nuevas formas de utilizar esos materiales.

De la materia a la vida

Después de la formación de las estrellas y de los planetas, la historia de la Tierra tomó un camino extraordinario. Después de unos 4.500 millones de años, ignoro en que época y año, aparecieron las primeras formas de vida, aunque todavía desconocemos muchos detalles de cómo ocurrió la transición entre la química no viva y los primeros organismos.

La vida experimentó una larga historia de cambios evolutivos. Surgieron organismos sencillos, aparecieron formas de vida más complejas y, a lo largo de millones de años, se diversificaron innumerables especies.

Los organismos acuáticos precedieron a la colonización del medio terrestre por parte de diversos grupos de seres vivos. Mucho después aparecieron animales con sistemas nerviosos complejos y capacidades cognitivas cada vez más desarrolladas.

Desde la perspectiva de mi hipótesis, podríamos interpretar esta sucesión como una especie de aprendizaje de la Creación: primero habría existido una realidad material relativamente sencilla; después, sistemas cada vez más complejos; y, finalmente, seres capaces no solo de vivir, sino también de percibir, recordar, comparar, razonar y preguntarse por su propio origen.

Debo precisar algo importante: la biología explica la evolución mediante mecanismos naturales, entre ellos la variación heredable, la selección natural y otros procesos evolutivos. No existe evidencia científica de que la evolución biológica sea el resultado de un aprendizaje consciente de una entidad creadora.

Sin embargo, mi reflexión no pretende sustituir esas explicaciones científicas. Lo que me pregunto es si el proceso que la ciencia describe podría tener, además, una interpretación filosófica o espiritual más profunda.

¿Aprendió el Cosmo-Poder a crear seres inteligentes?

Cuando observamos a los animales, encontramos una enorme diversidad de capacidades. Algunos poseen sentidos extraordinarios; otros resuelven problemas, utilizan herramientas, reconocen individuos, aprenden de sus experiencias y establecen complejas relaciones sociales.

El ser humano, por su parte, ha desarrollado un lenguaje simbólico muy elaborado, una cultura acumulativa y la capacidad de formular teorías sobre el universo que lo contiene.

Somos capaces de estudiar las estrellas, calcular sus distancias, investigar la estructura de la materia y reconstruir parte de la historia cósmica. Podemos incluso preguntarnos cómo apareció la inteligencia que nos permite realizar todas esas investigaciones.

Y aquí encuentro uno de los aspectos más fascinantes de mi planteamiento.

El universo ha producido, mediante procesos físicos y biológicos, seres que pueden reflexionar sobre el propio universo. La materia que forma nuestros cuerpos contiene elementos químicos que también se encuentran en las estrellas. No somos algo completamente ajeno al cosmos: somos parte de él.

Si llamamos Cosmo-Poder a la posible realidad creadora que algunos identifican con Dios, podemos imaginar una hipótesis filosófica: quizá la aparición de seres inteligentes represente una nueva etapa en la historia de la Creación, una etapa en la que el universo llega a conocerse parcialmente a través de las criaturas que lo estudian.

En esta interpretación, nosotros no seríamos simples espectadores de la obra cósmica. Seríamos una parte de ella que ha adquirido la capacidad de preguntarse por el conjunto.

¿Podría ser que el Cosmo-Poder, al crear un universo capaz de producir inteligencia, estuviera abriendo la posibilidad de que su propia obra llegara a ser comprendida desde dentro?

No puedo demostrarlo, pero considero que es una pregunta digna de reflexión.

¿Y si el plan original no estaba terminado?

Las religiones tradicionales suelen atribuir a Dios una sabiduría perfecta y un conocimiento absoluto. Mi hipótesis se aparta de esa concepción en un punto fundamental: contempla la posibilidad de que la Creación no se desarrollara conforme a un plan completamente definido desde el principio.

Quizás el Cosmo-Poder estableció las primeras condiciones de la existencia y, a partir de ellas, el universo fue desarrollándose de manera progresiva. Quizás cada nueva etapa abrió posibilidades que no estaban realizadas en las anteriores.

Si interpretamos esta idea literalmente, tendríamos que aceptar que el Cosmo-Poder no lo sabía todo de antemano y que aprendía de los resultados de su propia obra. Pero también existe otra posibilidad: que la Creación evolucione y genere novedades sin que eso implique necesariamente que su posible creador necesite aprender.

Son dos interpretaciones distintas.

La primera presenta a un creador que descubre, modifica y aprende. La segunda contempla un universo abierto y dinámico, cuyo desarrollo puede formar parte de una realidad creadora que no necesita cambiar su conocimiento.

Mi preferencia filosófica se inclina hacia la primera posibilidad, porque me invita a imaginar una Creación que no sea una estructura inmóvil, sino una obra en permanente transformación. No obstante, reconozco que se trata de una especulación y que no disponemos de pruebas científicas que permitan determinar si existe un Cosmo-Poder o cuál sería su relación con el universo.

Los errores, las extinciones y las nuevas oportunidades

Si el Cosmo-Poder aprendiera mientras crea, surgiría otra cuestión: ¿cómo interpretaríamos las extinciones, los sufrimientos y las innumerables formas de vida que desaparecieron antes de que apareciera el ser humano?

La historia natural está llena de caminos que terminaron sin producir la continuidad que hoy observamos. Muchas especies se extinguieron, ecosistemas completos cambiaron y las condiciones ambientales transformaron profundamente la vida terrestre.

Desde una interpretación evolutiva, no es necesario atribuir estos acontecimientos a errores de una inteligencia. La evolución no persigue un objetivo predeterminado ni garantiza que las especies más complejas sobrevivan. La selección natural favorece determinadas características en circunstancias concretas, y los cambios ambientales pueden alterar por completo las posibilidades de supervivencia.

Pero, si trasladamos estos hechos a mi hipótesis, podríamos preguntarnos si una Creación en permanente desarrollo tendría que atravesar necesariamente etapas de transformación, desaparición y reorganización.

En tal caso, la historia del universo no sería una línea recta que conduce inevitablemente hasta nosotros. Sería una sucesión de acontecimientos de la que surgieron numerosas posibilidades, algunas de las cuales prosperaron y otras desaparecieron.

Esto también nos obliga a abandonar una idea cómoda: que el ser humano tiene que ser necesariamente la finalidad última de toda la existencia.

Quizás seamos una etapa importante, pero no la última. Quizás el universo pueda producir formas de organización, vida o inteligencia que hoy ni siquiera somos capaces de imaginar.

¿Qué otros cambios podría guardar el universo?

Si la historia cósmica ha sido capaz de pasar de las partículas a las estrellas, de las estrellas a los planetas y de determinados procesos químicos a la vida, resulta razonable preguntarse qué otras transformaciones podrían ocurrir en el futuro.

La ciencia investiga numerosos interrogantes: el destino de las estrellas, la evolución de las galaxias, la posibilidad de vida fuera de la Tierra, la naturaleza de la materia oscura y la energía oscura, y las condiciones que podrían permitir la existencia de otras formas de vida en lugares que todavía no conocemos.

No sabemos qué descubrimientos científicos nos esperan ni qué formas de inteligencia podrían existir en otros lugares del universo.

Tampoco sabemos si la vida terrestre representa una rareza extraordinaria o si, por el contrario, forma parte de una realidad biológica mucho más extendida.

Desde mi perspectiva, todas estas incógnitas dejan abierta una cuestión filosófica: si el universo continúa evolucionando, ¿podrían aparecer formas de existencia que hoy nos resultarían tan difíciles de comprender como le resultaría a un organismo primitivo comprender una galaxia?

No afirmo que vaya a suceder necesariamente. Simplemente considero que nuestros conocimientos actuales son insuficientes para establecer todos los límites de lo posible.

Si existe un Cosmo-Poder y su Creación es verdaderamente abierta, quizá todavía queden capítulos que no hemos comenzado a leer.

El universo como una obra que no deja de escribirse

Hay una diferencia importante entre imaginar un universo concebido como una máquina terminada y contemplarlo como una realidad que sigue transformándose.

En el primer caso, todo estaría previsto desde el principio y cada acontecimiento formaría parte de un diseño inmutable. En el segundo, la existencia se parecería más a una obra en desarrollo, en la que las condiciones iniciales permiten que aparezcan nuevas estructuras y posibilidades.

Mi idea del Cosmo-Poder pertenece a esta segunda interpretación.

Me resulta sugerente imaginar que aquello que algunos llaman Dios no sea necesariamente un ser que contempla desde fuera una obra ya terminada, sino una realidad creadora vinculada, de alguna manera que desconocemos, al proceso continuo de la existencia.

En esa visión, crear no consistiría únicamente en dar origen a la materia, sino también en permitir que la materia se organice, que surjan nuevas formas de vida y que aparezcan criaturas capaces de pensar sobre el significado de todo ello.

La inteligencia humana sería entonces una de las posibilidades surgidas dentro de una historia cósmica mucho más extensa. No demostraría por sí misma la existencia de Dios, pero sí nos permitiría formular preguntas que antes parecían reservadas exclusivamente a la religión y a la filosofía.

¿Puede una Creación llegar a producir seres que comprendan parte de su propia historia? ¿Podría la inteligencia constituir una nueva fase del desarrollo cósmico? ¿Existe una finalidad detrás de todo ello o somos el resultado de procesos naturales sin propósito predeterminado?

No tenemos respuestas definitivas para todas estas preguntas.

Conclusión: crear también podría significar aprender

Después de años de meditación sobre estos asuntos, mi conclusión provisional es que no debemos cerrar nuestra imaginación ante las posibilidades que todavía desconocemos.

Yo llamo Cosmo-Poder a aquello que, desde una perspectiva personal y filosófica, podría encontrarse detrás del origen y de la capacidad creadora del universo. Otros lo llaman Dios en español y God en inglés, etc. La ciencia, por su parte, estudia los procesos físicos que podemos observar, medir y contrastar, sin que sus métodos permitan confirmar por ahora la existencia de una inteligencia creadora.

Mi hipótesis consiste en imaginar que ese Cosmo-Poder no necesariamente comenzó con un proyecto universal terminado hasta el último detalle, sino que pudo ir desarrollando su obra a través de sucesivas etapas de creación.

Quizás primero surgieron las condiciones físicas; después, las estrellas y los planetas; más tarde, la vida; y, finalmente, en algunos lugares, la inteligencia capaz de investigar el cosmos. En mi interpretación especulativa, esta secuencia podría entenderse como una Creación que aprende, descubre y transforma sus posibilidades mientras avanza.

Tal vez me equivoque. Tal vez el universo responda a un plan completo que nosotros no podemos comprender. O tal vez no exista ninguna inteligencia detrás de su evolución y todo cuanto vemos sea el resultado de las leyes naturales.

Pero, mientras no tengamos respuestas definitivas para las grandes preguntas sobre la existencia, considero legítimo plantear hipótesis filosóficas, siempre que no las confundamos con hechos demostrados.

Y termino con una pregunta que resume todo mi pensamiento:

Si el universo ha pasado de la materia a la vida y de la vida a la inteligencia, ¿por qué debemos descartar, sin más, que la Creación pueda seguir desarrollándose hacia formas de existencia que todavía no somos capaces de imaginar?

Quizás lo que yo llamo Cosmo-Poder y otros llaman Dios aprende mientras crea. O quizás seamos nosotros quienes, al estudiar el universo, estamos aprendiendo a comprender una pequeña parte de la inmensa realidad de la que formamos parte.

En cualquiera de los dos casos, la historia del cosmos sigue siendo una de las mayores incógnitas de nuestra existencia.

 

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