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lunes, 12 de enero de 2026

Humanos, animales y el juego de ser Dios en el universo

 


Humanos, animales y el juego de ser Dios en el universo

Por Bruno Perera.

Cuando hablamos de inteligencia, la mayoría de las personas piensa automáticamente que el ser humano es el animal más inteligente. Nuestro lenguaje complejo, nuestra capacidad de crear tecnología, escribir literatura o enviar satélites al espacio parecen confirmar esta afirmación. No obstante, si nos detenemos a observar la naturaleza, la respuesta es mucho más compleja.

Inteligencia humana: brillante pero frágil

El ser humano destaca por su capacidad de razonamiento abstracto, planificación a largo plazo y creación simbólica. Podemos inventar teorías científicas, filosofías y obras de arte que ninguna otra especie podría concebir. Nuestra inteligencia nos ha permitido dominar el mundo, pero también nos ha convertido en la especie más torpe para vivir en equilibrio con la naturaleza.

Somos la única especie capaz de alterar el clima, extinguir otras especies y modificar ecosistemas enteros. Necesitamos leyes, instituciones y tecnología para sobrevivir, algo que otras especies hacen instintivamente sin destruir su entorno. En ese sentido, nuestra inteligencia es potente, pero vulnerable y limitada.

Inteligencia animal: maestra de la adaptación

Muchos animales poseen formas de inteligencia que los humanos no podemos imitar directamente:

  • Aves migratorias recorren miles de kilómetros con precisión sin mapas ni GPS.
  • Pulpos y delfines resuelven problemas complejos y se comunican de manera sofisticada sin lenguaje humano.
  • Hormigas y abejas organizan sociedades completas con eficiencia admirable, sin maestros ni leyes.
  • Mamíferos sociales, como los perros, leen emociones y cooperan de forma intuitiva.

Estas inteligencias están optimizadas por la evolución para sobrevivir en armonía con el entorno, algo que los humanos a menudo no logramos. Mientras nuestra especie imagina soluciones y construye máquinas, los animales ejecutan su supervivencia con una precisión que nosotros no alcanzamos de forma natural.

Humanos como representación de Dios

Si examinamos nuestras capacidades desde una perspectiva más filosófica, no es descabellado decir que los humanos “jugamos a ser Dios” en el universo. Poseemos un poder que ninguna otra especie tiene:

1.    Control sobre la naturaleza: domesticamos animales, modificamos plantas y transformamos ecosistemas enteros.

2.    Creación de realidades simbólicas: inventamos mundos que solo existen en la mente, desde teorías científicas hasta películas y videojuegos.

3.    Decisión sobre la vida y la muerte: podemos salvar o extinguir especies, manipular genética y controlar enfermedades.

Este poder nos coloca en un papel divino funcional, aunque limitado: no somos omniscientes ni omnipotentes. Cada acción tiene consecuencias, y nuestra falta de previsión nos ha llevado a problemas ecológicos, climáticos y sociales de magnitud global.

La paradoja humana

El humano es el animal más inteligente para pensar, pero no necesariamente el más eficaz para vivir. Podemos imaginar, crear y controlar, pero aún así dependemos de ecosistemas frágiles que hemos puesto en riesgo. Mientras los animales sobreviven gracias a su adaptación natural, nosotros necesitamos reflexión, planificación y tecnología.

La verdadera lección es que la inteligencia no es solo conceptual: es adaptativa. Y en este sentido, muchos animales nos superan. La pregunta final no es quién es más inteligente en términos absolutos, sino quién sabe vivir en armonía con el universo que habita.

En esa paradoja reside el dilema humano: podemos jugar a ser Dios, pero debemos aprender a ser responsables de nuestro poder, porque sin equilibrio, nuestra inteligencia, por brillante que sea, se convierte en una amenaza para nuestra propia supervivencia.

 

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