El alma no
existente no va al Cielo ni al Infierno, y menos siente dolor o placer una vez
que el cuerpo muere
Por Bruno
Perera.
Desde hace siglos, las religiones han construido
un relato poderoso sobre la vida después de la muerte: un alma que abandona el
cuerpo y es juzgada para recibir premio o castigo eterno. Cielo o infierno.
Gozo o sufrimiento. Sin embargo, cuando este relato se analiza con honestidad
intelectual y sin miedo, surgen preguntas que rara vez se responden con
claridad.
La más evidente es esta: si lo único que
sobrevive a la muerte es el alma, ¿cómo puede esa alma sentir dolor o placer si
carece de cuerpo?
Sentir exige
vida
El dolor, el placer, la alegría, el miedo o el
sufrimiento no son conceptos abstractos flotando en el vacío. Son procesos
biológicos complejos que requieren un organismo vivo. Sin sistema nervioso
no hay dolor. Sin cerebro no hay conciencia. Sin neurotransmisores no hay
emociones.
Toda experiencia humana conocida —desde el amor
hasta el sufrimiento— depende de mecanismos físicos perfectamente
identificables. Cuando el corazón deja de latir y el cerebro cesa su actividad,
desaparece la capacidad de sentir. No se traslada. No se transforma.
Simplemente cesa.
Pretender que algo sin cuerpo puede experimentar
sensaciones es afirmar que la experiencia puede existir sin el instrumento
que la produce, lo cual contradice todo lo que sabemos sobre la vida.
El alma como
solución teológica
Para salvar esta contradicción, las religiones
redefinen el alma. No la presentan como un simple espíritu inerte, sino como
una entidad consciente, sensible, capaz de sufrir o disfrutar sin necesidad de
cuerpo. Pero esta definición no se basa en pruebas, sino en necesidad
doctrinal.
Si el alma no pudiera sentir, el infierno
perdería su función como amenaza y el cielo su función como recompensa. El
sistema moral religioso quedaría vacío de consecuencias reales. Por eso, el
alma debe sentir. No porque sea lógico, sino porque es imprescindible para que
el relato funcione.
El infierno
como herramienta, no como realidad
El miedo al infierno no nace de la razón, sino de
la educación temprana y de la repetición cultural. Se inculca antes de que la
persona tenga herramientas críticas para cuestionarlo. Funciona como un
mecanismo de control moral: no hagas esto o sufrirás eternamente.
Pero si se elimina el componente emocional y se
analiza fríamente, la idea se desmorona. No puede haber sufrimiento sin
conciencia, ni conciencia sin vida. Un cadáver no sufre. Un cerebro apagado
no recuerda. Un supuesto “alma” sin soporte vital no siente.
¿Y si el alma
no existe?
Esta es la pregunta que casi nunca se formula
abiertamente. ¿Y si el alma no es una entidad independiente, sino una
construcción cultural para explicar la conciencia mientras se ignoraba el
funcionamiento del cerebro?
Si el alma no existe como algo separado del cuerpo, entonces:
1. no viaja a ningún lugar,
- no es juzgada,
- no va al cielo ni al infierno,
- no sufre ni goza tras la muerte.
Simplemente, la experiencia termina, del
mismo modo que terminó antes de nacer.
Una conclusión
incómoda, pero honesta
Aceptar que tras la muerte no hay castigo ni
recompensa puede resultar inquietante para algunos. Pero también es
profundamente liberador. Significa que la responsabilidad moral no se basa en
el miedo a un castigo eterno, sino en la ética, la convivencia y el respeto
mientras estamos vivos.
En ambos casos, el miedo pierde su fundamento.
La vida, entonces, no se vive para evitar un
castigo tras la muerte, sino para vivirla con sentido aquí, que es el
único lugar donde sentir, amar y sufrir es posible.

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