Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

miércoles, 28 de enero de 2026

El alma no existente no va al Cielo ni al Infierno, y menos siente dolor o placer una vez que el cuerpo muere

 


El alma no existente no va al Cielo ni al Infierno, y menos siente dolor o placer una vez que el cuerpo muere

Por Bruno Perera.

Desde hace siglos, las religiones han construido un relato poderoso sobre la vida después de la muerte: un alma que abandona el cuerpo y es juzgada para recibir premio o castigo eterno. Cielo o infierno. Gozo o sufrimiento. Sin embargo, cuando este relato se analiza con honestidad intelectual y sin miedo, surgen preguntas que rara vez se responden con claridad.

La más evidente es esta: si lo único que sobrevive a la muerte es el alma, ¿cómo puede esa alma sentir dolor o placer si carece de cuerpo?

Sentir exige vida

El dolor, el placer, la alegría, el miedo o el sufrimiento no son conceptos abstractos flotando en el vacío. Son procesos biológicos complejos que requieren un organismo vivo. Sin sistema nervioso no hay dolor. Sin cerebro no hay conciencia. Sin neurotransmisores no hay emociones.

Toda experiencia humana conocida —desde el amor hasta el sufrimiento— depende de mecanismos físicos perfectamente identificables. Cuando el corazón deja de latir y el cerebro cesa su actividad, desaparece la capacidad de sentir. No se traslada. No se transforma. Simplemente cesa.

Pretender que algo sin cuerpo puede experimentar sensaciones es afirmar que la experiencia puede existir sin el instrumento que la produce, lo cual contradice todo lo que sabemos sobre la vida.

El alma como solución teológica

Para salvar esta contradicción, las religiones redefinen el alma. No la presentan como un simple espíritu inerte, sino como una entidad consciente, sensible, capaz de sufrir o disfrutar sin necesidad de cuerpo. Pero esta definición no se basa en pruebas, sino en necesidad doctrinal.

Si el alma no pudiera sentir, el infierno perdería su función como amenaza y el cielo su función como recompensa. El sistema moral religioso quedaría vacío de consecuencias reales. Por eso, el alma debe sentir. No porque sea lógico, sino porque es imprescindible para que el relato funcione.

El infierno como herramienta, no como realidad

El miedo al infierno no nace de la razón, sino de la educación temprana y de la repetición cultural. Se inculca antes de que la persona tenga herramientas críticas para cuestionarlo. Funciona como un mecanismo de control moral: no hagas esto o sufrirás eternamente.

Pero si se elimina el componente emocional y se analiza fríamente, la idea se desmorona. No puede haber sufrimiento sin conciencia, ni conciencia sin vida. Un cadáver no sufre. Un cerebro apagado no recuerda. Un supuesto “alma” sin soporte vital no siente.

¿Y si el alma no existe?

Esta es la pregunta que casi nunca se formula abiertamente. ¿Y si el alma no es una entidad independiente, sino una construcción cultural para explicar la conciencia mientras se ignoraba el funcionamiento del cerebro?

Si el alma no existe como algo separado del cuerpo, entonces:  

     1.  no viaja a ningún lugar,

  1. no es juzgada,
  2. no va al cielo ni al infierno,
  3. no sufre ni goza tras la muerte.

Simplemente, la experiencia termina, del mismo modo que terminó antes de nacer.

Una conclusión incómoda, pero honesta

Aceptar que tras la muerte no hay castigo ni recompensa puede resultar inquietante para algunos. Pero también es profundamente liberador. Significa que la responsabilidad moral no se basa en el miedo a un castigo eterno, sino en la ética, la convivencia y el respeto mientras estamos vivos.

Si el alma no existe, no hay infierno que temer ni cielo que esperar.
Y si existe, pero no puede sentir, el resultado es el mismo.

En ambos casos, el miedo pierde su fundamento.

La vida, entonces, no se vive para evitar un castigo tras la muerte, sino para vivirla con sentido aquí, que es el único lugar donde sentir, amar y sufrir es posible.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario