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miércoles, 11 de febrero de 2026

Despreciar a un anciano es despreciar tu propio futuro

 


Despreciar a un anciano es despreciar tu propio futuro

Por Bruno Perera.

Hay una frase que se escucha con demasiada frecuencia y con demasiada ligereza:
“Ese ya es un viejo…”, “Esa ya está para morirse…”.

Se dice con desdén.
Se dice como si la vejez fuera un fracaso.
Como si llegar a anciano fuera una desgracia familiar o una carga social.

Y no hay mayor ignorancia que esa.

Porque llegar a viejo no es una derrota. Es una victoria. Es el premio mayor de la vida.

Miles mueren jóvenes. Otros se quedan en el camino antes de alcanzar la madurez. Muchos jamás sabrán lo que es tener nietos, ver pasar un siglo, contemplar cómo el mundo cambia ante sus ojos. Solo unos pocos —los más resistentes, los más afortunados, los más perseverantes— logran atravesar décadas y décadas hasta alcanzar edades avanzadas.

Llegar a los 80 ya es mérito.
A los 90, hazaña.
A los 100, triunfo.
Pasar de ahí es tocar la cima de la supervivencia humana.

Y sin embargo, el anciano es tratado como estorbo.

La sociedad que idolatra lo joven y desprecia lo sabio. Vivimos en una cultura superficial que idolatra lo nuevo, lo rápido, lo brillante y lo estéticamente atractivo. Una sociedad que convierte la juventud en mercancía y la arruga en defecto.

Pero esa misma sociedad está condenada al envejecimiento.

Todos quieren vivir muchos años. Nadie quiere morir joven. Pero pocos respetan a quienes ya han recorrido ese largo camino. Es una contradicción moral grotesca: desear longevidad para uno mismo mientras se menosprecia la longevidad ajena.

El anciano no es una carga. Es memoria viva.
No es un estorbo. Es testigo del tiempo.
No es decadencia. Es resistencia.

Cada arruga cuenta una batalla.
Cada cana es un año vencido.
Cada paso lento es el resultado de haber caminado demasiado.

La ironía del desprecio. Quienes hoy se burlan de los mayores, si la suerte les acompaña, mañana ocuparán ese mismo lugar. Y entonces entenderán —demasiado tarde quizá— que sembraron indiferencia y ahora cosechan soledad.

Porque el desprecio hacia los ancianos no es solo una falta de educación: es una falta de inteligencia histórica y moral.

Una sociedad que desprecia a sus mayores está despreciando su propia experiencia acumulada. Está cortando sus raíces. Está negando su memoria.

Y un pueblo sin memoria es un pueblo frágil.

Llegar a viejo es ganar la lotería biológica. Cumplir cien años no es una anécdota. Es un acontecimiento. Es haber sobrevivido a enfermedades, crisis económicas, guerras, cambios tecnológicos vertiginosos, pérdidas irreparables y transformaciones sociales profundas.

Es haber visto nacer y morir generaciones.

Es haber resistido.

Si alguien alcanza los 110 años, ha ganado la lotería del tiempo. Si llega a los 120, es un campeón de la existencia humana. ¿Y vamos a llamar “desgracia” a semejante logro?

El verdadero fracaso no es envejecer.
El verdadero fracaso es no comprender el valor de quien ha vivido.

El respeto no es caridad, es justicia. Respetar al anciano no es un acto de compasión paternalista. Es un acto de justicia. Es reconocer que esa persona ha hecho el trayecto que tú deseas completar.

Todos estamos aquí con la intención íntima de llegar lo más lejos posible en años. Todos queremos sumar décadas. Todos queremos aplazar el final.

Entonces, ¿cómo podemos despreciar a quienes ya han alcanzado esa meta?

Despreciar a un anciano es despreciar tu propio futuro.
Es reírte del espejo en el que un día te mirarás.
Es insultar la meta mientras corres hacia ella.

La vejez no es una desgracia. Es un logro que no todos alcanzan.
Es el premio mayor de la vida.
Y quien no lo entiende, simplemente aún no ha entendido lo que significa vivir.

 

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