Despreciar
a un anciano es despreciar tu propio futuro
Por Bruno Perera.
Hay una frase que se escucha con demasiada
frecuencia y con demasiada ligereza:
“Ese ya es un viejo…”, “Esa ya está para morirse…”.
Se dice con desdén.
Se dice como si la vejez fuera un fracaso.
Como si llegar a anciano fuera una desgracia familiar o una carga social.
Y no hay mayor ignorancia que esa.
Porque llegar a viejo no es una derrota. Es una
victoria. Es el premio mayor de la vida.
Miles mueren jóvenes. Otros se quedan en el camino
antes de alcanzar la madurez. Muchos jamás sabrán lo que es tener nietos, ver
pasar un siglo, contemplar cómo el mundo cambia ante sus ojos. Solo unos pocos
—los más resistentes, los más afortunados, los más perseverantes— logran
atravesar décadas y décadas hasta alcanzar edades avanzadas.
Llegar a los 80 ya es mérito.
A los 90, hazaña.
A los 100, triunfo.
Pasar de ahí es tocar la cima de la supervivencia humana.
Y sin embargo, el anciano es tratado como
estorbo.
La sociedad
que idolatra lo joven y desprecia lo sabio. Vivimos en una
cultura superficial que idolatra lo nuevo, lo rápido, lo brillante y lo
estéticamente atractivo. Una sociedad que convierte la juventud en mercancía y
la arruga en defecto.
Pero esa misma sociedad está condenada al
envejecimiento.
Todos quieren vivir muchos años. Nadie quiere
morir joven. Pero pocos respetan a quienes ya han recorrido ese largo camino.
Es una contradicción moral grotesca: desear longevidad para uno mismo mientras
se menosprecia la longevidad ajena.
El anciano no es una carga. Es memoria viva.
No es un estorbo. Es testigo del tiempo.
No es decadencia. Es resistencia.
Cada arruga cuenta una batalla.
Cada cana es un año vencido.
Cada paso lento es el resultado de haber caminado demasiado.
La ironía del
desprecio. Quienes hoy se burlan de los mayores, si la
suerte les acompaña, mañana ocuparán ese mismo lugar. Y entonces entenderán
—demasiado tarde quizá— que sembraron indiferencia y ahora cosechan soledad.
Porque el desprecio hacia los ancianos no es solo
una falta de educación: es una falta de inteligencia histórica y moral.
Una sociedad que desprecia a sus mayores está
despreciando su propia experiencia acumulada. Está cortando sus raíces. Está
negando su memoria.
Y un pueblo sin memoria es un pueblo frágil.
Llegar a viejo
es ganar la lotería biológica. Cumplir cien
años no es una anécdota. Es un acontecimiento. Es haber sobrevivido a
enfermedades, crisis económicas, guerras, cambios tecnológicos vertiginosos,
pérdidas irreparables y transformaciones sociales profundas.
Es haber visto nacer y morir generaciones.
Es haber resistido.
Si alguien alcanza los 110 años, ha ganado la
lotería del tiempo. Si llega a los 120, es un campeón de la existencia humana.
¿Y vamos a llamar “desgracia” a semejante logro?
El verdadero fracaso no es envejecer.
El verdadero fracaso es no comprender el valor de quien ha vivido.
El respeto no
es caridad, es justicia. Respetar al anciano no es un
acto de compasión paternalista. Es un acto de justicia. Es reconocer que esa
persona ha hecho el trayecto que tú deseas completar.
Todos estamos aquí con la intención íntima de
llegar lo más lejos posible en años. Todos queremos sumar décadas. Todos
queremos aplazar el final.
Entonces, ¿cómo podemos despreciar a quienes ya
han alcanzado esa meta?
Despreciar a un anciano es despreciar tu propio
futuro.
Es reírte del espejo en el que un día te mirarás.
Es insultar la meta mientras corres hacia ella.
La vejez no es una desgracia. Es un logro que no
todos alcanzan.
Es el premio mayor de la vida.
Y quien no lo entiende, simplemente aún no ha entendido lo que significa vivir.

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