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jueves, 5 de febrero de 2026

No se engorda del aire: comida, cerebro, estrés y el mito del ejercicio salvador

 


No se engorda del aire: comida, cerebro, estrés y el mito del ejercicio salvador

Por Bruno Perera.

Existe una frase popular que resume una verdad incómoda: nadie engorda del aire. El aumento de peso no es un fenómeno mágico ni misterioso, sino la consecuencia directa —aunque no siempre simple— de lo que comemos, cuánto comemos y en qué contexto físico y mental lo hacemos.

Comer es necesario; comer de más, no

El cuerpo humano necesita energía para funcionar, y esa energía proviene de los alimentos. Cuando la ingesta supera de forma habitual el gasto energético, el exceso se almacena, principalmente en forma de grasa. Esto no es una opinión: es fisiología básica.

Ahora bien, no todo es tan lineal como “comer mucho = engordar siempre”. Existen factores que alteran ese equilibrio, y uno de los más importantes es el cerebro.

El cerebro: un órgano que devora energía

Aunque representa apenas un 2 % del peso corporal, el cerebro consume entre un 20 y un 25 % de la energía total del organismo en reposo. En situaciones de estrés, concentración intensa, ansiedad o tensión emocional prolongada, ese consumo puede aumentar de forma significativa.

Por eso ocurre algo aparentemente contradictorio:
hay personas que comen más y no engordan, y otras que comen menos y sí lo hacen. El estrés crónico, la falta de sueño, la ansiedad y los conflictos emocionales alteran el metabolismo, las hormonas (cortisol, insulina, leptina) y la forma en que el cuerpo gestiona la energía.

Dicho de otro modo: no todo el exceso calórico se comporta igual, ni en todos los cuerpos ni en todas las circunstancias.

El estrés engorda… y también puede hacer lo contrario

El estrés prolongado puede provocar dos efectos opuestos:

  • En algunas personas aumenta el apetito y favorece la acumulación de grasa.
  • En otras eleva el gasto energético cerebral y reduce el peso corporal.

Ambas respuestas son biológicamente posibles. El problema no es solo la comida, sino el estado mental en el que se come.

El verdadero vicio no es la comida, sino el exceso

Comer no es un vicio; lo es comer más de lo que el cuerpo necesita de forma habitual. La solución no pasa por dietas extremas ni por castigos físicos, sino por algo mucho más simple y difícil a la vez: moderación constante.

No comer de más, aprender a parar, respetar las señales reales de hambre y saciedad y evitar el picoteo emocional son hábitos más eficaces que cualquier dieta milagro.

Ejercicio sí, pero con sentido

Aquí aparece otro mito moderno: que correr mucho es sinónimo de salud. El ser humano no fue diseñado para correr de forma continua y compulsiva, sino para caminar largas distancias, moverse con regularidad y correr solo en situaciones puntuales: huida, caza o emergencia.

En la naturaleza:

  • Los animales no salen a correr por placer.
  • Corren cuando huyen o persiguen algo.
  • El resto del tiempo caminan, descansan o se mueven de forma eficiente.

El exceso de carrera prolongada puede provocar:

  • Lesiones articulares
  • Estrés cardiovascular
  • Sobrecarga muscular
  • Aumento del cortisol

Moverse despacio también es salud

Caminar, estirarse, trabajar el cuerpo de forma regular y constante es mucho más acorde con nuestra biología que someterlo a esfuerzos extremos diarios. El cuerpo humano está hecho para la constancia, no para la violencia física repetida.

Ejercicio continuo, moderado y sostenible es mejor que picos de esfuerzo que luego obligan al abandono.

Vivir despacio no es vivir peor

La obsesión moderna por la velocidad —comer rápido, correr rápido, producir rápido— va en contra de nuestra naturaleza. El cuerpo y el cerebro funcionan mejor cuando los ritmos son estables.

Comer con calma, moverse a diario sin obsesión y respetar los tiempos biológicos no solo ayuda a mantener el peso, sino también la salud mental y emocional.

Final

No se engorda del aire.
Se engorda, por lo general, de comer más de la cuenta, de vivir bajo estrés constante y de creer que el ejercicio extremo puede compensar hábitos desequilibrados.

La verdadera salud no está en correr sin parar ni en castigarse, sino en comer con cabeza, moverse con sentido y vivir con un ritmo compatible con la naturaleza humana.

 

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