No se engorda
del aire: comida, cerebro, estrés y el mito del ejercicio salvador
Por Bruno
Perera.
Existe una frase popular que resume una verdad
incómoda: nadie engorda del aire. El aumento de peso no es un fenómeno
mágico ni misterioso, sino la consecuencia directa —aunque no siempre simple—
de lo que comemos, cuánto comemos y en qué contexto físico y mental lo hacemos.
Comer es
necesario; comer de más, no
El cuerpo humano necesita energía para funcionar,
y esa energía proviene de los alimentos. Cuando la ingesta supera de forma
habitual el gasto energético, el exceso se almacena, principalmente en forma de
grasa. Esto no es una opinión: es fisiología básica.
Ahora bien, no todo es tan lineal como “comer
mucho = engordar siempre”. Existen factores que alteran ese equilibrio, y uno
de los más importantes es el cerebro.
El cerebro: un
órgano que devora energía
Aunque representa apenas un 2 % del peso
corporal, el cerebro consume entre un 20 y un 25 % de la energía total
del organismo en reposo. En situaciones de estrés, concentración intensa,
ansiedad o tensión emocional prolongada, ese consumo puede aumentar de forma
significativa.
Dicho de otro modo: no todo el exceso calórico
se comporta igual, ni en todos los cuerpos ni en todas las circunstancias.
El estrés
engorda… y también puede hacer lo contrario
El estrés prolongado puede provocar dos efectos
opuestos:
- En algunas personas aumenta el apetito y favorece la acumulación de
grasa.
- En otras eleva el gasto energético cerebral y reduce el peso corporal.
Ambas respuestas son biológicamente posibles. El
problema no es solo la comida, sino el estado mental en el que se come.
El verdadero
vicio no es la comida, sino el exceso
Comer no es un vicio; lo es comer más de lo
que el cuerpo necesita de forma habitual. La solución no pasa por dietas
extremas ni por castigos físicos, sino por algo mucho más simple y difícil a la
vez: moderación constante.
No comer de más, aprender a parar, respetar las
señales reales de hambre y saciedad y evitar el picoteo emocional son hábitos
más eficaces que cualquier dieta milagro.
Ejercicio sí,
pero con sentido
Aquí aparece otro mito moderno: que correr mucho
es sinónimo de salud. El ser humano no fue diseñado para correr de forma
continua y compulsiva, sino para caminar largas distancias, moverse con
regularidad y correr solo en situaciones puntuales: huida, caza o emergencia.
En la naturaleza:
- Los animales no salen a correr por placer.
- Corren cuando huyen o persiguen algo.
- El resto del tiempo caminan, descansan o se mueven de forma eficiente.
El exceso de carrera prolongada puede provocar:
- Lesiones articulares
- Estrés cardiovascular
- Sobrecarga muscular
- Aumento del cortisol
Moverse
despacio también es salud
Caminar, estirarse, trabajar el cuerpo de forma
regular y constante es mucho más acorde con nuestra biología que someterlo a
esfuerzos extremos diarios. El cuerpo humano está hecho para la constancia,
no para la violencia física repetida.
Ejercicio continuo, moderado y sostenible es
mejor que picos de esfuerzo que luego obligan al abandono.
Vivir despacio
no es vivir peor
La obsesión moderna por la velocidad —comer
rápido, correr rápido, producir rápido— va en contra de nuestra naturaleza. El
cuerpo y el cerebro funcionan mejor cuando los ritmos son estables.
Comer con calma, moverse a diario sin obsesión y
respetar los tiempos biológicos no solo ayuda a mantener el peso, sino también
la salud mental y emocional.
Final
La verdadera salud no está en correr sin parar ni
en castigarse, sino en comer con cabeza, moverse con sentido y vivir con un
ritmo compatible con la naturaleza humana.

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