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domingo, 25 de enero de 2026

Por qué algunos partidos españoles ponen en sus listas electorales a inmigrantes

 




Por qué algunos partidos españoles ponen en sus listas electorales a inmigrantes
Por Bruno Perera.

En los últimos años se ha vuelto cada vez más habitual ver en España concejales, diputados autonómicos e incluso parlamentarios nacionales de origen extranjero. Algunos de ellos llegaron al país de forma ilegal, en patera o sin documentación, y con el paso del tiempo obtuvieron la nacionalidad española.

Este hecho, legal en términos estrictos, plantea sin embargo una pregunta incómoda que muchos ciudadanos se hacen en voz baja:
¿por qué los partidos políticos promocionan a estas personas para cargos públicos cuando hay tantos españoles que han trabajado, contribuido y servido al país durante toda su vida?

La legalidad: un punto de partida, no el final del debate

Desde el punto de vista jurídico, la cuestión es clara. La legislación española exige únicamente tener la nacionalidad española para poder ser elegido concejal, diputado autonómico o diputado nacional. La ley no distingue entre españoles por nacimiento o por naturalización, ni tiene en cuenta cómo se produjo la entrada inicial en el país.

Es decir, si hoy alguien ocupa un cargo público, lo hace legalmente. Este punto conviene dejarlo claro para evitar debates artificiales.

Pero que algo sea legal no lo convierte automáticamente en incuestionable desde el punto de vista político, ético o social.

La política real: votos, imagen y estrategia

La explicación de por qué los partidos colocan estos perfiles en sus listas no suele encontrarse en el mérito técnico o en la experiencia de gestión, sino en la estrategia electoral.

Hay tres factores clave:

1. Captación del voto inmigrante
En determinados municipios y barrios, el voto de personas de origen inmigrante es relevante. Incluir candidatos con ese perfil busca generar identificación y movilización electoral.

2. Construcción de imagen
Los partidos —especialmente los de izquierda, PSOE, Podemos y otros — proyectan una imagen de diversidad, inclusión y progreso. Estos nombramientos funcionan como símbolos políticos más que como decisiones técnicas.

3. Redes asociativas y activismo
Muchos de estos cargos proceden de oenegés, colectivos sociales o espacios de mediación intercultural. No destacan por su formación en gestión pública, sino por su utilidad como representantes de determinados discursos.

No es filantropía. Es política práctica.

El malestar social: una realidad ignorada

Existe un malestar creciente entre muchos ciudadanos españoles que sienten que:

1.      El mérito y la trayectoria pesan menos que el perfil identitario.

2.      Se premia simbólicamente a quien representa un relato, no a quien ha contribuido durante décadas.

3.      Se utiliza la inmigración como herramienta electoral, no como un fenómeno que deba gestionarse con rigor.

Este descontento no nace del racismo, como a menudo se intenta simplificar, sino de una sensación de injusticia comparativa: esfuerzo frente a oportunidad política.

Democracia formal frente a legitimidad social

Aquí aparece una distinción fundamental:

1.      Democracia formal: la ley permite estas candidaturas.

2.      Legitimidad social: una parte creciente de la población no las percibe como justas ni representativas.

Cuando los partidos ignoran de forma sistemática esta brecha, alimentan la desafección política, la polarización y el auge de opciones que prometen romper con ese consenso.

La responsabilidad final es de los votantes

Conviene recordar un punto esencial: los partidos hacen lo que creen que les da votos. Si esta estrategia se mantiene es porque, de momento, funciona electoralmente.

En democracia, la corrección o el castigo no llega desde los discursos oficiales, sino desde las urnas. Si una mayoría social considera que estas prácticas son erróneas, los partidos cambiarán. Si no, continuarán.

Final

El debate no es si estas personas cumplen la ley —la cumplen—, sino si este modelo de representación responde al interés general o a una lógica de marketing político.

Plantear esta cuestión no es antidemocrático. Al contrario: es una exigencia democrática básica preguntarse a quién representan realmente nuestros representantes y por qué han sido elegidos.

Callar el debate no lo hace desaparecer. Solo lo traslada, cada vez con más fuerza, al voto de protesta y a la ruptura del consenso político.

Nota: Todo este planteamiento conlleva además un riesgo político evidente. Cuando alguno de estos políticos que han adquirido la nacionalidad española es apartado de una lista electoral y no queda satisfecho con su partido, en ocasiones opta por crear su propia formación política apoyándose en colectivos inmigrantes. De este modo surgen partidos de base inmigrante que terminan compitiendo directamente con los partidos nacionales tradicionales, un fenómeno que ya se ha dado en numerosos casos en países como Francia, Inglaterra y otras naciones europeas. Algo que termina siempre en la demanda de menos control sobre la inmigración ilegal y más libertad de entrada y legalización.

 



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