Aborígenes, indígenas, nativos y criollos: una propuesta terminológica para nombrar con precisión la
historia
Por Bruno
Perera.
En el debate histórico, antropológico y social, las
palabras no son neutrales. Nombrar no es solo describir: es interpretar,
encuadrar y, en muchos casos, imponer una visión del pasado. Por ello, la
confusión terminológica en torno a conceptos como indígena, aborigen,
nativo o criollo no es un asunto menor, sino una cuestión de
rigor histórico y honestidad intelectual.
Durante décadas, especialmente en el mundo
hispano, se ha normalizado el uso del término indígena para referirse a
los primeros habitantes de un territorio. Sin embargo, este uso no está exento
de problemas semánticos, históricos y simbólicos que merecen ser revisados.
El problema
del término “indígena”
Aunque hoy se presenta como un concepto técnico,
jurídico o incluso respetuoso, el término indígena arrastra una carga
histórica inseparable del proceso colonial, especialmente en
Hispanoamérica. Su difusión está íntimamente ligada al error original de llamar
“indios” a pueblos que no lo eran, error que nunca fue corregido del todo y que
terminó cristalizando en una categoría genérica, difusa y frecuentemente
paternalista.
En muchos contextos sociales, indígena no
designa simplemente un origen, sino una condición subordinada, atrasada o
tutelada. No es casual que haya sido un término utilizado durante siglos para
justificar políticas de dominación, evangelización forzosa o administración
colonial “protectoral”. Por ello, resulta comprensible —y legítimo— que sea
percibido como un término contaminado y, en determinados casos, despectivo.
Aborigen: una
denominación etimológicamente limpia
Frente a ello, el término aborigen
presenta una ventaja fundamental: su significado es claro, directo y no
ideológico. Procede del latín ab origine, es decir, “desde el origen”.
Designa simplemente a los primeros habitantes conocidos de un territorio,
sin añadir juicios culturales, raciales o políticos.
Hablar de aborígenes es describir un hecho
histórico objetivo: quiénes estaban primero. No presupone continuidad actual,
derechos políticos contemporáneos ni identidades reconstruidas desde el
presente. Por eso resulta especialmente adecuado para:
- Estudios históricos y arqueológicos.
- Pueblos desaparecidos o absorbidos.
- Análisis serenos del pasado precolonial.
En el caso canario, por ejemplo, aborígenes
canarios (guanches, majos, bimbaches, etc.) es una denominación precisa,
sobria y respetuosa con la realidad histórica.
Nativos: el
lugar de nacimiento, no el origen
Otro error frecuente es confundir origen
poblacional con lugar de nacimiento. Aquí entra el término nativo, que
en su sentido clásico y correcto designa simplemente a quien nace en un
territorio, con independencia de su ascendencia.
Un colono europeo nacido en América o en Canarias
no es aborigen, pero sí es nativo del lugar donde nace. Llamarlo “indígena” es
un error conceptual que mezcla categorías distintas y genera confusión
histórica.
Recuperar el sentido exacto de nativo
permite distinguir con claridad entre:
- Prioridad histórica (aborigen).
- Pertenencia por nacimiento (nativo).
Criollos o
aborígenes nativos: reconocer el mestizaje
La historia real rara vez es pura o lineal. El
mestizaje ha sido una constante, y negarlo o maquillarlo no mejora la
comprensión del pasado. Para describir esta realidad, resulta adecuado emplear
términos como criollo —históricamente consolidado— o aborigen nativo,
cuando existe mezcla entre población aborigen y población llegada
posteriormente.
Estas denominaciones:
- Reconocen la complejidad demográfica real.
- Evitan clasificaciones raciales modernas.
- No borran ni idealizan el pasado.
Una propuesta
terminológica clara
A modo de síntesis, puede establecerse el
siguiente marco conceptual:
- Aborígenes: primeros habitantes conocidos de un
territorio.
- Nativos: personas nacidas en ese territorio, con
independencia de su origen.
- Aborígenes nativos o criollos:
descendientes del mestizaje entre población aborigen y población llegada
de fuera.
Este sistema separa con claridad tres planos que
hoy se confunden deliberadamente: antigüedad histórica, nacimiento y
mestizaje.
Conclusión
Revisar el lenguaje no es un ejercicio de
corrección política, sino de precisión histórica. El uso indiscriminado
del término indígena ha contribuido más a la confusión que a la
comprensión del pasado. Recuperar conceptos como aborigen, nativo
y criollo en su sentido propio permite hablar de la historia con menos
ideología y más rigor.
Nombrar bien es entender mejor. Y entender mejor es
el primer paso para debatir con honestidad.

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