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sábado, 17 de enero de 2026

Un mundo sin religiones más únicamente con el instinto animal

 


Un mundo sin religiones más únicamente con el instinto animal

Por Bruno Perera.

Imaginar un mundo sin religiones es, en realidad, imaginar un mundo sin uno de los grandes inventos culturales del ser humano para domesticar su propio miedo. La religión no nació del cielo, sino del suelo: del temor a la muerte, a la naturaleza, a lo desconocido y a la incapacidad de controlar el entorno. Si eliminamos ese elemento y dejamos que la humanidad funcione únicamente por instinto, como lo hacen los animales, el resultado sería un planeta radicalmente distinto… pero no necesariamente mejor.

El instinto como única ley

En el reino animal no existen dogmas, ni moral escrita, ni promesas de salvación. Todo se rige por tres impulsos básicos: sobrevivir, alimentarse y reproducirse. No hay culpa ni pecado; hay necesidad. El león no se cuestiona si es justo matar a la gacela, ni el lobo reflexiona sobre la ética de la manada. Actúan porque así lo dicta su biología.

Trasladar ese modelo a la humanidad implicaría la desaparición de conceptos como el bien y el mal tal como los entendemos hoy. La compasión, la caridad o el sacrificio por desconocidos no surgirían de forma natural. El fuerte dominaría al débil sin remordimiento, no por maldad, sino por pura lógica instintiva.

El fin de la fe… pero también de la mentira sagrada

Sin religiones desaparecerían guerras santas, inquisiciones, fanatismos y millones de muertes justificadas en nombre de dioses invisibles. No habría textos sagrados usados como armas ni líderes espirituales manipulando conciencias. El ser humano dejaría de obedecer por miedo al castigo divino.

Pero también se perdería una de las herramientas más eficaces que ha tenido la humanidad para controlar el caos social. La religión ha servido —para bien o para mal— como freno al instinto puro. Ha impuesto normas, límites y cohesión en grupos grandes, algo que el instinto animal por sí solo no garantiza.

Sociedad sin religión: ¿más libre o más salvaje?

Un mundo regido solo por el instinto no sería una utopía natural, sino una jungla sofisticada. Las ciudades existirían, pero serían territorios disputados. La ley no nacería de valores morales, sino del equilibrio de fuerzas. No habría derechos humanos universales, porque estos no existen en la naturaleza; existiría poder, alianzas temporales y dominación.

La cooperación seguiría existiendo, pero solo cuando fuera útil. La empatía sería selectiva: hacia los cercanos, no hacia la humanidad en abstracto. El altruismo desinteresado sería una rareza evolutiva, no una virtud celebrada.

El ser humano frente al espejo

La gran diferencia entre humanos y animales no es la religión, sino la conciencia de la muerte. Sin religiones, esa conciencia no desaparecería; quedaría desnuda. Algunos la enfrentarían con razón y ciencia. Otros caerían en nihilismo, violencia o desesperación. La religión ha sido, en muchos casos, un analgésico psicológico frente a una verdad insoportable: que no hay propósito cósmico garantizado.

Conclusión

Un mundo sin religiones y gobernado solo por el instinto animal no sería un paraíso natural ni un infierno automático. Sería un mundo más honesto, pero también más crudo. Menos hipócrita, pero más despiadado. La religión ha sido una jaula… pero también una muleta.

La verdadera cuestión no es si la humanidad puede vivir sin dioses, sino si puede hacerlo sin mentirse a sí misma, sin inventar relatos que justifiquen su miedo, su poder o su violencia. Porque incluso sin religiones, el ser humano seguiría buscando algo en lo que creer. Aunque ese algo fuera él mismo.

 

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