Un mundo sin
religiones más únicamente con el instinto animal
Por Bruno
Perera.
Imaginar un mundo sin religiones es, en realidad,
imaginar un mundo sin uno de los grandes inventos culturales del ser humano
para domesticar su propio miedo. La religión no nació del cielo, sino del
suelo: del temor a la muerte, a la naturaleza, a lo desconocido y a la
incapacidad de controlar el entorno. Si eliminamos ese elemento y dejamos que
la humanidad funcione únicamente por instinto, como lo hacen los animales, el
resultado sería un planeta radicalmente distinto… pero no necesariamente mejor.
El instinto
como única ley
En el reino animal no existen dogmas, ni moral
escrita, ni promesas de salvación. Todo se rige por tres impulsos básicos: sobrevivir,
alimentarse y reproducirse. No hay culpa ni pecado; hay necesidad. El león
no se cuestiona si es justo matar a la gacela, ni el lobo reflexiona sobre la
ética de la manada. Actúan porque así lo dicta su biología.
Trasladar ese modelo a la humanidad implicaría la
desaparición de conceptos como el bien y el mal tal como los entendemos hoy. La
compasión, la caridad o el sacrificio por desconocidos no surgirían de forma
natural. El fuerte dominaría al débil sin remordimiento, no por maldad, sino
por pura lógica instintiva.
El fin de la
fe… pero también de la mentira sagrada
Sin religiones desaparecerían guerras santas,
inquisiciones, fanatismos y millones de muertes justificadas en nombre de
dioses invisibles. No habría textos sagrados usados como armas ni líderes
espirituales manipulando conciencias. El ser humano dejaría de obedecer por
miedo al castigo divino.
Pero también se perdería una de las herramientas
más eficaces que ha tenido la humanidad para controlar el caos social.
La religión ha servido —para bien o para mal— como freno al instinto puro. Ha
impuesto normas, límites y cohesión en grupos grandes, algo que el instinto
animal por sí solo no garantiza.
Sociedad sin
religión: ¿más libre o más salvaje?
Un mundo regido solo por el instinto no sería una
utopía natural, sino una jungla sofisticada. Las ciudades existirían,
pero serían territorios disputados. La ley no nacería de valores morales, sino
del equilibrio de fuerzas. No habría derechos humanos universales, porque estos
no existen en la naturaleza; existiría poder, alianzas temporales y dominación.
La cooperación seguiría existiendo, pero solo cuando
fuera útil. La empatía sería selectiva: hacia los cercanos, no hacia la
humanidad en abstracto. El altruismo desinteresado sería una rareza evolutiva,
no una virtud celebrada.
El ser humano
frente al espejo
La gran diferencia entre humanos y animales no es
la religión, sino la conciencia de la muerte. Sin religiones, esa
conciencia no desaparecería; quedaría desnuda. Algunos la enfrentarían con
razón y ciencia. Otros caerían en nihilismo, violencia o desesperación. La
religión ha sido, en muchos casos, un analgésico psicológico frente a una
verdad insoportable: que no hay propósito cósmico garantizado.
Conclusión
Un mundo sin religiones y gobernado solo por el
instinto animal no sería un paraíso natural ni un infierno automático. Sería un
mundo más honesto, pero también más crudo. Menos hipócrita, pero más
despiadado. La religión ha sido una jaula… pero también una muleta.
La verdadera cuestión no es si la humanidad puede
vivir sin dioses, sino si puede hacerlo sin mentirse a sí misma, sin
inventar relatos que justifiquen su miedo, su poder o su violencia. Porque
incluso sin religiones, el ser humano seguiría buscando algo en lo que creer.
Aunque ese algo fuera él mismo.

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