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miércoles, 30 de septiembre de 2026

Marruecos debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional

 


Marruecos debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional

Por Bruno Perera

Marruecos debería plantearse seriamente un cambio de actitud política y social, tanto dentro de sus fronteras como en sus relaciones con los países vecinos. No lo digo pensando en el pueblo marroquí, sino en quienes gobiernan y toman las decisiones que afectan a millones de sus ciudadanos.

Lo que está ocurriendo actualmente alrededor de Ceuta debería servir para abrir una reflexión.

Decenas de miles de inmigrantes ilegales (unos 80.000)  orquestados por el Gobierno marroquí llegaron como invasión en julio a la ciudad autónoma procedentes de Marruecos y una parte importante de ellos unos 10.000 que aún no la han abandonado, adultos y MENAs, necesita comida, ropa, alojamiento y asistencia médica. España, las instituciones ceutíes, organizaciones humanitarias y ciudadanos particulares están afrontando buena parte de esa responsabilidad.

Y aquí aparece una pregunta que considero inevitable: ¿por qué Marruecos no participa de una manera mucho más visible en la ayuda a sus propios ciudadanos que tiene abandonados en Ceuta?

Si una persona marroquí se encuentra en una situación de extrema necesidad al otro lado de la frontera, sería razonable esperar que su propio país mostrara preocupación y colaborara, dentro de sus posibilidades, en atenderla.

Sin embargo, mientras se produce esta situación humanitaria, Marruecos continúa manteniendo una política exterior marcada por importantes reivindicaciones territoriales y por su interés en aumentar su influencia regional.

Aquí aparece una contradicción que merece ser analizada.

Antes de aspirar a tener más territorio o mayor influencia internacional, cualquier Estado debería demostrar que es capaz de proporcionar unas condiciones dignas a todos sus ciudadanos.

No se trata solamente de territorio. Se trata de personas.

¿De qué sirve reivindicar más territorio si todavía existen ciudadanos que viven en condiciones de pobreza y que, cuando abandonan su país, terminan dependiendo de la asistencia de otros Estados?

Marruecos tiene recursos humanos, económicos y geográficos importantes. También tiene una posición estratégica extraordinaria entre Europa y África. Precisamente por eso debería utilizar sus posibilidades para mejorar las condiciones de vida de su población y para construir relaciones de confianza con sus vecinos.

España y Marruecos están condenados, por su proximidad geográfica, a entenderse. Hay intereses económicos, comerciales, turísticos y de seguridad que hacen necesaria una relación estable. Pero una relación estable necesita confianza y la confianza se construye mediante hechos.

Ceuta y Melilla constituyen uno de los asuntos más delicados de esa relación. España considera ambas ciudades parte integrante de su territorio, mientras que Marruecos mantiene reivindicaciones ficticias sobre ellas. Ese desacuerdo existe y seguirá siendo objeto de discusión política.

Pero precisamente por eso resulta todavía más importante que la cuestión migratoria no se convierta en un instrumento de presión.

Las personas que emigran no deberían convertirse en piezas de una partida política entre Estados, y menos en carne de cañón que es la pólvora que Marruecos utiliza para su guerra hibrida contra España.

Detrás de cada inmigrante hay una persona que busca una vida mejor. Algunos huyen de la pobreza, otros buscan trabajo y otros persiguen unas oportunidades que no encuentran en su país. Utilizar su desesperación como herramienta política solamente agrava el problema.

Y tampoco España puede limitarse a esperar que las crisis desaparezcan por sí solas. Ceuta tiene una población limitada, un territorio reducido y unas capacidades de acogida que no son infinitas. Cuando miles de personas llegan en poco tiempo, las consecuencias recaen directamente sobre los servicios públicos y sobre los propios ciudadanos ceutíes.

Por eso hace falta una política migratoria clara, rápida y humana.

También hace falta que Marruecos asuma su parte de responsabilidad.

No es razonable que Europa tenga que afrontar prácticamente en solitario las consecuencias sociales de problemas que tienen una parte importante de su origen en el norte de África.

Marruecos podría ganar mucho más mediante la cooperación que mediante la confrontación. Un país que quiere aumentar su peso internacional debería aspirar también a ser reconocido por la calidad de vida de sus ciudadanos, por la fortaleza de sus instituciones, por la lucha contra la corrupción, por el respeto a los derechos de las personas y por su capacidad para resolver sus propios problemas sociales.

La grandeza de un país no se mide solamente por los kilómetros cuadrados que pretende controlar.

La verdadera grandeza de una nación se demuestra cuando sus ciudadanos no necesitan abandonar su tierra para encontrar una vida digna.

Por eso Marruecos debería cambiar su actitud política y social, tanto a nivel nacional como internacional.

Debería mirar menos hacia los territorios que pretende incorporar a su esfera de influencia y mirar más hacia las necesidades de las personas que ya viven dentro de sus fronteras.

Porque antes de querer más territorio, hay algo mucho más importante que conquistar:

el bienestar de su propio pueblo.

Nota final: Espero sinceramente que este artículo pueda llegar algún día a conocimiento del rey de Marruecos. Quizás algunas de las reflexiones que aquí expongo puedan servirle para meditar sobre su forma de gobernar y sobre el futuro que desea para su país.

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