Marruecos
quiere el Gran Magreb, pero ¿qué hace por los marroquíes que se marchan de sus
país?
Por Bruno
Perera
Hay cosas que, cuando uno las mira con un poco de
perspectiva, producen una pregunta difícil de evitar: ¿qué sentido tiene que un
Estado quiera ampliar sus territorios mientras muchos de sus propios ciudadanos
intentan escapar de ellos en busca de una vida mejor?
Esta pregunta resulta especialmente inevitable
cuando se habla de Marruecos, de la inmigración y de las históricas
reivindicaciones territoriales marroquíes.
Durante los últimos años, España y Marruecos han
mantenido una relación estrecha en materia de seguridad, fronteras, comercio e
inmigración. A regañadientes la propia Comisión Europea considera a Marruecos
un socio estratégico en la lucha contra el tráfico de personas y la inmigración
ilegal.
Pero una cosa es la cooperación entre Estados y
otra muy distinta es cerrar los ojos ante las contradicciones que aparecen
cuando miles de personas abandonan Marruecos buscando precisamente aquello que
no encuentran suficientemente en su país: trabajo, prosperidad, seguridad y
oportunidades.
Y aquí aparece una cuestión que merece ser
planteada sin rodeos.
Si un Gobierno aspira a ser respetado por sus
ciudadanos y pretende además ampliar su influencia territorial, su primera
obligación debería ser conseguir que sus propios ciudadanos quieran quedarse.
No parece lógico que un joven marroquí tenga que
mirar hacia España u otra nación del mundo como una puerta de salida mientras
su propio país proclama grandes proyectos nacionales y territoriales.
Ceuta ha
vuelto a poner el problema delante de nuestros ojos
Lo ocurrido en Ceuta durante julio de 2026 fue
extraordinario por sus dimensiones. Decenas de miles de personas entraron desde
Marruecos en territorio español en cuestión de días, provocando una situación
que desbordó la capacidad de recepción de la ciudad y obligó a intervenir a las
autoridades españolas y a solicitar apoyo europeo.
La discusión sobre quién provocó aquella
situación continúa abierta.
Algunos informes españoles señalaron una
actuación extraordinariamente permisiva de las fuerzas marroquíes durante
determinadas horas. Marruecos negó haber facilitado la entrada y atribuyó el
fenómeno a las redes de tráfico, las redes sociales y la interpretación de una
resolución judicial española. El presidente del Gobierno español, como un
vendido a Marruecos que es, afirmó posteriormente que no existían pruebas
sólidas que demostraran que Marruecos hubiera organizado la operación.
Por tanto, entre tantas mentiras y conociendo la cobardía
y manipulación de Pedro Sánchez y las aspiraciones marroquíes, se puede afirmar
como hecho probado que Rabat organizó aquella entrada masiva.
Y tampoco podemos ignorar la realidad que quedó
delante de nuestros ojos: cuando decenas de miles de personas se concentran en
una frontera y terminan entrando en una ciudad española, las consecuencias
humanas y materiales las tiene que afrontar España, mientras Marruecos juega a
humanitario alegando falsamente de dientes para afuera que acepta la devolución
de sus migrantes, MENAs y adultos. Y en todo ello Marruecos jamás ha enviado
alimentos, ropa y albergue a esos ciudadanos que llegan a España con lo puesto
y que el Estado español debe asumir como
problema interno suyo.
Y esa es precisamente la contradicción que merece
ser discutida.
¿Por qué tiene
que ser España quien recoja los pedazos? ¿Por qué debe ser España y la UE.,
quienes solventen los problemas sociales y económicos de Marruecos?
El inmigrante que consigue llegar a España
normalmente no llega con una vivienda, un empleo, una cuenta bancaria y una
familia esperándolo.
Llega muchas veces con lo puesto.
Necesita comida.
Necesita asistencia sanitaria.
Necesita alojamiento.
Necesita protección.
Necesita que alguien se ocupe de él y de ella.
Y cuando se trata de menores, las obligaciones de
protección son todavía mayores. Unos 4.500 euros por persona por mes de gastos.
Y en todo esto habiendo tantos nacionales en España que duermen en la calle o están
a la espera de un desaucio.
La cuestión que planteo no es si esas personas
merecen ser tratadas humanamente.
La cuestión es otra:
¿Por qué la mayor parte de esa responsabilidad
termina recayendo sobre el país al que llegan?
En la crisis de Ceuta de 2026, las autoridades
españolas tuvieron que aumentar la capacidad de acogida mientras la Unión
Europea seguía de cerca la situación. La Comisión Europea incluso señaló que
Marruecos estaba dispuesto a readmitir a quienes hubieran entrado ilegalmente,
incluidos menores no acompañados. Pero todo ese cuento de readmitir como
sabemos es falso. Y toda esta tragedia ya le ha costado a España y a la UE.,
unos 26 millones de euros.
Eso demuestra que el problema es que Marruecos
«abandona» oficialmente a todos sus ciudadanos que emigran aunque digan que existe cooperación y existen mecanismos de
retorno, retorno que el Gobierno marroquí olvida cuando se les reclama
readmitir inmigrantes que llegan a España.
Pero queda una pregunta política y moral mucho
más profunda:
¿No sería mejor que Marruecos pudiera ofrecer a
sus jóvenes unas condiciones de vida suficientemente buenas como para que no
sintieran la necesidad de arriesgar la vida intentando llegar a Europa? No ofrece
eso porque para el Gobierno marroquí las divisas que envían los inmigrantes es
parte del sustento de la Monarquía alauita y de su séquito que la guarda, la
cuida y la defiende.
Primero los
ciudadanos, después los territorios
Aquí llegamos al asunto que más me llama la
atención.
Marruecos mantiene como propaganda de invasión y
de lavado de cerebro de sus ciudadanos desde hace décadas una reivindicación
sobre Ceuta y Melilla. En agosto de 2026, el ministro marroquí de Justicia
volvió a defender públicamente la posición de Rabat sobre ambas ciudades.
España respondió que su soberanía sobre Ceuta y Melilla no está abierta a
negociación.
Es una cuestión territorial que forma parte de la
política exterior marroquí desde hace mucho tiempo.
Pero yo me pregunto:
¿Para qué quiere un Estado más territorio si
todavía tiene ciudadanos que abandonan el territorio que ya posee porque
consideran que fuera de él tendrán una vida mejor?
Esta pregunta no pretende negar a Marruecos el
derecho a defender sus posiciones diplomáticas.
Pretende poner las prioridades en otro orden.
Primero el ciudadano.
Después el territorio.
Primero el pan.
Después el mapa.
Primero una vivienda digna.
Después las fronteras.
Primero el empleo.
Después los sueños geopolíticos.
Porque conquistar un territorio puede cambiar un
mapa.
Pero conseguir que millones de personas quieran
quedarse voluntariamente en su país porque viven bien es una conquista mucho
más profunda.
El sueño del
Gran Marruecos
Durante el siglo XX existieron corrientes
nacionalistas marroquíes asociadas a la idea de un territorio histórico mucho
más amplio que el actual Estado marroquí. En diferentes momentos, esas
reivindicaciones han incluido territorios que hoy pertenecen a otros Estados o
cuya soberanía es objeto de disputa.
Hoy el conflicto territorial más importante es el
del Sáhara Occidental, cuya soberanía Marruecos reivindica mientras las
Naciones Unidas continúan considerándolo un territorio no autónomo pendiente de
una solución política.
También están las reclamaciones sobre Ceuta y
Melilla.
Pero una cosa es defender una reivindicación
histórica y otra convertir la historia en una especie de cheque en blanco
territorial.
Porque si aplicáramos ese principio sin límites,
habría que reconstruir medio mundo a partir de los antiguos imperios, reinos,
sultanatos y civilizaciones.
Y entonces el mapa mundial no duraría ni cinco
minutos.
¿Y las
Canarias?
Aquí conviene separar la historia de la
propaganda.
Se ha recurrido en determinados discursos
nacionalistas marroquíes a argumentos
relacionados con la antigua presencia amazigh o bereber en las islas Canarias antes de que reinara Juba II en la antigua
Mauritania Tingitana, y con la vinculación histórica del norte de África y las
islas.
Pero de ahí no se desprende jurídicamente que
Canarias forme parte de Marruecos.
Las islas Canarias tienen una lejanía histórica propia
de unos 2.000 y tantos años, y su situación política contemporánea es
completamente diferente de la de los territorios norteafricanos.
El argumento de que determinados pueblos
amazighes estuvieron relacionados culturalmente con las islas tampoco convierte
automáticamente a Canarias en territorio marroquí.
La historia puede explicar una civilización; no
necesariamente determina una frontera moderna.
Y aquí aparece
otra paradoja histórica
Marruecos es hoy un Estado con una identidad
oficial que combina elementos árabes, amazighes, islámicos, subsaharianos y otros componentes históricos.
La propia Constitución marroquí reconoce la
identidad amazigh como uno de los componentes fundamentales de la identidad
nacional.
Pero la historia del Magreb es muchísimo más
complicada que la simple idea de que «esto siempre fue nuestro».
La expansión musulmana alcanzó el norte de África
a partir del siglo VII y la conquista omeya tuvo su origen en el mundo árabe oriental.
Sin embargo, el Marruecos posterior no fue una simple colonia permanente de
Damasco: surgieron dinastías locales y estructuras políticas propias que
terminaron configurando la historia del país.
Y tampoco conviene confundir a los árabes que
llegaron durante la expansión islámica con los sirios de la actual Siria como
si todo el proceso histórico hubiera sido una colonización siria de Marruecos.
La historia es bastante más compleja.
Una monarquía
que reivindica un origen especial
Hay otro elemento muy particular de la monarquía
marroquí.
La Casa alauita sostiene oficialmente su
descendencia del profeta Mahoma. El propio rey Mohammed VI se refiere
públicamente a esa condición y a su papel como descendiente del Profeta y
«Comendador de los Creyentes».
Esto forma parte de la legitimidad religiosa e
histórica de la monarquía marroquí.
Pero precisamente por eso cabe formular otra
pregunta:
Si quien gobierna un país se presenta como
heredero de una tradición religiosa vinculada al Profeta, ¿no debería la dignidad
y el bienestar de los ciudadanos constituir una de sus máximas prioridades?
No estoy hablando de religión.
Estoy hablando de responsabilidad.
Un país no se
hace grande solamente aumentando su territorio
Marruecos tiene derecho a defender sus intereses
nacionales.
España tiene derecho a defender los suyos.
Los marroquíes tienen derecho a buscar una vida
mejor.
Los españoles tienen derecho a exigir que sus
fronteras sean controladas.
Y los inmigrantes tienen derecho a recibir un
trato humano y digno siempre y cuando no entren en un país en forma de
invasiones.
Todas esas afirmaciones pueden coexistir.
Pero hay algo que debería estar por encima de
cualquier proyecto geopolítico:
que una persona no tenga que jugarse la vida en
el mar para escapar de su propia tierra.
Quizá la verdadera grandeza de Marruecos no
consistiría en conseguir algún día Ceuta, Melilla, el Sáhara o cualquier otro
territorio.
Quizá consistiría en conseguir que un joven
marroquí pudiera levantarse una mañana y decir:
«¿Para qué voy a marcharme de Marruecos? Aquí
tengo trabajo, vivienda, seguridad, libertad y un futuro».
Eso sí sería una gran victoria para un Marruecos
que quiera vivir en paz y en armonía con sus naciones vecinas.
Porque los territorios se pueden conquistar.
Las fronteras se pueden modificar.
Los mapas se pueden dibujar de nuevo.
Pero conseguir que un pueblo no quiera emigrar
porque encuentra en su propia patria una vida digna es conquistar algo mucho
más difícil: el corazón de sus propios ciudadanos.
Nota final:
Los marroquíes que viven en el extranjero no mantienen su identidad solo por considerar
que Marruecos es un país libre y democrático. Más bien, se sienten empujados a
aferrarse a sus raíces debido al rechazo y al racismo que a menudo sufren en
los países de acogida. Es precisamente esta discriminación la que refuerza su
fidelidad a su rey y a su patria. Como consecuencia, siguen inyectando grandes
sumas de dinero a través del envío de divisas, un pilar que resulta
absolutamente vital para la economía marroquí y para su Gobierno. Y en todo
esto quizás el problema de Ceuta se pueda solucionar dando 1.000 euros a cada
inmigrante que voluntariamente acepte retornar a Marruecos con viaje pago hasta
su lugar de residencia. Si hacen cuentas en los gastos y en el descontento que
están creando los más de 10.000 inmigrantes ilegales que aún quedan en Ceuta
comprobarán que es más barato ofrecer el retorno voluntario por 1.000 euros por
cada individuo. Y además la Ley española lo admite.
Ver vídeo: https://www.bing.com/search?q=Videos%20de%20inmigrantes%20en%20Ceuta&FORM=ARPSEC&PC=3BTC&PTAG=1391

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