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jueves, 1 de octubre de 2026

El cerebro de una persona o animal es un fantasma para sí mismo

 


El cerebro de una persona o animal es un fantasma para sí mismo

Por Bruno Perera

Hay algo extraordinariamente curioso en nuestro cuerpo que pocas veces nos detenemos a pensar: tenemos dentro de la cabeza un órgano que controla, interpreta y organiza prácticamente todo lo que somos, pero que, paradójicamente, parece no tener una percepción consciente de sí mismo como órgano.

Me refiero al cerebro.

El cerebro recibe información de nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra piel, nuestros músculos y prácticamente de todo nuestro organismo. Gracias a él vemos, escuchamos, pensamos, recordamos, imaginamos, sentimos miedo, alegría, tristeza o dolor. Es, por decirlo de una manera sencilla, el gran guardián de todo lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros.

Pero existe una paradoja fascinante: el cerebro propiamente dicho no siente dolor cuando se le toca.

Esto no es una cuestión filosófica, sino un hecho anatómico. El tejido cerebral carece prácticamente de nociceptores, que son los receptores especializados en detectar estímulos potencialmente dolorosos. Por eso, cuando se realiza una operación cerebral, el cirujano puede llegar a manipular determinadas zonas del cerebro sin que el propio tejido cerebral produzca dolor.

Naturalmente, una operación cerebral no significa que el paciente no necesite anestesia. El cuero cabelludo, el cráneo, las meninges y otras estructuras que rodean el cerebro sí poseen sensibilidad y pueden producir dolor. Por eso esas zonas deben ser anestesiadas.

Y aquí comienza la parte que, a mi juicio, resulta verdaderamente extraordinaria.

El cerebro es el órgano que nos permite sentir el dolor, pero él mismo no siente dolor cuando se toca directamente.

Es como si un guardián estuviera encargado de vigilar una enorme ciudad, recibiera información de cada rincón de ella y supiera inmediatamente cuándo ocurre algo, pero no pudiera experimentar directamente su propia existencia como guardián.

Por eso me atrevo a decir que el cerebro de una persona o de un animal es un fantasma para sí mismo.

No quiero decir con ello que el cerebro no pueda recibir información sobre su propio funcionamiento. Evidentemente puede hacerlo. El organismo dispone de numerosos mecanismos para informar al cerebro de lo que sucede en su interior: presión, temperatura, composición química de la sangre, posición de las extremidades, funcionamiento de los órganos, etc.

Lo que quiero señalar es algo diferente: nosotros no tenemos una experiencia consciente del cerebro como objeto físico que llevamos dentro de la cabeza.

No sentimos nuestro cerebro como sentimos una mano.

Podemos cerrar los ojos y sentir una mano, una pierna o nuestro estómago. Podemos notar un golpe en la piel. Podemos sentir frío o calor. Pero no podemos concentrarnos y decir: «Ahora mismo estoy sintiendo mi cerebro».

Y eso resulta todavía más sorprendente porque, en cierto sentido, todo aquello que sentimos depende de él.

El cerebro construye nuestra representación del mundo. Recibe señales procedentes de los sentidos y las transforma en una experiencia que nosotros interpretamos como realidad. También construye una representación de nuestro propio cuerpo.

Sin embargo, parece que esa representación no incluye una experiencia cotidiana del cerebro como órgano físico.

Es como si el cerebro pudiera mirar hacia todas partes, pero no pudiera mirarse directamente a sí mismo.

Aquí aparece una comparación que quizá ayude a entenderlo.

El ojo puede ver el mundo, pero no puede verse directamente a sí mismo. Para observar nuestro propio ojo necesitamos un espejo, una fotografía o una cámara.

Con el cerebro ocurre algo todavía más profundo. El cerebro es el instrumento mediante el cual conocemos el mundo y también mediante el cual pensamos sobre nosotros mismos. Podemos estudiar nuestro cerebro mediante un escáner, una operación, una fotografía o un modelo anatómico. Podemos pensar sobre él.

Pero cuando pensamos «mi cerebro», no estamos experimentando directamente nuestro cerebro como experimentamos una mano que tocamos con la otra.

Estamos construyendo una representación mental de él.

Y aquí aparece una de las grandes preguntas de la existencia humana:

¿Cómo puede el órgano que produce nuestra experiencia consciente no tener una experiencia consciente directa de sí mismo como órgano?

Quizá por eso la palabra «fantasma» resulte apropiada como metáfora.

No porque el cerebro sea realmente un fantasma, por supuesto, sino porque está presente en todo lo que somos y, al mismo tiempo, permanece oculto para nuestra experiencia directa.

Está detrás de nuestros pensamientos, pero no podemos sacar nuestro pensamiento fuera de la cabeza para observarlo como observamos una piedra.

Está detrás de nuestra visión, pero no podemos mirar directamente el cerebro que está produciendo esa visión.

Está detrás de nuestra sensación de dolor, pero el tejido cerebral no siente dolor cuando el cirujano lo toca.

Está detrás de nuestra conciencia, pero todavía seguimos sin comprender completamente cómo la actividad de miles de millones de neuronas da lugar a esa experiencia íntima que llamamos «yo».

Y esto no ocurre solamente en los seres humanos. En los animales que poseen sistemas nerviosos complejos existe también una separación entre el órgano que procesa la información y la experiencia que ese organismo tiene de sí mismo.

Por eso esta cuestión no solamente pertenece a la medicina. También pertenece a la filosofía.

Quizá uno de los mayores misterios de la naturaleza sea precisamente este: somos conscientes de nuestro entorno, somos conscientes de nuestro cuerpo y podemos incluso pensar sobre nuestro propio cerebro, pero el cerebro no aparece ante nosotros como aparece cualquier otro objeto del mundo.

El cerebro es, al mismo tiempo, el observador y parte de lo observado.

Es el instrumento con el que intentamos comprender el universo y también el instrumento con el que intentamos comprendernos a nosotros mismos.

Y aquí aparece una última paradoja que me parece extraordinaria:

El cerebro humano ha conseguido construir telescopios para observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, microscopios para observar estructuras diminutas y máquinas capaces de fotografiar su propia actividad; sin embargo, todavía tiene que recurrir a esos instrumentos externos para intentar comprenderse a sí mismo.

Quizá por eso podamos decir, metafóricamente, que el cerebro es el gran guardián de nuestro mundo, pero un fantasma para sí mismo.

Un fantasma que piensa.

Un fantasma que observa.

Un fantasma que siente a través de todo el cuerpo.

Y, sobre todo, un fantasma que lleva miles de años intentando descubrir quién es.

 

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