Cuando
acabemos con las energías fósiles el Sol nos dará todas las que necesitemos
Por Bruno Perera
Desde hace décadas escuchamos advertencias sobre
el agotamiento de los combustibles fósiles. Petróleo, gas natural y carbón que
han permitido a nuestra civilización alcanzar un desarrollo tecnológico y
económico extraordinario, pero también han dejado una enorme huella sobre el
planeta.
Sin embargo, pienso que la humanidad no debería
mirar el futuro únicamente con miedo. Si algún día los combustibles fósiles
dejan de estar disponibles en cantidades suficientes para mantener nuestro
actual modelo energético, tendremos sobre nosotros una fuente de energía que
lleva miles de millones de años funcionando y que continuará haciéndolo durante
miles de millones de años más: el Sol.
El Sol está ahí, como un enorme Padre Celestial Generador
Natural, enviando continuamente energía hacia la Tierra.
El problema no será que nos falte energía. El
verdadero problema será nuestra capacidad para capturarla, almacenarla y
utilizarla cuando la necesitemos.
La cantidad de energía solar que recibe nuestro
planeta es gigantesca comparada con la que consume actualmente la humanidad. La
dificultad consiste en transformar una parte de esa energía en electricidad y
calor, almacenarla durante las horas sin Sol y transportarla hasta los lugares
donde sea necesaria.
Para conseguirlo necesitaremos grandes
instalaciones solares, sistemas de almacenamiento, redes eléctricas mucho más
inteligentes, baterías, hidrógeno producido con electricidad renovable y
probablemente otras tecnologías que todavía están desarrollándose.
Por eso considero que la humanidad debería
prepararse desde ahora.
No podemos esperar a que el petróleo, el gas o el
carbón sean escasos para comenzar a construir la civilización energética del
futuro. Cuando llegue ese momento, si no disponemos de suficientes
instalaciones solares, sistemas de almacenamiento, redes eléctricas y medios de
producción alternativos, la transición podría ser extremadamente difícil.
Y aquí aparece uno de los mayores peligros.
La escasez energética puede provocar una enorme
competencia entre países. Las naciones que dependan todavía de los combustibles
fósiles podrían enfrentarse a dificultades económicas, sociales y políticas. El
control de los recursos restantes podría convertirse en motivo de conflictos
internacionales.
No sería extraño que durante una gran transición
energética aparecieran crisis económicas, tensiones sociales e incluso
conflictos entre Estados.
La historia de la humanidad demuestra que las
grandes transformaciones suelen producir periodos de inestabilidad. Pero eso no
significa que las guerras, las epidemias o las hambrunas sean buenas para la
humanidad. Al contrario: son tragedias que debemos intentar evitar.
Lo que sí puede ocurrir es que las grandes crisis
obliguen a las sociedades a cambiar.
Durante siglos, la humanidad ha aumentado su
población gracias a la agricultura, la medicina, la industria y la
disponibilidad de energía abundante. Hoy somos miles de millones de personas y
consumimos una cantidad de recursos que nuestros antepasados jamás pudieron
imaginar.
Por eso también tendremos que aprender a utilizar
la energía de una manera mucho más eficiente.
Pero para ello necesariamente necesitamos menos
seres humanos; y necesitamos consumir mejor y desperdiciar mucho menos.
El futuro no debería consistir en esperar a que
una guerra, una pandemia o una catástrofe reduzca la población. Nuestro
verdadero éxito como especie sería conseguir que una población menor y controlada
en su natalidad pudiera vivir dignamente utilizando mucha menos materia prima y
mucha menos energía contaminante.
Y aquí el Sol puede convertirse en nuestro gran
aliado.
La energía solar tiene una característica
extraordinaria: no necesitamos extraerla del interior de la Tierra. No tenemos
que perforar millones de kilómetros cuadrados buscando nuevos yacimientos. No
necesitamos transportar cada día enormes cantidades de combustible desde un
país productor hasta otro consumidor.
La fuente energética llega gratuitamente hasta
nosotros.
Cada mañana sale el Sol sobre nuestras ciudades,
nuestros campos, nuestros desiertos y nuestros océanos, océanos que nos darán toda
el agua potable que necesitemos por medio de la energía solar.
Lo que debemos aprender es a aprovecharlo.
Imagine una civilización en la que los tejados de
las viviendas produzcan electricidad, las carreteras y las industrias funcionen
con energía renovable, los vehículos sean eléctricos o utilicen combustibles
producidos con electricidad limpia y las grandes centrales solares alimenten
redes capaces de transportar energía entre continentes.
Imagine también enormes sistemas de
almacenamiento capaces de guardar durante el día la electricidad necesaria para
utilizarla durante la noche.
No es ciencia ficción. Muchas de esas tecnologías
ya existen. Lo que todavía tenemos que conseguir es desarrollarlas a una escala
suficientemente grande, reducir sus costes, mejorar su eficiencia y construir
las infraestructuras necesarias.
El desafío será enorme, pero también lo fue
construir las grandes ciudades, las redes ferroviarias, las centrales
eléctricas, los aviones, Internet y los sistemas modernos de comunicaciones,
como la IA.
La humanidad ya ha demostrado muchas veces que
puede realizar transformaciones que parecían imposibles para generaciones
anteriores.
Por eso no veo el futuro energético
exclusivamente como una amenaza.
Lo veo también como una oportunidad.
Quizá nuestros descendientes vivan en un mundo
donde quemar petróleo para producir electricidad sea considerado algo tan
extraño como nos parecería hoy utilizar leña para alimentar una gran central
eléctrica.
Quizá llegue un momento en que la principal
fuente energética de la civilización sea simplemente la luz que recibimos desde
nuestra estrella.
Pero para llegar hasta allí tendremos que
prepararnos.
El petróleo no desaparecerá necesariamente de un
día para otro. Es posible que mucho antes de que se produzca un agotamiento
físico de todos los recursos, determinados combustibles fósiles resulten
demasiado caros, difíciles de extraer o poco competitivos frente a las energías
renovables.
La transición, por tanto, probablemente será
gradual, aunque no necesariamente tranquila.
Los países que comiencen antes a desarrollar
tecnologías de almacenamiento, redes eléctricas, energía solar, eólica, nuclear
y otras fuentes de baja emisión tendrán una ventaja considerable sobre aquellos
que esperen hasta el último momento.
La verdadera pregunta no debería ser:
“¿Qué haremos cuando se termine el petróleo?”
Deberíamos preguntarnos:
“¿Estaremos preparados cuando ya no necesitemos
el petróleo?”
Porque son dos situaciones completamente
diferentes.
Si esperamos a que la escasez nos obligue a
cambiar, la transición puede ser dolorosa y conflictiva.
Si nos preparamos con décadas de anticipación,
puede convertirse en una de las mayores transformaciones positivas de la
historia humana.
El Sol no necesita que lo descubramos. Lleva
miles de millones de años iluminando nuestro planeta.
Lo que necesita la humanidad es aprender a
utilizar inteligentemente esa energía.
Tal vez nuestros descendientes contemplen algún
día los antiguos pozos petrolíferos, las plataformas marinas y las gigantescas
tuberías de transporte de combustible como nosotros contemplamos hoy las viejas
máquinas de vapor.
Serán recuerdos de una época en la que la
humanidad necesitaba extraer de las entrañas de la Tierra la energía que
necesitaba para vivir.
Y quizá entonces comprendamos que la verdadera
riqueza energética siempre estuvo sobre nuestras cabezas.
El Sol seguirá saliendo cada mañana.
La cuestión será si nosotros habremos aprendido a
aprovecharlo.

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