Marruecos juega al gato y al ratón con España
Por Bruno
Perera
Las relaciones entre España y Marruecos llevan
siglos marcadas por la historia, la geografía y los intereses estratégicos. Son
dos vecinos separados por apenas catorce kilómetros de mar, pero unidos por una
historia de más de mil años de encuentros, enfrentamientos y cooperación. Sin
embargo, en las últimas décadas la sensación que tienen muchos españoles es que
Marruecos juega continuamente al gato y al ratón con España.
Cada cierto tiempo aparece una nueva crisis. Unas
veces es la inmigración irregular. Otras, las reclamaciones sobre Ceuta y
Melilla. En ocasiones son las aguas territoriales, la pesca o el Sáhara
Occidental. Cuando parece que las relaciones vuelven a la normalidad, surge un
nuevo motivo de tensión.
Históricamente conviene recordar algunos hechos.
Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 y pasó definitivamente a la Corona
española tras el Tratado de Lisboa de 1668. Mucho antes de que existiera el
actual Estado marroquí, la ciudad ya formaba parte de la historia de la
Península Ibérica.
Con frecuencia se afirma que Marruecos fue el
primer país en reconocer la independencia de los Estados Unidos. La realidad
histórica es algo más precisa. Quien estableció aquellas relaciones fue el
sultán Mohammed III en 1777. En aquella época no existía el Estado moderno
marroquí nacido tras la independencia de 1956, sino un sultanato gobernado por
la dinastía alauí. La diferencia puede parecer pequeña, pero desde el punto de
vista histórico resulta importante.
También suele olvidarse que el nombre
"Marruecos" procede de la ciudad de Marrakech, fundada por los
almorávides hacia los años 1070-1072. En árabe, sin embargo, el país se
denomina Al-Maghrib, "el Occidente". La evolución histórica del
territorio ha sido larga y compleja, con distintas dinastías, cambios de
fronteras y diferentes grados de unidad política.
Muchos analistas consideran que Marruecos utiliza
su posición geográfica como un importante instrumento de presión diplomática.
La colaboración en el control de la inmigración hacia Europa depende en gran
medida de la cooperación entre ambos países. Cuando las relaciones políticas
atraviesan momentos difíciles, las crisis migratorias suelen convertirse en un
factor adicional de tensión.
A ello se suma una importante diferencia
económica entre ambos lados del Estrecho. Mientras España forma parte de la
Unión Europea, Marruecos mantiene salarios mucho más bajos en numerosos
sectores productivos. Esa desigualdad alimenta los flujos migratorios y
convierte la cooperación bilateral en una necesidad permanente.
Durante la denominada guerra contra el terrorismo
iniciada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Marruecos apareció
citado en diversas investigaciones internacionales relacionadas con el programa
de "entregas extraordinarias" de la CIA. Organizaciones de derechos
humanos denunciaron que algunos detenidos fueron trasladados a terceros países
para ser interrogados, lo que generó un intenso debate sobre el respeto a los
derechos fundamentales y la cooperación internacional en materia de seguridad.
Todo ello contribuye a que una parte de la
opinión pública española perciba que Marruecos combina la cooperación con la
presión política según convenga a sus intereses. Desde esa perspectiva nace la
sensación de que España siempre termina reaccionando a iniciativas tomadas por
Rabat, en lugar de desarrollar una estrategia propia a largo plazo.
No obstante, también conviene reconocer que ambos
países mantienen una intensa relación comercial, una estrecha cooperación
policial contra el terrorismo y el crimen organizado, y una convivencia diaria
entre millones de ciudadanos españoles y marroquíes que trabajan, estudian o
hacen negocios a ambos lados del Estrecho. Esa realidad demuestra que, junto a
los desacuerdos políticos, existe una profunda interdependencia.
Las diferencias históricas seguirán existiendo.
También continuarán las reclamaciones territoriales y los desacuerdos
diplomáticos. Pero cualquier solución estable deberá construirse sobre el
respeto al derecho internacional, la cooperación y el diálogo. España y
Marruecos seguirán siendo vecinos. La cuestión es si ambos gobiernos deciden
actuar como socios responsables o continúan prolongando una relación en la que,
periódicamente, uno intenta jugar al gato y al ratón con el otro.

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