¿Son
conscientes las plantas y árboles cuando “usan” a los animales para dispersar
sus semillas?
Por Bruno
Perera.
A primera vista, el mecanismo parece casi
inteligente: árboles y plantas producen frutos atractivos para los animales;
estos los comen, se desplazan y, tras el proceso digestivo, expulsan semillas
intactas que germinan lejos de la planta madre. Muchas de esas semillas,
además, presentan cubiertas duras que les permiten resistir los ácidos
gástricos. La pregunta surge de forma casi inevitable: ¿implica esto que las
plantas y árboles son conscientes de la
existencia de los animales y los utilizan deliberadamente en su propio
beneficio?
La respuesta científica es clara: no, las
plantas y árboles no son conscientes. Sin embargo, el fenómeno que
observamos es real y profundamente revelador, porque muestra cómo la naturaleza
puede generar sistemas que parecen diseñados sin que exista intención
alguna.
Un hecho
biológico incuestionable
Numerosas especies vegetales han desarrollado
mecanismos de dispersión basados en los animales. Los frutos presentan colores
llamativos, sabores dulces o aromas intensos que los hacen apetecibles. Las semillas,
por su parte, suelen estar protegidas por cubiertas resistentes que evitan su
destrucción durante la digestión; en algunos casos, ese tránsito digestivo
incluso favorece la germinación.
El resultado es eficaz: las plantas y árboles
colonizan nuevos espacios, reduce la competencia con la planta o árbol madre y
aumenta sus probabilidades de supervivencia.
Estrategia no
es conciencia
Aquí aparece uno de los errores más comunes en la
interpretación de la naturaleza: confundir función con intención. Que
algo sirva para algo no significa que haya sido creado conscientemente para ese
fin. En biología, este razonamiento se conoce como teleología aparente.
Dos ejemplos clásicos lo ilustran bien:
- El ojo sirve para ver, pero no
fue creado “para ver”; simplemente, las estructuras que permitían ver
ofrecieron una ventaja y sobrevivieron, mientras que otras
desaparecieron.
- La semilla dura sirve para resistir la digestión, pero no fue creada “para resistir”; las semillas que no resistían no
dejaron descendencia.
La función es el resultado, no la causa.
La clave: la
selección natural
A lo largo de millones de años, las plantas y los
árboles han experimentado variaciones genéticas aleatorias. Algunas/os
produjeron frutos más atractivos; otras/os, semillas ligeramente más resistentes.
Cuando los animales consumieron esos frutos, las plantas y árboles cuyas
semillas sobrevivían al proceso digestivo lograron reproducirse con mayor
éxito. Esas características se transmitieron, mientras que las menos eficaces
se perdieron.
La naturaleza no diseña ni planifica. Selecciona
lo que funciona y elimina lo que no. El resultado final puede parecer fruto
de una mente inteligente, pero es simplemente la acumulación de supervivencias
exitosas.
Respuesta
biológica sin mente
Es cierto que las plantas y los árboles reaccionan
al entorno: detectan sustancias químicas, responden a daños, activan defensas e
incluso emiten señales químicas que afectan a otras plantas y árboles. Pero
nada de eso implica conciencia. No hay percepción de sí mismas, ni intención,
ni experiencia subjetiva. Son respuestas automáticas, inscritas en su biología.
La ilusión del
propósito
La dispersión de semillas por animales es un
ejemplo paradigmático de cómo la evolución produce sistemas altamente
eficientes sin pensamiento alguno. Ocurre lo mismo con un hormiguero, un
arrecife de coral o el sistema inmunitario: estructuras complejas, ordenadas y
funcionales que emergen sin un “director” consciente.
Conclusión
Las plantas y los árboles no saben que existen
los animales ni los utilizan de forma deliberada. Sin embargo, la evolución ha
producido mecanismos tan bien ajustados que generan la ilusión de diseño y
propósito. Entender esta diferencia no reduce el asombro ante la naturaleza; al
contrario, lo profundiza.
La naturaleza no piensa, pero lo que sobrevive
parece pensado.

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