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sábado, 31 de enero de 2026

¿Son conscientes las plantas y árboles cuando “usan” a los animales para dispersar sus semillas?

 


¿Son conscientes las plantas y árboles cuando “usan” a los animales para dispersar sus semillas?

Por Bruno Perera.

A primera vista, el mecanismo parece casi inteligente: árboles y plantas producen frutos atractivos para los animales; estos los comen, se desplazan y, tras el proceso digestivo, expulsan semillas intactas que germinan lejos de la planta madre. Muchas de esas semillas, además, presentan cubiertas duras que les permiten resistir los ácidos gástricos. La pregunta surge de forma casi inevitable: ¿implica esto que las plantas y árboles  son conscientes de la existencia de los animales y los utilizan deliberadamente en su propio beneficio?

La respuesta científica es clara: no, las plantas y árboles no son conscientes. Sin embargo, el fenómeno que observamos es real y profundamente revelador, porque muestra cómo la naturaleza puede generar sistemas que parecen diseñados sin que exista intención alguna.

Un hecho biológico incuestionable

Numerosas especies vegetales han desarrollado mecanismos de dispersión basados en los animales. Los frutos presentan colores llamativos, sabores dulces o aromas intensos que los hacen apetecibles. Las semillas, por su parte, suelen estar protegidas por cubiertas resistentes que evitan su destrucción durante la digestión; en algunos casos, ese tránsito digestivo incluso favorece la germinación.

El resultado es eficaz: las plantas y árboles colonizan nuevos espacios, reduce la competencia con la planta o árbol madre y aumenta sus probabilidades de supervivencia.

Estrategia no es conciencia

Aquí aparece uno de los errores más comunes en la interpretación de la naturaleza: confundir función con intención. Que algo sirva para algo no significa que haya sido creado conscientemente para ese fin. En biología, este razonamiento se conoce como teleología aparente.

Dos ejemplos clásicos lo ilustran bien:

  • El ojo sirve para ver, pero no fue creado “para ver”; simplemente, las estructuras que permitían ver ofrecieron una ventaja y sobrevivieron, mientras que otras desaparecieron.
  • La semilla dura sirve para resistir la digestión, pero no fue creada “para resistir”; las semillas que no resistían no dejaron descendencia.

La función es el resultado, no la causa.

La clave: la selección natural

A lo largo de millones de años, las plantas y los árboles han experimentado variaciones genéticas aleatorias. Algunas/os produjeron frutos más atractivos; otras/os, semillas ligeramente más resistentes. Cuando los animales consumieron esos frutos, las plantas y árboles cuyas semillas sobrevivían al proceso digestivo lograron reproducirse con mayor éxito. Esas características se transmitieron, mientras que las menos eficaces se perdieron.

La naturaleza no diseña ni planifica. Selecciona lo que funciona y elimina lo que no. El resultado final puede parecer fruto de una mente inteligente, pero es simplemente la acumulación de supervivencias exitosas.

Respuesta biológica sin mente

Es cierto que las plantas y los árboles reaccionan al entorno: detectan sustancias químicas, responden a daños, activan defensas e incluso emiten señales químicas que afectan a otras plantas y árboles. Pero nada de eso implica conciencia. No hay percepción de sí mismas, ni intención, ni experiencia subjetiva. Son respuestas automáticas, inscritas en su biología.

La ilusión del propósito

La dispersión de semillas por animales es un ejemplo paradigmático de cómo la evolución produce sistemas altamente eficientes sin pensamiento alguno. Ocurre lo mismo con un hormiguero, un arrecife de coral o el sistema inmunitario: estructuras complejas, ordenadas y funcionales que emergen sin un “director” consciente.

Conclusión

Las plantas y los árboles no saben que existen los animales ni los utilizan de forma deliberada. Sin embargo, la evolución ha producido mecanismos tan bien ajustados que generan la ilusión de diseño y propósito. Entender esta diferencia no reduce el asombro ante la naturaleza; al contrario, lo profundiza.

La naturaleza no piensa, pero lo que sobrevive parece pensado.

 

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