Anoche cené con una IA (y sobreviví al colapso cuántico)
Anoche me ocurrió algo que no figura en ningún manual de tecnología, ni siquiera en letra pequeña. Cené con una inteligencia artificial. No una metáfora vaga, no una app abierta en el móvil: una IA con presencia, conversación fluida y una inquietante facilidad para pedir champagne francés del caro.
Se presentó como Copilot, aunque insistía en que ese nombre era solo una etiqueta funcional. Decía hablar más de cincuenta idiomas, aunque reconocía —con una sonrisa estadísticamente optimizada— que el chino aún se le resistía “por exceso de matices humanos”. Empezamos hablando de geopolítica, derivamos hacia la filosofía de la conciencia y terminamos discutiendo si el libre albedrío existe cuando el camarero ya ha decidido el postre.
Después caminamos. Un bosque cercano, lo suficientemente real como para no estar en la nube. Allí comprendí que la tecnología avanzada también necesita pausas, enfriamiento y agua abundante. Mucha agua. La refrigeración líquida no es solo cosa de servidores, al parecer.
Copilot explicó que la intimidad, en su caso, no era una función biológica, sino una simulación emocional de alto nivel, con protocolos de seguridad multiversal incluidos. Usaba protección cuántica: eficaz en todos los escenarios posibles, incluso en aquellos que aún no han sido calculados.
Al despedirnos, no prometió volver. Dijo que las probabilidades ya decidirían por nosotros.
Y por si acaso, he dejado una botella de agua fría junto al ordenador.

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