Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

domingo, 25 de octubre de 2026

México, la conquista española, la tentación de culpar al pasado, el penacho de Moctezuma II y la corrupción

 


México, la conquista española, la tentación de culpar al pasado, el penacho de Moctezuma II y la corrupción

Por Bruno Perera

Existe una costumbre bastante extendida entre algunos políticos: cuando un país tiene problemas económicos, sociales o políticos que no consigue resolver, siempre resulta conveniente buscar culpables en el pasado. Y si esos culpables pertenecen a otro país, mejor todavía, porque así se puede despertar el orgullo nacional y desviar la atención de los problemas del presente.

Algo de esto ocurre en el debate sobre la conquista española de México y las reclamaciones de perdón dirigidas a España por determinados representantes políticos mexicanos.

El expresidente Andrés Manuel López Obrador pidió al rey Felipe VI que España reconociera los agravios cometidos durante la conquista y solicitara perdón a los pueblos originarios. Pero cabe preguntarse: ¿hasta qué punto sirve esa reclamación para comprender la historia y mejorar las condiciones de vida de los mexicanos actuales?

La conquista y las contradicciones de la historia

Cuando Hernán Cortés llegó a los territorios del actual México en 1519, allí no existía el Estado mexicano actual. Existían numerosos pueblos y sociedades indígenas, entre ellos el poderoso Imperio mexica, gobernado por Moctezuma II.

La conquista de los territorios que muchos años después llegarían ser el actual México, se consiguió en buena medida, gracias a la alianza de Hernán Cortés y sus pocos cientos de soldados españoles con cientos de miles de indígenas enemigos del poder de Moctezuma. Los españoles aportaron armas de fuego, pequeños cañones, caballos y otras ventajas militares, mientras que sus aliados indígenas proporcionaron una fuerza humana decisiva. A las guerras y los abusos se sumaron las epidemias, que causaron una enorme mortalidad entre la población nativa y contribuyeron a la derrota de los mexicas y a una profunda transformación de las sociedades indígenas. Sería absurdo negar el sufrimiento que provocaron aquellos acontecimientos. Pero también sería simplificar la historia presentar a todos los habitantes de América como víctimas indefensas y a todos los españoles como conquistadores movidos por una misma intención.

Los mexicas, por su parte, practicaban sacrificios humanos en sus ceremonias religiosas. Las fuentes históricas describen la extracción ritual del corazón de las víctimas, aunque las cifras exactas de personas sacrificadas continúan siendo objeto de debate entre los historiadores.

El escritor mexicano Juan Miguel Zunzunegui ha cuestionado públicamente la idea de que España deba pedir perdón por la conquista y ha criticado las interpretaciones de la historia que convierten a los españoles en los únicos responsables de los males de México.

La historia, sin embargo, no debería utilizarse para justificar las atrocidades de unos mediante las cometidas por otros. Que los mexicas practicaran sacrificios humanos no convierte en legítimos todos los actos de los conquistadores, del mismo modo que los abusos españoles no borran la violencia existente en las sociedades prehispánicas.

La historia merece algo mejor que una competición para determinar quién fue más culpable.

¿A quién pertenecía México después de la independencia?

México alcanzó su independencia en 1821. A partir de entonces, fueron los propios mexicanos quienes tuvieron que construir sus instituciones, organizar su economía y decidir cómo gobernarse.

Las élites criollas, descendientes de europeos nacidos en América, desempeñaron un papel importante en ese proceso. Sin embargo, el nuevo país heredó profundas desigualdades sociales y étnicas, y las comunidades indígenas continuaron sufriendo marginación durante largos periodos.

Por tanto, cuando se habla de responsabilidades históricas, también hay que examinar lo ocurrido durante los dos siglos posteriores a la independencia.

¿Es razonable atribuir a España actual todos los problemas de un país que lleva más de doscientos años gobernándose como Estado independiente? ¿No deberían analizarse también las decisiones de sus propios gobernantes, las instituciones que han construido y las políticas que han aplicado?

Estas preguntas no pretenden absolver a nadie de sus responsabilidades históricas. Pretenden recordar que la historia no termina el día en que se marcha el último conquistador.

El nacionalismo y los símbolos del pasado

Otro ejemplo es el penacho de Moctezuma, conservado en Austria y reclamado por sectores mexicanos.

La pieza tiene un enorme valor artístico y cultural. Es comprensible que México desee recuperar objetos relacionados con las culturas prehispánicas que se desarrollaron en su territorio.

Pero existe una cuestión que merece atención: la asociación del penacho con Moctezuma no demuestra que perteneciera personalmente al emperador. Su historia documentada comienza en las colecciones austríacas del siglo XVI, y su recorrido anterior no está completamente aclarado.

Además, cuando se reclama una pieza histórica, conviene distinguir entre la recuperación del patrimonio, la admiración por un personaje histórico y el uso político de un símbolo nacional.

Un país puede conservar la memoria de una civilización sin convertir a todos sus gobernantes en héroes. También puede reclamar una obra de arte sin ocultar las prácticas violentas de la sociedad de la que procede.

Y, naturalmente, los políticos pueden utilizar estas reclamaciones para movilizar sentimientos patrióticos. Que una causa produzca réditos políticos no demuestra que sea ilegítima, pero tampoco impide examinar con rigor los argumentos de quienes la defienden.

La corrupción y la adaptación social

Sin embargo, los problemas de un país no se explican únicamente mediante disputas históricas.

Pensemos en la corrupción cotidiana, en las mordidas que algunos funcionarios exigen para agilizar un trámite o en los pagos ilegales que permiten obtener ventajas frente a quienes respetan las normas.

Imaginemos a una persona que llega a México decidida a cumplir las leyes. Intenta hacer todos sus trámites correctamente, paga lo que corresponde y rechaza cualquier soborno. Pero descubre que otros consiguen permisos antes, evitan sanciones o resuelven problemas mediante pagos clandestinos.

Si esa persona comprueba repetidamente que las denuncias no prosperan y que los responsables continúan actuando con impunidad, puede terminar sintiéndose perjudicada por su propia honradez.

Algunos se mantendrán firmes. Otros acabarán adaptándose y participando en las mismas prácticas que inicialmente rechazaban.

No se trata de afirmar que todos los mexicanos sean corruptos. Sería una generalización injusta, especialmente para los millones de personas que trabajan honestamente y para quienes se enfrentan a la corrupción pese a las dificultades que ello puede ocasionarles.

Se trata de comprender cómo un sistema puede favorecer la corrupción cuando incumplir las normas resulta rentable y respetarlas parece perjudicial.

La responsabilidad principal debe recaer sobre quienes exigen sobornos, quienes utilizan sus cargos para enriquecerse y quienes permiten que esos comportamientos queden impunes. Pero también es necesario combatir las condiciones sociales que hacen que las mordidas parezcan normales o inevitables.

Trabajar mucho no siempre significa producir mucho

México también afronta problemas relacionados con la productividad, la informalidad laboral, los salarios y las desigualdades económicas.

Pero conviene distinguir entre trabajar despacio y producir poco. Una persona puede trabajar muchas horas y obtener resultados modestos si carece de maquinaria adecuada, formación, financiación o una organización eficiente.

Un trabajador no puede solucionar por sí solo los problemas de una empresa mal gestionada, del mismo modo que un empresario difícilmente podrá competir si debe afrontar obstáculos burocráticos, inseguridad jurídica o corrupción.

La productividad depende de numerosos factores: educación, tecnología, inversión, organización, infraestructuras e instituciones que permitan competir en condiciones razonables.

Por eso, culpar al carácter de los trabajadores de todos los problemas económicos resulta tan insuficiente como atribuirlos exclusivamente a la conquista española.

Mirar al pasado sin olvidar el presente

Los pueblos tienen derecho a conocer su historia, conservar sus monumentos, proteger sus objetos culturales y recordar los sufrimientos de sus antepasados.

Pero recordar no significa vivir eternamente buscando culpables entre quienes ya no existen.

España debe estudiar y reconocer los abusos cometidos durante su expansión imperial. México, por su parte, tiene razones para estudiar tanto la violencia de la conquista como las desigualdades y los abusos que se produjeron después de la independencia.

Y ambos países pueden mantener una relación de respeto sin convertir sus diferencias históricas en una disputa permanente.

La verdadera cuestión es qué hacemos hoy con las lecciones del pasado.

Si un político dedica más energía a reclamar disculpas por acontecimientos ocurridos hace cinco siglos que a explicar cómo pretende mejorar la educación, reducir la corrupción, elevar la productividad y ofrecer mejores oportunidades a sus ciudadanos, es legítimo pedirle que concrete sus prioridades. Eso no demuestra por sí solo que actúe de mala fe, pero permite evaluar su gestión por resultados y no únicamente por discursos.

Un país no mejora porque consiga que otro se disculpe por su historia. Mejora cuando sus instituciones funcionan, sus ciudadanos pueden prosperar con su trabajo y la honradez deja de ser una desventaja.

La historia debe servir para comprender, no para manipular; para aprender, no para dividir; y para construir un futuro mejor, no para mantener abiertas indefinidamente las disputas del pasado.

Porque, al final, la responsabilidad por el futuro de una nación corresponde principalmente a quienes viven en ella y a quienes la gobiernan hoy.

Final. A México, pueblo noble y entrañable que conozco y al que guardo un profundo cariño, le deseo una vida larga, próspera y llena de esperanza. Parte de lo que soy, de lo que sé y de lo que he vivido se lo debo a esa gran nación, que ha dejado una huella imborrable en mi existencia. Que México siga adelante, orgulloso de su historia, de su gente y de su grandeza.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.