México, la
conquista española, la tentación de culpar al pasado, el penacho de Moctezuma
II y la corrupción
Por Bruno Perera
Existe una costumbre bastante extendida entre
algunos políticos: cuando un país tiene problemas económicos, sociales o
políticos que no consigue resolver, siempre resulta conveniente buscar
culpables en el pasado. Y si esos culpables pertenecen a otro país, mejor
todavía, porque así se puede despertar el orgullo nacional y desviar la
atención de los problemas del presente.
Algo de esto ocurre en el debate sobre la
conquista española de México y las reclamaciones de perdón dirigidas a España
por determinados representantes políticos mexicanos.
El expresidente Andrés Manuel López Obrador pidió
al rey Felipe VI que España reconociera los agravios cometidos durante la
conquista y solicitara perdón a los pueblos originarios. Pero cabe preguntarse:
¿hasta qué punto sirve esa reclamación para comprender la historia y mejorar
las condiciones de vida de los mexicanos actuales?
La conquista y
las contradicciones de la historia
Cuando Hernán Cortés llegó a los territorios del
actual México en 1519, allí no existía el Estado mexicano actual. Existían
numerosos pueblos y sociedades indígenas, entre ellos el poderoso Imperio
mexica, gobernado por Moctezuma II.
La
conquista de los territorios que muchos años después llegarían ser el actual
México, se consiguió en buena medida, gracias a la alianza de Hernán Cortés y
sus pocos cientos de soldados españoles con cientos de miles de indígenas
enemigos del poder de Moctezuma. Los españoles aportaron armas de fuego,
pequeños cañones, caballos y otras ventajas militares, mientras que sus aliados
indígenas proporcionaron una fuerza humana decisiva. A las guerras y los abusos
se sumaron las epidemias, que causaron una enorme mortalidad entre la población
nativa y contribuyeron a la derrota de los mexicas y a una profunda
transformación de las sociedades indígenas. Sería absurdo negar el sufrimiento
que provocaron aquellos acontecimientos. Pero también sería simplificar la
historia presentar a todos los habitantes de América como víctimas indefensas y
a todos los españoles como conquistadores movidos por una misma intención.
Los mexicas, por su parte, practicaban sacrificios
humanos en sus ceremonias religiosas. Las fuentes históricas describen la
extracción ritual del corazón de las víctimas, aunque las cifras exactas de
personas sacrificadas continúan siendo objeto de debate entre los
historiadores.
El escritor mexicano Juan Miguel Zunzunegui ha
cuestionado públicamente la idea de que España deba pedir perdón por la
conquista y ha criticado las interpretaciones de la historia que convierten a
los españoles en los únicos responsables de los males de México.
La historia, sin embargo, no debería utilizarse
para justificar las atrocidades de unos mediante las cometidas por otros. Que
los mexicas practicaran sacrificios humanos no convierte en legítimos todos los
actos de los conquistadores, del mismo modo que los abusos españoles no borran
la violencia existente en las sociedades prehispánicas.
La historia merece algo mejor que una competición
para determinar quién fue más culpable.
¿A quién
pertenecía México después de la independencia?
México alcanzó su independencia en 1821. A partir
de entonces, fueron los propios mexicanos quienes tuvieron que construir sus
instituciones, organizar su economía y decidir cómo gobernarse.
Las élites criollas, descendientes de europeos
nacidos en América, desempeñaron un papel importante en ese proceso. Sin
embargo, el nuevo país heredó profundas desigualdades sociales y étnicas, y las
comunidades indígenas continuaron sufriendo marginación durante largos
periodos.
Por tanto, cuando se habla de responsabilidades
históricas, también hay que examinar lo ocurrido durante los dos siglos
posteriores a la independencia.
¿Es razonable atribuir a España actual todos los
problemas de un país que lleva más de doscientos años gobernándose como Estado
independiente? ¿No deberían analizarse también las decisiones de sus propios
gobernantes, las instituciones que han construido y las políticas que han
aplicado?
Estas preguntas no pretenden absolver a nadie de
sus responsabilidades históricas. Pretenden recordar que la historia no termina
el día en que se marcha el último conquistador.
El
nacionalismo y los símbolos del pasado
Otro ejemplo es el penacho de Moctezuma,
conservado en Austria y reclamado por sectores mexicanos.
La pieza tiene un enorme valor artístico y
cultural. Es comprensible que México desee recuperar objetos relacionados con
las culturas prehispánicas que se desarrollaron en su territorio.
Pero existe una cuestión que merece atención: la
asociación del penacho con Moctezuma no demuestra que perteneciera
personalmente al emperador. Su historia documentada comienza en las colecciones
austríacas del siglo XVI, y su recorrido anterior no está completamente
aclarado.
Además, cuando se reclama una pieza histórica,
conviene distinguir entre la recuperación del patrimonio, la admiración por un
personaje histórico y el uso político de un símbolo nacional.
Un país puede conservar la memoria de una
civilización sin convertir a todos sus gobernantes en héroes. También puede
reclamar una obra de arte sin ocultar las prácticas violentas de la sociedad de
la que procede.
Y, naturalmente, los políticos pueden utilizar
estas reclamaciones para movilizar sentimientos patrióticos. Que una causa
produzca réditos políticos no demuestra que sea ilegítima, pero tampoco impide
examinar con rigor los argumentos de quienes la defienden.
La corrupción
y la adaptación social
Sin embargo, los problemas de un país no se
explican únicamente mediante disputas históricas.
Pensemos en la corrupción cotidiana, en las
mordidas que algunos funcionarios exigen para agilizar un trámite o en los
pagos ilegales que permiten obtener ventajas frente a quienes respetan las
normas.
Imaginemos a una persona que llega a México
decidida a cumplir las leyes. Intenta hacer todos sus trámites correctamente,
paga lo que corresponde y rechaza cualquier soborno. Pero descubre que otros
consiguen permisos antes, evitan sanciones o resuelven problemas mediante pagos
clandestinos.
Si esa persona comprueba repetidamente que las
denuncias no prosperan y que los responsables continúan actuando con impunidad,
puede terminar sintiéndose perjudicada por su propia honradez.
Algunos se mantendrán firmes. Otros acabarán
adaptándose y participando en las mismas prácticas que inicialmente rechazaban.
No se trata de afirmar que todos los mexicanos
sean corruptos. Sería una generalización injusta, especialmente para los
millones de personas que trabajan honestamente y para quienes se enfrentan a la
corrupción pese a las dificultades que ello puede ocasionarles.
Se trata de comprender cómo un sistema puede
favorecer la corrupción cuando incumplir las normas resulta rentable y
respetarlas parece perjudicial.
La responsabilidad principal debe recaer sobre
quienes exigen sobornos, quienes utilizan sus cargos para enriquecerse y
quienes permiten que esos comportamientos queden impunes. Pero también es
necesario combatir las condiciones sociales que hacen que las mordidas parezcan
normales o inevitables.
Trabajar mucho
no siempre significa producir mucho
México también afronta problemas relacionados con
la productividad, la informalidad laboral, los salarios y las desigualdades
económicas.
Pero conviene distinguir entre trabajar despacio
y producir poco. Una persona puede trabajar muchas horas y obtener resultados
modestos si carece de maquinaria adecuada, formación, financiación o una
organización eficiente.
Un trabajador no puede solucionar por sí solo los
problemas de una empresa mal gestionada, del mismo modo que un empresario
difícilmente podrá competir si debe afrontar obstáculos burocráticos,
inseguridad jurídica o corrupción.
La productividad depende de numerosos factores:
educación, tecnología, inversión, organización, infraestructuras e
instituciones que permitan competir en condiciones razonables.
Por eso, culpar al carácter de los trabajadores
de todos los problemas económicos resulta tan insuficiente como atribuirlos
exclusivamente a la conquista española.
Mirar al
pasado sin olvidar el presente
Los pueblos tienen derecho a conocer su historia,
conservar sus monumentos, proteger sus objetos culturales y recordar los
sufrimientos de sus antepasados.
Pero recordar no significa vivir eternamente
buscando culpables entre quienes ya no existen.
España debe estudiar y reconocer los abusos
cometidos durante su expansión imperial. México, por su parte, tiene razones
para estudiar tanto la violencia de la conquista como las desigualdades y los
abusos que se produjeron después de la independencia.
Y ambos países pueden mantener una relación de
respeto sin convertir sus diferencias históricas en una disputa permanente.
La verdadera cuestión es qué hacemos hoy con las
lecciones del pasado.
Si un político dedica más energía a reclamar
disculpas por acontecimientos ocurridos hace cinco siglos que a explicar cómo
pretende mejorar la educación, reducir la corrupción, elevar la productividad y
ofrecer mejores oportunidades a sus ciudadanos, es legítimo pedirle que
concrete sus prioridades. Eso no demuestra por sí solo que actúe de mala fe,
pero permite evaluar su gestión por resultados y no únicamente por discursos.
Un país no mejora porque consiga que otro se
disculpe por su historia. Mejora cuando sus instituciones funcionan, sus
ciudadanos pueden prosperar con su trabajo y la honradez deja de ser una
desventaja.
La historia debe servir para comprender, no para
manipular; para aprender, no para dividir; y para construir un futuro mejor, no
para mantener abiertas indefinidamente las disputas del pasado.
Porque, al final, la responsabilidad por el
futuro de una nación corresponde principalmente a quienes viven en ella y a
quienes la gobiernan hoy.
Final. A México, pueblo
noble y entrañable que conozco y al que guardo un profundo cariño, le deseo una
vida larga, próspera y llena de esperanza. Parte de lo que soy, de lo que sé y
de lo que he vivido se lo debo a esa gran nación, que ha dejado una huella
imborrable en mi existencia. Que México siga adelante, orgulloso de su historia,
de su gente y de su grandeza.

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