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lunes, 26 de octubre de 2026

¿Cuántos miles de millones de años necesitaría Jesucristo para llegar a la casa de su Dios Padre?

 


¿Cuántos miles de millones de años necesitaría Jesucristo para llegar a la casa de su Dios Padre?

Por Bruno Perera

Imaginemos por un momento que Jesucristo, después de resucitar al tercer día de su muerte, abandonó la Tierra hace aproximadamente dos mil años y emprendió un viaje por el espacio para reunirse con su Dios Padre, que, según la imaginación de muchos, tendría su morada en el lugar donde comenzó el universo.

Si aceptamos esta hipótesis como un ejercicio de imaginación, nos encontramos ante un viaje que haría parecer insignificantes las distancias que recorren nuestras naves espaciales.

Pero vayamos por partes.

¿Dónde comenzó el universo?

Según el modelo cosmológico actual, el universo tiene aproximadamente 13.800 millones de años. Su historia se remonta al Big Bang, un proceso a partir del cual el espacio se expandió desde un estado extremadamente caliente y denso.

Sin embargo, hay una cuestión importante: el Big Bang no fue una explosión convencional que ocurriera en un punto concreto del espacio. Fue la expansión del propio espacio, y no conocemos ningún lugar que pueda identificarse como el punto central desde el que todo comenzó.

Aun así, para desarrollar nuestro razonamiento imaginario, supongamos que Dios Padre estuviera situado a una distancia de 13.800 millones de años luz de la Tierra.

¿Y si Jesucristo viajó en espíritu?

Alguien podría objetar que Jesucristo no necesitaba desplazarse con un cuerpo material, sino que, después de resucitar, ascendió al cielo en espíritu para reunirse con su Dios Padre.

Si aceptamos esta posibilidad como hipótesis, podríamos imaginar que, al no tratarse de un cuerpo material ordinario, su desplazamiento sería diferente del de una nave espacial o un ser humano. Podríamos incluso imaginar que viajara a la velocidad de la luz, aunque debemos aclarar que la ciencia no ha demostrado que un espíritu carezca de masa ni que pueda desplazarse de esa manera.

La física establece que un objeto con masa no puede alcanzar exactamente la velocidad de la luz en el vacío. Pero nuestro razonamiento parte de una posibilidad religiosa que no podemos medir mediante los instrumentos científicos actuales.

Por tanto, hagamos el cálculo suponiendo que Jesucristo hubiera viajado en espíritu a la velocidad de la luz durante los últimos dos mil años.

Un viaje de dimensiones inimaginables

La luz recorre aproximadamente 300.000 kilómetros por segundo. En un año, esa velocidad le permite cubrir unos 9,46 billones de kilómetros.

Si Jesucristo hubiera viajado durante dos mil años a esa velocidad, habría recorrido unos 2.000 años luz, equivalentes a aproximadamente 18,9 millones de billones de kilómetros.

Es una distancia inimaginable para nosotros, pero muy pequeña si la comparamos con los 13.800 millones de años luz que hemos supuesto que tendría que recorrer para llegar a la casa de su Dios Padre.

Hagamos ahora la resta:

13.800.000.000 − 2.000 = 13.799.998.000 años luz.

¡Vaya contratiempo para nuestro viajero celestial! Después de dos mil años de viaje, todavía le quedarían casi 13.800 millones de años luz para alcanzar su destino.

Naturalmente, estamos haciendo un cálculo hipotético. La ciencia no ha demostrado que Dios tenga una residencia física en el universo ni que Jesucristo emprendiera un viaje espacial a la velocidad de la luz. Además, el universo se expande, por lo que una distancia cosmológica real podría cambiar durante un viaje tan prolongado.

¿Y qué sucedería con nuestras plegarias?

Aquí es donde la imaginación nos lleva a una conclusión todavía más curiosa.

Si las plegarias fueran señales físicas que tuvieran que viajar hasta ese lugar hipotético, y si Dios estuviera a 13.800 millones de años luz, nuestras súplicas tardarían miles de millones de años en llegar.

Eso significaría, siguiendo nuestra hipótesis, que quienes rezaran hoy probablemente habrían muerto mucho antes de que sus plegarias alcanzaran su destino. Y, para entonces, también habrían transcurrido incontables generaciones de seres humanos.

Pero conviene aclarar algo: no existe evidencia científica de que las plegarias sean señales físicas que viajen por el espacio hasta un punto determinado. En la tradición cristiana, la oración es una comunicación espiritual con Dios, que no se considera necesariamente limitado por el espacio y el tiempo.

Por eso, la conclusión de que las plegarias llegarían tarde solo sería válida dentro de nuestro experimento mental, no como una afirmación científica sobre la religión.

Una última pregunta

Hay otro problema que merece nuestra atención.

Si el universo tiene unos 13.800 millones de años, ¿dónde estaría Dios Padre? ¿En algún lugar situado más allá de las galaxias? ¿En una dimensión que desconocemos? ¿O fuera del espacio y del tiempo, como sostienen algunas interpretaciones teológicas?

La cosmología puede investigar la evolución del universo, estudiar su expansión y formular hipótesis sobre sus primeros instantes. Pero no ha establecido que exista una morada divina en el punto donde comenzó el Big Bang.

Quizá el error de nuestro razonamiento consista en imaginar que Dios=Cosmo-Poder, necesita una dirección postal, una casa en una galaxia remota y un camino por el que Jesucristo tenga que viajar para llegar hasta Él.

O quizá sea precisamente esa manera humana de imaginar lo desconocido la que nos lleva a plantearnos preguntas tan curiosas.

Final

Si Jesucristo emprendió realmente un viaje espacial hace dos mil años, tal como hemos imaginado, todavía le quedaría una distancia extraordinaria por recorrer. Y si nuestras plegarias tuvieran que viajar hasta el mismo destino a la velocidad de la luz, más valdría no tener demasiada prisa por recibir respuesta.

¡Jajajajaja!

Menos mal que, según la fe cristiana, Dios=Cosmo-Poder no necesita esperar miles de millones de años para escuchar una oración. Porque, si dependiera de las leyes de la distancia y de la velocidad de la luz, quizá nuestros descendientes de un futuro remotísimo serían quienes recibieran las respuestas que nosotros estamos esperando.

Y así, entre la astronomía, la religión y el sentido del humor, queda planteada una pregunta que cada cual puede responder según sus conocimientos y sus creencias: ¿está el cielo en algún lugar del universo o es una realidad que no se puede medir en kilómetros ni en años luz?

 

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