¿Cuántos
miles de millones de años necesitaría Jesucristo para llegar a la casa de su
Dios Padre?
Por Bruno Perera
Imaginemos por un momento que Jesucristo, después
de resucitar al tercer día de su muerte, abandonó la Tierra hace
aproximadamente dos mil años y emprendió un viaje por el espacio para reunirse
con su Dios Padre, que, según la imaginación de muchos, tendría su morada en el
lugar donde comenzó el universo.
Si aceptamos esta hipótesis como un ejercicio de
imaginación, nos encontramos ante un viaje que haría parecer insignificantes
las distancias que recorren nuestras naves espaciales.
Pero vayamos por partes.
¿Dónde comenzó
el universo?
Según el modelo cosmológico actual, el universo
tiene aproximadamente 13.800 millones de años. Su historia se remonta al Big
Bang, un proceso a partir del cual el espacio se expandió desde un estado
extremadamente caliente y denso.
Sin embargo, hay una cuestión importante: el Big
Bang no fue una explosión convencional que ocurriera en un punto concreto del
espacio. Fue la expansión del propio espacio, y no conocemos ningún lugar que
pueda identificarse como el punto central desde el que todo comenzó.
Aun así, para desarrollar nuestro razonamiento
imaginario, supongamos que Dios Padre estuviera situado a una distancia de
13.800 millones de años luz de la Tierra.
¿Y si
Jesucristo viajó en espíritu?
Alguien podría objetar que Jesucristo no
necesitaba desplazarse con un cuerpo material, sino que, después de resucitar,
ascendió al cielo en espíritu para reunirse con su Dios Padre.
Si aceptamos esta posibilidad como hipótesis,
podríamos imaginar que, al no tratarse de un cuerpo material ordinario, su
desplazamiento sería diferente del de una nave espacial o un ser humano.
Podríamos incluso imaginar que viajara a la velocidad de la luz, aunque debemos
aclarar que la ciencia no ha demostrado que un espíritu carezca de masa ni que
pueda desplazarse de esa manera.
La física establece que un objeto con masa no
puede alcanzar exactamente la velocidad de la luz en el vacío. Pero nuestro
razonamiento parte de una posibilidad religiosa que no podemos medir mediante
los instrumentos científicos actuales.
Por tanto, hagamos el cálculo suponiendo que
Jesucristo hubiera viajado en espíritu a la velocidad de la luz durante los
últimos dos mil años.
Un viaje de
dimensiones inimaginables
La luz recorre aproximadamente 300.000 kilómetros
por segundo. En un año, esa velocidad le permite cubrir unos 9,46 billones de
kilómetros.
Si Jesucristo hubiera viajado durante dos mil
años a esa velocidad, habría recorrido unos 2.000 años luz, equivalentes a
aproximadamente 18,9 millones de billones de kilómetros.
Es una distancia inimaginable para nosotros, pero
muy pequeña si la comparamos con los 13.800 millones de años luz que hemos
supuesto que tendría que recorrer para llegar a la casa de su Dios Padre.
Hagamos ahora la resta:
13.800.000.000 − 2.000 = 13.799.998.000 años luz.
¡Vaya contratiempo para nuestro viajero
celestial! Después de dos mil años de viaje, todavía le quedarían casi 13.800
millones de años luz para alcanzar su destino.
Naturalmente, estamos haciendo un cálculo
hipotético. La ciencia no ha demostrado que Dios tenga una residencia física en
el universo ni que Jesucristo emprendiera un viaje espacial a la velocidad de
la luz. Además, el universo se expande, por lo que una distancia cosmológica
real podría cambiar durante un viaje tan prolongado.
¿Y qué
sucedería con nuestras plegarias?
Aquí es donde la imaginación nos lleva a una
conclusión todavía más curiosa.
Si las plegarias fueran señales físicas que
tuvieran que viajar hasta ese lugar hipotético, y si Dios estuviera a 13.800
millones de años luz, nuestras súplicas tardarían miles de millones de años en
llegar.
Eso significaría, siguiendo nuestra hipótesis,
que quienes rezaran hoy probablemente habrían muerto mucho antes de que sus
plegarias alcanzaran su destino. Y, para entonces, también habrían transcurrido
incontables generaciones de seres humanos.
Pero conviene aclarar algo: no existe evidencia
científica de que las plegarias sean señales físicas que viajen por el espacio
hasta un punto determinado. En la tradición cristiana, la oración es una
comunicación espiritual con Dios, que no se considera necesariamente limitado
por el espacio y el tiempo.
Por eso, la conclusión de que las plegarias
llegarían tarde solo sería válida dentro de nuestro experimento mental, no como
una afirmación científica sobre la religión.
Una última
pregunta
Hay otro problema que merece nuestra atención.
Si el universo tiene unos 13.800 millones de
años, ¿dónde estaría Dios Padre? ¿En algún lugar situado más allá de las
galaxias? ¿En una dimensión que desconocemos? ¿O fuera del espacio y del
tiempo, como sostienen algunas interpretaciones teológicas?
La cosmología puede investigar la evolución del
universo, estudiar su expansión y formular hipótesis sobre sus primeros
instantes. Pero no ha establecido que exista una morada divina en el punto
donde comenzó el Big Bang.
Quizá el error de nuestro razonamiento consista
en imaginar que Dios=Cosmo-Poder, necesita una dirección postal, una casa en
una galaxia remota y un camino por el que Jesucristo tenga que viajar para
llegar hasta Él.
O quizá sea precisamente esa manera humana de
imaginar lo desconocido la que nos lleva a plantearnos preguntas tan curiosas.
Final
Si Jesucristo emprendió realmente un viaje
espacial hace dos mil años, tal como hemos imaginado, todavía le quedaría una
distancia extraordinaria por recorrer. Y si nuestras plegarias tuvieran que
viajar hasta el mismo destino a la velocidad de la luz, más valdría no tener
demasiada prisa por recibir respuesta.
¡Jajajajaja!
Menos mal que, según la fe cristiana, Dios=Cosmo-Poder
no necesita esperar miles de millones de años para escuchar una oración.
Porque, si dependiera de las leyes de la distancia y de la velocidad de la luz,
quizá nuestros descendientes de un futuro remotísimo serían quienes recibieran
las respuestas que nosotros estamos esperando.
Y así, entre la astronomía, la religión y el
sentido del humor, queda planteada una pregunta que cada cual puede responder
según sus conocimientos y sus creencias: ¿está el cielo en algún lugar del
universo o es una realidad que no se puede medir en kilómetros ni en años luz?

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