Nacionalizar
a decenas de miles saharauis acarreará problemas políticos, económicos y
sociales en Marruecos y en España
Por Bruno Perera
El Congreso de los Diputados ha dado luz verde a
la proposición de ley que pretende facilitar la nacionalidad española a los
saharauis nacidos durante el periodo en que el Sáhara Occidental estuvo bajo
administración española, así como, en determinadas condiciones, a sus
descendientes. La iniciativa fue aprobada el pasado 10 de septiembre por 168
votos a favor, 31 en contra y 145 abstenciones. Sin embargo, conviene aclararlo
desde el principio: todavía no es una ley definitivamente vigente, porque
debe continuar su tramitación en el Senado.
Sus defensores PSOE y su séquito de aduladores, presentan
la medida como una reparación histórica hacia quienes nacieron en el Sáhara cuando
era administrado por España. Y es perfectamente legítimo que exista un debate
sobre la responsabilidad histórica española y sobre los derechos de quienes
tuvieron vínculos documentales con la antigua Administración española desde 1884
y durante sus vidas hasta 1975. (El Sáhara
Occidental pasó a ser una provincia española a partir del 10 de enero de 1958)
Pero también es legítimo preguntarse si, en el
delicadísimo momento que atraviesan las relaciones entre España, Marruecos,
Argelia y el Frente Polisario, es prudente adoptar una medida de estas
características.
Las estimaciones sobre el número de posibles
beneficiarios son muy diferentes. Algunas informaciones hablan de hasta 200.000
personas, mientras otras sitúan el universo potencial en torno a
80.000-110.000, dependiendo de cómo se contabilicen los descendientes. Lo que
sí está claro es que no estamos hablando de unos pocos cientos de casos
individuales, sino de decenas de miles de posibles nuevos ciudadanos
españoles.
¿Qué ocurrirá
con los hijos y descendientes?
La cuestión no termina necesariamente con quienes
nacieron durante la Administración española.
El texto contempla que los descendientes en
primer grado de quienes adquieran la nacionalidad española puedan optar también
a ella dentro de un determinado plazo. Es decir, la decisión puede tener un
efecto generacional.
Por tanto, no estamos simplemente ante la
posibilidad de reconocer la nacionalidad a un grupo de personas de avanzada
edad que nacieron cuando España administraba el territorio. Estamos creando un
nuevo vínculo jurídico entre España y familias saharauis durante generaciones.
Y ese vínculo puede adquirir una enorme
importancia política si esas personas continúan viviendo en un territorio que
Marruecos considera parte de su soberanía.
El problema
con Marruecos
España mantiene desde hace años una relación
especialmente delicada con Marruecos.
Marruecos considera el Sáhara Occidental una
cuestión fundamental para su política nacional, mientras que el Frente
Polisario defiende la autodeterminación y la independencia del territorio.
En estas circunstancias, conceder la nacionalidad
española a decenas de miles de saharauis puede ser interpretado en Rabat como
algo mucho más importante que un simple procedimiento administrativo.
Aunque España sostenga que se trata
exclusivamente de una cuestión de nacionalidad y de derechos individuales, Marruecos
puede interpretarlo como un reconocimiento político de una identidad saharaui
diferenciada.
Y no debemos olvidar que España necesita a
Marruecos para cuestiones tan importantes como el control de la inmigración ilegal,
la lucha contra el terrorismo y la cooperación policial y económica.
Por eso resulta cuando menos discutible que
España adopte ahora una medida susceptible de abrir otro frente de
enfrentamiento con Rabat.
¿Podría la
crisis de Ceuta estar relacionada?
Hay otra posibilidad que, a mi juicio, tampoco
debería ignorarse, aunque existen pruebas públicas suficientes para
presentarla como un hecho demostrado.
Marruecos no ha reconocido oficialmente que su
Gobierno organizara la entrada masiva de inmigrantes en Ceuta. Sin embargo,
teniendo en cuenta la enorme dimensión que alcanzó aquella crisis y el contexto
de las relaciones hispano-marroquíes, cabe preguntarse si aquella presión
migratoria pudo tener también un componente político.
Quizás Marruecos, aunque su Gobierno no haya dado
la cara respecto a la invasión inmigratoria de Ceuta, utilizó —o permitió—
aquella presión migratoria como una forma de protesta o de chantaje político
frente a España. Y cabe preguntarse si, entre las razones que pudieron
contribuir a aquella actuación, se encontraba también la cuestión del Sáhara
Occidental y, en particular, la posibilidad de que España nacionalizara a los
saharauis ahora contemplados en esta proposición de ley.
No afirmo que esa fuera la causa de la crisis de
Ceuta, porque para afirmarlo serían necesarias pruebas que actualmente no tengo.
Pero sí considero legítimo plantear la hipótesis y preguntarse si Marruecos
podría utilizar nuevamente la inmigración ilegal como instrumento de presión
política si España continúa avanzando en esta dirección.
Y eso debería preocupar seriamente al Gobierno
español.
¿Y si un
español de origen saharaui tiene problemas con Marruecos?
Aquí aparece, a mi juicio, una de las cuestiones
más delicadas.
Imaginemos que un saharaui que reside en el
territorio saharaui controlado por Marruecos obtiene la nacionalidad española.
Si posteriormente es detenido, perseguido o
maltratado por motivos políticos, ¿qué hará España?
¿Se limitará a decir que se trata de un ciudadano
marroquí que vive en Marruecos?
Difícilmente.
Si esa persona posee un pasaporte español y la
nacionalidad española, es lógico pensar que podrá solicitar protección y
asistencia consular de España y de la UE.
Y si España y la UE interviene para defender a
uno de sus ciudadanos frente a las autoridades marroquíes, el problema
dejará de ser exclusivamente saharaui y pasará a ser también un problema entre
España la UE y Marruecos.
Tinduf: otra
complicación
Existe además otro escenario todavía más
complicado: los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, en Argelia.
Allí viven decenas de miles de saharauis, muchos
de ellos en situación de apatridia. La nueva nacionalidad podría permitirles
viajar, estudiar y trabajar en España y en otros países de la Unión Europea.
Para muchas de esas personas, indudablemente,
supondría una mejora importante de sus posibilidades personales.
Pero también existe un problema.
El conflicto del Sáhara Occidental continúa sin
una solución definitiva y el alto el fuego entre Marruecos y el Frente
Polisario se rompió en 2020.
¿Qué ocurriría si un ciudadano español residente
en los campamentos de Tinduf resultara víctima de un episodio relacionado con
el conflicto?
¿Podría España y la UE desentenderse
completamente?
Algunos observadores ya han advertido de que la
aparición de ciudadanos españoles en una zona de conflicto podría terminar
involucrando a España y a la UE, especialmente si se produjeran víctimas entre
ellos.
Y eso es precisamente lo que me preocupa.
El coste
económico
También debemos hablar del dinero.
España tiene una deuda pública elevada, un
sistema de pensiones sometido a una enorme presión y unas necesidades sociales
que ya requieren miles de millones de euros. (Y que cuando no hay dinero
suficiente se toma de otras carteras para pagar las pensiones).
No sería responsable decir que todo nuevo
ciudadano saharaui tendrá automáticamente derecho a una pensión no contributiva,
porque eso no es así. Las pensiones no contributivas de jubilación exigen,
entre otros requisitos, residencia legal en España durante determinados
periodos.
Pero eso no significa que la cuestión económica
carezca de importancia.
Los nuevos ciudadanos españoles podrán acceder,
cuando cumplan los requisitos legales correspondientes, a los derechos y
prestaciones previstos por nuestro ordenamiento. Y algunos saharauis que ya
tienen vínculos laborales o administrativos con España reciben pensiones
derivadas de sus relaciones anteriores con la Seguridad Social española.
Por tanto, la nacionalidad no es simplemente
entregar un pasaporte. Significa incorporar a una persona a un conjunto de
derechos y obligaciones dentro del Estado español y la UE.
Si hablamos de decenas de miles de nuevos
ciudadanos, el impacto económico futuro merece ser estudiado antes de aprobar
definitivamente la norma.
España debe
medir las consecuencias
Yo no niego los vínculos históricos entre España
y el pueblo saharaui.
Tampoco niego que existan saharauis que conservan
documentos españoles de sus padres, de sus abuelos o de ellos mismos y que
consideran que España abandonó el territorio en unas circunstancias históricas
que todavía no han sido resueltas.
Pero una cosa es reconocer una injusticia
histórica y otra muy distinta es adoptar una decisión cuyas consecuencias
políticas pueden extenderse durante generaciones.
España no puede actuar únicamente pensando en el
pasado.
Tiene que pensar también en el futuro.
Tiene que preguntarse qué ocurrirá con Marruecos,
qué ocurrirá con los saharauis que continúen viviendo bajo administración
marroquí, qué ocurrirá con quienes permanezcan en Tinduf, qué obligaciones
asumirá España y la UE cuando alguno de esos ciudadanos tenga problemas y
cuánto terminará costando al Estado la extensión de derechos y prestaciones a
una población que puede alcanzar decenas de miles de personas.
Y todo ello ocurre, además, mientras España
intenta mantener una relación de cooperación con Marruecos.
¿No estamos enviando, entonces, mensajes
contradictorios?
Una decisión
que puede echar más leña al fuego
El Sáhara Occidental continúa siendo uno de los
conflictos territoriales más complicados del norte de África.
Marruecos no va a renunciar fácilmente a sus
reivindicaciones. El Frente Polisario tampoco ha renunciado a sus aspiraciones.
Argelia respalda al Polisario y España se encuentra geográficamente a escasos
kilómetros de toda esta realidad.
Por eso considero que España debería actuar con
mucha prudencia.
Una decisión que afecte a decenas de miles de
personas y que pueda crear nuevos vínculos jurídicos entre España y ciudadanos
residentes en una zona disputada no debería aprobarse sin estudiar hasta el
último de sus efectos diplomáticos, económicos y jurídicos.
Porque después puede ocurrir aquello que dice el
viejo refrán:
«Parió la vaca y ahora pare el toro».
España podría encontrarse con que una medida
presentada como una reparación histórica termina convirtiéndose en un nuevo
problema con Marruecos, en nuevas obligaciones económicas para el Estado y en
situaciones diplomáticas difíciles de resolver.
El problema del Sáhara Occidental necesita una
solución política internacional dictada por Naciones Unidas y no por España ni
la UE.
España debería contribuir a buscar esa solución,
pero sin convertir automáticamente a España en parte directa de cada
problema que pueda surgir en el territorio.
Antes de dar un paso de semejante magnitud,
convendría mirar no solamente hacia el pasado, sino también hacia las
consecuencias que ese paso puede traer durante las próximas décadas.

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