Los
políticos que se consideran ateos cuando acuden a actos religiosos van a pescar
votos de un pueblo engoadado por la religión o religiones
Por Bruno Perera
Hay algo que siempre me ha llamado la atención de
la política española: algunos políticos que se declaran ateos o poco
practicantes aparecen, sin embargo, muy sonrientes en procesiones, romerías,
fiestas patronales, ceremonias religiosas y otros actos vinculados a la
religión.
Y uno se pregunta: ¿van porque han descubierto de
repente la fe o porque han descubierto que allí hay votos?
Naturalmente, no podemos entrar en la conciencia
de cada político ni afirmar que todos acuden a esos actos exclusivamente para
conseguir votos. Puede haber razones institucionales, culturales, protocolarias
o simplemente respeto hacia los ciudadanos que participan en ellos.
Pero tampoco sería ingenuo pensar que el cálculo
electoral puede estar presente.
España es un país donde el cristianismo,
especialmente el catolicismo, ha dejado una huella cultural enorme. Muchas
fiestas populares, patronales y tradiciones tienen un origen religioso, aunque
una parte de quienes participan en ellas no sean practicantes. En determinados
pueblos y ciudades, una procesión puede reunir a miles de personas.
Y allí aparece el político.
El mismo político que quizá no pisa una iglesia
durante el resto del año puede aparecer junto al santo, saludar a los vecinos,
estrechar manos, posar para las fotografías y acompañar a las autoridades
religiosas. Todo muy respetable si lo hace como representante institucional.
Pero el ciudadano tiene derecho a preguntarse si detrás de esa presencia existe
también una estrategia electoral.
Porque los votos también se pescan.
Y los políticos conocen perfectamente dónde se
encuentra el banco de peces.
El caso del
presidente del Gobierno
El asunto resulta todavía más llamativo cuando
hablamos del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, quien se ha
declarado ateo. En 2018, al tomar posesión como presidente, optó por prometer
el cargo ante un ejemplar de la Constitución y otro de la Biblia, en lugar de
realizar un juramento tradicional exclusivamente religioso.
La presencia de la Biblia no convierte a una
persona en creyente, evidentemente. Pero sí demuestra hasta qué punto
determinados símbolos religiosos continúan formando parte de las ceremonias
institucionales españolas.
También resulta interesante observar que
políticos que no suelen acudir habitualmente a una misa ordinaria pueden
aparecer en celebraciones religiosas con una importante presencia social.
¿Por qué?
Puede ser protocolo. Puede ser tradición. Puede
ser respeto institucional. Y también puede ser política.
Las tres cosas no son necesariamente incompatibles.
La religión
como tradición y como fuerza electoral
En España existe una diferencia entre ser
creyente y participar en determinadas tradiciones religiosas.
Una persona puede no creer en Dios y acudir a la
fiesta de su pueblo, acompañar una procesión o asistir a una celebración
patronal porque forma parte de su cultura y de su historia familiar.
Pero un político tiene además otra consideración:
representa a ciudadanos que votan.
Por eso, cuando un dirigente aparece en un acto
religioso multitudinario, el ciudadano puede interpretar su presencia de dos
maneras.
La primera sería: «Está aquí porque representa a
todos, incluidos los creyentes».
La segunda: «Está aquí porque sabe que aquí hay
muchos votos».
Y quizá ambas interpretaciones tengan una parte
de verdad.
¿Hipocresía o
inteligencia política?
Aquí aparece el verdadero debate.
Si un político es ateo, nadie puede exigirle que
crea en Dios. Y si representa institucionalmente a ciudadanos creyentes,
tampoco parece razonable exigirle que desaparezca de todas las celebraciones
religiosas de su localidad.
Pero también sería legítimo preguntarle:
¿Por qué no aparece durante todo el año en una
misa normal y sí aparece cuando delante tiene una multitud, cámaras de
televisión y fotógrafos?
La pregunta es incómoda, pero la política está
llena de preguntas incómodas.
Los políticos viven de los votos y necesitan
acercarse a los ciudadanos. Algunos lo hacen visitando mercados, otros
inaugurando obras, otros acudiendo a asociaciones y otros participando en
fiestas populares.
Y cuando una fiesta religiosa concentra a buena
parte del pueblo, la procesión puede convertirse también en un escaparate
político.
El político no necesita arrodillarse para hacer
campaña. A veces basta con estar allí.
Un pueblo
«engordado» por la religión
El título de este artículo utiliza
deliberadamente una expresión provocadora: «un pueblo engordado por la religión
o religiones».
No pretende decir que todos los ciudadanos sean
religiosos ni que la religión convierta automáticamente a las personas en
manipulables. Significa que, durante siglos, las religiones han formado parte
de las estructuras culturales, familiares y sociales de los pueblos, y que
todavía hoy pueden tener una enorme capacidad de convocatoria.
Y donde existe una gran capacidad de
convocatoria, la política suele aparecer.
El político sabe que una fotografía junto a miles
de ciudadanos puede valer más electoralmente que muchas horas encerrado en un
despacho.
Por eso no resulta extraño que algunos
dirigentes, sean creyentes, agnósticos o ateos, aparezcan en determinados actos
religiosos.
Al final, los
votos mandan
En democracia, conseguir votos no es ningún
delito. Al contrario: es la condición necesaria para gobernar.
Lo cuestionable sería otra cosa: presentarse ante
los ciudadanos como algo que uno no es exclusivamente para obtener su voto.
Si un político ateo acude a una procesión porque
respeta la tradición de sus vecinos, perfecto.
Si acude porque representa institucionalmente a
todos los ciudadanos, también es perfectamente comprensible.
Pero si además existe un cálculo electoral,
tampoco debería sorprendernos.
Después de todo, los políticos conocen una vieja
regla de la democracia:
Allí donde hay ciudadanos, hay votos; y allí
donde hay muchos ciudadanos reunidos, puede haber una buena pesca electoral.
Quizá por eso algunos políticos ateos no
necesitan recuperar la fe para acercarse a la religión.
Les basta con creer en algo mucho más terrenal:
el voto del ciudadano.

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