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martes, 15 de septiembre de 2026

Los políticos que se consideran ateos cuando acuden a actos religiosos van a pescar votos de un pueblo engoadado por la religión o religiones

 


Los políticos que se consideran ateos cuando acuden a actos religiosos van a pescar votos de un pueblo engoadado por la religión o religiones

Por Bruno Perera

Hay algo que siempre me ha llamado la atención de la política española: algunos políticos que se declaran ateos o poco practicantes aparecen, sin embargo, muy sonrientes en procesiones, romerías, fiestas patronales, ceremonias religiosas y otros actos vinculados a la religión.

Y uno se pregunta: ¿van porque han descubierto de repente la fe o porque han descubierto que allí hay votos?

Naturalmente, no podemos entrar en la conciencia de cada político ni afirmar que todos acuden a esos actos exclusivamente para conseguir votos. Puede haber razones institucionales, culturales, protocolarias o simplemente respeto hacia los ciudadanos que participan en ellos.

Pero tampoco sería ingenuo pensar que el cálculo electoral puede estar presente.

España es un país donde el cristianismo, especialmente el catolicismo, ha dejado una huella cultural enorme. Muchas fiestas populares, patronales y tradiciones tienen un origen religioso, aunque una parte de quienes participan en ellas no sean practicantes. En determinados pueblos y ciudades, una procesión puede reunir a miles de personas.

Y allí aparece el político.

El mismo político que quizá no pisa una iglesia durante el resto del año puede aparecer junto al santo, saludar a los vecinos, estrechar manos, posar para las fotografías y acompañar a las autoridades religiosas. Todo muy respetable si lo hace como representante institucional. Pero el ciudadano tiene derecho a preguntarse si detrás de esa presencia existe también una estrategia electoral.

Porque los votos también se pescan.

Y los políticos conocen perfectamente dónde se encuentra el banco de peces.

El caso del presidente del Gobierno

El asunto resulta todavía más llamativo cuando hablamos del presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, quien se ha declarado ateo. En 2018, al tomar posesión como presidente, optó por prometer el cargo ante un ejemplar de la Constitución y otro de la Biblia, en lugar de realizar un juramento tradicional exclusivamente religioso.

La presencia de la Biblia no convierte a una persona en creyente, evidentemente. Pero sí demuestra hasta qué punto determinados símbolos religiosos continúan formando parte de las ceremonias institucionales españolas.

También resulta interesante observar que políticos que no suelen acudir habitualmente a una misa ordinaria pueden aparecer en celebraciones religiosas con una importante presencia social.

¿Por qué?

Puede ser protocolo. Puede ser tradición. Puede ser respeto institucional. Y también puede ser política.

Las tres cosas no son necesariamente incompatibles.

La religión como tradición y como fuerza electoral

En España existe una diferencia entre ser creyente y participar en determinadas tradiciones religiosas.

Una persona puede no creer en Dios y acudir a la fiesta de su pueblo, acompañar una procesión o asistir a una celebración patronal porque forma parte de su cultura y de su historia familiar.

Pero un político tiene además otra consideración: representa a ciudadanos que votan.

Por eso, cuando un dirigente aparece en un acto religioso multitudinario, el ciudadano puede interpretar su presencia de dos maneras.

La primera sería: «Está aquí porque representa a todos, incluidos los creyentes».

La segunda: «Está aquí porque sabe que aquí hay muchos votos».

Y quizá ambas interpretaciones tengan una parte de verdad.

¿Hipocresía o inteligencia política?

Aquí aparece el verdadero debate.

Si un político es ateo, nadie puede exigirle que crea en Dios. Y si representa institucionalmente a ciudadanos creyentes, tampoco parece razonable exigirle que desaparezca de todas las celebraciones religiosas de su localidad.

Pero también sería legítimo preguntarle:

¿Por qué no aparece durante todo el año en una misa normal y sí aparece cuando delante tiene una multitud, cámaras de televisión y fotógrafos?

La pregunta es incómoda, pero la política está llena de preguntas incómodas.

Los políticos viven de los votos y necesitan acercarse a los ciudadanos. Algunos lo hacen visitando mercados, otros inaugurando obras, otros acudiendo a asociaciones y otros participando en fiestas populares.

Y cuando una fiesta religiosa concentra a buena parte del pueblo, la procesión puede convertirse también en un escaparate político.

El político no necesita arrodillarse para hacer campaña. A veces basta con estar allí.

Un pueblo «engordado» por la religión

El título de este artículo utiliza deliberadamente una expresión provocadora: «un pueblo engordado por la religión o religiones».

No pretende decir que todos los ciudadanos sean religiosos ni que la religión convierta automáticamente a las personas en manipulables. Significa que, durante siglos, las religiones han formado parte de las estructuras culturales, familiares y sociales de los pueblos, y que todavía hoy pueden tener una enorme capacidad de convocatoria.

Y donde existe una gran capacidad de convocatoria, la política suele aparecer.

El político sabe que una fotografía junto a miles de ciudadanos puede valer más electoralmente que muchas horas encerrado en un despacho.

Por eso no resulta extraño que algunos dirigentes, sean creyentes, agnósticos o ateos, aparezcan en determinados actos religiosos.

Al final, los votos mandan

En democracia, conseguir votos no es ningún delito. Al contrario: es la condición necesaria para gobernar.

Lo cuestionable sería otra cosa: presentarse ante los ciudadanos como algo que uno no es exclusivamente para obtener su voto.

Si un político ateo acude a una procesión porque respeta la tradición de sus vecinos, perfecto.

Si acude porque representa institucionalmente a todos los ciudadanos, también es perfectamente comprensible.

Pero si además existe un cálculo electoral, tampoco debería sorprendernos.

Después de todo, los políticos conocen una vieja regla de la democracia:

Allí donde hay ciudadanos, hay votos; y allí donde hay muchos ciudadanos reunidos, puede haber una buena pesca electoral.

Quizá por eso algunos políticos ateos no necesitan recuperar la fe para acercarse a la religión.

Les basta con creer en algo mucho más terrenal: el voto del ciudadano.

 

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