Si los
humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar",
entonces somos todos iguales ante la ley del universo
Por Bruno
Perera
Durante siglos, el ser humano se ha considerado
el amo y señor de la Tierra. Las religiones, especialmente las monoteístas, han
sostenido que el hombre ocupa un lugar privilegiado en la creación y que los
demás seres vivos fueron puestos a su servicio. Uno de los argumentos más
utilizados para defender esa idea es que poseemos una inteligencia superior a
la de los animales.
Sin embargo, ese razonamiento plantea una
cuestión filosófica muy interesante. Si la inteligencia es el criterio para
determinar quién es superior, ¿significa eso que una persona con una
discapacidad intelectual vale menos que otra con mayores capacidades mentales?
La inmensa mayoría de las personas respondería que no. Todos los seres humanos
poseen la misma dignidad, independientemente de su inteligencia, de su edad o
de sus limitaciones físicas o mentales.
Entonces surge una pregunta inevitable: si la
inteligencia no determina el valor de unas personas frente a otras, ¿por qué
habría de determinar el valor de toda la especie humana frente al resto de los
animales?
La ciencia moderna nos ofrece otra perspectiva.
Sabemos que todos los elementos químicos que forman nuestro cuerpo fueron
creados en el interior de antiguas estrellas que explotaron hace miles de
millones de años. El carbono de nuestros músculos, el oxígeno que respiramos,
el hierro de nuestra sangre y el calcio de nuestros huesos nacieron en aquellos
gigantescos hornos cósmicos. Lo mismo ocurre con los árboles, los peces, las
aves, los insectos, los perros, los gatos y cualquier otra forma de vida
conocida.
En otras palabras, todos estamos hechos del mismo
polvo de estrellas, o, si se quiere utilizar una expresión más coloquial, de la
misma "basura estelar" que quedó dispersa por el universo tras la
muerte de incontables estrellas.
Desde esa perspectiva cósmica, las diferencias
que tanto nos preocupan en la Tierra pierden gran parte de su importancia. El
universo no distingue entre ricos y pobres, entre creyentes y ateos, entre
premios Nobel y personas analfabetas, ni tampoco entre un ser humano y un
delfín, un águila o un árbol. Todos compartimos el mismo origen material y
todos estamos sometidos a las mismas leyes de la naturaleza.
Nacemos, vivimos durante un breve instante en la
inmensidad del tiempo cósmico y finalmente nuestros átomos regresan al ciclo
eterno de la materia. Ningún ser vivo escapa a esa ley universal.
Esto no significa que los seres humanos y los
animales sean idénticos en sus capacidades. Cada especie posee habilidades
diferentes, fruto de millones de años de evolución. El ser humano destaca por
su razonamiento abstracto; un águila por su extraordinaria visión; un perro por
su olfato; un murciélago por su ecolocalización; un pulpo por su sorprendente
inteligencia adaptativa. La naturaleza no establece una clasificación absoluta
de superioridad, sino una extraordinaria diversidad de capacidades.
Quizá el verdadero privilegio del ser humano no
sea sentirse dueño del planeta, sino ser consciente de su propio origen. Somos
la parte del universo que ha llegado a preguntarse de dónde viene y cuál es su
destino.
Si todos procedemos del mismo polvo de estrellas,
entonces todos somos hijos del universo. Compartimos el mismo origen, vivimos
bajo las mismas leyes físicas y, tarde o temprano, volveremos a convertirnos en
materia que quizá forme nuevas estrellas, nuevos planetas o incluso nuevas
formas de vida.
Por ello, más que sentirnos los amos de la
Tierra, tal vez deberíamos considerarnos compañeros de viaje de todos los seres
vivos que habitan este pequeño planeta azul. Al fin y al cabo, todos somos
polvo de estrellas y todos somos iguales ante la ley del universo.

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