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sábado, 25 de julio de 2026

Si los humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar", entonces somos todos iguales ante la ley del universo

 


Si los humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar", entonces somos todos iguales ante la ley del universo

Por Bruno Perera

Durante siglos, el ser humano se ha considerado el amo y señor de la Tierra. Las religiones, especialmente las monoteístas, han sostenido que el hombre ocupa un lugar privilegiado en la creación y que los demás seres vivos fueron puestos a su servicio. Uno de los argumentos más utilizados para defender esa idea es que poseemos una inteligencia superior a la de los animales.

Sin embargo, ese razonamiento plantea una cuestión filosófica muy interesante. Si la inteligencia es el criterio para determinar quién es superior, ¿significa eso que una persona con una discapacidad intelectual vale menos que otra con mayores capacidades mentales? La inmensa mayoría de las personas respondería que no. Todos los seres humanos poseen la misma dignidad, independientemente de su inteligencia, de su edad o de sus limitaciones físicas o mentales.

Entonces surge una pregunta inevitable: si la inteligencia no determina el valor de unas personas frente a otras, ¿por qué habría de determinar el valor de toda la especie humana frente al resto de los animales?

La ciencia moderna nos ofrece otra perspectiva. Sabemos que todos los elementos químicos que forman nuestro cuerpo fueron creados en el interior de antiguas estrellas que explotaron hace miles de millones de años. El carbono de nuestros músculos, el oxígeno que respiramos, el hierro de nuestra sangre y el calcio de nuestros huesos nacieron en aquellos gigantescos hornos cósmicos. Lo mismo ocurre con los árboles, los peces, las aves, los insectos, los perros, los gatos y cualquier otra forma de vida conocida.

En otras palabras, todos estamos hechos del mismo polvo de estrellas, o, si se quiere utilizar una expresión más coloquial, de la misma "basura estelar" que quedó dispersa por el universo tras la muerte de incontables estrellas.

Desde esa perspectiva cósmica, las diferencias que tanto nos preocupan en la Tierra pierden gran parte de su importancia. El universo no distingue entre ricos y pobres, entre creyentes y ateos, entre premios Nobel y personas analfabetas, ni tampoco entre un ser humano y un delfín, un águila o un árbol. Todos compartimos el mismo origen material y todos estamos sometidos a las mismas leyes de la naturaleza.

Nacemos, vivimos durante un breve instante en la inmensidad del tiempo cósmico y finalmente nuestros átomos regresan al ciclo eterno de la materia. Ningún ser vivo escapa a esa ley universal.

Esto no significa que los seres humanos y los animales sean idénticos en sus capacidades. Cada especie posee habilidades diferentes, fruto de millones de años de evolución. El ser humano destaca por su razonamiento abstracto; un águila por su extraordinaria visión; un perro por su olfato; un murciélago por su ecolocalización; un pulpo por su sorprendente inteligencia adaptativa. La naturaleza no establece una clasificación absoluta de superioridad, sino una extraordinaria diversidad de capacidades.

Quizá el verdadero privilegio del ser humano no sea sentirse dueño del planeta, sino ser consciente de su propio origen. Somos la parte del universo que ha llegado a preguntarse de dónde viene y cuál es su destino.

Si todos procedemos del mismo polvo de estrellas, entonces todos somos hijos del universo. Compartimos el mismo origen, vivimos bajo las mismas leyes físicas y, tarde o temprano, volveremos a convertirnos en materia que quizá forme nuevas estrellas, nuevos planetas o incluso nuevas formas de vida.

Por ello, más que sentirnos los amos de la Tierra, tal vez deberíamos considerarnos compañeros de viaje de todos los seres vivos que habitan este pequeño planeta azul. Al fin y al cabo, todos somos polvo de estrellas y todos somos iguales ante la ley del universo.

 

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