El porqué
los humanos y los animales nutren, cuidan y protegen a sus crías
Por Bruno Perera
En el vasto reino animal y en los humanos, una de
las conductas más universales es el cuidado de la descendencia. Desde los
mamíferos hasta las aves, pasando por reptiles, peces y la propia especie
humana, padres y madres muestran un instinto inquebrantable de nutrir, proteger
y guiar a sus crías. ¿Qué nos hace actuar así, incluso en situaciones de
peligro? La respuesta reside en una compleja interacción entre química
cerebral, hormonas y evolución biológica.
La química del
cuidado
En el núcleo de esta conducta se encuentran
varias sustancias químicas que el cerebro produce para fomentar el
apego, la protección y la atención hacia la descendencia.
Oxitocina: la
hormona del apego
La oxitocina, liberada durante el parto y la
lactancia, fortalece el vínculo entre padres e hijos. Esta hormona no solo hace
que la interacción sea placentera, sino que también aumenta la sensibilidad de
los adultos ante señales de alarma de las crías, como el llanto o el miedo. Por
ello, se la conoce como la “hormona del amor y el apego”. Este mismo mecanismo
se observa en los padres humanos, que sienten una conexión profunda con sus
hijos desde los primeros momentos de vida.
Dopamina: la
recompensa de cuidar
Junto a la oxitocina, otra sustancia clave es la
dopamina, relacionada con la recompensa y el placer. Cuidar a una cría activa
los circuitos de recompensa del cerebro, haciendo que la protección, la
alimentación y la atención se perciban como experiencias gratificantes. Este
efecto también se observa en los humanos, donde el cuidado de los hijos genera
satisfacción y refuerza el comportamiento parental.
Vasopresina y
prolactina: vigilancia y cuidado
La vasopresina, especialmente presente en machos
de varias especies, está vinculada con la defensa del territorio y la agresión
protectora ante amenazas. La prolactina, por su parte, estimula conductas
parentales, no solo en madres, sino también en padres que participan
activamente en el cuidado de la descendencia.
Cortisol:
alerta ante peligros
El cortisol, hormona asociada al estrés, aumenta
la vigilancia y la rapidez de reacción ante posibles peligros, asegurando que
las crías reciban protección inmediata cuando lo necesitan. Esta alerta
temprana se manifiesta tanto en animales como en humanos.
La evolución
como guía del instinto
Detrás de estas sustancias químicas, la evolución
ha reforzado las conductas de cuidado. Las crías que fueron protegidas
sobrevivieron, mientras que aquellas que no recibieron atención tuvieron menos
posibilidades de llegar a la adultez. Con el tiempo, los cerebros de muchas
especies evolucionaron para favorecer la protección de la descendencia,
asegurando la continuidad de la especie.
Ejemplos en el
reino animal
1. Leones: Las leonas protegen ferozmente a sus cachorros
frente a intrusos, incluso poniendo en riesgo su propia vida.
2. Aves: Muchas especies construyen nidos seguros y
alimentan a sus polluelos durante semanas, a pesar de ser vulnerables a
depredadores.
3. Humanos: Los padres muestran un amplio espectro de
cuidado, desde la alimentación y la enseñanza hasta la protección emocional,
impulsados por la misma química y los mismos instintos que en otras especies.
Conclusión
Nutrir,
cuidar y proteger a las crías va más allá de un simple acto de amor; es un
comportamiento biológico esencial, que está profundamente influenciado por la
química de nuestro cerebro y por la selección natural. Hormonas como la
oxitocina, dopamina, vasopresina, prolactina y cortisol trabajan juntas para
asegurar que los padres actúen en beneficio de la supervivencia de sus hijos.
Estos mecanismos biológicos no solo permiten que la vida continúe, sino que
garantizan la perpetuación de las especies, recordándonos que el cuidado de la
descendencia es más un instinto biológico que un acto de amor, ya sea humano o
animal.

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