Israel consiguió sus armas nucleares a través de
varios enredos políticos y militares
Por Bruno Perera
Israel es uno de los pocos países del mundo que
nunca ha reconocido oficialmente poseer armas nucleares y, sin embargo,
prácticamente nadie duda de que las tiene. Esta singular situación ha dado
lugar a una de las historias más complejas y enrevesadas de la política
internacional del siglo XX.
Tras la creación del Estado de Israel en 1948 y
las sucesivas guerras con sus vecinos árabes, sus dirigentes llegaron a la
conclusión de que necesitaban una garantía estratégica que asegurara su
supervivencia ante cualquier amenaza existencial. Así nació el programa nuclear
israelí.
La pieza central de dicho programa fue el reactor
de Dimona, construido en el desierto del Néguev durante la década de 1950.
Francia desempeñó un papel fundamental en esta etapa, proporcionando asistencia
técnica, conocimientos científicos y apoyo para la construcción de las
instalaciones nucleares. Sin la colaboración francesa, difícilmente Israel
habría avanzado tan rápidamente.
Sin embargo, la historia no termina ahí. Diversas
investigaciones históricas sostienen que Noruega suministró agua pesada, un
componente importante para determinados procesos nucleares. Aunque dichas
transferencias se realizaron dentro de acuerdos considerados legales en aquella
época, posteriormente surgieron controversias acerca del uso final de esos
materiales.
También se ha señalado la participación indirecta
del Reino Unido mediante la transferencia de determinados materiales
estratégicos y tecnologías relacionadas con el sector nuclear. Aunque el
alcance exacto de esta cooperación sigue siendo discutido por los
historiadores, existen referencias documentales que apuntan a que determinados
recursos británicos acabaron siendo útiles para el programa israelí.
Por otra parte, numerosos científicos judíos
formados en universidades estadounidenses contribuyeron al desarrollo
científico y tecnológico de Israel. Algunos de ellos adquirieron experiencia en
centros de investigación norteamericanos y posteriormente colaboraron con
instituciones israelíes. Esta transferencia de conocimientos fue probablemente
tan importante como la obtención de materiales físicos.
Estados Unidos, oficialmente comprometido con la
no proliferación nuclear, mantuvo durante años una relación compleja con el
programa israelí. Aunque Washington nunca reconoció haber ayudado directamente
a fabricar armas nucleares israelíes, diversos estudios sostienen que la
cooperación tecnológica, científica y militar entre ambos países creó un
entorno favorable para el desarrollo de capacidades avanzadas que terminaron
beneficiando al programa nuclear israelí.
Otro capítulo especialmente controvertido es el
de Sudáfrica. Durante los años del apartheid, ambos países mantuvieron
estrechas relaciones estratégicas. Diversas investigaciones han sugerido
intercambios de información y cooperación en materias sensibles relacionadas
con tecnologías militares avanzadas. Incluso se ha especulado sobre pruebas
nucleares conjuntas, aunque algunos aspectos continúan siendo objeto de debate
entre especialistas.
Vista en conjunto, la historia del programa
nuclear israelí parece más una compleja red de relaciones diplomáticas,
intereses estratégicos, colaboraciones científicas y acuerdos discretos que el
simple resultado del esfuerzo de un único país. Francia, Noruega, el Reino
Unido, Estados Unidos y Sudáfrica aparecen frecuentemente en los estudios
históricos como actores que, de una forma u otra, contribuyeron a crear las
condiciones necesarias para que Israel desarrollara una capacidad nuclear
propia.
Por ello, cuando se analiza cómo Israel llegó a
convertirse en una potencia nuclear, resulta difícil hablar de una única causa.
Más bien habría que hablar de una sucesión de enredos políticos y militares
internacionales, alianzas estratégicas, intereses compartidos y silencios
diplomáticos que permitieron construir uno de los arsenales nucleares más
opacos y controvertidos del mundo.
¿Cuántas armas
nucleares existen actualmente en el mundo?
Según las estimaciones más recientes de
organismos internacionales y centros de investigación especializados, el mundo
posee aproximadamente unas 12.000 armas nucleares entre desplegadas,
almacenadas y en reserva. La distribución aproximada es la siguiente:
- Rusia: alrededor de 5.500 cabezas nucleares.
- Estados Unidos: alrededor de 5.200 cabezas nucleares.
- China: alrededor de 600 cabezas nucleares.
- Francia: alrededor de 290 cabezas nucleares.
- Reino Unido: alrededor de 225 cabezas nucleares.
- India: alrededor de 180 cabezas nucleares.
- Pakistán: alrededor de 170 cabezas nucleares.
- Israel: entre 80 y 100 cabezas nucleares (estimación no oficial).
- Corea del Norte: entre 50 y 90 cabezas nucleares (estimación
aproximada).
Estas cifras varían ligeramente según la fuente
consultada y deben considerarse aproximadas, especialmente en los casos de
Israel y Corea del Norte, cuyos programas nucleares están rodeados de un
elevado grado de secretismo.
Resulta llamativo que Israel, pese a ser un país
relativamente pequeño en población y territorio, figure entre las potencias
nucleares del planeta. También destaca el hecho de que nunca haya reconocido
oficialmente poseer dichas armas, lo que le permite mantener una política de
ambigüedad estratégica que ha perdurado durante décadas.
Reflexión
final
La historia del arsenal nuclear israelí demuestra
que las grandes decisiones estratégicas de los Estados rara vez se construyen
de forma aislada. Detrás de ellas suelen encontrarse alianzas, intereses
geopolíticos, transferencias tecnológicas y colaboraciones internacionales que,
en ocasiones, permanecen ocultas durante años.
Israel constituye probablemente uno de los
ejemplos más claros de cómo una combinación de circunstancias históricas, apoyo
exterior, capacidad científica propia y habilidad diplomática permitió a una
nación desarrollar un poder disuasorio que hoy sigue siendo uno de los mayores
secretos a voces de la política internacional.
Nota para el apéndice documental: Las cifras de arsenales nucleares cambian con el tiempo debido al
desmantelamiento y modernización de armas. Las estimaciones más utilizadas
proceden de la Federation of American Scientists y del Stockholm International
Peace Research Institute.








