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sábado, 24 de octubre de 2026

La inteligencia artificial puede convertir a una persona con poco saber en una enciclopedia viviente

 


La inteligencia artificial puede convertir a una persona con poco saber en una enciclopedia viviente

Por Bruno Perera

Estamos viviendo una revolución tecnológica que posiblemente cambiará la manera en que los seres humanos aprendemos, trabajamos, investigamos y desarrollamos nuestras capacidades intelectuales. Me refiero a la inteligencia artificial, una herramienta que, bien utilizada, puede permitir que una persona con una preparación básica amplíe sus conocimientos hasta adentrarse en materias que antes parecían reservadas exclusivamente a científicos, ingenieros, médicos, economistas y otros profesionales con carreras universitarias.

Personalmente, considero que estamos ante uno de los acontecimientos más importantes de la historia del conocimiento humano. Y no lo digo porque crea que las inteligencias artificiales sean perfectas, sino porque la cantidad de información que pueden proporcionar, la velocidad con la que responden y su capacidad para explicar asuntos complejos de diferentes maneras abren unas posibilidades de aprendizaje que hace unas décadas resultaban difíciles de imaginar.

Pensemos en una persona que solo tenga estudios primarios y que por circunstancias económicas, familiares o laborales, nunca pudo acceder a un bachiller o a una universidad. Quizá posee inteligencia, curiosidad, experiencia práctica y deseos de aprender, pero carece de los medios necesarios para estudiar varias carreras. Hasta hace poco, adquirir conocimientos especializados en numerosas disciplinas exigía consultar libros, acudir a bibliotecas, asistir a clases y dedicar años al estudio.

Hoy, esa misma persona puede sentarse delante de un ordenador, abrir una IA segura como ChatGTP y comenzar a formular preguntas sobre prácticamente cualquier materia. Puede pedir explicaciones sencillas, profundizar en los conceptos, solicitar cálculos, comparar teorías y continuar aprendiendo hasta comprender aquello que le interesa.

Esto no significa que vaya a convertirse automáticamente en un científico o en un profesional cualificado. Significa que las barreras de acceso al conocimiento están disminuyendo y que una persona puede aprender muchas cosas que antes le resultaban inaccesibles.

No es necesario saberlo todo para saber mucho

Una de las cuestiones que considero más interesante es que no todo lo que se estudia en una carrera universitaria se utiliza posteriormente en la vida cotidiana o en el ejercicio de una profesión.

Las universidades proporcionan una formación amplia y rigurosa, imprescindible en numerosas actividades. Sin embargo, una persona que desea desarrollar un proyecto concreto no siempre necesita dominar por completo todas las disciplinas que intervienen en él. Puede necesitar conocimientos de mecánica, electricidad, hidráulica, economía o informática sin tener que completar una carrera universitaria en cada una de esas especialidades.

Aquí es donde la inteligencia artificial adquiere un valor extraordinario.

Imaginemos que alguien quiere construir una máquina industrial. Con ayuda de una IA puede estudiar los principios mecánicos, comprender cómo funcionan los motores, conocer las características de los materiales, realizar cálculos preliminares y examinar diferentes soluciones técnicas. Cuando surjan nuevas dificultades, podrá formular otras preguntas y continuar aprendiendo.

De esta manera, el conocimiento se adquiere progresivamente y se relaciona con un objetivo práctico.

Naturalmente, los cálculos críticos, las pruebas de funcionamiento y las cuestiones relacionadas con la seguridad requieren comprobaciones rigurosas y, cuando corresponda, la intervención de profesionales cualificados. Pero eso no impide que una persona pueda comprender mucho mejor el proyecto y participar activamente en su desarrollo.

En otras palabras, ya no siempre es necesario aprenderlo todo antes de comenzar a hacer algo. También se puede aprender mientras se trabaja.

La inteligencia artificial necesita una inteligencia humana que la aproveche

Ahora bien, tampoco debemos pensar que cualquier persona, independientemente de su preparación, podrá adquirir inmediatamente conocimientos científicos avanzados con solo hacer preguntas.

Para aprovechar una IA es conveniente disponer de cierta cultura general, curiosidad intelectual y capacidad de razonamiento. También ayuda conocer los fundamentos de varias materias, porque los nuevos conocimientos se comprenden mejor cuando pueden relacionarse con otros que ya poseemos.

Una persona que desconoce por completo las matemáticas puede pedir a una IA que le explique una ecuación, pero posiblemente necesitará comenzar por las operaciones más elementales antes de comprender conceptos más complejos.

Por eso, considero que la inteligencia artificial no elimina la importancia de la educación. Al contrario, puede convertirse en una herramienta extraordinaria para continuar aprendiendo durante toda la vida.

Tampoco debemos confundir la falta de estudios con la falta de inteligencia. Hay personas que, sin títulos universitarios, han adquirido una enorme capacidad práctica gracias a su trabajo, su experiencia y su curiosidad. Si esas personas encuentran ahora una herramienta capaz de complementar sus conocimientos, sus posibilidades pueden multiplicarse.

La experiencia humana y la información proporcionada por la IA pueden formar una combinación especialmente valiosa.

Mi experiencia con la inteligencia artificial

En mi caso, el uso de ChatGPT me ha permitido profundizar en numerosas materias y abordar cuestiones que requieren conocimientos de diferentes disciplinas.

Un ejemplo es mi proyecto CANARIEN 75 GOLD SEPARATOR, una máquina concebida para la recuperación de oro y otros minerales. En su desarrollo aparecen cuestiones relacionadas con la mecánica, la ingeniería, los sistemas hidráulicos, el procesamiento de materiales, los costes de fabricación, la negociación comercial y la protección de la propiedad intelectual.

Son campos diferentes, cada uno con sus propias dificultades. La inteligencia artificial me permite formular preguntas, comprender conceptos, estudiar alternativas y preparar documentación para presentar el proyecto a fabricantes de distintos países.

Eso no significa que ChatGPT sustituya a los ingenieros que deberán calcular, fabricar y comprobar la máquina. Significa que puedo comprender mejor muchas de las cuestiones que intervienen en su desarrollo y participar en las conversaciones técnicas con mayor conocimiento.

Lo que antes podía exigir la consulta de numerosos libros y especialistas para comprender los fundamentos de una materia, ahora puede comenzar con una conversación. Después habrá que comprobar los datos, profundizar en los aspectos importantes y recurrir a profesionales cuando sea necesario.

Para mí, esta es una de las grandes ventajas de la inteligencia artificial: permite que una persona amplíe sus conocimientos sin tener que convertirse previamente en especialista en cada uno de los campos que necesita estudiar.

¿Por qué se critica tanto los errores de las IA?

Hay quienes rechazan la inteligencia artificial porque dicen que se equivoca. Y, efectivamente, se equivoca. Puede proporcionar datos incorrectos, interpretar mal una pregunta, presentar una conclusión discutible o responder con una seguridad que no está justificada.

Sin embargo, considero que también debemos valorar el conjunto de conocimientos que proporciona y no concentrarnos exclusivamente en sus fallos.

Si una herramienta nos ayuda a comprender cientos de cuestiones y ocasionalmente ofrece una respuesta incorrecta, lo razonable es evaluar la utilidad de esa herramienta, comprobar la información importante y corregir los errores detectados.

Eso sí, no podemos afirmar que todas las equivocaciones sean insignificantes. Una inexactitud en una explicación secundaria no tiene las mismas consecuencias que un error en un cálculo industrial, un diagnóstico médico o una decisión económica importante.

Por tanto, cuanto mayores sean las consecuencias de una respuesta, mayor deberá ser el rigor con el que la comprobemos.

Pero reconocer esta limitación no significa despreciar la herramienta. La información que proporciona puede seguir siendo enormemente valiosa, siempre que aprendamos a utilizarla con criterio.

¿Acaso el conocimiento humano no ha avanzado también mediante errores?

Aquí aparece una cuestión filosófica que me parece interesante.

La historia de la ciencia está llena de hipótesis equivocadas, experimentos fallidos y teorías que posteriormente fueron corregidas o sustituidas. Durante siglos, los seres humanos interpretaron determinados fenómenos naturales de maneras que hoy sabemos que eran incorrectas. Sin embargo, esos intentos también forman parte del camino que nos ha permitido comprender mejor el universo.

Algo parecido sucede cuando observamos la naturaleza. El universo no parece responder a un propósito de perfección adaptado a nuestras necesidades: existen catástrofes, enfermedades, extinciones y fenómenos destructivos. Pero también existen las leyes físicas que permiten la formación de estrellas, planetas y condiciones en las que surge la vida.

Naturalmente, un fenómeno natural no es necesariamente un error. Para hablar de equivocaciones debemos disponer de un criterio que nos permita distinguir lo correcto de lo incorrecto.

La comparación que propongo es otra: la ausencia de perfección absoluta no impide que algo posea un valor extraordinario.

La inteligencia artificial no necesita ser infalible para contribuir al progreso humano. Necesita mejorar, ofrecer información útil y permitir que sus errores puedan detectarse y corregirse.

El futuro pertenecerá también a quienes sepan aprender

Hasta ahora, los títulos académicos han sido una de las principales vías para acreditar conocimientos y acceder a determinadas profesiones. Seguirán siendo indispensables en muchas actividades, especialmente en aquellas que exigen una formación regulada, experiencia demostrable y responsabilidad profesional.

Pero es posible que, progresivamente, adquiera mayor importancia otra capacidad: saber aprender, razonar, investigar y utilizar las herramientas disponibles para resolver problemas.

Una persona con una formación académica superior que no sepa aprovechar la inteligencia artificial podría encontrarse en desventaja frente a otra que, aun teniendo menos estudios, posea curiosidad, experiencia, capacidad de análisis y habilidad para utilizarla correctamente.

No sucederá en todos los campos ni en todas las circunstancias. Hay profesiones en las que la formación extensa y la experiencia práctica son irremplazables. Pero la posibilidad de combinar conocimientos de diferentes disciplinas puede abrir oportunidades que antes estaban fuera del alcance de muchas personas.

La gran ventaja no consiste en que una IA introduzca todo el conocimiento del mundo dentro de nuestra cabeza. Consiste en que nos permite acceder a una parte cada vez mayor de ese conocimiento cuando lo necesitamos, comprenderlo y aplicarlo a nuestros objetivos.

Conclusión

Creo que estamos entrando en una época en la que la capacidad de aprender puede adquirir tanta importancia como la formación académica tradicional.

La inteligencia artificial puede ayudar a una persona a comprender varias disciplinas, desarrollar proyectos, estudiar problemas y ampliar sus horizontes intelectuales. Pero para aprovecharla necesita curiosidad, perseverancia, razonamiento y una disposición permanente a comprobar lo que aprende.

No se trata de sustituir las universidades, despreciar a los especialistas ni afirmar que todo el mundo puede dominar cualquier profesión en unos meses. Se trata de reconocer que el acceso al conocimiento está cambiando profundamente.

Quizá dentro de veinte años miremos hacia atrás y nos sorprenda que, durante tanto tiempo, tantas personas tuvieran que renunciar a aprender determinadas materias porque no podían permitirse estudiar una carrera, comprar numerosos libros o dedicar años a una formación reglada.

La inteligencia artificial no resolverá todos nuestros problemas ni nos librará de cometer errores. Pero puede ofrecer a millones de personas una oportunidad que antes no tenían: aprender más, comprender mejor el mundo y desarrollar ideas que, sin esa ayuda, quizá nunca habrían podido llevar adelante.

Porque el verdadero valor de la inteligencia artificial no reside solamente en todo lo que sabe, sino en todo lo que puede ayudar a aprender a quienes desean saber más.

 

Normalmente, los padres que viven fuera de la ley no enseñan a sus hijos a delinquir

 


Normalmente, los padres que viven fuera de la ley no enseñan a sus hijos a delinquir

Por Bruno Perera

Existe en la sociedad humana una paradoja que merece ser analizada con detenimiento: muchas personas que se ganan la vida mediante actividades ilegales, que engañan, extorsionan, trafican o corrompen las instituciones, procuran, sin embargo, que sus hijos reciban una educación respetable y tengan un futuro alejado de la delincuencia.

Es una contradicción que nos invita a preguntarnos: ¿por qué quienes desprecian las leyes en su propia vida desean que sus hijos aprendan a respetarlas?

Pensemos en las grandes organizaciones mafiosas italianas que se establecieron en Estados Unidos, en los poderosos narcotraficantes colombianos, mexicanos, etc., y en determinados políticos corruptos que han utilizado sus cargos para enriquecerse. Muchos de ellos han procurado ofrecer a sus descendientes una vida cómoda, enviándolos a buenos colegios y universidades, con la esperanza de que lleguen a ocupar posiciones respetables en la sociedad.

En algunas familias de origen italiano vinculadas históricamente al crimen organizado, la educación religiosa también ha formado parte de esa aspiración. Sin embargo, conviene aclarar que no todas las familias mafiosas actúan de la misma manera ni todos sus hijos siguen el camino que sus padres desean.

Lo verdaderamente llamativo es que una persona puede pasar su vida quebrantando las leyes y, al mismo tiempo, considerar que esas mismas leyes son necesarias para proteger a sus hijos.

Al Capone: el poder criminal y la vida familiar

Uno de los ejemplos más conocidos de la historia del crimen organizado estadounidense es Al Capone, el famoso gánster que dominó buena parte del mundo criminal de Chicago durante la década de 1920, en los años de la prohibición del alcohol.

Capone construyó su poder mediante el contrabando de bebidas alcohólicas, el soborno y la violencia. Su organización llegó a convertirse en un símbolo de la capacidad de las redes criminales para acumular enormes fortunas mientras debilitaban las instituciones encargadas de perseguirlas.

Pero detrás del personaje público existía también un hombre con familia. Capone se casó con Mae Coughlin y tuvo un hijo, Albert Francis Capone, conocido como Sonny.

La existencia de esa familia nos permite plantear una cuestión interesante: ¿cómo podía alguien que había construido un imperio delictivo desear que su propio hijo tuviera una vida familiar normal y un futuro diferente?

La respuesta no tiene por qué encontrarse en una repentina transformación moral. Puede que, sencillamente, Capone distinguiera entre la vida que él había elegido y la que consideraba conveniente para su descendencia.

Quien conoce los peligros de un mundo dominado por las armas, las traiciones, las venganzas y las persecuciones policiales puede desear que sus hijos no tengan que soportar esas mismas amenazas.

El dinero puede proporcionar lujos, pero no garantiza la tranquilidad. Y una fortuna conseguida ilegalmente puede convertirse en una herencia acompañada de miedo, sospechas y problemas con la justicia.

Pablo Escobar: una fortuna que no podía comprar la seguridad

Otro caso que ilustra esta contradicción es el de Pablo Escobar, el narcotraficante colombiano que dirigió el poderoso cartel de Medellín y que murió el 2 de diciembre de 1993 durante un enfrentamiento con las fuerzas de seguridad colombianas.

Escobar acumuló una inmensa fortuna gracias al tráfico internacional de cocaína y construyó una organización responsable de una terrible ola de asesinatos, atentados, amenazas y corrupción.

Al mismo tiempo, cultivó una imagen de benefactor entre determinados sectores populares, financiando proyectos sociales y utilizando parte de su riqueza para ganar apoyo. Esa faceta no borra la violencia ni el sufrimiento que provocó su organización.

Su historia también permite reflexionar sobre el futuro de los hijos de quienes alcanzan un poder semejante.

¿Qué seguridad puede tener una familia cuando su riqueza procede de una actividad que enfrenta a su propietario con policías, jueces, organizaciones rivales y gobiernos? ¿Qué clase de herencia reciben los hijos cuando el dinero familiar está relacionado con la violencia y el miedo?

La muerte de Escobar puso fin a su vida, pero no eliminó todos los problemas que había generado el narcotráfico. Su familia tuvo que afrontar las consecuencias de su legado y buscar seguridad en medio de una situación extraordinariamente difícil.

La paradoja es evidente: el hombre que consiguió amasar una fortuna inmensa no pudo comprar una protección definitiva para sí mismo ni garantizar una vida libre de amenazas para sus seres queridos.

La moral: ¿un principio universal o una convención humana?

Aquí entramos en un terreno más profundo: el de la moral.

La moral es un conjunto de principios, valores y normas mediante los cuales los seres humanos juzgamos nuestras acciones y las de los demás. Aunque sus interpretaciones varían entre culturas y épocas, no podemos afirmar que carezca de relación con nuestra naturaleza. Nuestra capacidad de sentir empatía, cooperar y proteger a nuestros seres queridos también tiene raíces biológicas y sociales.

En la naturaleza encontramos comportamientos de competencia, lucha por los recursos y supervivencia, pero también cooperación, cuidado de las crías y protección del grupo.

Por tanto, no sería correcto decir que la naturaleza únicamente nos enseña a tomar lo que necesitamos sin pensar en los demás. La realidad es más compleja: la supervivencia puede impulsar tanto el enfrentamiento como la colaboración.

Sin embargo, los seres humanos hemos desarrollado sociedades en las que las leyes intentan establecer límites a nuestros deseos individuales. Sin ellas, la convivencia quedaría mucho más expuesta a la fuerza, el engaño y los abusos de quienes tienen mayor poder.

Lo curioso es que algunas personas aceptan la necesidad de esas reglas cuando se trata de proteger a su familia, pero las rechazan cuando les impiden alcanzar sus propios objetivos.

Un delincuente puede considerar que engañar a un desconocido es una manera de enriquecerse, pero enfurecerse si alguien engaña a su hijo. Un empresario corrupto puede pagar sobornos para conseguir contratos, pero desear que sus descendientes estudien, trabajen y obtengan sus títulos de manera legítima.

En otras palabras, puede que no rechacen por completo las normas morales: quizá las apliquen de manera selectiva, según sus intereses y los de las personas a las que quieren proteger.

¿Por qué no quieren que sus hijos sigan sus pasos?

Las razones pueden ser diversas.

En primer lugar, muchos padres conocen los riesgos de su propia actividad. Saben que la delincuencia puede conducir a la cárcel, a la pérdida de sus bienes, a la violencia o a una muerte prematura.

En segundo lugar, desean que sus hijos disfruten de un prestigio social que ellos mismos no pueden conseguir de manera legítima. Tener un hijo médico, ingeniero, abogado o empresario respetado puede representar para ellos una forma de reconocimiento que el dinero obtenido ilegalmente no les proporciona.

En tercer lugar, algunos pretenden romper el vínculo entre su pasado y el futuro de su familia. Quieren que sus hijos disfruten de las ventajas económicas que han acumulado, pero sin padecer las consecuencias personales y judiciales de sus actividades.

Y existe una cuarta posibilidad: que determinados padres quieran sinceramente a sus hijos y crean que una vida honrada es mejor, aunque ellos no hayan sido capaces de vivirla.

Pero aquí aparece otra contradicción. ¿Cómo se puede enseñar honestidad a un hijo mientras se le muestra, mediante el ejemplo cotidiano, que el engaño y la corrupción son caminos eficaces para conseguir dinero y poder?

Las palabras pueden recomendar una conducta, pero los hechos también educan. Un niño que observa cómo su padre obtiene beneficios mediante trampas puede acabar aprendiendo que la honestidad es un discurso para los demás, mientras que la astucia sin escrúpulos es el verdadero camino hacia el éxito.

Naturalmente, eso no significa que los hijos de delincuentes estén condenados a convertirse en delincuentes. Muchos rechazan el comportamiento de sus padres y construyen vidas completamente diferentes. Otros, por el contrario, pueden heredar no solo el patrimonio, sino también las relaciones, los negocios y las costumbres que mantienen viva una organización criminal.

Los políticos corruptos: otra cara de la misma paradoja

Esta reflexión no afecta únicamente a las mafias y al narcotráfico. También puede aplicarse a quienes utilizan el poder político para enriquecerse ilegalmente.

Un político corrupto puede pronunciar discursos sobre la justicia, la igualdad y el respeto a las instituciones mientras utiliza su posición para favorecer a determinados empresarios, cobrar comisiones o desviar fondos públicos.

Sin embargo, probablemente desee que sus hijos estudien en buenos centros educativos, obtengan titulaciones reconocidas y consigan empleos que les permitan vivir sin tener que recurrir a las prácticas que él mismo ha utilizado.

¿No resulta paradójico?

El dinero público pertenece a la sociedad y su utilización fraudulenta perjudica a ciudadanos que necesitan hospitales, carreteras, escuelas y servicios sociales. Pero quien se enriquece de esa manera puede terminar empleando parte de ese dinero en proporcionar a su familia una educación y unas oportunidades que otros ciudadanos difícilmente pueden permitirse.

La contradicción no consiste en querer un futuro mejor para los hijos. Eso es natural y comprensible. El problema aparece cuando se pretende conseguir ese futuro perjudicando a los demás y se reserva para la propia familia una moral distinta de la que se exige al resto de la sociedad.

Una herencia que va más allá del dinero

Al final, la cuestión más importante no es si los delincuentes quieren a sus hijos, sino qué clase de legado les dejan.

Una herencia puede estar formada por propiedades, empresas, cuentas bancarias y bienes materiales. Pero también puede incluir un apellido asociado a la delincuencia, enemigos, investigaciones judiciales, desconfianza social y una historia familiar difícil de explicar.

La verdadera riqueza de una familia no debería medirse únicamente por el dinero acumulado, sino también por la libertad de sus miembros para vivir sin miedo, desarrollar sus capacidades y relacionarse con los demás sin tener que ocultar el origen de su patrimonio.

Por eso, cuando un padre que ha vivido al margen de la ley intenta orientar a sus hijos hacia una vida honrada, está reconociendo, de alguna manera, que existen caminos mejores que el suyo.

La pregunta que queda en el aire es por qué, si considera que esos caminos son mejores para sus hijos, no los eligió también para sí mismo.

Quizá la respuesta sea que el ser humano no siempre actúa conforme a lo que considera correcto. A veces conoce la diferencia entre el bien y el mal, pero antepone la ambición, el poder, el miedo o el deseo de enriquecerse a sus propios principios.

Y esa es una de las grandes contradicciones de nuestra sociedad: muchas personas quieren que sus hijos vivan en un mundo más justo, pero no todas están dispuestas a contribuir a construirlo mediante sus propias acciones.

Porque, al fin y al cabo, no basta con educar a los hijos para que respeten la ley. También es necesario que los padres comprendan que la honestidad no debe ser una obligación reservada a las generaciones futuras, sino una responsabilidad que comienza con uno mismo.

 

viernes, 23 de octubre de 2026

Pienso que las IAs destruirán muchos libros, oficios y carreras profesionales

 


Pienso que las IAs destruirán muchos libros, oficios y carreras profesionales

Por Bruno Perera

Si pensamos en la antigua Biblioteca de Alejandría, considerada uno de los grandes centros del saber de la Antigüedad, podemos comprender la importancia que tiene conservar los conocimientos acumulados por la humanidad. Su historia ha quedado asociada a la pérdida de innumerables obras antiguas, aunque su destrucción no fue un único incendio, sino un proceso histórico complejo a lo largo de varios siglos.

Hoy nos encontramos ante una situación que, aunque muy diferente, podría tener consecuencias igualmente profundas para el futuro del conocimiento humano. Me refiero a la aparición y expansión de las inteligencias artificiales (IAs), unas herramientas capaces de proporcionar en segundos información que antes obligaba a muchas personas a consultar libros, enciclopedias, manuales y otros documentos, o a pagar a profesionales para obtener determinadas respuestas.

¿Podría suceder que, mientras las IAs acumulan y distribuyen conocimientos, la humanidad deje de escribir, comprar y conservar muchos de los libros que durante siglos han servido para transmitirlos?

Esta es una pregunta que merece ser meditada.

De las bibliotecas a las respuestas instantáneas

Durante siglos, los libros han sido una de las principales herramientas utilizadas por la humanidad para transmitir conocimientos de una generación a otra. Quien deseaba aprender un idioma, estudiar matemáticas, conocer las leyes, diseñar una máquina, construir una vivienda o comprender el funcionamiento de una industria debía recurrir a libros, acudir a una institución educativa o buscar a alguien que dominara esa materia.

Posteriormente, con la llegada de Internet, se facilitó enormemente el acceso a la información. Sin embargo, todavía era necesario buscar páginas, comparar documentos, leer artículos y dedicar tiempo a seleccionar aquello que resultaba útil.

Con las IAs se ha producido un cambio considerable. Ahora una persona puede formular una pregunta y recibir una explicación adaptada a sus necesidades en cuestión de segundos. Puede solicitar una traducción, pedir que le redacten una carta, consultar una fórmula matemática, comprender un concepto jurídico general o recibir orientación para resolver un problema técnico.

Y todo ello, en muchos casos, sin pagar nada.

Es lógico pensar que una parte de los lectores que antes compraban libros para adquirir determinados conocimientos prefiera ahora recurrir a una IA. ¿Para qué comprar un manual de cientos de páginas si una herramienta digital puede resumir sus principales conceptos y explicar las dudas que surjan durante la lectura?

Esta comodidad representa un avance extraordinario, pero también puede convertirse en un problema para quienes viven de escribir, editar, imprimir, distribuir y vender libros.

¿Qué ocurrirá con los escritores y las editoriales?

Imaginemos a un autor que dedica meses o años a escribir un libro sobre traducción, arquitectura, ingeniería, historia, economía o matemáticas. Después de terminarlo, debe buscar una editorial, asumir determinados gastos o invertir tiempo y dinero en promocionarlo, con la esperanza de que los lectores lo compren.

Sin embargo, cuando un usuario puede obtener gratuitamente una explicación sobre ese mismo tema, es posible que decida no adquirir la obra.

Esto no significa que todos los libros vayan a desaparecer ni que las IAs puedan sustituir por completo a sus autores. Una obra literaria, una investigación original, una biografía bien documentada o un libro que transmita la experiencia personal de su autor pueden ofrecer mucho más que una simple recopilación de información.

Pero existe un riesgo económico evidente: si disminuye la demanda de determinados libros, algunos escritores podrían perder ingresos, ciertas editoriales podrían dejar de publicar obras especializadas y las librerías podrían verse obligadas a reducir su oferta.

También podrían verse perjudicados los traductores, correctores, ilustradores, diseñadores gráficos y otros profesionales relacionados con la producción editorial.

El problema no consiste únicamente en que se vendan menos libros. La cuestión es qué ocurrirá con la producción de nuevos conocimientos si quienes dedican su vida a investigarlos y divulgarlos dejan de encontrar una remuneración suficiente por su trabajo.

Los oficios y las carreras profesionales también están en peligro

La influencia de las IAs no se limita al mundo editorial. Sus efectos pueden extenderse a numerosas profesiones y actividades económicas.

En traducción, por ejemplo, ya existen herramientas capaces de traducir textos en pocos segundos. En redacción, pueden preparar artículos, informes y cartas. En matemáticas, ayudan a resolver ejercicios y explicar procedimientos. En diseño, generan imágenes y propuestas visuales. En programación, escriben y revisan código. En administración, automatizan tareas que antes exigían horas de trabajo humano.

Incluso en determinadas actividades relacionadas con la arquitectura, la ingeniería, el asesoramiento jurídico y la contabilidad, las IAs pueden realizar parte del trabajo que anteriormente correspondía a profesionales especializados.

Esto no significa que puedan asumir sin supervisión todas las responsabilidades de esas profesiones. Una respuesta jurídica puede ser incorrecta, un cálculo de ingeniería puede contener errores y una explicación médica puede resultar incompleta. Por ello, la experiencia humana, la comprobación de los datos y la responsabilidad profesional continúan siendo fundamentales.

No obstante, aunque las IAs no eliminen por completo una profesión, sí podrían reducir la cantidad de trabajadores necesarios para realizar ciertas tareas. Y cuando una empresa descubre que puede producir lo mismo con menos personal, es razonable pensar que intentará aprovechar esa ventaja para reducir costes.

Por tanto, no solo debemos preguntarnos cuántos libros dejarán de venderse, sino también cuántos puestos de trabajo podrían desaparecer, transformarse o quedar reservados a quienes sepan utilizar estas nuevas herramientas.

El peligro de que dejemos de aprender por nosotros mismos

Existe otro aspecto que considero especialmente importante.

Una cosa es utilizar una IA para ampliar nuestros conocimientos y otra muy diferente es acostumbrarnos a preguntarle todo sin realizar ningún esfuerzo por comprender las respuestas.

Leer un libro exige concentración, paciencia y capacidad para relacionar unas ideas con otras. Nos obliga a detenernos, reflexionar, comparar argumentos y, en ocasiones, discrepar con el autor. Ese proceso puede contribuir a desarrollar el pensamiento crítico y la capacidad de análisis.

En cambio, si nos limitamos a formular preguntas y aceptar automáticamente las respuestas de una IA, corremos el riesgo de convertirnos en personas dependientes de una herramienta cuyo funcionamiento no comprendemos completamente.

Además, las IAs pueden equivocarse, presentar información desactualizada o transmitir afirmaciones que parecen ciertas sin serlo. Si perdemos la costumbre de consultar fuentes independientes y contrastar los datos, podríamos acabar aceptando errores como si fueran verdades.

El verdadero conocimiento no consiste únicamente en recibir información. También consiste en saber interpretarla, comprobarla y utilizarla correctamente.

Por eso, considero que las escuelas, los institutos y las universidades deberían enseñar a utilizar las IAs, pero sin abandonar la lectura, la escritura, las matemáticas ni el aprendizaje de los fundamentos de cada materia. Una persona que comprende aquello que hace puede aprovechar mejor una herramienta inteligente que otra que se limita a copiar sus resultados.

¿Podrían las bibliotecas convertirse en las memorias de las IAs?

Aquí llegamos a una de las cuestiones que más me preocupan.

Si en el futuro una parte importante de la población deja de comprar libros porque obtiene respuestas a través de las IAs, podría disminuir el incentivo económico para escribir y publicar determinadas obras. Con el tiempo, algunas editoriales cerrarían, ciertos títulos dejarían de reeditarse y numerosos conocimientos podrían quedar dispersos en archivos digitales difíciles de localizar.

Mientras tanto, las IAs continuarían ofreciendo respuestas a millones de personas, dando la impresión de que todo el conocimiento está permanentemente disponible.

Pero ¿qué sucedería si una empresa cerrara sus servicios, una plataforma perdiera sus archivos, un sistema dejara de funcionar o una crisis tecnológica interrumpiera el acceso a sus datos?

No es necesario imaginar que todas las IAs desaparezcan de un día para otro para comprender el peligro. Bastaría con que una parte importante del conocimiento estuviera concentrada en unos pocos sistemas privados, inaccesibles para el público o dependientes de infraestructuras que dejaran de funcionar.

No obstante, hay una diferencia importante respecto a la antigua Biblioteca de Alejandría: hoy disponemos de libros impresos, bibliotecas públicas, archivos nacionales, universidades, bases de datos y copias digitales distribuidas por numerosos lugares. La desaparición de una IA no borraría automáticamente todos los libros ni todos los conocimientos existentes.

El riesgo aparecería si, confiados en que las máquinas siempre nos proporcionarán las respuestas, dejáramos de conservar adecuadamente las fuentes originales de las que procede una parte de ese conocimiento.

Por eso, las bibliotecas físicas y digitales, los archivos públicos y la conservación de documentos deben seguir desempeñando un papel esencial. El saber humano no debería depender exclusivamente de la memoria de una máquina ni de la voluntad de una empresa.

¿Quién será dueño del conocimiento en el futuro?

También debemos considerar el poder económico que podría concentrarse en las empresas que desarrollan y controlan las IAs más avanzadas.

Un libro puede comprarse, prestarse, conservarse durante décadas y consultarse sin necesidad de conectarse a un servicio digital. Una IA comercial, en cambio, puede depender de una suscripción, de una conexión a Internet, de las condiciones de uso de una compañía o de decisiones empresariales que el usuario no controla.

Hoy algunas herramientas ofrecen acceso gratuito, pero nada garantiza que todas sus prestaciones continúen siendo gratuitas en el futuro. Las empresas necesitan financiar sus infraestructuras, pagar a sus trabajadores y obtener ingresos.

Podría darse la paradoja de que, después de acostumbrarnos a consultar gratuitamente conocimientos que antes comprábamos en libros, termináramos dependiendo de servicios de pago para acceder a determinadas respuestas.

Y si, al mismo tiempo, se redujera la producción de libros independientes, los ciudadanos podrían encontrarse con menos alternativas para consultar información fuera de esas plataformas.

Por eso considero necesario fomentar la conservación pública del conocimiento, las bibliotecas abiertas, los archivos accesibles y la publicación de obras que puedan consultarse sin depender de una única empresa.

¿Desaparecerán los libros?

Personalmente, no creo que los libros desaparezcan por completo. Siempre habrá personas que disfruten leyendo novelas, investigando la historia, estudiando una materia en profundidad o conservando una obra que consideren importante.

También continuarán existiendo libros escolares, universitarios, científicos, técnicos y especializados. Es posible, sin embargo, que cambie su función y que algunas categorías pierdan una parte importante de sus lectores y compradores.

Quizá en el futuro se vendan menos manuales destinados exclusivamente a responder preguntas sencillas, mientras que ganen importancia las obras que ofrezcan investigaciones originales, experiencias profesionales, explicaciones profundas y conocimientos difíciles de sustituir mediante una respuesta breve.

El problema es que todavía no sabemos hasta dónde llegará esta transformación. Lo que sí parece razonable es esperar cambios importantes en el mercado editorial y en las profesiones vinculadas a la producción y transmisión del conocimiento.

La sociedad tendrá que encontrar nuevas formas de remunerar a quienes investigan, escriben y crean, sin impedir que los ciudadanos puedan beneficiarse de las ventajas de las nuevas tecnologías.

Mi reflexión final

La humanidad ha tardado miles de años en acumular el conocimiento que hoy nos permite construir ciudades, desarrollar medicamentos, fabricar máquinas, explorar el espacio y comprender buena parte del universo. Ese conocimiento no apareció de la nada: fue el resultado del esfuerzo de incontables generaciones de personas que observaron, experimentaron, investigaron, escribieron y transmitieron sus descubrimientos.

Las IAs pueden ayudarnos a aprovechar ese legado de una forma más rápida y accesible. Sería absurdo rechazar sus ventajas por miedo al cambio. Pero también sería un error pensar que, porque una máquina puede responder a nuestras preguntas, ya no necesitamos libros, escritores, investigadores, profesores ni profesionales especializados.

Una IA puede ayudarnos a encontrar una respuesta, pero debemos seguir preguntándonos de dónde procede, si es correcta y qué fuentes permiten comprobarla.

Mi temor es que, en nuestra carrera por obtenerlo todo de manera instantánea, terminemos debilitando precisamente aquello que hizo posible la creación de las IAs: el conocimiento acumulado por los seres humanos.

Si dejamos de comprar determinados libros, si los autores dejan de encontrar motivos económicos para escribirlos y si numerosas profesiones pierden su razón de ser, podríamos encontrarnos dentro de unas décadas con una sociedad tecnológicamente más avanzada, pero mucho más dependiente de unas pocas empresas que controlen el acceso a la información.

Y entonces la pregunta sería inevitable: ¿habremos utilizado la inteligencia artificial para ampliar el conocimiento humano o habremos permitido que nuestra dependencia de ella reduzca nuestra capacidad de producirlo, conservarlo y transmitirlo?

La antigua Biblioteca de Alejandría nos recuerda que el conocimiento puede perderse cuando no se protege adecuadamente. La diferencia es que hoy no necesitamos esperar a que un incendio destruya nuestros libros. Bastaría con que dejáramos de escribirlos, publicarlos, comprarlos y conservarlos, convencidos de que ya no los necesitamos.

Por ello, creo que debemos aprovechar las ventajas de las IAs, pero sin abandonar los libros ni despreciar el trabajo de quienes dedican su vida a crear conocimiento. Porque una civilización no demuestra su inteligencia únicamente por las respuestas que consigue obtener, sino también por su capacidad para conservar lo aprendido y seguir descubriendo cosas nuevas.

No permitamos que, en nombre del progreso, el conocimiento humano termine convertido en un servicio del que dependamos, en lugar de un patrimonio que todos contribuyamos a enriquecer y conservar.