domingo, 17 de mayo de 2026
¿Espía y controla el Gobierno de los EE.UU. a todas las naciones con una IA cuántica secreta?
¿Espía y controla el Gobierno de los EE.UU. a todas las naciones con una IA cuántica secreta?
Por Bruno
Perera
Durante los últimos años, la inteligencia
artificial ha avanzado a una velocidad que parecía imposible hace apenas una
década. Al mismo tiempo, la computación cuántica ha dejado de ser una teoría de
laboratorio para convertirse en uno de los principales objetivos estratégicos
de las grandes potencias mundiales. La pregunta que muchos comienzan a hacerse
es inevitable: ¿y si Estados Unidos ya hubiera logrado combinar ambas
tecnologías en secreto?
La idea de una “IA cuántica” capaz de superar
ampliamente a la inteligencia artificial convencional suena a ciencia ficción,
pero no deja de ser una posibilidad que alimenta debates geopolíticos,
militares y tecnológicos. Oficialmente, no existe ninguna prueba pública que
confirme que Estados Unidos posea una IA cuántica plenamente operativa. Sin
embargo, existen múltiples indicios que llevan a pensar que el nivel
tecnológico real de ciertos proyectos secretos podría estar muy por delante de
lo que se muestra públicamente.
Estados Unidos lleva décadas dominando buena parte
de la investigación mundial en inteligencia artificial, supercomputación y
tecnologías militares avanzadas. Universidades como el Massachusetts Institute
of Technology, Stanford University o Carnegie Mellon University han sido
centros fundamentales en el desarrollo de algoritmos, robótica y sistemas de
aprendizaje automático. A ello se suman gigantes tecnológicos como Google, IBM,
Microsoft y OpenAI, que invierten miles de millones de dólares en IA y
computación cuántica.
Muchos científicos e ingenieros chinos estudiaron
durante años en universidades estadounidenses o trabajaron en empresas
tecnológicas de Silicon Valley antes de regresar a China. Esto ayudó
enormemente al desarrollo tecnológico chino, pero también consolidó la ventaja
histórica estadounidense en investigación avanzada. Aunque China ha
desarrollado ya un ecosistema científico propio muy potente, la infraestructura
tecnológica y militar norteamericana continúa siendo una de las más
sofisticadas del planeta.
Las sospechas sobre proyectos secretos aumentan
cuando se observan ciertas operaciones de inteligencia y ciberseguridad
atribuidas a Estados Unidos. En la era moderna, el espionaje ya no depende
únicamente de agentes infiltrados; hoy se libra una guerra invisible basada en
satélites, vigilancia digital, malware, intercepción de comunicaciones y
análisis masivo de datos mediante inteligencia artificial.
Algunos analistas y observadores sostienen que
determinadas operaciones extremadamente complejas podrían ser indicios de
tecnologías mucho más avanzadas de lo que se reconoce públicamente. Entre las
teorías más comentadas se encuentra la posibilidad de que durante episodios de
tensión con Irán, sistemas estadounidenses hubieran logrado infiltrarse en
redes de vigilancia urbana y cámaras de seguridad de Teherán para rastrear
movimientos de altos cargos y estructuras gubernamentales -y así eliminarlos-.
Aunque no existen pruebas públicas concluyentes que confirmen estas
afirmaciones, quienes defienden la hipótesis de una IA cuántica secreta
consideran que operaciones de ese nivel requerirían capacidades tecnológicas
muy superiores a las conocidas oficialmente.
Desde esta perspectiva, algunos creen que Estados
Unidos podría disponer de herramientas capaces de procesar enormes cantidades
de información en tiempo real, romper sistemas de cifrado complejos y coordinar
operaciones cibernéticas con una precisión extraordinaria. Para los defensores
de esta teoría, la computación cuántica aplicada a la inteligencia artificial
sería el núcleo oculto de esa ventaja estratégica.
Sin embargo, conviene mantener la prudencia. La
mayoría de expertos coinciden en que la computación cuántica todavía enfrenta
enormes obstáculos técnicos. Los qubits, que son la base de estos sistemas,
continúan siendo extremadamente inestables. Mantener coherencia cuántica
durante largos periodos y corregir errores sigue siendo uno de los mayores
desafíos científicos actuales.
Esto significa que una verdadera “super IA
cuántica” probablemente todavía no exista de forma plenamente funcional, al
menos según la información disponible públicamente. No obstante, también es
cierto que la historia demuestra que las potencias militares suelen mantener en
secreto tecnologías avanzadas durante años antes de revelarlas oficialmente.
Durante la Segunda Guerra Mundial, proyectos como
el Manhattan Project permanecieron ocultos hasta que sus resultados cambiaron
el equilibrio mundial. Algo similar ocurrió con numerosos desarrollos
relacionados con satélites, internet o sistemas de espionaje electrónico, que
fueron inicialmente programas militares clasificados.
Por ello, algunos analistas consideran plausible
que existan proyectos estadounidenses altamente secretos relacionados con
inteligencia artificial avanzada y computación cuántica híbrida. La gran
incógnita es hasta qué punto habrían progresado realmente.
Lo cierto es que la actual competencia entre
United States y China por dominar la inteligencia artificial, los
semiconductores y la computación cuántica representa una nueva forma de guerra
fría tecnológica. El país que consiga primero una ventaja decisiva en estas
áreas podría alterar profundamente el equilibrio económico, militar y político
del mundo.
Quizá la IA cuántica todavía no exista tal como
la imaginamos. O quizá ya esté desarrollándose detrás de puertas cerradas,
lejos del conocimiento público. En un escenario internacional donde la
información es poder, el secreto tecnológico puede convertirse en el arma más
valiosa de todas.
Nota: En Internet circula
la idea de que EE. UU. ya dispone de drones controlados por IA capaces de
detectar los latidos del corazón de una persona escondida hasta 10 metros bajo
tierra. Sin embargo, esa afirmación está muy exagerada y muchos científicos la
cuestionan.
Lo que sí es
real es que existen radares avanzados capaces de detectar respiración y latidos
a través de paredes, escombros u otros obstáculos. De hecho, algunas de estas
tecnologías se han probado en drones y se utilizan principalmente en rescates y
aplicaciones militares.
Pero
detectar a alguien bajo tierra compacta es otra historia muy distinta. El suelo
bloquea mucho más las señales que unos escombros o una pared, por lo que hablar
de personas localizadas a 10 metros bajo tierra no está respaldado por
evidencias sólidas.
Además,
cuando se menciona “IA”, normalmente no se refiere a una inteligencia
artificial futurista, sino a programas que ayudan a analizar e interpretar las
señales captadas por el radar.
En resumen:
la tecnología existe y tiene capacidades sorprendentes, pero muchas
publicaciones virales exageran bastante lo que realmente puede hacer hoy en
día.
............................
Apostilla.
La IA ya
está integrada en casi todo: buscadores, móviles, redes sociales, asistentes de
voz, recomendaciones de contenido… mucha gente la usa a diario sin llamarla
“IA” ni pensar en ello.
El mejor
dispositivo no es tanto una cuestión de que un ordenador sea “más seguro” o
“más avanzado” por sí mismo, sino de lo que quieres hacer:
1. Un móvil te da acceso
rápido, suficiente para uso cotidiano.
2. Un portátil o
sobremesa te da más comodidad para escribir, investigar, programar o trabajar
con herramientas más potentes.
3. La seguridad depende
más de cómo configuras el sistema, las contraseñas, las actualizaciones y qué
servicios usas, no solo del tipo de dispositivo.
Dicho eso,
sí es verdad que para crear contenido largo, analizar, trabajar con documentos
o usar varias herramientas a la vez, un ordenador facilita mucho las cosas.
Y sobre la
percepción de la IA, también es normal que haya críticas y desconfianza: como
pasó con internet, las redes sociales o cualquier tecnología nueva, primero se
ve con sospecha, luego se integra, y finalmente se vuelve invisible en la vida
diaria.
La
diferencia importante ahora es que la IA no es solo una herramienta pasiva:
también influye en cómo se filtra información, cómo se recomiendan contenidos y
cómo se generan textos o decisiones. Por eso el debate no es tanto “si usarla o
no”, sino cómo usarla y con qué nivel de criterio.
sábado, 16 de mayo de 2026
Sin la existencia del Big Bang, quizás tampoco existiría Dios
Sin la
existencia del Big Bang, quizás tampoco existiría Dios
Por Bruno
Perera
La pregunta sobre el origen del universo ha acompañado a la humanidad desde
mucho antes de la ciencia moderna. Durante siglos, brujos, chamanes, religiosos, filósofos y
astrónomos intentaron responder a la misma incógnita: ¿cómo empezó todo? Hoy,
el modelo cosmológico del Big Bang es la explicación científica más aceptada
sobre el nacimiento del universo observable. Sin embargo, su existencia abre
otra cuestión todavía más profunda: si el Big Bang nunca hubiese ocurrido,
¿existiría Dios?
Aunque la respuesta depende de la perspectiva filosófica o religiosa de
cada persona, explorar esta idea obliga a replantear conceptos fundamentales
como el tiempo, el espacio, la existencia y la propia noción de divinidad.
El Big Bang no fue una explosión común. Muchas personas
imaginan el Big Bang como una gigantesca explosión en medio de un vacío oscuro.
Pero la cosmología moderna describe algo diferente: no fue una explosión
“dentro” del espacio, sino el nacimiento y expansión del propio espacio-tiempo.
Antes de ese instante inicial no existían galaxias, estrellas ni planetas.
Tampoco existía el tiempo tal como lo entendemos. El universo entero estaba
concentrado en un estado extremadamente caliente y denso que comenzó a
expandirse hace aproximadamente 13.800 millones de años.
La teoría está respaldada por múltiples evidencias:
1.
La expansión de las galaxias observada por Edwin
Hubble.
- La
radiación cósmica de fondo descubierta por Arno Penzias y Robert Wilson.
- La
abundancia de elementos ligeros como hidrógeno y helio.
En otras palabras, todo lo físico que conocemos parece surgir a partir de
ese origen cósmico.
Sin Big Bang, probablemente no habría universo. Si eliminamos
el Big Bang de la ecuación, desaparece también el universo observable. No
habría materia, energía, gravedad ni estructuras cósmicas. Tampoco existirían
las leyes físicas conocidas.
Pero la consecuencia más radical sería otra: tampoco existirían el espacio
y el tiempo.
La física moderna, especialmente la Theory of Relativity, describe el
espacio y el tiempo como partes de una misma estructura: el espacio-tiempo. Si
el universo nunca hubiese comenzado, hablar de un “antes” pierde sentido,
porque el tiempo mismo dejaría de existir.
Aquí aparece una paradoja filosófica fascinante: si no existe tiempo,
tampoco puede existir un “momento” en el que algo ocurra o exista.
Entonces, ¿qué pasa con Dios? La cuestión de
Dios entra en un terreno distinto al científico. La ciencia estudia fenómenos
observables y medibles; Dios pertenece al ámbito de la metafísica y la
teología. Aun así, el Big Bang cambió profundamente el debate religioso.
Durante siglos, algunos filósofos consideraban el universo eterno. Sin
embargo, el descubrimiento de un comienzo cósmico parecía acercar la ciencia a
la idea de creación.
Paradójicamente, también abrió nuevas dudas.
Si el tiempo nace con el universo, ¿puede existir un ser “antes” del
tiempo? Y si no existe espacio, ¿dónde estaría Dios?
La idea clásica de un Dios fuera del tiempo. Las religiones
monoteístas tradicionales suelen responder que Dios no está dentro del
universo. Según esta visión, Dios sería trascendente: existiría fuera del
espacio y del tiempo.
Para el cristianismo, el judaísmo y el islam, Dios no sería una entidad
física ubicada en algún rincón del cosmos. Más bien sería la causa última de la
existencia misma.
Bajo esta interpretación, incluso sin Big Bang Dios seguiría existiendo,
porque no dependería del universo material.
Sin embargo, esta idea genera preguntas complejas:
1.
¿Qué significa existir sin tiempo?
- ¿Puede
haber pensamiento o voluntad sin un antes y un después?
- ¿Tiene
sentido hablar de “existencia” fuera de cualquier realidad física?
Filósofos contemporáneos y físicos teóricos han debatido estas cuestiones
durante décadas sin llegar a una respuesta definitiva.
La visión atea y naturalista. Desde
posiciones ateas o naturalistas, la situación es distinta. Si el universo
físico es toda la realidad existente, entonces sin Big Bang no habría
absolutamente nada.
En esta perspectiva, Dios sería una construcción humana nacida dentro de
cerebros evolucionados en el universo. Sin seres humanos, culturas ni lenguaje,
tampoco existiría el concepto de Dios.
Por eso algunos pensadores sostienen una idea provocadora: sin universo,
Dios tampoco existiría, al menos como idea concebible.
Aquí el título de este artículo adquiere sentido filosófico: “Sin la
existencia del Big Bang tampoco existiría Dios”.
No necesariamente porque Dios dependa físicamente del Big Bang, sino porque
toda noción de divinidad podría depender de la existencia de un universo
consciente capaz de formularla.
¿Puede existir algo fuera de la realidad? Uno de los
problemas más difíciles de imaginar es la idea de “nada absoluta”.
La mente humana siempre imagina un vacío oscuro, pero incluso un vacío
necesita espacio. La nada verdadera no tendría dimensiones, tiempo, energía ni
posibilidad de cambio.
Algunos físicos, como Stephen Hawking, propusieron que preguntar qué había
antes del Big Bang podría ser parecido a preguntar qué hay al norte del Polo
Norte: la pregunta pierde significado.
Otros científicos y filósofos creen que podrían existir multiversos, ciclos
eternos o realidades más profundas detrás del Big Bang. Pero hasta hoy no
existen pruebas definitivas.
Ciencia y fe: dos lenguajes distintos. La cosmología
no ha demostrado la existencia de Dios, pero tampoco la ha refutado. Ciencia y religión
suelen operar en planos distintos:
1.
La ciencia pregunta “cómo”.
- La
filosofía y la religión preguntan “por qué”.
El conflicto aparece cuando una intenta responder completamente el terreno
de la otra.
El Big Bang explica el desarrollo del universo observable con enorme
precisión matemática. Pero todavía no responde por qué existen leyes físicas,
por qué hay algo en vez de nada o si la realidad tiene un propósito.
Una pregunta que probablemente nunca desaparecerá.
Quizá la mayor enseñanza de esta cuestión sea reconocer los límites del
conocimiento humano.
El universo observable contiene cientos de miles de millones de galaxias,
cada una con miles de millones de estrellas. Y aun así, seguimos sin saber con
certeza qué ocurrió en el primer instante de la existencia o si algo
trascendente existe más allá de ella.
Tal vez Dios exista independientemente del cosmos.
Tal vez Dios sea una idea nacida dentro del propio universo.
O tal vez ambas posibilidades sean insuficientes para describir una
realidad que todavía no comprendemos.
Lo único claro es que, sin el Big Bang, no existirían las condiciones
necesarias para que nosotros formuláramos la pregunta. Y eso convierte al
origen del universo no solo en un problema científico, sino también en uno
profundamente humano.
viernes, 15 de mayo de 2026
La soledad te llama a la puerta cuando no respondes
La soledad
te llama a la puerta cuando no respondes
Por Bruno
Perera
Hay momentos que no parecen importantes cuando
están pasando.
No tienen música de fondo ni frases memorables.
Nadie se gira para decirte: “acuérdate de esto”. Ocurren despacio, escondidos
dentro de tardes normales, mientras el viento mueve una cortina o el mar
respira al otro lado de la avenida.
Recuerdo una playa pequeña casi vacía al final de
septiembre.
La arena todavía guardaba el calor del día y el
agua estaba tranquila, como cansada después de todo el verano. Tú caminabas
descalza cerca de la orilla, dibujando líneas absurdas con el pie, y yo fingía
escuchar lo que decías mientras miraba cómo el sol te convertía el pelo en algo
naranja y dorado.
En aquel momento quería estar en cualquier otro
sitio.
Eso es lo terrible de algunas felicidades: llegan silenciosas y uno las
confunde con rutina.
Después la vida hace lo suyo.
La gente cambia de ciudad. Cambia de cuerpo. Cambia de voz. Los mensajes se
vuelven más cortos hasta desaparecer. Y un día descubres que darías cualquier
cosa por volver a aquella tarde donde no estaba pasando “nada”.
A veces la memoria no guarda grandes
acontecimientos.
Guarda detalles.
El sabor salado de un beso después de salir del
agua.
Una toalla compartida porque empezaba a refrescar.
Tus piernas llenas de arena sobre mi asiento del coche.
El ruido de las olas entrando por la ventana en mitad de la noche.
Ahora entiendo que aquello no era aburrimiento.
Era paz.
Una paz tan completa que no necesitaba demostrar
nada.
Creo que crecer tiene algo cruel.
Te convierte en arqueólogo de momentos que no supiste vivir del todo. Vas
excavando recuerdos pequeños, intentando rescatar versiones antiguas de ti
mismo entre conversaciones rotas y fotografías borrosas.
Y entonces llega la soledad.
No entra de golpe.
No rompe ventanas ni hace ruido. La soledad llama a la puerta cuando dejas de
responderle a la vida. Cuando empiezas a sobrevivir en vez de sentir. Cuando
pasas demasiado tiempo diciéndote “ya habrá tiempo”.
Pero el tiempo casi nunca espera.
Ahora, algunas noches, camino cerca del mar y me
ocurre algo extraño. El viento huele igual que entonces. Las farolas iluminan
la arena mojada igual que aquella noche. Y durante unos segundos siento que
todavía podría verte aparecer desde lejos, con el pelo húmedo y los zapatos en
la mano.
Entonces comprendo que hay recuerdos que no
duelen porque terminaron.
Duelen porque fueron reales pero que no supiste
aprovechar.
jueves, 14 de mayo de 2026
El Gobierno español no dijo toda la verdad al Gobierno canario sobre lo que acontecía a bordo del M/v. Hondius
Por Bruno
Perera
El viaje del M/v. Hondius acabó convirtiéndose en
uno de los episodios sanitarios marítimos más controvertidos de los últimos
años. Lo que comenzó como una expedición de turismo polar terminó
transformándose en una crisis internacional marcada por muertes, contagios,
cuarentenas y decisiones políticas que todavía hoy generan dudas y críticas.
La salida
desde Ushuaia. El M/v. Hondius zarpó el 1 de abril de 2026 desde
Ushuaia, Argentina, para realizar una travesía de expedición por el Atlántico
Sur. A bordo viajaban alrededor de 170 personas entre pasajeros y tripulación,
procedentes de numerosos países europeos y americanos.
Durante los primeros días el viaje transcurrió
con normalidad mientras el barco navegaba hacia las islas subantárticas y
posteriormente hacia el Atlántico central. Sin embargo, días después comenzaron
a aparecer los primeros síntomas de una enfermedad que inicialmente no fue
identificada con claridad.
El primer caso grave correspondió a un pasajero
neerlandés de 70 años que empezó a encontrarse mal durante la travesía. El
hombre falleció a bordo el 11 de abril. En aquel momento su muerte fue
considerada inicialmente natural, aunque posteriormente las investigaciones
apuntaron a que había sido una de las primeras víctimas del brote de
hantavirus.
Escalas en
Tristan da Cunha y Santa Elena. El barco
continuó su ruta e hizo escala en Tristan da Cunha, uno de los lugares
habitados más aislados del planeta. Más tarde llegó a Santa Elena, donde fue
desembarcado el cuerpo del pasajero fallecido.
En esa etapa varios pasajeros abandonaron el
barco sin conocer todavía la magnitud real del problema sanitario que se estaba
desarrollando a bordo. Posteriormente algunos de ellos serían localizados y
sometidos a vigilancia médica en distintos países.
La situación empeoró todavía más cuando la esposa
del primer fallecido, que había desembarcado en Santa Elena y viajado
posteriormente a Sudáfrica, murió también días después. A partir de ese momento
comenzaron a dispararse las alarmas internacionales.
El virus ya
estaba propagándose a bordo. Cuando el
Hondius se dirigía hacia Cabo Verde, los médicos presentes en el barco ya
conocían que existían pasajeros infectados o con síntomas compatibles con
hantavirus, concretamente con la variante Andes, una de las pocas cepas
conocidas capaces de transmitirse entre personas.
A bordo comenzaba a extenderse el temor a que el
barco se convirtiera en un foco masivo de contagio.
El principal problema era la duración de la
navegación restante. Desde Cabo Verde hasta Holanda todavía quedaban muchos
días de viaje en un entorno cerrado, con pasajeros compartiendo zonas comunes,
comedores, pasillos, ascensores y sistemas de ventilación.
Los médicos sabían que continuar hacia el norte
de Europa podía provocar una cadena de contagios mucho mayor entre pasajeros y
tripulación.
Por ello, muchos consideran que posteriormente se
tomó la decisión de desembarcar pasajeros y parte de la tripulación en Tenerife
para evitar que el barco llegara a convertirse en una auténtica bomba
epidemiológica flotante durante la travesía hacia Holanda.
Cabo Verde: el
puerto más cercano. El 3 de mayo el M/v. Hondius llegó frente a las
costas de Praia, en Cabo Verde. Para entonces ya existían sospechas muy serias
de un brote infeccioso grave a bordo.
Las autoridades caboverdianas activaron
protocolos de emergencia sanitaria y enviaron ayuda médica y suministros al
barco. Sin embargo, el Gobierno de Cabo Verde consideró que no disponía de
capacidad hospitalaria suficiente para gestionar una evacuación masiva de
pasajeros posiblemente infectados.
El Hondius permaneció fondeado mientras se
realizaban evacuaciones médicas selectivas y se analizaba cómo actuar ante una
situación extremadamente delicada.
La Ley del Mar
y el debate jurídico. El caso abrió además un
importante debate sobre la aplicación de la llamada Ley del Mar.
El derecho marítimo internacional obliga a
prestar auxilio a un barco en peligro cuando existe riesgo para la vida humana.
Históricamente, esto se refiere a situaciones como:
1.
incendios a bordo,
- hundimientos,
- averías graves,
- pérdida de gobierno,
- o cualquier emergencia que amenace directamente la supervivencia del
barco y de las personas embarcadas.
En esos casos, el rescate y el desembarco suelen
realizarse en el puerto seguro más cercano.
En el caso del Hondius, ese puerto más cercano
era Cabo Verde.
El Artículo 98 de la Ley del Mar-Convemar,
establece el deber de prestar auxilio a personas en peligro en el mar.
“Todo capitán de un buque tendrá la obligación,
siempre que pueda hacerlo sin grave peligro para el buque, su tripulación o sus
pasajeros, de prestar auxilio a toda persona que se encuentre en peligro de
desaparecer en el mar.”
Ese artículo también obliga a:
- acudir rápidamente al rescate cuando se reciba una señal de socorro;
- auxiliar a personas náufragas;
- y cooperar en operaciones de búsqueda y salvamento marítimo. (Y el
barco socorrido con la tripulación y pasajeros si los hay, debe siempre
desembarcarse en el puerto más cercano)
Sin embargo, una epidemia a bordo plantea una
situación completamente distinta. Ningún Estado está obligado automáticamente a
aceptar el desembarco inmediato de personas infectadas por una enfermedad
potencialmente peligrosa para su propia población.
Por ello, el socorro prestado en estos casos
suele limitarse a:
1.
asistencia médica,
- suministro sanitario,
- evacuaciones controladas,
- y autorización para dirigirse a otro puerto bajo vigilancia sanitaria.
Eso fue precisamente lo que ocurrió en Cabo
Verde. El país prestó ayuda médica y logística, pero evitó permitir una
evacuación masiva por miedo a desencadenar un brote en tierra.
Rumbo a
Canarias. Tras varios días de incertidumbre, España aceptó
recibir el barco en Canarias.
Sin embargo, la llegada y estancia del Hondius en
Tenerife desde el domingo 10 de mayo de este año hasta el lunes 11 del mismo
mes y año, estuvo rodeada desde el primer momento de polémica y acusaciones de
falta de transparencia.
Diversas voces sostienen que el Gobierno español
no trasladó al Gobierno de Canarias toda la información real sobre la situación
sanitaria existente a bordo. Según esas críticas, las autoridades canarias no
habrían sido informadas con total claridad sobre el número real de casos
sospechosos habidos abordo, el riesgo de transmisión entre personas y la
gravedad potencial del brote.
Oficialmente se habló de que las personas habidas
abordo estaban todas asintomáticas, otras que la situación estaba controlada sobre
casos aislados, pero para entonces ya existían pasajeros fallecidos, evacuaciones
médicas internacionales y múltiples sospechas de contagio.
Muchos consideran que el Gobierno español intentó
evitar alarma social y facilitar la operación de desembarco en Tenerife
minimizando públicamente el alcance real de la emergencia sanitaria.
Tenerife y el
desembarco. Finalmente, todos los pasajeros y parte de la
tripulación fueron desembarcados en Tenerife bajo fuertes medidas sanitarias y
de aislamiento hasta el aeropuerto de Granadilla que está localizado a unos 10
minutos en automóvil desde el puerto donde se hallaba el Hondius fondeado.
Desde dicho aeropuerto aviones medicalizadas de diferentes países vinieron a
Granadilla para llevarse a sus nacionales. La operación duró desde la mañana
del domingo día 10 hasta el lunes por la tarde día 11.
La operación permitió separar a personas sanas de
posibles contagiados y evitó que todos continuaran encerrados durante muchos
más días de navegación en el caso que se hubiese el barco dirigido desde Cabo
Verde directamente rumbo a Holanda.
Desde el punto de vista epidemiológico, eso
probablemente evitó un escenario mucho peor.
Fallecidos e
infectados. Las cifras conocidas hasta el momento indican
que:
1.
al menos 3 pasajeros fallecieron relacionados con
el brote;
- más de 11 personas fueron consideradas casos confirmados o
sospechosos;
- decenas de pasajeros fueron rastreados y puestos bajo vigilancia
sanitaria internacional tras abandonar el barco en distintas escalas.
El episodio del Hondius dejó al descubierto las
enormes dificultades legales y sanitarias que supone gestionar una epidemia a
bordo de un barco de pasajeros en aguas internacionales.
También abrió interrogantes sobre la
transparencia informativa entre gobiernos, la responsabilidad de las navieras y
los límites reales de la legislación marítima internacional cuando una
emergencia sanitaria sustituye a una emergencia naval clásica.
Nota: Lo que se
dice sobre que los ratones portadores del hantavirus no saben nadar es una
mentira. Los ratones referidos de los Andes si saben nadar distancias cortas
entre ríos estrechos, lagos pequeños y charcos. Y las ratas y ratones grandes
que se hallan sobre todo en barcos viejos suelen nadar hasta unos 800m y
zambullir unos 3 minutos. Las ratas y ratones salen o entran en los barcos a través
de su portalón y sus cabos. Y es por ello que se suele poner discos sujetos a
mitad de los cabos para impedir que las ratas y ratones entren o salgan de un
barco, sobre todo si es una nave vieja.
A las hembras humanas y animales les gusta que los machos les hagan regalos
A las
hembras humanas y animales les gusta que los machos les hagan regalos
Por Bruno Perera
Desde hace millones de años, la naturaleza ha
desarrollado innumerables estrategias de cortejo. En muchas especies animales,
los machos intentan atraer a las hembras mediante demostraciones de fuerza,
colorido, canto, danza, construcción de refugios o entrega de alimentos. El
objetivo biológico de estas conductas es aumentar las posibilidades de
reproducción y garantizar la continuidad de la especie.
En los seres humanos, aunque la cultura, la
educación y las normas sociales influyen enormemente en las relaciones, todavía
existen comportamientos heredados de nuestra evolución biológica. Uno de ellos
es el acto de regalar durante el cortejo: invitar a comer, ofrecer flores,
hacer favores o entregar objetos valiosos como símbolo de interés, atención y
capacidad de cuidado.
Sin embargo, el tema genera debate. Muchas
mujeres modernas afirman que no necesitan que un hombre les pague nada porque
son independientes económicamente y pueden conseguir por sí mismas aquello que
desean. Esta postura es completamente comprensible en sociedades donde la
igualdad y la autonomía personal tienen cada vez más importancia. Aun así, el
hecho de que una persona no necesite algo no significa necesariamente que no
pueda valorar el gesto simbólico que hay detrás.
La teoría de la selección sexual, desarrollada
por Charles Darwin, explica que no todos los rasgos evolutivos sirven
directamente para sobrevivir; muchos existen porque ayudan a atraer pareja. Los
regalos, las exhibiciones y las demostraciones de recursos forman parte de ese
mecanismo.
En numerosas especies animales, las hembras
suelen ser más selectivas a la hora de elegir pareja porque invierten más
energía en la reproducción: gestación, puesta de huevos, lactancia o cuidado de
las crías. Por ello, los machos desarrollan estrategias para demostrar que son
aptos, fuertes o capaces de aportar recursos.
Algunas aves realizan auténticas obras de arte
para conquistar. Los pájaros jardineros de Australia, por ejemplo, construyen
estructuras decoradas con flores, piedras de colores, conchas e incluso objetos
brillantes que encuentran en el entorno. Cuanto más elaborado y atractivo es el
“regalo” o el nido, más posibilidades tiene el macho de ser elegido.
En otras especies, el regalo consiste en comida.
Muchos machos ofrecen alimento a las hembras antes de aparearse. Esto ocurre en
aves, insectos y mamíferos. El alimento demuestra capacidad para conseguir
recursos y, al mismo tiempo, beneficia a la hembra y a futuras crías.
La escena que muchas personas han observado en
palomas y otras aves urbanas también refleja este comportamiento. El macho
corteja, persigue, emite sonidos y, en ocasiones, alimenta a la hembra desde el
buche antes de lograr el apareamiento. Ese intercambio funciona como una forma
de aceptación y confianza dentro del ritual de cortejo.
En los humanos, los regalos tienen un significado
mucho más complejo porque intervienen emociones, cultura, valores personales y
normas sociales.
Históricamente, en casi todas las civilizaciones
el hombre asumía el papel de proveedor principal. Por ello, regalar o invitar
formaba parte de demostrar capacidad para cuidar y mantener una familia. En
muchos casos, estas costumbres quedaron profundamente arraigadas en la cultura.
Hoy la situación ha cambiado. Las mujeres
trabajan, tienen independencia económica y muchas prefieren relaciones más
igualitarias. Algunas consideran incómodo que un hombre pague siempre o haga
regalos costosos, especialmente si sienten que eso crea una obligación
emocional o una relación desigual.
Pero al mismo tiempo, sigue existiendo una
realidad humana muy antigua: a la mayoría de las personas, hombres y mujeres,
les gusta sentirse valoradas. Un regalo no siempre se interpreta por su valor
económico, sino por el significado emocional que transmite.
Un café pagado con cariño, una cena preparada en
casa, unas flores inesperadas o un pequeño detalle pueden funcionar como
señales de atención, dedicación e interés. Lo importante suele ser la
intención.
La psicología evolutiva sostiene que ciertos
comportamientos modernos conservan raíces biológicas antiguas. Aunque el ser
humano posee razón, cultura y libertad individual, sigue teniendo impulsos
heredados.
Cuando una persona invierte tiempo, dinero o
esfuerzo en otra, está demostrando interés. Esa inversión puede aumentar el
atractivo percibido porque comunica compromiso, generosidad y capacidad de
sacrificio.
Sin embargo, también existe un límite importante:
el regalo pierde valor cuando se convierte en manipulación.
Dar algo esperando comprar afecto, sexo o
sumisión suele producir rechazo. Muchas mujeres rechazan ciertos
comportamientos no porque detesten los regalos, sino porque no quieren sentirse
tratadas como si debieran algo a cambio.
La diferencia está entre el detalle sincero y el
intento de control.
Existen paralelismos evidentes entre el cortejo
animal y el humano:
1.
Los machos suelen intentar impresionar.
- Las
hembras suelen seleccionar.
- Los
recursos y la capacidad de protección influyen.
- La
apariencia y las señales de salud son importantes.
- El
comportamiento de generosidad aumenta el atractivo.
Pero también hay diferencias fundamentales.
Los animales actúan principalmente por instinto.
Los humanos, en cambio, poseen conciencia moral, emociones complejas y
estructuras culturales muy desarrolladas. Una relación humana sana no debería
basarse únicamente en impulsos biológicos, sino también en respeto mutuo,
compatibilidad emocional y libertad individual.
Además, en el ser humano el cortejo no depende
solo del hombre. Muchas mujeres también hacen regalos, invitan, conquistan y
toman la iniciativa. Las relaciones modernas tienden cada vez más a la
reciprocidad.
Si se observa la naturaleza en conjunto, parece
claro que en muchísimas especies las hembras responden positivamente a ciertos
tipos de regalos o demostraciones de recursos. Eso forma parte de estrategias
evolutivas antiguas.
En los seres humanos, la situación es más
compleja. No todas las mujeres piensan igual ni valoran las mismas cosas. Algunas
disfrutan de que un hombre tenga detalles tradicionales; otras prefieren
dividir gastos y evitar roles clásicos.
Lo que sí parece universal es que a la mayoría de
las personas les gusta sentirse deseadas, apreciadas y tenidas en cuenta.
El regalo, en el fondo, es una forma de
comunicación.
Puede ser comida en el pico de una paloma, un
nido decorado entre ramas de colores, una flor entregada por amor o una cena
compartida entre dos personas.
Detrás de todos esos gestos existe un mismo
mensaje biológico y emocional que atraviesa millones de años de evolución: “me
interesas, quiero acercarme a ti y estoy dispuesto a invertir algo de mí para
lograrlo”.
Conclusión
La costumbre de regalar durante el cortejo no
surgió de la nada. Tiene profundas raíces biológicas presentes en muchas
especies animales y probablemente también en la evolución humana.
Aun así, las sociedades modernas han cambiado el
significado de esos comportamientos. Hoy el valor principal no debería estar en
quién paga más o quién entrega más objetos, sino en la autenticidad del gesto y
en el respeto entre ambas personas.
Los regalos seguirán existiendo porque forman
parte de la naturaleza social y emocional del ser humano. Pero el verdadero
atractivo no suele estar en el precio del detalle, sino en lo que simboliza:
atención, interés, esfuerzo y afecto.
Y eso, tanto en animales como en humanos,
continúa siendo una poderosa herramienta de conexión.







