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viernes, 7 de agosto de 2026

Marruecos juega al gato y al ratón con España

 


Marruecos juega al gato y al ratón con España

Por Bruno Perera

Las relaciones entre España y Marruecos llevan siglos marcadas por la historia, la geografía y los intereses estratégicos. Son dos vecinos separados por apenas catorce kilómetros de mar, pero unidos por una historia de más de mil años de encuentros, enfrentamientos y cooperación. Sin embargo, en las últimas décadas la sensación que tienen muchos españoles es que Marruecos juega continuamente al gato y al ratón con España.

Cada cierto tiempo aparece una nueva crisis. Unas veces es la inmigración irregular. Otras, las reclamaciones sobre Ceuta y Melilla. En ocasiones son las aguas territoriales, la pesca o el Sáhara Occidental. Cuando parece que las relaciones vuelven a la normalidad, surge un nuevo motivo de tensión.

Históricamente conviene recordar algunos hechos. Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 y pasó definitivamente a la Corona española tras el Tratado de Lisboa de 1668. Mucho antes de que existiera el actual Estado marroquí, la ciudad ya formaba parte de la historia de la Península Ibérica.

Con frecuencia se afirma que Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia de los Estados Unidos. La realidad histórica es algo más precisa. Quien estableció aquellas relaciones fue el sultán Mohammed III en 1777. En aquella época no existía el Estado moderno marroquí nacido tras la independencia de 1956, sino un sultanato gobernado por la dinastía alauí. La diferencia puede parecer pequeña, pero desde el punto de vista histórico resulta importante.

También suele olvidarse que el nombre "Marruecos" procede de la ciudad de Marrakech, fundada por los almorávides hacia los años 1070-1072. En árabe, sin embargo, el país se denomina Al-Maghrib, "el Occidente". La evolución histórica del territorio ha sido larga y compleja, con distintas dinastías, cambios de fronteras y diferentes grados de unidad política.

Muchos analistas consideran que Marruecos utiliza su posición geográfica como un importante instrumento de presión diplomática. La colaboración en el control de la inmigración hacia Europa depende en gran medida de la cooperación entre ambos países. Cuando las relaciones políticas atraviesan momentos difíciles, las crisis migratorias suelen convertirse en un factor adicional de tensión.

A ello se suma una importante diferencia económica entre ambos lados del Estrecho. Mientras España forma parte de la Unión Europea, Marruecos mantiene salarios mucho más bajos en numerosos sectores productivos. Esa desigualdad alimenta los flujos migratorios y convierte la cooperación bilateral en una necesidad permanente.

Durante la denominada guerra contra el terrorismo iniciada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Marruecos apareció citado en diversas investigaciones internacionales relacionadas con el programa de "entregas extraordinarias" de la CIA. Organizaciones de derechos humanos denunciaron que algunos detenidos fueron trasladados a terceros países para ser interrogados, lo que generó un intenso debate sobre el respeto a los derechos fundamentales y la cooperación internacional en materia de seguridad.

Todo ello contribuye a que una parte de la opinión pública española perciba que Marruecos combina la cooperación con la presión política según convenga a sus intereses. Desde esa perspectiva nace la sensación de que España siempre termina reaccionando a iniciativas tomadas por Rabat, en lugar de desarrollar una estrategia propia a largo plazo.

No obstante, también conviene reconocer que ambos países mantienen una intensa relación comercial, una estrecha cooperación policial contra el terrorismo y el crimen organizado, y una convivencia diaria entre millones de ciudadanos españoles y marroquíes que trabajan, estudian o hacen negocios a ambos lados del Estrecho. Esa realidad demuestra que, junto a los desacuerdos políticos, existe una profunda interdependencia.

Las diferencias históricas seguirán existiendo. También continuarán las reclamaciones territoriales y los desacuerdos diplomáticos. Pero cualquier solución estable deberá construirse sobre el respeto al derecho internacional, la cooperación y el diálogo. España y Marruecos seguirán siendo vecinos. La cuestión es si ambos gobiernos deciden actuar como socios responsables o continúan prolongando una relación en la que, periódicamente, uno intenta jugar al gato y al ratón con el otro.

 

viernes, 31 de julio de 2026

Las invasiones inmigratorias de Ceuta y Canarias son hermanas

 


Las invasiones migratorias de Ceuta y Canarias son hermanas

Por Bruno Perera

Lo ocurrido estos últimos días en Ceuta debería hacer reflexionar seriamente a toda España. Miles de inmigrantes ilegales, adultos y menores han entrado ilegalmente desde Marruecos, muchos de ellos y ellas lanzándose al agua para alcanzar territorio español. Las estimaciones difundidas sobre la última oleada sitúan las entradas en torno a 2.000 o 3.000 personas, aunque la cifra definitiva deberá ser determinada por las autoridades. La situación ha obligado a reforzar la presencia policial y militar en la ciudad autónoma. (Reuters)

Pero Ceuta no es un fenómeno aislado. Lo que está sucediendo allí y lo que durante más de 30 años hemos sufrido en Canarias son dos manifestaciones diferentes de un mismo problema: la dificultad de España para controlar eficazmente sus fronteras frente a una presión inmigratoria ilegal que puede producir entradas masivas en muy poco tiempo.

Ceuta y Canarias: dos fronteras, un mismo problema

En Ceuta la frontera se encuentra prácticamente a las puertas de Marruecos. En Canarias, la frontera exterior de España se encuentra en el océano Atlántico. En un caso, los inmigrantes ilegales intentan atravesar las barreras fronterizas o rodearlas por el mar; en el otro, utilizan embarcaciones precarias como pateras, cayucos, zodiacs, y también pateras aviones para alcanzar las islas.

Las dimensiones son diferentes, pero el problema político es parecido: cuando miles de inmigrantes ilegales intentan entrar al mismo tiempo, el Estado debe disponer de medios suficientes para controlar la frontera, identificar a quienes llegan y aplicar la legislación correspondiente.

Canarias ha experimentado durante los últimos 30 años y algo más, una presión migratoria extraordinaria. En 2024 llegaron irregularmente a las islas 46.843 personas. En 2025 la cifra descendió considerablemente, hasta 17.788, pero siguió representando una presión importante para unas islas con recursos territoriales y poblacionales limitados. (Departamento de Seguridad Nacional)

Y aunque las cifras de 2026 son considerablemente menores que las de 2025, el problema no desaparece. Hasta el 30 de junio se habían registrado 3.708 llegadas irregulares a Canarias. (Departamento de Seguridad Nacional)

Por eso no creo que España deba analizar Ceuta y Canarias como problemas separados. Son dos puntos de la frontera exterior española sometidos a diferentes formas de presión inmigratoria.

¿Dónde está el Estado cuando una frontera es superada?

Esta es la pregunta que debemos hacernos.

No se trata de negar ayuda a una persona que se encuentra en peligro en el mar. No se trata de abandonar los principios humanitarios. Y tampoco se trata de convertir la inmigración en un conflicto entre pueblos o religiones.

Se trata de algo mucho más sencillo:

Una frontera debe ser una frontera.

Un Estado tiene derecho y obligación de determinar quién entra en su territorio, por qué procedimiento entra y bajo qué condiciones puede permanecer en él.

España ya dispone de legislación específica para Ceuta y Melilla. La Ley Orgánica 4/2000 contempla el rechazo de inmigrantes detectados intentando superar ilegalmente los elementos de contención fronterizos, siempre respetando la normativa internacional de derechos humanos y de protección internacional. (BOE)

Por tanto, el debate no debería reducirse a decir que «la ley no permite actuar». La realidad es bastante más compleja. El problema está en qué medios utiliza el Estado, cómo se aplican las leyes y qué ocurre cuando las circunstancias cambian rápidamente.

De hecho, la propia estructura del Estado contempla la participación de las Fuerzas Armadas en mecanismos de coordinación relacionados con la inmigración ilegal, y estos días España ha desplegado militares en Ceuta como refuerzo ante la crisis, pero no suficiente y tampoco con urgencia. (BOE)

La cuestión, por tanto, no es simplemente si deben intervenir militares o policías. La cuestión es si España tiene preparada una estrategia suficientemente eficaz para impedir que una frontera pueda ser desbordada.

Marruecos, España y la presión migratoria

Otro aspecto que no podemos ignorar es que Ceuta se encuentra en una situación geográfica extraordinariamente delicada.

España comparte con Marruecos una frontera terrestre en Ceuta y Melilla, pero también mantiene una enorme frontera marítima. La cooperación entre ambos países resulta fundamental para impedir que las redes de tráfico de personas y policías y políticos corruptos puedan utilizar los movimientos migratorios como instrumento de presión y de negocio.

Cuando miles de inmigrantes aparecen simultáneamente frente a una frontera, no estamos únicamente ante decisiones individuales. También existen organizaciones dedicadas al tráfico de personas, redes de información y circunstancias políticas y sociales que pueden favorecer determinados movimientos.

Por eso España necesita una política migratoria que no consista únicamente en reaccionar cuando los inmigrantes ya han conseguido entrar.

La frontera debe protegerse antes de que sea superada.

Canarias tampoco puede vivir permanentemente en situación de emergencia

Los canarios sabemos muy bien lo que significa recibir pateras, cayucos y zodiacs por mar y pateras aviones continuamente.

Durante años, las islas han tenido que afrontar la llegada de centenas de miles de personas procedentes de África, además de otras rutas migratorias. Las autoridades canarias han denunciado repetidamente la presión que supone atender a los recién llegados, especialmente cuando entre ellos se encuentran menores no acompañados MENAs que nos cuesta cada unos 3.500 euros mensuales en gastos. Dinero que nos falta para dar mejor servicio a nuestros pensionistas y gente necesitada.

Y aquí aparece otra cuestión fundamental: Canarias no puede convertirse en un lugar de empleo internacional ni en una sala de espera permanente de la inmigración ilegal que llega con la intención de viajar a Europa.

Las islas tienen una población limitada, un territorio limitado y unos servicios públicos que también deben atender a quienes viven permanentemente en ellas.

España es un país solidario y debe cumplir sus obligaciones internacionales. Pero solidaridad no significa ausencia de fronteras.

No confundamos inmigración legal con inmigración ilegal

También considero necesario hacer una distinción que muchas veces desaparece del debate.

Un inmigrante que llega legalmente a España, obtiene un permiso de residencia, trabaja, cumple las leyes y participa en la sociedad española es una cosa.

Otra muy diferente es entrar clandestinamente en territorio español.

Criticar la inmigración ilegal no significa necesariamente rechazar al inmigrante como persona.

Podemos defender una política migratoria mucho más estricta y, al mismo tiempo, defender el respeto absoluto a la dignidad humana.

De hecho, cuanto más descontrolada sea la inmigración ilegal, mayor es el riesgo de que también sufran las consecuencias los inmigarntes que han llegado legalmente y que cumplen las normas.

Una advertencia para el futuro

España debería dejar de actuar únicamente cuando se produce una crisis.

En 2021 Ceuta ya vivió una entrada masiva de alrededor de 8.000 personas en apenas dos días. (YouTube)

Ahora volvemos a contemplar escenas de enorme presión fronteriza.

Y Canarias ha vivido durante más de 30 años sus propias crisis migratorias.

¿Cuántas veces tendremos que esperar a que una frontera sea desbordada para empezar a buscar soluciones?

No hace falta esperar treinta años para preguntarnos qué consecuencias puede tener una política migratoria mal gestionada. Las consecuencias deben analizarse hoy, con datos, con serenidad y sin prejuicios.

España necesita conocer cuántos inmigrantes pueden integrarse cada año, qué necesidades laborales existen, qué recursos económicos tienen las comunidades autónomas para atenderlas y, sobre todo, qué capacidad real tiene el Estado para controlar quién entra y quién permanece en nuestro territorio.

La historia tampoco debe utilizarse para alimentar el enfrentamiento

Hay políticos marroquíes que comparan la situación actual con la conquista musulmana de la península iniciada en el año 711. Esa comparación puede resultar políticamente llamativa, pero históricamente hay que hacerla con mucho cuidado.

La conquista de la península fue realizada por fuerzas musulmanas formadas principalmente por contingentes árabes y bereberes bajo el poder de la dinastía omeya y sus estructuras políticas y militares de la época. No es correcto describirla simplemente como una «invasión marroquí», ni afirmar que el 90 % de la actual España y Portugal  perteneciera entonces a la antigua Mauritania Tingitana, hoy territorio de  Marruecos. (El problema es que Marruecos es un país controlado por una monarquía y su séquito que mata a su pueblo poco a poco de hambre).

Han pasado más de 1.300 años y las circunstancias históricas son completamente diferentes.

Podemos defender nuestras fronteras sin necesidad de falsear la historia.

¿Puede un Estado moderno controlar eficazmente sus fronteras y decidir quién entra en su territorio?

Mi respuesta es que debe poder hacerlo.

Y debe hacerlo respetando la Constitución, las leyes españolas, los tratados internacionales y los derechos humanos.

Pero también debe proteger a sus ciudadanos, a sus servicios públicos y a quienes han elegido España para vivir legalmente.

Ceuta debería ser una llamada de atención

Lo ocurrido en Ceuta debería servir como una llamada de atención para todo el país.

No porque haya que militarizar permanentemente las fronteras.

No porque haya que tratar a todos los inmigrantes como delincuentes.

Y tampoco porque España deba cerrar sus puertas a todo aquel que necesite protección.

Sino porque ningún Estado puede permitirse que sus fronteras dependan exclusivamente de que quienes pretenden atravesarlas decidan voluntariamente no hacerlo.

Ceuta y Canarias son dos fronteras diferentes, pero forman parte de la misma frontera exterior española.

Lo que ocurre en Ceuta puede volver a ocurrir.

Lo que ocurre en Canarias puede volver a aumentar.

Y si algo debería haber aprendido Europa durante las últimas décadas es que las crisis migratorias no desaparecen por ignorarlas.

Hay que actuar antes de que se conviertan en una emergencia.

España necesita una política migratoria clara: control efectivo de las fronteras, inmigración legal vinculada a las necesidades reales del país, persecución de las mafias que trafican con personas, procedimientos de asilo eficaces y rápidos, integración de quienes tienen derecho a permanecer y retorno de quienes no tienen derecho legal a hacerlo, siempre dentro de la ley.

Eso no es xenofobia.

Eso es política de Estado.

 


lunes, 27 de julio de 2026

El reencuentro o “descubrimiento” de América por España en 1492 fue y sigue siendo la mayor hazaña de la historia mundial

 


El reencuentro o “descubrimiento” de América por España en 1492 fue y sigue siendo la mayor hazaña de la historia mundial

Por Bruno Perera

El 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón partió del puerto de Palos de la Frontera, en Huelva (España), al mando de tres embarcaciones: la nao Santa María, capitaneada por el propio Colón, y las carabelas La Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, y La Niña, capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón. La expedición, formada por unos noventa marineros, navegaba al servicio de la Corona de Castilla y fue financiada con el apoyo de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, quienes respaldaron el proyecto de Colón tras la firma de las Capitulaciones de Santa Fe en abril de 1492.

Antes de emprender la travesía del océano Atlántico, la flota hizo escala en las Islas Canarias. Allí permaneció varias semanas para reparar el timón de La Pinta, aprovisionarse de agua y alimentos frescos y aprovechar los vientos alisios que soplan desde Canarias hacia el oeste. Finalmente, el 6 de septiembre de 1492, las tres naves zarparon del puerto de San Sebastián de La Gomera rumbo a lo desconocido.

Tras treinta y seis días de navegación, en la madrugada del 12 de octubre de 1492, el marinero Rodrigo de Triana (Juan Rodríguez Bermejo), que navegaba a bordo de La Pinta, fue el primero en avistar tierra y dio la voz de alarma con el célebre grito de «¡Tierra!», popularmente recordado como «¡Tierra a la vista!». Poco después, la expedición llegó a una isla de las Bahamas llamada por sus habitantes Guanahaní, a la que Colón dio el nombre de San Salvador.

Aquel viaje, realizado con solo tres pequeñas embarcaciones de madera y guiándose por los conocimientos náuticos de la época, constituye una de las mayores proezas de la navegación de todos los tiempos. Además, fue la primera travesía transatlántica documentada que consiguió establecer un contacto permanente entre Europa y América, un hecho que transformó para siempre la historia de la humanidad.

El 12 de octubre de 1492, la expedición dirigida por Cristóbal Colón, al servicio de la Corona de Castilla, dio inicio a uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad. Aquel viaje no solo modificó el rumbo de Europa, sino que transformó para siempre la historia del planeta.

Hasta entonces, los continentes conocidos por los europeos —Europa, Asia y África— habían permanecido separados de los continentes americanos durante miles de años. El viaje de Colón de 1492 estableció un contacto permanente entre ambos lados del Atlántico, inaugurando una nueva etapa de intercambios humanos, comerciales, culturales, científicos y tecnológicos que con el correr de los siguientes 534 años hasta el presente acabaría transformando el mundo antiguo en uno  moderno y totalmente conectado.

Gracias a aquel descubrimiento y a las posteriores expediciones españolas, se cartografiaron inmensos territorios desconocidos para los europeos, se abrieron nuevas rutas marítimas y comenzaron exploraciones que permitieron comprender por primera vez la verdadera dimensión del planeta. La navegación oceánica experimentó un enorme impulso y, pocos años después, la expedición de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano completó la primera vuelta al mundo, demostrando de forma práctica la continuidad de los océanos.

Con el paso de los siglos, los territorios americanos evolucionaron hasta convertirse en numerosas naciones independientes. Entre ellas se encuentran Canadá, los Estados Unidos, México y los países de Centroamérica y Sudamérica. Aunque su desarrollo histórico ha seguido caminos muy diversos, todos forman parte de un continente cuya incorporación al conocimiento geográfico mundial comenzó con el viaje de 1492.

El descubrimiento de América también impulsó el intercambio de cultivos, animales, conocimientos y tecnologías entre continentes. Productos como el maíz, la patata, el tomate, el cacao o el pimiento llegaron desde América a Europa y posteriormente al resto del mundo, transformando la alimentación y la agricultura de numerosos países. En sentido inverso, también se introdujeron en América especies animales, nuevos cultivos, herramientas y técnicas procedentes de Europa. Este proceso es conocido por los historiadores como el intercambio colombino.

Asimismo, el descubrimiento abrió nuevas rutas comerciales entre Europa, América, África y posteriormente Asia, favoreciendo un intercambio global de mercancías, ideas y personas que aceleró el desarrollo económico y científico de muchas regiones del mundo.

Sin embargo, este proceso también tuvo consecuencias muy dolorosas. Las enfermedades introducidas desde Europa causaron una enorme mortalidad entre muchos pueblos indígenas americanos, y la conquista y colonización dieron lugar a conflictos, sometimientos y profundas transformaciones sociales y culturales. Reconocer la trascendencia del descubrimiento no significa ignorar estos hechos, sino comprender la historia en toda su complejidad.

A lo largo de los siglos ha existido un intenso debate sobre si debe hablarse de «descubrimiento», «encuentro entre dos mundos» o «inicio de la conquista». Cada una de estas expresiones pone el énfasis en aspectos diferentes de un mismo acontecimiento histórico. Lo indiscutible es que el viaje de Colón marcó un antes y un después en la historia universal.

Pocas hazañas han tenido un impacto comparable. Ni las grandes exploraciones terrestres, ni la apertura del canal de Suez o del canal de Panamá, ni siquiera la llegada del ser humano a la Luna en 1969, ni la exploración espacial posterior modificaron de manera tan profunda la organización política, económica, geográfica y cultural del mundo como lo hizo el viaje iniciado por Cristóbal Colón en 1492.

Tras explorar diversas islas del Caribe, la expedición emprendió el viaje de regreso a España. Cristóbal Colón arribó al puerto de Palos de la Frontera el 15 de marzo de 1493, donde fue recibido con gran expectación. Poco después se entrevistó con los Reyes Católicos en Barcelona, donde les informó del éxito de la expedición, les presentó algunos de los productos traídos del Nuevo Mundo y varios nativos que habían viajado con él. Aquel encuentro confirmó la trascendencia del viaje y propició la organización de nuevas expediciones españolas, que ampliarían el conocimiento geográfico del continente americano y consolidarían la presencia de España en aquellas tierras.

Cinco siglos después, seguimos viviendo en un mundo profundamente influido por aquel acontecimiento. Las relaciones entre continentes, el comercio internacional, la expansión del conocimiento geográfico y buena parte de la configuración política del planeta tienen sus raíces en aquel viaje.

Por ello, puede afirmarse que el descubrimiento de América por España constituye una de las mayores hazañas de la historia de la humanidad. Aquel viaje, iniciado desde el puerto de Palos de la Frontera, con escala decisiva en las Islas Canarias y culminado con la llegada a unas tierras desconocidas para los europeos, que posteriormente serían reconocidas como un nuevo continente, cambió para siempre el rumbo del mundo. Aunque Cristóbal Colón creyó hasta su muerte que había llegado a las costas orientales de Asia, su expedición abrió el camino al conocimiento de un continente cuya existencia era ignorada por los europeos y dio comienzo a una nueva etapa de la historia universal. Más de cinco siglos después, su legado continúa siendo objeto de estudio por historiadores de todo el mundo y constituye uno de los acontecimientos más decisivos e influyentes de la historia universal.

 

 

Los habitantes de Norte, Centro y Sur de América no son indios

 


Los habitantes de Norte, Centro y Sur de América no son indios

Por Bruno Perera

Durante más de cinco siglos se ha utilizado la palabra "indios" para referirse a los pueblos originarios de América. Sin embargo, si analizamos el origen de ese término desde una perspectiva histórica, resulta evidente que se trata de una denominación nacida de un error geográfico.

Cuando Cristóbal Colón llegó al Caribe en 1492, estaba convencido de haber alcanzado las costas de Asia, concretamente las llamadas "Indias". Creyendo que había llegado a ese territorio, llamó indios a los habitantes que encontró. Aunque con el tiempo se comprobó que aquellas tierras pertenecían a un continente desconocido para los europeos, el nombre continuó utilizándose durante siglos.

Posteriormente, las exploraciones y los mapas elaborados por Américo Vespucio contribuyeron a que el nuevo continente recibiera el nombre de América. Aun así, la denominación de "indios" permaneció para referirse a los pueblos originarios de Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica.

En el caso de Norteamérica, los colonizadores ingleses también emplearon el término Indians para designar a los pueblos indígenas. En Canadá, los franceses utilizaron distintos nombres para los diversos pueblos originarios; entre ellos, el término esquimal se empleó históricamente para algunos pueblos del Ártico, aunque hoy muchas de esas comunidades prefieren ser conocidas como inuit, mientras que otras, como los yupik, tienen su propia identidad y no se consideran inuit.

En Hispanoamérica, además, es frecuente encontrar expresiones como hispanoamericanos o latinoamericanos, que hacen referencia principalmente a criterios lingüísticos y culturales derivados de la colonización española y portuguesa. Estos términos describen a las sociedades actuales de esos países, pero no sustituyen la identidad de los pueblos originarios que habitaban el continente mucho antes de la llegada de los europeos.

Desde mi punto de vista, sería más apropiado emplear expresiones como aborígenes norteamericanos, aborígenes centroamericanos y aborígenes suramericanos, o simplemente pueblos originarios de América, ya que describen con mayor precisión a quienes habitaban esas tierras antes de la colonización europea y evitan perpetuar un nombre surgido de un error histórico.

También conviene recordar que, antes de la llegada de los europeos, los habitantes del continente no tenían un nombre común para designar la totalidad de América. Cada pueblo conocía y nombraba su propio territorio según su lengua, cultura y forma de entender el mundo. No existía un concepto continental equivalente al que posteriormente desarrolló la cartografía europea. Para muchos de aquellos pueblos, el espacio geográfico se organizaba en torno a sus regiones, montañas, ríos, selvas o llanuras, y no como un único continente.

Por otra parte, los pueblos originarios de América nunca constituyeron una sola cultura. Existían cientos de naciones diferentes, con idiomas, creencias, formas de gobierno y costumbres propias. Mayas, mexicas o aztecas, incas, mapuches, guaraníes, taínos, iroqueses, apaches, navajos, sioux y muchas otras sociedades desarrollaron identidades independientes mucho antes del contacto con Europa.

El lenguaje evoluciona con el tiempo y refleja la forma en que comprendemos la historia. Hoy sabemos que América no era la India y que los primeros habitantes del continente no eran indios. Mantener una denominación nacida de una equivocación histórica puede resultar poco precisa desde un punto de vista académico. Por ello, cada vez son más los historiadores, antropólogos e instituciones que prefieren utilizar términos como pueblos americanos, pueblos originarios o aborígenes, según el contexto.

En definitiva, llamar "indios" a los habitantes originarios de América responde a una tradición histórica derivada del error de Cristóbal Colón. Cinco siglos después, disponemos de un conocimiento mucho más amplio sobre la historia y la diversidad cultural del continente. Quizá haya llegado el momento de emplear denominaciones que reflejen con mayor fidelidad la realidad histórica y el respeto hacia la identidad de los primeros pueblos de América.

Nota final. Aunque todavía existen algunos aspectos en debate, la hipótesis científica más aceptada sostiene que los primeros habitantes de América procedían de poblaciones del noreste de Asia, especialmente de la región de Siberia. Durante la última glaciación, cuando el nivel del mar era mucho más bajo que el actual, cruzaron el puente terrestre de Beringia, que unía Siberia con Alaska. Desde allí fueron desplazándose lentamente hacia el sur, poblando primero Norteamérica y, con el paso de miles de años, Centroamérica y Sudamérica. Las evidencias arqueológicas y genéticas indican que las primeras migraciones comenzaron hace aproximadamente entre 20.000 y 15.000 años, aunque algunos yacimientos sugieren que pudieron existir llegadas incluso algo anteriores. Con el tiempo, aquellos primeros pobladores dieron origen a la enorme diversidad de pueblos y culturas aborígenes que encontraron los europeos a partir de 1492.

Esta formulación refleja el consenso científico actual. Hay hipótesis alternativas —como migraciones costeras por el Pacífico o propuestas de llegadas muy anteriores—, pero la ruta por Beringia desde Asia sigue siendo la explicación con mayor respaldo por las pruebas arqueológicas, genéticas y antropológicas.

domingo, 26 de julio de 2026

Quizás el Big Bang no fue el inicio de nuestro universo sino el final de otro anterior

 


Quizás el Big Bang no fue el inicio de nuestro universo sino el final de otro anterior

Por Bruno Perera

Durante décadas hemos aprendido que el Big Bang fue el origen del universo. Sin embargo, la cosmología moderna plantea una pregunta tan fascinante como inquietante: ¿y si el Big Bang no hubiera sido el nacimiento de todo, sino el final de un universo anterior y el comienzo del nuestro?

Aunque esta idea no forma parte del modelo cosmológico estándar, tampoco puede descartarse con los conocimientos científicos actuales. De hecho, varios físicos y cosmólogos han desarrollado teorías que exploran esta posibilidad.

Una de ellas es la del universo cíclico. Según este modelo, el universo nace con un Big Bang, se expande durante miles de millones de años formando galaxias, estrellas, planetas y vida. Sin embargo, tras un tiempo inmenso, la expansión podría detenerse y comenzar un lento proceso de contracción. Finalmente, toda la materia y la energía volverían a concentrarse en un estado extremadamente denso y caliente, conocido como Big Crunch. Ese colapso podría desencadenar un nuevo Big Bang, dando origen a otro universo y repitiendo el ciclo una y otra vez.

Otra propuesta es la teoría del Big Bounce o Gran Rebote. En este caso, el universo anterior no termina en una singularidad infinita, sino que alcanza una densidad máxima y, en lugar de desaparecer, "rebota", iniciando una nueva fase de expansión. Nuestro universo sería, por tanto, el resultado de ese rebote cósmico.

Existe además la Cosmología Conforme Cíclica, propuesta por el físico Roger Penrose. Según esta hipótesis, el futuro extremadamente lejano de un universo puede transformarse, bajo determinadas condiciones físicas, en el Big Bang de un nuevo universo. En este escenario, el final de un cosmos se convierte, de forma natural, en el principio del siguiente.

Lo cierto es que el modelo cosmológico estándar explica con enorme precisión la evolución del universo desde una fracción de segundo después del Big Bang. Sin embargo, todavía no puede responder qué ocurrió exactamente en el instante inicial ni si existía algo antes. Al acercarnos a ese momento, las leyes conocidas de la física dejan de ser suficientes y necesitamos una teoría completa de la gravedad cuántica, algo que aún no hemos conseguido desarrollar.

Por ello, afirmar que el Big Bang fue el comienzo absoluto del universo es una interpretación basada en el conocimiento disponible, pero no una verdad demostrada de forma definitiva. Del mismo modo, sostener que fue el final de un universo anterior sigue siendo una hipótesis científicamente posible, aunque todavía carece de pruebas concluyentes.

Quizá el universo en el que vivimos sea el primero de todos. O quizá sea simplemente un eslabón más de una inmensa cadena de universos que nacen unos de otros, en un ciclo que se repite desde hace un tiempo inimaginable.

La ciencia continúa investigando esta cuestión con nuevas observaciones, mejores telescopios y modelos matemáticos cada vez más sofisticados. Mientras no existan pruebas definitivas, ambas posibilidades permanecen abiertas.

Tal vez, algún día, descubramos que aquello que llamamos Big Bang no fue realmente el comienzo de todo, sino el extraordinario puente entre un universo que terminó y otro que acababa de comenzar.

 

¿Si los animales pudieran pensar y hablar como los humanos qué creéis que nos aconsejarían?

 



¿Si los animales pudieran pensar y hablar como los humanos qué creéis que nos aconsejarían?

Por Bruno Perera

Si los animales pudieran pensar y hablar con un nivel similar al nuestro, probablemente sus consejos reflejarían la forma en que viven y se relacionan con la naturaleza. Podrían decirnos cosas como:

1.    "No destruyáis el hogar que compartimos." Os recordarían que los bosques, los océanos y los ríos son la casa de todos, no solo de los humanos.

2.    "Tomad solo lo que necesitéis." Muchos animales consumen lo necesario para sobrevivir y no acumulan más de lo que necesitan.

3.    "Respetad la diversidad." En la naturaleza conviven millones de especies, cada una con una función. Quizá nos dirían que también respetemos las diferencias entre las personas.

4.    "No hagáis guerras." Les resultaría difícil entender por qué los seres humanos organizan conflictos que destruyen ciudades y causan tanto sufrimiento.

5.    "Aprended a vivir en equilibrio." Nos señalarían que la naturaleza funciona gracias al equilibrio entre especies y ecosistemas.

6.    "No confundáis inteligencia con superioridad." Tal vez dirían que ser más inteligentes no significa tener más valor que otras formas de vida.

7.    "Escuchad más y hablad menos." Muchos animales dependen de la observación y de prestar atención a su entorno para sobrevivir.

8.    "Proteged a los más débiles." En muchas especies existen comportamientos de cuidado hacia las crías, los heridos o los miembros del grupo.

9.    "Disfrutad del presente." Los animales no suelen vivir preocupados constantemente por el pasado o el futuro; aprovechan el momento.

10."Recordad que todos venimos del mismo universo." Quizá nos dirían algo parecido a: "Todos estamos hechos de los mismos átomos nacidos en las estrellas. Ninguna especie es dueña del planeta; solo somos compañeros de viaje en la Tierra."

Sería curioso que, al final de su discurso, un viejo elefante, una ballena, un águila y una hormiga miraran a los humanos y dijeran:

"Vosotros habéis llegado muy lejos con vuestra inteligencia. Ahora demostrad que también podéis llegar lejos con vuestra sabiduría."

Esa quizá sería la diferencia que más nos pedirían desarrollar: usar la inteligencia no solo para crear más tecnología, sino también para convivir mejor con los demás seres vivos y con el planeta que todos compartimos.

 





sábado, 25 de julio de 2026

Si los humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar", entonces somos todos iguales ante la ley del universo

 


Si los humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar", entonces somos todos iguales ante la ley del universo

Por Bruno Perera

Durante siglos, el ser humano se ha considerado el amo y señor de la Tierra. Las religiones, especialmente las monoteístas, han sostenido que el hombre ocupa un lugar privilegiado en la creación y que los demás seres vivos fueron puestos a su servicio. Uno de los argumentos más utilizados para defender esa idea es que poseemos una inteligencia superior a la de los animales.

Sin embargo, ese razonamiento plantea una cuestión filosófica muy interesante. Si la inteligencia es el criterio para determinar quién es superior, ¿significa eso que una persona con una discapacidad intelectual vale menos que otra con mayores capacidades mentales? La inmensa mayoría de las personas respondería que no. Todos los seres humanos poseen la misma dignidad, independientemente de su inteligencia, de su edad o de sus limitaciones físicas o mentales.

Entonces surge una pregunta inevitable: si la inteligencia no determina el valor de unas personas frente a otras, ¿por qué habría de determinar el valor de toda la especie humana frente al resto de los animales?

La ciencia moderna nos ofrece otra perspectiva. Sabemos que todos los elementos químicos que forman nuestro cuerpo fueron creados en el interior de antiguas estrellas que explotaron hace miles de millones de años. El carbono de nuestros músculos, el oxígeno que respiramos, el hierro de nuestra sangre y el calcio de nuestros huesos nacieron en aquellos gigantescos hornos cósmicos. Lo mismo ocurre con los árboles, los peces, las aves, los insectos, los perros, los gatos y cualquier otra forma de vida conocida.

En otras palabras, todos estamos hechos del mismo polvo de estrellas, o, si se quiere utilizar una expresión más coloquial, de la misma "basura estelar" que quedó dispersa por el universo tras la muerte de incontables estrellas.

Desde esa perspectiva cósmica, las diferencias que tanto nos preocupan en la Tierra pierden gran parte de su importancia. El universo no distingue entre ricos y pobres, entre creyentes y ateos, entre premios Nobel y personas analfabetas, ni tampoco entre un ser humano y un delfín, un águila o un árbol. Todos compartimos el mismo origen material y todos estamos sometidos a las mismas leyes de la naturaleza.

Nacemos, vivimos durante un breve instante en la inmensidad del tiempo cósmico y finalmente nuestros átomos regresan al ciclo eterno de la materia. Ningún ser vivo escapa a esa ley universal.

Esto no significa que los seres humanos y los animales sean idénticos en sus capacidades. Cada especie posee habilidades diferentes, fruto de millones de años de evolución. El ser humano destaca por su razonamiento abstracto; un águila por su extraordinaria visión; un perro por su olfato; un murciélago por su ecolocalización; un pulpo por su sorprendente inteligencia adaptativa. La naturaleza no establece una clasificación absoluta de superioridad, sino una extraordinaria diversidad de capacidades.

Quizá el verdadero privilegio del ser humano no sea sentirse dueño del planeta, sino ser consciente de su propio origen. Somos la parte del universo que ha llegado a preguntarse de dónde viene y cuál es su destino.

Si todos procedemos del mismo polvo de estrellas, entonces todos somos hijos del universo. Compartimos el mismo origen, vivimos bajo las mismas leyes físicas y, tarde o temprano, volveremos a convertirnos en materia que quizá forme nuevas estrellas, nuevos planetas o incluso nuevas formas de vida.

Por ello, más que sentirnos los amos de la Tierra, tal vez deberíamos considerarnos compañeros de viaje de todos los seres vivos que habitan este pequeño planeta azul. Al fin y al cabo, todos somos polvo de estrellas y todos somos iguales ante la ley del universo.