Parece una
broma: El Papa pide que Canarias acoja a más inmigrantes
Por Bruno Perera
La reciente visita del Papa a Canarias y sus
llamamientos a una mayor acogida de inmigrantes han sido recibidos con aplausos
por unos y con indignación por otros. Entre estos últimos nos encontramos muchos
canarios que consideramos que las islas han llegado al límite de su capacidad
de acogida y que quienes piden más solidaridad desde cómodos despachos
desconocen la realidad que se vive en las calles de nuestras ciudades.
Canarias lleva más de 30 años soportando una
presión migratoria constante. Centenas de miles de inmigrantes ilegales llegan
en pateras y cayucos, mientras otras entran por vía aérea y permanecen en
situación ilegal. Ante esta situación, muchos ciudadanos nos preguntamos cuánto
más puede resistir un territorio fragmentado, alejado del continente europeo y
con recursos limitados.
La vivienda se ha convertido en un lujo para
miles de familias canarias. Los alquileres están por las nubes, comprar una
vivienda es cada vez más difícil y los salarios no crecen al mismo ritmo que el
coste de la vida. Mientras tanto, la sanidad acumula listas de espera, los servicios
sociales trabajan al límite y los cuerpos policiales denuncian falta de medios.
Ante este panorama, resulta comprensible que la
mayor parte de la población no entienda los mensajes que reclaman una acogida
cada vez mayor. Muchos ciudadanos consideramos que la solidaridad tiene límites
cuando los recursos son escasos y cuando las necesidades de la población local
siguen sin resolverse.
También existe una crítica creciente hacia
determinadas oenegés que viven de la gestión de programas relacionados con la
inmigración. Y por ello la mayor parte de ciudadanos piensan que se ha creado
una industria subvencionada alrededor del fenómeno migratorio. Aunque muchas de
estas entidades realizan algunas labores asistenciales, los desconformes consideramos
que existe una dependencia económica de un problema que parece no tener
solución ni final.
La cuestión que muchos planteamos es sencilla: si
la inmigración masiva es una responsabilidad moral de toda Europa, ¿por qué
Canarias debe soportar una carga tan desproporcionada? ¿Por qué no se
distribuye de forma efectiva entre todos los territorios? ¿Por qué las regiones
más alejadas de las rutas migratorias pueden pronunciar discursos humanitarios
sin sufrir las consecuencias directas de la presión que soportan las fronteras
exteriores? ¿Y por qué no se cierran las fronteras?
En cuanto al Vaticano, algunos ciudadanos sostenemos
que sus mensajes serían más convincentes si la propia Iglesia asumiera una
responsabilidad material aún mayor en la acogida de inmigrantes. Los canarios consideramos
que no basta con hacer llamamientos morales, sino que también es necesario
ofrecer ejemplos prácticos de cómo afrontar un fenómeno tan complejo.
El debate sobre la inmigración suele presentarse
como una lucha entre buenos y malos, entre solidarios e insolidarios. Sin
embargo, la realidad es mucho más compleja. Es posible sentir compasión por
quienes arriesgan su vida en el mar y, al mismo tiempo, preocuparse por el
impacto que una inmigración descontrolada puede tener sobre los servicios
públicos, la vivienda y la convivencia social.
Canarias no puede convertirse indefinidamente en
la sala de espera de Europa. La solidaridad es una virtud, pero también lo es
la responsabilidad. Y gobernar consiste precisamente en encontrar un equilibrio
entre ambas.
Quizá la verdadera pregunta no sea cuántos
inmigrantes más puede acoger Canarias, sino cuánto tiempo más podrá mantenerse
una situación en la que las soluciones reales parecen sustituirse por discursos
manipulados que no resuelven los problemas de fondo.
Porque las palabras de toque de corazón pueden
aliviar conciencias, pero no construyen viviendas, no amplían hospitales, no
crean empleo ni eliminan la presión que sentimos miles de ciudadanos que
observamos cómo nuestras dificultades aumentan año tras año.
Nota: No pido más que un poco de solidaridad: El Vaticano como ejemplo de buena voluntad podría acoger a unos 50 MENAs y mantenerlos durante tres años por unos 3.500 euros mensuales por cada uno. A ver si a la curia le gusta el remedio social compartido.
Apostilla: La inmigración, la Iglesia y los límites de Canarias
Cada vez que el Papa o altos representantes de la
Iglesia católica hacen un llamamiento para que Canarias reciba más inmigrantes,
surge una pregunta que muchos canarios nos planteamos: ¿Quién soportará
realmente las consecuencias de esa acogida continua y creciente?
La Iglesia defiende públicamente una mayor
solidaridad con los inmigrantes y refugiados, apelando a valores cristianos
como la caridad, la compasión y la ayuda al necesitado. Sin embargo, existen
ciudadanos que consideramos que esta postura no aborda suficientemente los
problemas reales que afrontan los territorios receptores, especialmente cuando
estos poseen recursos limitados y una capacidad de acogida finita.
Desde esta perspectiva crítica, muchos miles de
canarios sostenemos que si la Iglesia desea ayudar a los más desfavorecidos del
mundo, debería concentrar una parte importante de sus recursos económicos en
promover el desarrollo de los países de origen de la emigración. La
construcción de escuelas, hospitales, centros de formación profesional,
sistemas de abastecimiento de agua y proyectos de desarrollo económico podrían
contribuir a que muchas personas encontraran oportunidades en sus propias
tierras sin verse obligadas a emprender peligrosas rutas migratorias.
Quienes defendemos esta posición también señalamos
que el Vaticano dispone de importantes recursos económicos, patrimoniales e
inmobiliarios. Por ello consideramos que, antes de pedir mayores esfuerzos a
regiones que ya soportan fuertes presiones sociales y económicas, la propia
Iglesia podría incrementar aún más sus programas de ayuda directa en los países
más pobres.
En Canarias, el debate adquiere una dimensión
especial debido a la condición insular del archipiélago. Las islas cuentan con
un territorio limitado, recursos naturales escasos, dificultades para ampliar
infraestructuras y una creciente presión sobre la vivienda, la sanidad, los
servicios sociales y el empleo. Para la mayoría de ciudadanos canarios, estas
circunstancias hacen que cualquier incremento significativo de población genere
tensiones adicionales.
Quienes sostenemos esta visión argumentamos que
el espacio disponible en las islas debe planificarse pensando también en las
futuras generaciones de canarios. Consideramos que la protección del
territorio, de los recursos naturales y de la calidad de vida de los residentes
constituye una obligación de cualquier administración pública responsable.
Según este razonamiento, no se trata de rechazar
la ayuda humanitaria ni de ignorar el sufrimiento de quienes emigran, sino de
reconocer que ningún territorio posee una capacidad ilimitada para absorber
población sin que aparezcan problemas sociales, económicos y medioambientales.
El verdadero desafío consiste en encontrar un
equilibrio entre la solidaridad y la sostenibilidad. Una ayuda eficaz debería
combinar la asistencia humanitaria inmediata con inversiones que permitan a los
países de origen mejorar sus condiciones económicas y sociales. Solo así podría
reducirse la necesidad de emigrar por pura supervivencia.
Pero
en esto nace un problema. Cuando los
países más desarrollados invierten en África o en otras naciones en vías de
desarrollo, suele surgir un problema: una parte de la población local ve esas
inversiones con desconfianza y considera que no buscan ayudar al progreso del
país, sino aprovecharse de sus recursos y de su mano de obra para beneficio
propio.
La cuestión de fondo sigue abierta: ¿es más
eficaz concentrar los esfuerzos en acoger cada vez a más personas en los países
receptores, o invertir masivamente en crear oportunidades en los países de origen
para que millones de personas no tengan que abandonar sus hogares?
Muchos canarios creemos que la segunda opción es
la más razonable y sostenible a largo plazo, especialmente en un territorio
limitado como Canarias, donde los recursos y el espacio no son infinitos y
donde también deben preservarse oportunidades para las generaciones futuras.






