El supuesto
Dios Padre Jehová, Dios o Alá no cuida de nadie en la Tierra ni en el universo,
aunque se le añada el libre albedrío
Por
Bruno Perera
Desde hace
miles de años, millones de personas creen que existe un Dios todopoderoso que
vela por la humanidad. Lo llaman Jehová, Dios, Alá o con otros nombres, según
la religión que profesen. Sin embargo, cuando observamos la realidad del mundo
con una mirada crítica, surge una pregunta difícil de eludir: ¿dónde está ese
cuidado divino del que hablan las religiones?
La historia
de la Tierra está escrita con terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis,
inundaciones, sequías, epidemias, guerras y hambrunas. No se trata de hechos
aislados, sino de una constante que ha acompañado a la humanidad desde sus
orígenes.
Un ejemplo
especialmente dramático fue el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755.
Aquel día, mientras miles de personas asistían a misa con motivo del Día de
Todos los Santos, un violento terremoto derrumbó iglesias repletas de fieles.
Después llegó un tsunami y, finalmente, los incendios terminaron de destruir
buena parte de la ciudad. Murieron decenas de miles de personas. Si Dios
protegía a quienes rezaban, aquel día no pareció hacerlo.
A ello se
suman las innumerables guerras que han asolado el planeta. Desde las antiguas
civilizaciones hasta los conflictos actuales, cientos de millones de seres
humanos han muerto a causa de la violencia. Entre las víctimas ha habido
creyentes de todas las religiones, personas inocentes, niños y ancianos. Todos
rezaban a un Dios que, según cada tradición, los protegía.
Pero la
naturaleza tampoco distingue entre creyentes y no creyentes. Un simple mosquito
puede transmitir enfermedades que, según diversas estimaciones, han causado
miles de millones de muertes a lo largo de la historia. Como suele señalarse,
los mosquitos podrían haber sido responsables de la muerte de cerca de la mitad
de todos los seres humanos que han existido. Y, por supuesto, no preguntan qué
religión profesa la persona a la que pican. Del mismo modo, un terremoto no
rodea una iglesia para evitar que se derrumbe, ni un tsunami se detiene ante un
templo, una mezquita o una sinagoga.
Ante estas
objeciones, muchas personas apelan al llamado «libre albedrío». Argumentan que
Dios permite las guerras porque respeta la libertad humana. Esa explicación
puede intentarse aplicar a los actos de las personas, pero resulta mucho más
difícil utilizarla para justificar terremotos, tsunamis, enfermedades
transmitidas por insectos, cánceres infantiles o desastres naturales. Ninguno
de esos fenómenos depende de una decisión libre del ser humano.
Si Dios es
omnipotente y omnisciente, conoce cada tragedia antes de que ocurra y tendría
poder para impedirla. Si, además, es infinitamente bueno, cabría esperar que
evitara, al menos, el sufrimiento de quienes no han hecho daño a nadie. Sin
embargo, la realidad observable muestra que las catástrofes naturales y muchas
enfermedades afectan indiscriminadamente a toda clase de personas.
Algunos
creyentes sostienen que existe un propósito que los seres humanos no alcanzamos
a comprender. Es una respuesta respetable desde la fe, pero que no puede
verificarse mediante la observación ni el razonamiento empírico. Otros
consideran que el mundo funciona conforme a las leyes de la naturaleza y que
esas leyes explican los fenómenos sin necesidad de atribuirles una intervención
sobrenatural. En mi opinión, muchos no tienen en cuenta que terremotos,
maremotos y otros fenómenos naturales forman parte de la dinámica geológica de
la Tierra. Nuestro planeta está en constante evolución, y el movimiento de las
placas tectónicas, junto con otros procesos naturales, produce cambios que, en
ocasiones, provocan grandes catástrofes, además de favorecer la aparición y
propagación de determinadas plagas y enfermedades.
Quizá el
mayor desafío para las religiones no sea demostrar que Dios existe, sino
explicar de forma convincente por qué un ser todopoderoso y perfectamente bueno
permitiría un universo en el que el sufrimiento parece formar parte de su
funcionamiento cotidiano.
Cada persona
es libre de responder a esta cuestión según sus convicciones. Unos encontrarán
respuestas en la fe; otros, en la filosofía; otros, en la ciencia. Lo que
parece indiscutible es que la historia de la Tierra muestra un mundo en el que
la naturaleza y las acciones humanas producen tragedias sin distinguir credos,
nacionalidades ni inocencia.






