Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

viernes, 28 de agosto de 2026

Ceuta arde y el Gobierno español no logra apagar el fuego inmigratorio

 


Ceuta arde y el Gobierno español no logra apagar el fuego inmigratorio

Por Bruno Perera

Ceuta vuelve a encontrarse en una situación que debería preocupar seriamente a todo el Gobierno español. Lo que comenzó como una crisis migratoria amenaza con convertirse en un problema de seguridad, de convivencia y, si no se actúa con rapidez, incluso en una fuente de grave enfrentamiento diplomático entre España y Marruecos.

La pregunta que muchos españoles nos hacemos es sencilla: ¿cómo es posible que decenas de miles de personas puedan desplazarse hacia una frontera tan concreta sin que las autoridades del país de origen sepan lo que está ocurriendo?

Según las cifras manejadas por las autoridades españolas, alrededor de 72.000 personas se dirigieron hacia Ceuta durante la crisis. No estamos hablando de unos cientos de personas que cruzan clandestinamente una frontera. Estamos hablando de una movilización humana de una magnitud extraordinaria.

Es muy difícil imaginar que semejante concentración de personas mientras se dirigían hacia Ceuta pudiera pasar completamente desapercibida para el Estado marroquí.

Marruecos dispone de fuerzas de seguridad, policía, servicios de inteligencia y controles fronterizos precisamente en la zona próxima a Ceuta. Por ello, resulta legítimo preguntarse si las autoridades marroquíes fueron incapaces de controlar la situación o si, por el contrario, permitieron deliberadamente que esa presión migratoria llegara hasta la frontera española y entrara como una invasión en Ceuta.

No afirmo que exista una orden directa del Gobierno marroquí para provocar lo sucedido, porque una acusación de esa naturaleza necesitaría pruebas. Pero sí considero que la magnitud de los acontecimientos justifica una investigación seria sobre el comportamiento de las autoridades marroquíes.

¿Una crisis migratoria o una forma de presión política?

Marruecos sabe perfectamente que Ceuta y Melilla constituyen uno de los puntos más sensibles de las relaciones entre ambos países.

También sabe que una presión migratoria masiva puede producir enormes dificultades a España sin necesidad de disparar un solo tiro.

Y eso es precisamente lo preocupante.

Una frontera sometida permanentemente a una presión extraordinaria puede acabar produciendo enfrentamientos entre inmigrantes, fuerzas de seguridad y población local. Si además se producen agresiones contra militares o policías, incendios, disturbios o enfrentamientos entre grupos de población, el problema deja de ser exclusivamente migratorio y pasa a convertirse en un problema de seguridad nacional.

El peligro no consiste necesariamente en que Marruecos vaya a lanzar mañana una invasión militar contra Ceuta o Melilla.

Existe un escenario mucho más complejo y posiblemente más eficaz:

presión migratoria, saturación de las ciudades, conflictos sociales, enfrentamientos, tensión política y, finalmente, una crisis diplomática entre España y Marruecos.

Una situación así podría deteriorarse rápidamente a partir de un solo incidente grave.

El precedente de la Marcha Verde

La historia demuestra que Marruecos ha utilizado en el pasado las movilizaciones civiles como instrumento político.

En 1975, el rey Hassan II organizó la denominada Marcha Verde, mediante la cual decenas de miles de civiles marroquíes fueron movilizados hacia el entonces Sáhara español.

No fue una invasión militar convencional. Fue una gigantesca operación política destinada a crear una situación sobre el terreno que obligara a España a reaccionar.

Por eso resulta comprensible que algunos observadores vean con preocupación cualquier movilización masiva de población hacia Ceuta o Melilla.

No significa que estemos ante una nueva Marcha Verde. Son circunstancias históricas completamente diferentes.

Pero sí demuestra que las movilizaciones civiles pueden utilizarse como instrumentos de presión territorial y política.

Y, precisamente por ello, España debería analizar cuidadosamente lo ocurrido en Ceuta y preguntarse si estamos ante una crisis espontánea o ante una situación que alguien está aprovechando políticamente.

¿Desde cuándo pertenecen Ceuta y Melilla a España?

Existe otro argumento que aparece periódicamente en el debate: la afirmación de que Ceuta y Melilla deberían pertenecer a Marruecos porque se encuentran geográficamente en África.

Pero la geografía no determina por sí sola la soberanía política.

Ceuta forma parte de la Corona portuguesa desde 1415, y posteriormente quedó vinculada a la Corona española. Melilla fue incorporada a la Corona de Castilla en 1497.

Es decir, la presencia española en estas ciudades tiene más de 5 siglos de historia.

Por eso, si alguien sostiene que España debería entregar Ceuta y Melilla a Marruecos simplemente porque están situadas en territorio africano, habría que hacerse una pregunta mucho más amplia:

¿Deberíamos empezar a modificar las fronteras de todo el planeta en función de quién habitaba un territorio muchos siglos atrás?

Porque si aplicamos ese criterio de manera universal, las consecuencias serían extraordinarias.

¿Dónde terminaría entonces la reclamación territorial?

Si España tuviera que entregar Ceuta y Melilla a Marruecos porque se encuentran geográficamente en África, podríamos aplicar el mismo razonamiento a innumerables territorios del mundo.

Turquía, por ejemplo, controla actualmente una parte de su territorio situada en Europa. ¿Debería entregar esa parte a los países europeos porque geográficamente pertenece al continente europeo?

Y si el argumento fuese que los territorios deben pertenecer a los pueblos que los habitaban antes de la llegada de los europeos, entonces habría que plantearse cuestiones todavía más difíciles.

¿Deberían Estados Unidos, Canadá dejar de existir como Estados y convertirse en territorios gobernados exclusivamente por los pueblos indígenas?

¿Debería Australia convertirse en una república aborigen y abandonar los descendientes de los colonos europeos el país?

¿Debería Nueva Zelanda aplicar exactamente el mismo criterio?

¿Y qué hacemos con prácticamente todos los países de América?

La historia mundial está llena de conquistas, migraciones, colonizaciones, desplazamientos de población, matrimonios, guerras y cambios de soberanía.

No existe prácticamente ningún Estado moderno cuya frontera pueda explicarse exclusivamente por quién vivía allí hace dos mil años.

Por eso resulta peligroso utilizar selectivamente la historia para justificar unas reivindicaciones territoriales mientras se ignora la historia cuando no resulta conveniente.

¿Y qué ocurre con Canarias?

Este mismo razonamiento nos lleva a otro asunto que afecta directamente a España: Canarias.

En ocasiones se ha utilizado la antigüedad de los contactos entre el norte de África y las islas para argumentar que Canarias tendría una vinculación territorial con Marruecos.

Es cierto que existen referencias antiguas a las islas y que las expediciones relacionadas con Juba II, rey de Mauritania Tingitana, constituyen uno de los episodios más conocidos de la historia antigua de Canarias.

Pero una visita, expedición o conocimiento geográfico de unas islas no equivale a demostrar soberanía territorial sobre ellas.

Y mucho menos puede utilizarse una expedición realizada hace aproximadamente dos mil años para establecer una reclamación territorial moderna.

Los primeros pobladores de Canarias fueron pueblos de origen norteafricano, y existe una evidente relación cultural y genética entre los antiguos habitantes de las islas y poblaciones del noroeste africano. Pero de ahí no se deriva que las Canarias sean territorio marroquí.

Si aceptáramos semejante principio, tendríamos que reconstruir las fronteras del mundo entero utilizando acontecimientos ocurridos hace dos mil años.

Además, la historia política del actual Marruecos tampoco puede proyectarse retrospectivamente como si el Estado marroquí contemporáneo hubiera existido con las mismas fronteras, instituciones y soberanía desde la Antigüedad.

La antigua Mauritania Tingitana era una entidad política de la Antigüedad con un territorio y unas estructuras completamente diferentes de las del Marruecos actual. Posteriormente, el norte de África experimentó profundas transformaciones políticas, religiosas y culturales, incluidas la conquista árabe y la formación sucesiva de diferentes Estados y dinastías.

Por tanto, tampoco sería históricamente correcto afirmar simplemente que porque algunos antiguos habitantes de Canarias procedían del norte de África, Canarias pertenece actualmente a Marruecos.

Las fronteras no pueden cambiar cada vez que cambia la interpretación de la historia

Este es, en mi opinión, el punto fundamental.

Las fronteras internacionales modernas se basan en tratados, acontecimientos históricos, reconocimiento internacional y en el principio de integridad territorial de los Estados.

Si cada país comenzara a reclamar territorios basándose en quién estuvo allí hace quinientos, mil o dos mil años, el mundo entraría en una situación imposible.

España podría reclamar territorios europeos que alguna vez estuvieron bajo dominio español.

Italia podría reconstruir el Imperio romano.

Grecia podría reclamar territorios del mundo helénico.

Turquía podría reivindicar territorios del antiguo Imperio otomano.

Rusia podría justificar nuevas fronteras utilizando antiguos territorios del Imperio ruso.

Y prácticamente todos los países tendrían argumentos históricos para reclamar territorios de sus vecinos.

La historia sirve para comprender el presente, no para convertir cada guerra y cada conquista de hace siglos en una factura territorial pendiente de cobro.

España debe actuar antes de que sea demasiado tarde

Ceuta no necesita discursos. Necesita seguridad, control fronterizo y una política clara.

España debe mantener relaciones diplomáticas con Marruecos y cooperar en todo aquello que beneficie a ambos países. Marruecos es un vecino importante y la cooperación entre ambos Estados resulta imprescindible.

Pero cooperación no significa aceptar presiones.

Si Marruecos quiere defender sus posiciones sobre Ceuta y Melilla, tiene todo el derecho a hacerlo por vías diplomáticas. España, por su parte, tiene exactamente el mismo derecho a defender la soberanía que ejerce sobre ambas ciudades.

Lo que España no puede permitirse es que una presión migratoria de decenas de miles de personas termine provocando una situación de caos en Ceuta.

Porque cuando una ciudad empieza a arder, el problema deja de ser exclusivamente migratorio.

Se convierte en un problema político.

Y cuando el problema político afecta a dos países que comparten una frontera extremadamente sensible, cualquier incidente puede adquirir una dimensión mucho mayor de la que inicialmente se esperaba.

Por eso el Gobierno español debería actuar inmediatamente, exigir explicaciones a Marruecos, reforzar la frontera, proteger a las fuerzas de seguridad y establecer una política migratoria capaz de impedir que las fronteras españolas se conviertan en instrumentos de presión política.

España debe buscar el diálogo con Marruecos.

Pero también debe dejar algo absolutamente claro:

la amistad entre dos países no puede construirse sobre la amenaza, la presión migratoria o la incertidumbre sobre la soberanía territorial.

Ceuta y Melilla no son simplemente dos ciudades situadas en África.

Son ciudades españolas con siglos de historia.

Y si algún día se pretende modificar su soberanía, esa decisión no puede venir impuesta por una avalancha humana en una frontera, por una presión diplomática o por una reinterpretación interesada de la historia.

Debe decidirse por los procedimientos políticos y jurídicos que corresponden a los Estados modernos.

Porque si permitimos que las fronteras cambien cada vez que alguien consigue ejercer suficiente presión sobre ellas, no estaremos resolviendo un conflicto: estaremos abriendo la puerta a muchos más.

 brunopereragarcia5@gmail.com

sábado, 22 de agosto de 2026

Marruecos miente y manipula cuando dice a España y a la UE que está dispuesto a recibir a los MENAs

 


Marruecos miente y manipula cuando dice a España y a la UE  que está dispuesto a recibir a los MENAs

Por Bruno Perera

Desde hace años Marruecos viene transmitiendo a España y a las instituciones europeas que está dispuesto a recibir de vuelta a los menores extranjeros no acompañados —los conocidos como MENAs— que sean de nacionalidad marroquí y que se encuentren en territorio español. Pero no a los MENAs subsaharianos que parten del territorio marroquí hacia territorio español. (Algo que no se puede comprender).

Sobre el papel, la propuesta parece en parte razonable: si un menor marroquí ha llegado ilegalmente a España y se demuestra que su familia o un sistema adecuado de protección puede hacerse cargo de él en Marruecos, ¿por qué no devolverlo a su país de origen?

El problema aparece cuando pasamos de las declaraciones políticas a la realidad jurídica.

La legislación española y europea no permite simplemente meter a un menor en un avión y enviarlo a Marruecos. Antes de proceder a su retorno deben respetarse determinadas garantías y, sobre todo, debe prevalecer el interés superior del menor. La normativa europea establece que, antes de expulsar a un menor no acompañado, las autoridades deben asegurarse de que será entregado a un familiar, a un tutor designado o a unas instalaciones de acogida adecuadas en el país de retorno. (EUR-Lex)

Además, la normativa europea exige que las circunstancias del menor sean examinadas individualmente y que se tengan en cuenta factores como la posibilidad de reunificación familiar, su bienestar, su seguridad, su desarrollo y las posibles situaciones de violencia, explotación o trata. (EUR-Lex). (En definitiva un cuento de las Mil y Una Noches que nunca termina si se sigue el proceso legal internacional).

Y aquí es donde, a mi juicio, aparece la contradicción de la posición marroquí.

Marruecos puede decir públicamente que está dispuesto a recibir a sus menores, pero una cosa es decirlo y otra muy distinta es proporcionar a España las garantías necesarias para que esos retornos puedan ejecutarse legalmente y de forma efectiva.

De hecho, España y Marruecos ya tienen desde 2007 un acuerdo específico sobre la prevención de la emigración ilegal de menores no acompañados, su protección y su retorno concertado. Ese acuerdo establece expresamente que cualquier retorno debe realizarse respetando la legislación española, el Derecho internacional y la Convención sobre los Derechos del Niño. También contempla la reunificación familiar o, cuando proceda, la entrega del menor a una institución de tutela. (BOE). (Y en todo esto Marruecos sabe que según los acuerdos internacionales la devolución de MENAs es casi imposible y por ello Marruecos juega al gato y al ratón con España).

Por tanto, la cuestión no es simplemente si Marruecos dice "sí, devuélvanmelos".

La verdadera pregunta es:

¿Está Marruecos dispuesto a demostrar, caso por caso, que esos menores serán recibidos, protegidos y atendidos adecuadamente cuando regresen?

Porque ahí está el verdadero problema.

Una promesa política no es una garantía jurídica

Marruecos conoce perfectamente las dificultades que tiene España para efectuar estos retornos. También conoce las obligaciones que España ha asumido en materia de protección de menores. (Y de ello Marruecos se aprovecha para lanzar sus falsas campañas de proteccionismo del menor).

Por eso considero que cuando desde Marruecos se afirma que están dispuestos a recibir a los menores, sería necesario pasar de las declaraciones políticas a compromisos concretos.

España no debe exigir ni conseguir, antes de aceptar cualquier devolución, una identificación fiable del menor, la localización de sus familiares cuando sea posible, una comprobación de las circunstancias familiares, garantías sobre quién recibirá al menor y pruebas de que existirá una estructura adecuada de protección después de su llegada. (Esto le corresponde a Marruecos).

Debería bastar con que Marruecos diga: "Es marroquí, devuélvanlo".

España no debe preguntar: "¿Quién lo recibirá? ¿Dónde vivirá? ¿Quién será responsable de él? ¿Qué protección tendrá? ¿Qué ocurrirá si su familia no puede hacerse cargo de él?" (Eso le compete a Marruecos).

Y esas respuestas deberían estar documentadas.

Marruecos también tiene una responsabilidad

La responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre España.

Si Marruecos considera que sus menores deben regresar a su país, tiene también la responsabilidad de demostrar que dispone de los medios necesarios para recibirlos y protegerlos.

No podemos aceptar que los menores sean utilizados como una simple cuestión estadística o diplomática o como otra Marcha Verde como la de 1975.

Un menor no es una cifra.

Un menor es una persona.

Y precisamente porque estamos hablando de menores, España tiene que actuar con humanidad, pero también con sentido común.

La protección del menor no debería convertirse en una puerta abierta para que miles de jóvenes emprendan viajes peligrosos con la esperanza de llegar a Europa, mientras los países de origen se desentienden de las consecuencias.

El problema no empieza cuando el menor llega a España

Hay otra cuestión que considero fundamental y de la que se habla demasiado poco.

¿Por qué tantos menores marroquíes y subsaharianos quieren abandonar su país?

Si un joven considera que su futuro está en España y está dispuesto a jugarse la vida para cruzar el Estrecho o el Atlántico, quizá deberíamos preguntarnos qué está fallando en su propio país.

Marruecos y todos los países subsaharianos tienen la obligación de ofrecer a sus jóvenes oportunidades de educación, formación, trabajo y una vida digna. La prevención de la emigración de menores no puede consistir únicamente en impedir que crucen la frontera.

Debe consistir también en conseguir que esos menores no quieran marcharse desesperadamente de su propio país.

Y aquí es donde la responsabilidad de Marruecos y de países subsaharianos  resulta ineludible.

España tampoco puede permanecer indefinidamente atrapada

España se encuentra en una situación especialmente complicada.

Por una parte, tiene que proteger a los menores y cumplir las obligaciones derivadas de la legislación española, europea y de los tratados internacionales.

Por otra, debe controlar sus fronteras y garantizar que la entrada ilegal de personas no se convierta en un sistema permanente de inmigración descontrolada.

Ambas cosas pueden y deben hacerse simultáneamente.

Yo creo firmemente, viendo como está el panorama, que la solución para España es salirse de la protección de los menores y de los tratados relacionados de Naciones Unidas.

La solución debería ser cambiar las reglas para que protección y control migratorio puedan funcionar conjuntamente.

España y la Unión Europea deberían negociar con los países de origen acuerdos mucho más claros: identificación rápida, comprobación familiar, centros de recepción adecuados, seguimiento posterior al retorno, lucha contra las mafias que utilizan a menores y mecanismos que permitan ejecutar las devoluciones en caliente.

Y si un país de origen afirma que quiere recuperar a sus menores, debería asumir una parte mucho mayor de esa responsabilidad.

No se puede pedir a España que sea padre y madre de los hijos de otros países

España puede ayudar.

España debe proteger a los menores que llegan a su territorio.

Pero España no puede convertirse indefinidamente en el país que educa, alimenta, aloja y tutela a menores procedentes de otros Estados mientras esos Estados se limitan a reclamar públicamente que se los devuelvan.

La solidaridad internacional tiene límites.

Y esos límites deben establecerse mediante acuerdos claros, verificables y exigibles.

También considero necesario revisar profundamente determinados convenios y compromisos internacionales relacionados con inmigración y retorno para que España tenga capacidad real para controlar sus fronteras y ejecutar una política migratoria propia dentro del marco de los derechos fundamentales.

Porque una cosa es respetar los derechos humanos y otra muy diferente es aceptar que las normas internacionales puedan convertirse en un mecanismo que haga prácticamente imposible gestionar una frontera.

Marruecos debe demostrarlo con hechos

Por eso, cuando Marruecos diga que está dispuesto a recibir a los MENAs marroquíes que se encuentran en España, mi respuesta sería muy sencilla:

No basta con decirlo. Hay que demostrarlo.

Que presente un sistema claro de identificación y recepción.

Que facilite la localización de las familias.

Que garantice que los menores serán recibidos por sus familiares.

Que existan centros adecuados para aquellos que no puedan regresar con sus familias.

Y que asuma su responsabilidad como país de origen.

Si Marruecos realmente quiere recuperar a sus menores, España debería estar dispuesta a colaborar.

Pero si las declaraciones de Rabat son únicamente una herramienta diplomática para aparentar ante España, la Unión Europea y las Naciones Unidas que Marruecos está dispuesto a hacerse cargo de sus propios menores, mientras en la práctica no proporciona las garantías necesarias para que esos retornos puedan ejecutarse, entonces estaremos ante una operación política y no ante una verdadera solución.

 

viernes, 21 de agosto de 2026

El petróleo quizás no sea orgánico sino inorgánico

 


El petróleo quizás no sea orgánico sino inorgánico

Por Bruno Perera

Durante más de un siglo se ha repetido como dogma que el petróleo es un residuo fósil de plantas, algas y animales que vivieron hace cientos de millones de años. Según esta teoría clásica, toda aquella biodiversidad quedó enterrada, comprimida y transformada lentamente en hidrocarburos. Sin embargo, cada vez más personas —entre ellas me incluyo— consideramos que esta explicación podría ser incompleta o incluso equivocada. El petróleo, quizás, no sea orgánico, sino inorgánico, formado en las profundidades de la Tierra.

La duda razonable: ¿de verdad murió tanta vida para generar tanto petróleo?

Si aceptamos la teoría orgánica tradicional, debemos imaginar océanos enteros repletos de vida microscópica acumulándose durante millones de años, sin descomponerse, sin ser devorada, sin oxidarse. Y no solo eso: esa materia orgánica tendría que haber quedado enterrada en condiciones muy específicas para transformarse en kerógeno y luego en petróleo.

Pero cuando observamos la magnitud de los yacimientos actuales —gigantescos, extendidos por continentes enteros, con reservas que parecen inagotables— surge una pregunta legítima: ¿es creíble que tanta biomasa haya existido y se haya conservado intacta para producir semejante cantidad de petróleo?

Para muchos, la respuesta es no. Y ahí entra en juego la teoría alternativa.

La hipótesis inorgánica: el petróleo que nace del interior de la Tierra

El geólogo ruso Nikolái Kudryávtsev y otros científicos soviéticos propusieron una idea radical: el petróleo no proviene de seres vivos, sino de procesos químicos profundos en el manto terrestre.

Según esta visión:

A. En el interior de la Tierra existe carbono primitivo. 

B. El agua que penetra en zonas profundas reacciona con minerales ricos en hierro, generando hidrógeno. 

C. Ese hidrógeno se combina con el carbono formando hidrocarburos. 

D. Los hidrocarburos ascienden por fallas y fracturas hasta quedar atrapados en cavidades porosas de la corteza.

Este proceso es coherente con la química conocida: en los respiraderos hidrotermales del fondo oceánico se generan hidrocarburos sin intervención de vida. ¿Por qué no podría ocurrir lo mismo, a gran escala, dentro del planeta?

La profundidad de los yacimientos: un argumento que incomoda a la teoría orgánica

Se han encontrado yacimientos a más de 10 o 12 kilómetros de profundidad. A esas profundidades: 

A. La temperatura es demasiado alta para que la materia orgánica sobreviva. 

B. Las condiciones geológicas no coinciden con las cuencas sedimentarias clásicas. 

C. La presión es extrema, incompatible con la “ventana del petróleo” orgánico.

Entonces, ¿cómo llegó allí el petróleo? La teoría inorgánica ofrece una respuesta sencilla: el petróleo no llegó desde arriba, sino desde abajo, desde el centro del geoide.

¿Y qué dice la ciencia oficial?

La geología moderna sigue defendiendo que la mayoría del petróleo es orgánico, apoyándose en biomarcadores presentes en muchos crudos. Sin embargo, estos biomarcadores podrían ser:

A. Contaminaciones posteriores. 

B. Mezclas entre petróleo profundo y materia orgánica superficial. 

C. O incluso compuestos que se forman por procesos químicos no biológicos.

La ciencia no es estática. Lo que hoy es dogma, mañana puede ser revisado.

Una visión más amplia: quizás ambos procesos existen

No es necesario elegir entre blanco y negro. Es posible que: 

A. Exista petróleo orgánico, formado en cuencas sedimentarias.

B. Y exista petróleo inorgánico, generado en el manto y filtrado hacia la corteza.

La pregunta clave es: ¿cuál de los dos procesos produce la mayor parte del petróleo que usamos?

La respuesta aún no es definitiva. Pero la hipótesis inorgánica gana terreno porque explica mejor: 

A. La profundidad de algunos yacimientos. 

B. La abundancia global de petróleo. 

C. Y la presencia de hidrocarburos en cuerpos planetarios sin vida (Titán, por ejemplo).

Reflexión final

El petróleo podría ser un recurso mucho más profundo, más antiguo y más abundante de lo que se pensaba. Quizás no sea el “resto fósil” de un mundo muerto, sino el resultado natural de la química interna de la Tierra.

La ciencia avanza cuando se cuestiona lo establecido. Y este debate —orgánico vs. inorgánico— está lejos de cerrarse.

 

miércoles, 19 de agosto de 2026

Marruecos le mete goles a España en inmigración ilegal tantas veces como quiere

 


Marruecos le mete goles a España en inmigración ilegal tantas veces como quiere

Por Bruno Perera

Hay partidos de fútbol en los que un equipo marca un gol y el contrario responde inmediatamente. Y hay otros en los que uno de los equipos parece haber descubierto que su adversario no sabe defenderse.

En materia de inmigración ilegal, la relación entre Marruecos y España lleva demasiados años pareciéndose a lo segundo.

Marruecos sabe perfectamente que Ceuta y Melilla son dos de las fronteras exteriores de la Unión Europea y que cualquier presión migratoria sobre ellas termina convirtiéndose en un problema político, económico y humanitario para España y, finalmente, para toda Europa.

Ceuta: mayo de 2021

Uno de los episodios más conocidos ocurrió entre el 17 y el 18 de mayo de 2021, cuando alrededor de 6.000 personas entraron irregularmente en Ceuta en cuestión de horas, muchas de ellas a nado o utilizando pequeñas embarcaciones y flotadores. Entre los llegados había aproximadamente 1.500 menores. RTVE informó entonces de que al menos una persona había muerto ahogada en aguas marroquíes. (RTVE.es)

Aquella crisis se produjo en un momento de enorme tensión diplomática entre Madrid y Rabat. (Por el caso del político saharaui que fue recibido en España con Covid)

Posteriormente, España intentó devolver a Marruecos a algunos de los menores que habían quedado en Ceuta. En enero de 2024, sin embargo, el Tribunal Supremo confirmó que las devoluciones realizadas en agosto de 2021 habían sido ilegales porque no se habían respetado los procedimientos y garantías establecidos por la legislación española. (Poder Judicial)

Es decir, la presión migratoria no terminó cuando acabó aquella crisis. Sus consecuencias jurídicas, económicas y sociales continuaron durante años.

Y llegó el 30 de julio de 2026

Pero lo ocurrido el 30 de julio de 2026 ha cambiado completamente la escala del problema.

Durante aquella jornada se produjo una entrada masiva desde Marruecos hacia Ceuta. Las informaciones publicadas posteriormente hablan de más de 70.000 inmigrantes invasores, mientras que algunas estimaciones llegaron a situar la cifra por encima de 72.000. (Reuters)

Y esta vez la tragedia humana fue enorme.

El Gobierno de Ceuta llegó a elevar a 88 el número de fallecidos encontrados en las inmediaciones del espigón del Tarajal. Según las autoridades ceutíes, en la mayoría de los casos la causa de la muerte fue el ahogamiento. (EFE Noticias)

Detrás de cada una de esas cifras había una persona, una familia y una tragedia.

Pero también existe otra realidad que España tiene que afrontar: la enorme presión que una entrada de esta magnitud ejerce sobre una ciudad de apenas unos 20 kilómetros cuadrados.

Miles de personas permanecen en Ceuta

Semanas después de aquella entrada masiva, todavía quedaban alrededor de 5.000 inmigrantes ilegales en Ceuta, tirados por las calles, y según las estimaciones recogidas por distintos medios, mientras las autoridades ceutíes hablaban incluso de cifras superiores. (Cadena SER)

Entre ellos hay miles de menores.

La Policía Nacional había identificado 2.168 menores no acompañados desde el 30 de julio. (ElHuffPost)

Y aquí aparece uno de los grandes problemas del sistema español.

Un menor extranjero no acompañado no puede ser simplemente devuelto al otro lado de la frontera como si se tratara de una mercancía. La legislación española y europea exige procedimientos individuales y garantías destinadas a proteger al menor.

Por eso España puede encontrarse ante una situación paradójica: una entrada masiva puede producirse en cuestión de horas, pero resolver legalmente la situación de cada menor puede llevar meses.

¿Cuánto cuesta todo esto?

También debemos hablar del dinero público.

 La manutención de cada menor cuesta unos 3.500 euros mensuales, porque el coste depende del sistema de acogida, alojamiento, personal, alimentación, educación, asistencia sanitaria, seguridad y otros servicios.

Y sabemos que la factura pública es enorme.

En agosto de 2026 el Gobierno anunció una partida extraordinaria de 25 millones de euros para atender a los menores migrantes de Ceuta, además de otros 5,5 millones de euros que ya habían sido asignados previamente. (EFE Noticias)

Y Ceuta ya venía soportando un gasto considerable. Para 2025 se estimaba un coste de aproximadamente 1 a 1,2 millones de euros mensuales para cubrir el déficit de atención a menores no acompañados. (La Verdad de Ceuta)

Por tanto, no estamos hablando de unas pocas ayudas.

Estamos hablando de decenas de millones de euros de dinero público.

¿Es esto una política migratoria o una presión sobre España?

Aquí comienza mi opinión.

Yo creo que España y la Unión Europea llevan demasiado tiempo actuando a la defensiva.

Marruecos sabe que España no puede permitirse una frontera abierta, pero también sabe que España tiene obligaciones legales y humanitarias con las personas que consiguen entrar.

Y ahí aparece una enorme ventaja estratégica.

Si miles de personas consiguen atravesar la frontera, España tiene que identificarlas, atenderlas, alojarlas, proporcionarles asistencia sanitaria, estudiar sus circunstancias y, cuando se trate de menores, protegerlos conforme a la legislación.

El coste y la responsabilidad pasan entonces de Marruecos a España.

Eso es lo que yo llamo marcar un gol sin necesidad de disparar contra la portería.

Pero tampoco debemos olvidar Canarias

Mientras Ceuta soporta la presión de su frontera terrestre, Canarias lleva décadas soportando la presión de las rutas marítimas procedentes de África.

Pateras, cayucos y embarcaciones neumáticas han convertido el Atlántico en una de las rutas migratorias más peligrosas.

Y cada año aparecen nuevas tragedias.

España rescata a personas en el mar, atiende a los supervivientes y recibe a quienes consiguen alcanzar territorio español.

Pero la pregunta fundamental continúa sin resolverse:

¿Quién controla realmente las salidas?

Porque rescatar a una persona que está a punto de morir ahogada es una obligación humanitaria. Pero permitir que miles de personas se embarquen en travesías extremadamente peligrosas es otra cuestión completamente distinta.

La política migratoria europea no puede limitarse a recibir, rescatar y repartir.

Tiene que actuar antes.

Marruecos tiene una responsabilidad

No pretendo afirmar que todas las personas que llegan irregularmente a España sean enviadas deliberadamente por el Gobierno marroquí. Eso necesitaría pruebas concretas para cada episodio.

Pero sí considero legítimo preguntarse por qué las autoridades españolas y europeas han permitido que la cooperación con Marruecos se convierta en una pieza tan importante de la política migratoria europea.

Marruecos recibe cooperación, financiación y apoyo de Europa.

España mantiene relaciones económicas y comerciales extraordinariamente importantes con Marruecos.

Y, al mismo tiempo, España continúa enfrentándose a episodios periódicos de presión migratoria en Ceuta, Melilla y Canarias.

Por eso la pregunta que debemos hacer a nuestros políticos es muy sencilla:

¿Qué obtiene España a cambio de todo lo que entrega?

No podemos convertir la inmigración en una guerra de cifras

Tampoco debemos cometer el error de convertir a los inmigrantes en simples números.

Los 6.000 que llegaron en mayo de 2021 eran personas.

Los más de 70.000 que entraron en julio de 2026 eran personas.

Y los fallecidos eran personas.

Pero precisamente porque son personas, Europa debe tener una política migratoria seria.

Una política que combine humanidad con control fronterizo.

Solidaridad con seguridad.

Asilo para quien realmente lo necesite.

Retorno efectivo para quien no tenga derecho a permanecer.

Cooperación con los países de origen y tránsito.

Y, sobre todo, una política que impida que las mafias y las presiones fronterizas sean quienes decidan quién entra en territorio europeo.

¿Cuántos goles más puede recibir España?

En mayo de 2021 fueron alrededor de 6.000 entradas en pocas horas.

En julio de 2026, las cifras fueron de una magnitud que parecía imposible imaginar pocos años antes.

Y mientras tanto, España continúa pagando la factura económica, administrativa y política.

Por eso mi pregunta final es:

¿Cuántos goles más está dispuesta a recibir España antes de aprender a defender su propia portería?

No se trata de cerrar las puertas a quien huye de una guerra o necesita protección.

No se trata de abandonar a quien se está ahogando.

Se trata de que las fronteras de España y de la Unión Europea sean realmente fronteras, de que la inmigración sea ordenada y legal, y de que ningún país pueda utilizar la desesperación de miles de personas como instrumento de presión política.

Porque una frontera europea no puede funcionar como una puerta que unos abren cuando les interesa y otros tienen que pagar cuando se encuentran con ella abierta.