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jueves, 1 de octubre de 2026

El cerebro de una persona o animal es un fantasma para sí mismo

 


El cerebro de una persona o animal es un fantasma para sí mismo

Por Bruno Perera

Hay algo extraordinariamente curioso en nuestro cuerpo que pocas veces nos detenemos a pensar: tenemos dentro de la cabeza un órgano que controla, interpreta y organiza prácticamente todo lo que somos, pero que, paradójicamente, parece no tener una percepción consciente de sí mismo como órgano.

Me refiero al cerebro.

El cerebro recibe información de nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra piel, nuestros músculos y prácticamente de todo nuestro organismo. Gracias a él vemos, escuchamos, pensamos, recordamos, imaginamos, sentimos miedo, alegría, tristeza o dolor. Es, por decirlo de una manera sencilla, el gran guardián de todo lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros.

Pero existe una paradoja fascinante: el cerebro propiamente dicho no siente dolor cuando se le toca.

Esto no es una cuestión filosófica, sino un hecho anatómico. El tejido cerebral carece prácticamente de nociceptores, que son los receptores especializados en detectar estímulos potencialmente dolorosos. Por eso, cuando se realiza una operación cerebral, el cirujano puede llegar a manipular determinadas zonas del cerebro sin que el propio tejido cerebral produzca dolor.

Naturalmente, una operación cerebral no significa que el paciente no necesite anestesia. El cuero cabelludo, el cráneo, las meninges y otras estructuras que rodean el cerebro sí poseen sensibilidad y pueden producir dolor. Por eso esas zonas deben ser anestesiadas.

Y aquí comienza la parte que, a mi juicio, resulta verdaderamente extraordinaria.

El cerebro es el órgano que nos permite sentir el dolor, pero él mismo no siente dolor cuando se toca directamente.

Es como si un guardián estuviera encargado de vigilar una enorme ciudad, recibiera información de cada rincón de ella y supiera inmediatamente cuándo ocurre algo, pero no pudiera experimentar directamente su propia existencia como guardián.

Por eso me atrevo a decir que el cerebro de una persona o de un animal es un fantasma para sí mismo.

No quiero decir con ello que el cerebro no pueda recibir información sobre su propio funcionamiento. Evidentemente puede hacerlo. El organismo dispone de numerosos mecanismos para informar al cerebro de lo que sucede en su interior: presión, temperatura, composición química de la sangre, posición de las extremidades, funcionamiento de los órganos, etc.

Lo que quiero señalar es algo diferente: nosotros no tenemos una experiencia consciente del cerebro como objeto físico que llevamos dentro de la cabeza.

No sentimos nuestro cerebro como sentimos una mano.

Podemos cerrar los ojos y sentir una mano, una pierna o nuestro estómago. Podemos notar un golpe en la piel. Podemos sentir frío o calor. Pero no podemos concentrarnos y decir: «Ahora mismo estoy sintiendo mi cerebro».

Y eso resulta todavía más sorprendente porque, en cierto sentido, todo aquello que sentimos depende de él.

El cerebro construye nuestra representación del mundo. Recibe señales procedentes de los sentidos y las transforma en una experiencia que nosotros interpretamos como realidad. También construye una representación de nuestro propio cuerpo.

Sin embargo, parece que esa representación no incluye una experiencia cotidiana del cerebro como órgano físico.

Es como si el cerebro pudiera mirar hacia todas partes, pero no pudiera mirarse directamente a sí mismo.

Aquí aparece una comparación que quizá ayude a entenderlo.

El ojo puede ver el mundo, pero no puede verse directamente a sí mismo. Para observar nuestro propio ojo necesitamos un espejo, una fotografía o una cámara.

Con el cerebro ocurre algo todavía más profundo. El cerebro es el instrumento mediante el cual conocemos el mundo y también mediante el cual pensamos sobre nosotros mismos. Podemos estudiar nuestro cerebro mediante un escáner, una operación, una fotografía o un modelo anatómico. Podemos pensar sobre él.

Pero cuando pensamos «mi cerebro», no estamos experimentando directamente nuestro cerebro como experimentamos una mano que tocamos con la otra.

Estamos construyendo una representación mental de él.

Y aquí aparece una de las grandes preguntas de la existencia humana:

¿Cómo puede el órgano que produce nuestra experiencia consciente no tener una experiencia consciente directa de sí mismo como órgano?

Quizá por eso la palabra «fantasma» resulte apropiada como metáfora.

No porque el cerebro sea realmente un fantasma, por supuesto, sino porque está presente en todo lo que somos y, al mismo tiempo, permanece oculto para nuestra experiencia directa.

Está detrás de nuestros pensamientos, pero no podemos sacar nuestro pensamiento fuera de la cabeza para observarlo como observamos una piedra.

Está detrás de nuestra visión, pero no podemos mirar directamente el cerebro que está produciendo esa visión.

Está detrás de nuestra sensación de dolor, pero el tejido cerebral no siente dolor cuando el cirujano lo toca.

Está detrás de nuestra conciencia, pero todavía seguimos sin comprender completamente cómo la actividad de miles de millones de neuronas da lugar a esa experiencia íntima que llamamos «yo».

Y esto no ocurre solamente en los seres humanos. En los animales que poseen sistemas nerviosos complejos existe también una separación entre el órgano que procesa la información y la experiencia que ese organismo tiene de sí mismo.

Por eso esta cuestión no solamente pertenece a la medicina. También pertenece a la filosofía.

Quizá uno de los mayores misterios de la naturaleza sea precisamente este: somos conscientes de nuestro entorno, somos conscientes de nuestro cuerpo y podemos incluso pensar sobre nuestro propio cerebro, pero el cerebro no aparece ante nosotros como aparece cualquier otro objeto del mundo.

El cerebro es, al mismo tiempo, el observador y parte de lo observado.

Es el instrumento con el que intentamos comprender el universo y también el instrumento con el que intentamos comprendernos a nosotros mismos.

Y aquí aparece una última paradoja que me parece extraordinaria:

El cerebro humano ha conseguido construir telescopios para observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, microscopios para observar estructuras diminutas y máquinas capaces de fotografiar su propia actividad; sin embargo, todavía tiene que recurrir a esos instrumentos externos para intentar comprenderse a sí mismo.

Quizá por eso podamos decir, metafóricamente, que el cerebro es el gran guardián de nuestro mundo, pero un fantasma para sí mismo.

Un fantasma que piensa.

Un fantasma que observa.

Un fantasma que siente a través de todo el cuerpo.

Y, sobre todo, un fantasma que lleva miles de años intentando descubrir quién es.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Marruecos debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional

 


Marruecos debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional

Por Bruno Perera

Marruecos debería plantearse seriamente un cambio de actitud política y social, tanto dentro de sus fronteras como en sus relaciones con los países vecinos. No lo digo pensando en el pueblo marroquí, sino en quienes gobiernan y toman las decisiones que afectan a millones de sus ciudadanos.

Lo que está ocurriendo actualmente alrededor de Ceuta debería servir para abrir una reflexión.

Decenas de miles de inmigrantes ilegales (unos 80.000)  orquestados por el Gobierno marroquí llegaron como invasión en julio a la ciudad autónoma procedentes de Marruecos y una parte importante de ellos unos 10.000 que aún no la han abandonado, adultos y MENAs, necesita comida, ropa, alojamiento y asistencia médica. España, las instituciones ceutíes, organizaciones humanitarias y ciudadanos particulares están afrontando buena parte de esa responsabilidad.

Y aquí aparece una pregunta que considero inevitable: ¿por qué Marruecos no participa de una manera mucho más visible en la ayuda a sus propios ciudadanos que tiene abandonados en Ceuta?

Si una persona marroquí se encuentra en una situación de extrema necesidad al otro lado de la frontera, sería razonable esperar que su propio país mostrara preocupación y colaborara, dentro de sus posibilidades, en atenderla.

Sin embargo, mientras se produce esta situación humanitaria, Marruecos continúa manteniendo una política exterior marcada por importantes reivindicaciones territoriales y por su interés en aumentar su influencia regional.

Aquí aparece una contradicción que merece ser analizada.

Antes de aspirar a tener más territorio o mayor influencia internacional, cualquier Estado debería demostrar que es capaz de proporcionar unas condiciones dignas a todos sus ciudadanos.

No se trata solamente de territorio. Se trata de personas.

¿De qué sirve reivindicar más territorio si todavía existen ciudadanos que viven en condiciones de pobreza y que, cuando abandonan su país, terminan dependiendo de la asistencia de otros Estados?

Marruecos tiene recursos humanos, económicos y geográficos importantes. También tiene una posición estratégica extraordinaria entre Europa y África. Precisamente por eso debería utilizar sus posibilidades para mejorar las condiciones de vida de su población y para construir relaciones de confianza con sus vecinos.

España y Marruecos están condenados, por su proximidad geográfica, a entenderse. Hay intereses económicos, comerciales, turísticos y de seguridad que hacen necesaria una relación estable. Pero una relación estable necesita confianza y la confianza se construye mediante hechos.

Ceuta y Melilla constituyen uno de los asuntos más delicados de esa relación. España considera ambas ciudades parte integrante de su territorio, mientras que Marruecos mantiene reivindicaciones ficticias sobre ellas. Ese desacuerdo existe y seguirá siendo objeto de discusión política.

Pero precisamente por eso resulta todavía más importante que la cuestión migratoria no se convierta en un instrumento de presión.

Las personas que emigran no deberían convertirse en piezas de una partida política entre Estados, y menos en carne de cañón que es la pólvora que Marruecos utiliza para su guerra hibrida contra España.

Detrás de cada inmigrante hay una persona que busca una vida mejor. Algunos huyen de la pobreza, otros buscan trabajo y otros persiguen unas oportunidades que no encuentran en su país. Utilizar su desesperación como herramienta política solamente agrava el problema.

Y tampoco España puede limitarse a esperar que las crisis desaparezcan por sí solas. Ceuta tiene una población limitada, un territorio reducido y unas capacidades de acogida que no son infinitas. Cuando miles de personas llegan en poco tiempo, las consecuencias recaen directamente sobre los servicios públicos y sobre los propios ciudadanos ceutíes.

Por eso hace falta una política migratoria clara, rápida y humana.

También hace falta que Marruecos asuma su parte de responsabilidad.

No es razonable que Europa tenga que afrontar prácticamente en solitario las consecuencias sociales de problemas que tienen una parte importante de su origen en el norte de África.

Marruecos podría ganar mucho más mediante la cooperación que mediante la confrontación. Un país que quiere aumentar su peso internacional debería aspirar también a ser reconocido por la calidad de vida de sus ciudadanos, por la fortaleza de sus instituciones, por la lucha contra la corrupción, por el respeto a los derechos de las personas y por su capacidad para resolver sus propios problemas sociales.

La grandeza de un país no se mide solamente por los kilómetros cuadrados que pretende controlar.

La verdadera grandeza de una nación se demuestra cuando sus ciudadanos no necesitan abandonar su tierra para encontrar una vida digna.

Por eso Marruecos debería cambiar su actitud política y social, tanto a nivel nacional como internacional.

Debería mirar menos hacia los territorios que pretende incorporar a su esfera de influencia y mirar más hacia las necesidades de las personas que ya viven dentro de sus fronteras.

Porque antes de querer más territorio, hay algo mucho más importante que conquistar:

el bienestar de su propio pueblo.

Nota final: Espero sinceramente que este artículo pueda llegar algún día a conocimiento del rey de Marruecos. Quizás algunas de las reflexiones que aquí expongo puedan servirle para meditar sobre su forma de gobernar y sobre el futuro que desea para su país.

martes, 29 de septiembre de 2026

Marruecos quiere el Gran Magreb, pero ¿qué hace por los marroquíes que se marchan de sus país?

 


Marruecos quiere el Gran Magreb, pero ¿qué hace por los marroquíes que se marchan de sus país?

Por Bruno Perera

Hay cosas que, cuando uno las mira con un poco de perspectiva, producen una pregunta difícil de evitar: ¿qué sentido tiene que un Estado quiera ampliar sus territorios mientras muchos de sus propios ciudadanos intentan escapar de ellos en busca de una vida mejor?

Esta pregunta resulta especialmente inevitable cuando se habla de Marruecos, de la inmigración y de las históricas reivindicaciones territoriales marroquíes.

Durante los últimos años, España y Marruecos han mantenido una relación estrecha en materia de seguridad, fronteras, comercio e inmigración. A regañadientes la propia Comisión Europea considera a Marruecos un socio estratégico en la lucha contra el tráfico de personas y la inmigración ilegal.

Pero una cosa es la cooperación entre Estados y otra muy distinta es cerrar los ojos ante las contradicciones que aparecen cuando miles de personas abandonan Marruecos buscando precisamente aquello que no encuentran suficientemente en su país: trabajo, prosperidad, seguridad y oportunidades.

Y aquí aparece una cuestión que merece ser planteada sin rodeos.

Si un Gobierno aspira a ser respetado por sus ciudadanos y pretende además ampliar su influencia territorial, su primera obligación debería ser conseguir que sus propios ciudadanos quieran quedarse.

No parece lógico que un joven marroquí tenga que mirar hacia España u otra nación del mundo como una puerta de salida mientras su propio país proclama grandes proyectos nacionales y territoriales.

Ceuta ha vuelto a poner el problema delante de nuestros ojos

Lo ocurrido en Ceuta durante julio de 2026 fue extraordinario por sus dimensiones. Decenas de miles de personas entraron desde Marruecos en territorio español en cuestión de días, provocando una situación que desbordó la capacidad de recepción de la ciudad y obligó a intervenir a las autoridades españolas y a solicitar apoyo europeo.

La discusión sobre quién provocó aquella situación continúa abierta.

Algunos informes españoles señalaron una actuación extraordinariamente permisiva de las fuerzas marroquíes durante determinadas horas. Marruecos negó haber facilitado la entrada y atribuyó el fenómeno a las redes de tráfico, las redes sociales y la interpretación de una resolución judicial española. El presidente del Gobierno español, como un vendido a Marruecos que es, afirmó posteriormente que no existían pruebas sólidas que demostraran que Marruecos hubiera organizado la operación.

Por tanto, entre tantas mentiras y conociendo la cobardía y manipulación de Pedro Sánchez y las aspiraciones marroquíes, se puede afirmar como hecho probado que Rabat organizó aquella entrada masiva.

Y tampoco podemos ignorar la realidad que quedó delante de nuestros ojos: cuando decenas de miles de personas se concentran en una frontera y terminan entrando en una ciudad española, las consecuencias humanas y materiales las tiene que afrontar España, mientras Marruecos juega a humanitario alegando falsamente de dientes para afuera que acepta la devolución de sus migrantes, MENAs y adultos. Y en todo ello Marruecos jamás ha enviado alimentos, ropa y albergue a esos ciudadanos que llegan a España con lo puesto y que el Estado español  debe asumir como problema interno suyo.

Y esa es precisamente la contradicción que merece ser discutida.

¿Por qué tiene que ser España quien recoja los pedazos? ¿Por qué debe ser España y la UE., quienes solventen los problemas sociales y económicos de Marruecos?

El inmigrante que consigue llegar a España normalmente no llega con una vivienda, un empleo, una cuenta bancaria y una familia esperándolo.

Llega muchas veces con lo puesto.

Necesita comida.

Necesita asistencia sanitaria.

Necesita alojamiento.

Necesita protección.

Necesita que alguien se ocupe de él y de ella.

Y cuando se trata de menores, las obligaciones de protección son todavía mayores. Unos 4.500 euros por persona por mes de gastos. Y en todo esto habiendo tantos nacionales en España que duermen en la calle o están a la espera de un desaucio.

La cuestión que planteo no es si esas personas merecen ser tratadas humanamente.

La cuestión es otra:

¿Por qué la mayor parte de esa responsabilidad termina recayendo sobre el país al que llegan?

En la crisis de Ceuta de 2026, las autoridades españolas tuvieron que aumentar la capacidad de acogida mientras la Unión Europea seguía de cerca la situación. La Comisión Europea incluso señaló que Marruecos estaba dispuesto a readmitir a quienes hubieran entrado ilegalmente, incluidos menores no acompañados. Pero todo ese cuento de readmitir como sabemos es falso. Y toda esta tragedia ya le ha costado a España y a la UE., unos 26 millones de euros.

Eso demuestra que el problema es que Marruecos «abandona» oficialmente a todos sus ciudadanos que emigran aunque digan que  existe cooperación y existen mecanismos de retorno, retorno que el Gobierno marroquí olvida cuando se les reclama readmitir inmigrantes que llegan a España.

Pero queda una pregunta política y moral mucho más profunda:

¿No sería mejor que Marruecos pudiera ofrecer a sus jóvenes unas condiciones de vida suficientemente buenas como para que no sintieran la necesidad de arriesgar la vida intentando llegar a Europa? No ofrece eso porque para el Gobierno marroquí las divisas que envían los inmigrantes es parte del sustento de la Monarquía alauita y de su séquito que la guarda, la cuida y la defiende.

Primero los ciudadanos, después los territorios

Aquí llegamos al asunto que más me llama la atención.

Marruecos mantiene como propaganda de invasión y de lavado de cerebro de sus ciudadanos desde hace décadas una reivindicación sobre Ceuta y Melilla. En agosto de 2026, el ministro marroquí de Justicia volvió a defender públicamente la posición de Rabat sobre ambas ciudades. España respondió que su soberanía sobre Ceuta y Melilla no está abierta a negociación.

Es una cuestión territorial que forma parte de la política exterior marroquí desde hace mucho tiempo.

Pero yo me pregunto:

¿Para qué quiere un Estado más territorio si todavía tiene ciudadanos que abandonan el territorio que ya posee porque consideran que fuera de él tendrán una vida mejor?

Esta pregunta no pretende negar a Marruecos el derecho a defender sus posiciones diplomáticas.

Pretende poner las prioridades en otro orden.

Primero el ciudadano.

Después el territorio.

Primero el pan.

Después el mapa.

Primero una vivienda digna.

Después las fronteras.

Primero el empleo.

Después los sueños geopolíticos.

Porque conquistar un territorio puede cambiar un mapa.

Pero conseguir que millones de personas quieran quedarse voluntariamente en su país porque viven bien es una conquista mucho más profunda.

El sueño del Gran Marruecos

Durante el siglo XX existieron corrientes nacionalistas marroquíes asociadas a la idea de un territorio histórico mucho más amplio que el actual Estado marroquí. En diferentes momentos, esas reivindicaciones han incluido territorios que hoy pertenecen a otros Estados o cuya soberanía es objeto de disputa.

Hoy el conflicto territorial más importante es el del Sáhara Occidental, cuya soberanía Marruecos reivindica mientras las Naciones Unidas continúan considerándolo un territorio no autónomo pendiente de una solución política.

También están las reclamaciones sobre Ceuta y Melilla.

Pero una cosa es defender una reivindicación histórica y otra convertir la historia en una especie de cheque en blanco territorial.

Porque si aplicáramos ese principio sin límites, habría que reconstruir medio mundo a partir de los antiguos imperios, reinos, sultanatos y civilizaciones.

Y entonces el mapa mundial no duraría ni cinco minutos.

¿Y las Canarias?

Aquí conviene separar la historia de la propaganda.

Se ha recurrido en determinados discursos nacionalistas marroquíes  a argumentos relacionados con la antigua presencia amazigh o bereber en las islas Canarias  antes de que reinara Juba II en la antigua Mauritania Tingitana, y con la vinculación histórica del norte de África y las islas.

Pero de ahí no se desprende jurídicamente que Canarias forme parte de Marruecos.

Las islas Canarias tienen una lejanía histórica propia de unos 2.000 y tantos años, y su situación política contemporánea es completamente diferente de la de los territorios norteafricanos.

El argumento de que determinados pueblos amazighes estuvieron relacionados culturalmente con las islas tampoco convierte automáticamente a Canarias en territorio marroquí.

La historia puede explicar una civilización; no necesariamente determina una frontera moderna.

Y aquí aparece otra paradoja histórica

Marruecos es hoy un Estado con una identidad oficial que combina elementos árabes, amazighes, islámicos,  subsaharianos y otros componentes históricos.

La propia Constitución marroquí reconoce la identidad amazigh como uno de los componentes fundamentales de la identidad nacional.

Pero la historia del Magreb es muchísimo más complicada que la simple idea de que «esto siempre fue nuestro».

La expansión musulmana alcanzó el norte de África a partir del siglo VII y la conquista omeya tuvo su origen en el mundo árabe oriental. Sin embargo, el Marruecos posterior no fue una simple colonia permanente de Damasco: surgieron dinastías locales y estructuras políticas propias que terminaron configurando la historia del país.

Y tampoco conviene confundir a los árabes que llegaron durante la expansión islámica con los sirios de la actual Siria como si todo el proceso histórico hubiera sido una colonización siria de Marruecos.

La historia es bastante más compleja.

Una monarquía que reivindica un origen especial

Hay otro elemento muy particular de la monarquía marroquí.

La Casa alauita sostiene oficialmente su descendencia del profeta Mahoma. El propio rey Mohammed VI se refiere públicamente a esa condición y a su papel como descendiente del Profeta y «Comendador de los Creyentes».

Esto forma parte de la legitimidad religiosa e histórica de la monarquía marroquí.

Pero precisamente por eso cabe formular otra pregunta:

Si quien gobierna un país se presenta como heredero de una tradición religiosa vinculada al Profeta, ¿no debería la dignidad y el bienestar de los ciudadanos constituir una de sus máximas prioridades?

No estoy hablando de religión.

Estoy hablando de responsabilidad.

Un país no se hace grande solamente aumentando su territorio

Marruecos tiene derecho a defender sus intereses nacionales.

España tiene derecho a defender los suyos.

Los marroquíes tienen derecho a buscar una vida mejor.

Los españoles tienen derecho a exigir que sus fronteras sean controladas.

Y los inmigrantes tienen derecho a recibir un trato humano y digno siempre y cuando no entren en un país en forma de invasiones.

Todas esas afirmaciones pueden coexistir.

Pero hay algo que debería estar por encima de cualquier proyecto geopolítico:

que una persona no tenga que jugarse la vida en el mar para escapar de su propia tierra.

Quizá la verdadera grandeza de Marruecos no consistiría en conseguir algún día Ceuta, Melilla, el Sáhara o cualquier otro territorio.

Quizá consistiría en conseguir que un joven marroquí pudiera levantarse una mañana y decir:

«¿Para qué voy a marcharme de Marruecos? Aquí tengo trabajo, vivienda, seguridad, libertad y un futuro».

Eso sí sería una gran victoria para un Marruecos que quiera vivir en paz y en armonía con sus naciones vecinas.

Porque los territorios se pueden conquistar.

Las fronteras se pueden modificar.

Los mapas se pueden dibujar de nuevo.

Pero conseguir que un pueblo no quiera emigrar porque encuentra en su propia patria una vida digna es conquistar algo mucho más difícil: el corazón de sus propios ciudadanos.

Nota final: Los marroquíes que viven en el extranjero no mantienen su identidad solo por considerar que Marruecos es un país libre y democrático. Más bien, se sienten empujados a aferrarse a sus raíces debido al rechazo y al racismo que a menudo sufren en los países de acogida. Es precisamente esta discriminación la que refuerza su fidelidad a su rey y a su patria. Como consecuencia, siguen inyectando grandes sumas de dinero a través del envío de divisas, un pilar que resulta absolutamente vital para la economía marroquí y para su Gobierno. Y en todo esto quizás el problema de Ceuta se pueda solucionar dando 1.000 euros a cada inmigrante que voluntariamente acepte retornar a Marruecos con viaje pago hasta su lugar de residencia. Si hacen cuentas en los gastos y en el descontento que están creando los más de 10.000 inmigrantes ilegales que aún quedan en Ceuta comprobarán que es más barato ofrecer el retorno voluntario por 1.000 euros por cada individuo. Y además la Ley española lo admite.

Ver vídeo: https://www.bing.com/search?q=Videos%20de%20inmigrantes%20en%20Ceuta&FORM=ARPSEC&PC=3BTC&PTAG=1391

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

Es posible que el universo sea un conglomerado de inteligencia repartida entre toda su creación

 




Es posible que el universo sea un conglomerado de inteligencia repartida entre toda su creación

Por Bruno Perera

Desde que el ser humano levantó los ojos al cielo y comenzó a preguntarse qué era aquello que brillaba sobre su cabeza, no ha dejado de buscar una respuesta a una pregunta que quizá sea imposible contestar definitivamente: ¿qué es el Universo y hacia dónde se dirige?

Sabemos que existimos dentro de él, que somos una diminuta parte de una inmensidad que apenas podemos comprender y que nuestras vidas transcurren durante un instante insignificante frente a las dimensiones del tiempo cósmico.

Pero hay algo que me produce todavía mayor asombro: nosotros pensamos sobre el Universo porque somos parte de él.

La materia que forma nuestro cuerpo procede de la misma historia cósmica que originó las estrellas, los planetas y todo cuanto conocemos. Y, en algún momento de esa larguísima historia, apareció la vida y, con ella, formas cada vez más complejas de percepción, memoria, aprendizaje y, finalmente, aquello que llamamos conciencia.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Es la conciencia una excepción dentro del Universo o una de las formas mediante las cuales el propio Universo se manifiesta?

No tenemos una respuesta científica definitiva.

Pero podemos contemplar la naturaleza y encontrar algo extraordinario: cada especie parece disponer de una forma particular de inteligencia que le permite desenvolverse en el mundo.

El pájaro sabe construir su nido sin haber estudiado arquitectura. La araña fabrica una tela de una complejidad extraordinaria sin haber aprendido ingeniería. Las abejas organizan sus colonias, se comunican y trabajan colectivamente. Los lobos cooperan para sobrevivir. Los árboles intercambian sustancias y mantienen relaciones con otros organismos de su entorno.

No significa necesariamente que todos estos seres posean una conciencia igual a la humana. Sería una conclusión que no podemos demostrar.

Pero sí nos muestran que la vida está llena de mecanismos de adaptación, comunicación, cooperación y supervivencia que parecen formar parte de una inteligencia extraordinariamente compleja de la naturaleza.

Y aquí comienza mi reflexión.

Quizá el Universo no sea una máquina muerta en la que, por casualidad, apareció la inteligencia.

Quizá podamos contemplarlo como un enorme conglomerado de procesos inteligentes repartidos por toda su creación, expresados de maneras diferentes según el organismo, la especie y el nivel de complejidad.

No estoy diciendo que la ciencia haya demostrado que el Universo tenga una mente universal. No lo ha demostrado.

Estoy hablando de una posibilidad filosófica.

La ley del devoramiento

La Naturaleza, además, no es un lugar de bondad permanente.

La vida se alimenta de la vida.

El pez pequeño es devorado por el grande. El insecto es devorado por el pájaro. El herbívoro come plantas y el carnívoro come herbívoros. Un organismo nace mientras otro muere.

Parece una terrible crueldad.

Pero la Naturaleza no parece tener la crueldad como propósito. La crueldad es una valoración moral que hacemos nosotros. La Naturaleza simplemente funciona.

Y, curiosamente, dentro de ese mundo de competencia y depredación apareció también la cooperación.

Las especies se protegen. Los animales cuidan a sus crías. Algunos viven en grupos organizados. Existen jerarquías, alianzas y formas de ayuda mutua.

Y el ser humano llevó esa cooperación muchísimo más lejos.

Creamos familias, tribus, pueblos, ciudades, Estados, leyes, hospitales, escuelas y sistemas de protección.

En cierto modo, el hombre comenzó a intentar modificar las condiciones más duras que había recibido de la propia Naturaleza.

El animal que quiere cambiar las reglas

Aquí aparece una de las mayores paradojas de nuestra existencia.

El ser humano es producto de la Naturaleza y, sin embargo, intenta rebelarse contra algunas de sus leyes más duras.

La enfermedad forma parte de la vida y nosotros inventamos la medicina.

La muerte forma parte de la vida y nosotros intentamos retrasarla.

La debilidad puede significar la desaparición de un animal en la naturaleza y nosotros construimos sistemas para proteger al débil.

El hambre puede significar la muerte y nosotros inventamos la agricultura.

La oscuridad nos limitaba y nosotros inventamos la luz artificial.

El frío nos amenazaba y construimos viviendas.

Es decir, la inteligencia surgida dentro del Universo comenzó a utilizarse para modificar las condiciones que el propio Universo había impuesto.

Y aquí aparece mi concepto del Cosmo-Poder.

Podríamos llamar Cosmo-Poder al conjunto de fuerzas, leyes y condiciones que gobiernan nuestra existencia: la materia, la energía, la gravedad, el tiempo, la evolución, el nacimiento y la muerte.

Nosotros no hemos elegido esas reglas.

Hemos nacido dentro de ellas.

Y, sin embargo, nuestra inteligencia nos permite actuar sobre una pequeña parte de ellas.

¿Quién puso la inteligencia dentro de nosotros?

Esta es quizá la pregunta más difícil.

Podemos explicar mediante la evolución cómo determinadas capacidades han podido desarrollarse y transmitirse. Podemos estudiar el cerebro, las neuronas, la genética y el comportamiento.

Pero queda una pregunta filosófica que sigue abierta:

¿Por qué existe un Universo capaz de producir seres que puedan preguntarse por su propia existencia?

¿Por qué existe algo en lugar de nada?

¿Por qué las leyes del Universo permiten la aparición de estrellas, planetas, vida, inteligencia y conciencia?

No tenemos respuestas definitivas.

Y quizá sea precisamente nuestra necesidad de encontrar respuestas lo que constituye una de las manifestaciones más fascinantes de nuestra propia inteligencia.

El Universo mirándose a sí mismo

Imaginemos por un instante que la materia que compone nuestro cuerpo pudiera hablar.

Diría:

«Durante miles de millones de años formé parte de estrellas, planetas, minerales y organismos. Y ahora estoy formando un ser que puede preguntarse de dónde vengo».

Desde esta perspectiva, hay una idea que resulta extraordinariamente hermosa:

quizá cuando un ser humano contempla las estrellas, sea el propio Universo contemplándose a través de una de sus criaturas.

No sabemos si esto es literalmente cierto.

Pero como reflexión filosófica resulta poderosa.

Porque nosotros no estamos fuera del Cosmos observándolo desde una ventana.

Somos Cosmos.

Nuestro cuerpo está hecho de materia cósmica. Nuestra existencia depende de las leyes físicas. Nuestra vida pertenece a la evolución de este planeta. Y nuestra conciencia apareció dentro de esa misma historia.

Por eso quizá deberíamos cambiar la manera de formular la pregunta.

En lugar de preguntarnos únicamente:

«¿Qué somos nosotros dentro del Universo?»

podríamos preguntarnos:

«¿Qué parte del Universo somos nosotros?»

Cada criatura participa en la gran obra

Me gusta imaginar el Universo como una gigantesca obra cuyo argumento desconocemos.

Ningún ser humano conoce el final.

Ni siquiera sabemos si existe un final.

El Universo continúa su cauce y nosotros participamos en él durante un pequeño intervalo.

Una hormiga participa con su diminuta inteligencia. Un árbol participa creciendo y reproduciéndose. Un lobo participa cazando y protegiendo a su manada. Una ballena participa recorriendo los océanos.

Y nosotros participamos pensando.

Pero también destruyendo, construyendo, amando, odiando, creando, investigando y preguntándonos por el significado de nuestra existencia.

Tenemos una característica que parece especialmente extraordinaria: sabemos que existimos y sabemos que algún día dejaremos de existir.

Y aun sabiendo que nuestra vida es limitada, seguimos construyendo cosas que quizá duren más que nosotros.

Escribimos libros.

Levantamos edificios.

Educamos a nuestros hijos.

Descubrimos planetas.

Componemos música.

Buscamos respuestas.

Es como si una pequeña parte del Universo hubiera adquirido conciencia de su propia fugacidad y, aun así, se negara a permanecer indiferente.

¿Hacia dónde va todo esto?

No lo sabemos.

Quizá el Universo tenga un destino que jamás llegaremos a conocer.

Quizá no tenga ningún destino.

Quizá el concepto mismo de «destino» sea exclusivamente humano.

Tal vez el Universo simplemente existe y continúa desarrollándose de acuerdo con sus leyes.

Pero mientras continúa su recorrido, nosotros participamos en él.

Y esa participación puede tener un significado aunque no conozcamos el significado último de todo.

Podemos ser conscientes de nuestra pequeñez sin considerarnos insignificantes.

Porque una criatura diminuta puede contener una pregunta gigantesca.

Un ser humano puede mirar una estrella situada a miles de millones de años luz y preguntarse:

«¿Qué es todo esto?»

Y esa pregunta ya es, en sí misma, un acontecimiento cósmico.

Porque el Universo ha producido algo que puede preguntarse por el Universo.

Por eso me atrevo a pensar que quizá la inteligencia no sea simplemente una propiedad aislada del hombre, sino una de las extraordinarias formas en que la realidad se organiza y se manifiesta.

No sabemos si existe una inteligencia universal.

No sabemos si existe una conciencia cósmica.

No sabemos si detrás de todo hay un propósito.

Pero sí sabemos algo:

estamos aquí.

Somos parte de esta inmensa realidad.

Pensamos dentro de ella.

Vivimos dentro de ella.

Morimos dentro de ella.

Y mientras estamos vivos, participamos en su interminable movimiento.

Quizá esa sea nuestra verdadera condición: somos pequeñas parcelas conscientes de un Universo gigantesco que todavía no sabemos si se dirige hacia alguna parte o simplemente continúa siendo.

Y tal vez la pregunta más extraordinaria no sea saber hacia dónde va el Universo.

Tal vez sea comprender cómo pudo llegar a existir un Universo capaz de producir seres que, mirando hacia las estrellas, fueran capaces de formular esa pregunta.