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martes, 26 de mayo de 2026
La ONG alemana Franz Weber hace propaganda animal en su favor con los camellos de Lanzarote
La ONG
alemana Franz Weber hace propaganda animal en su favor con los camellos de
Lanzarote
Por Bruno Perera
La fundación ecologista alemana Fundación Franz
Weber vuelve a cargar contra los paseos turísticos en camello de Lanzarote,
intentando presentar esta actividad tradicional como si fuera un caso grave y
generalizado de maltrato animal. Sin embargo, quienes conocen la historia de
Lanzarote y la relación del pueblo lanzaroteño con el camello saben
perfectamente que muchas de las acusaciones que se lanzan desde despachos
europeos están llenas de exageraciones, desconocimiento histórico y propaganda
emocional.
El camello no es un animal extraño en Canarias.
Lleva aproximadamente cuatro siglos formando parte de la vida de Lanzarote,
Fuerteventura y Gran Canaria. Fue introducido desde el oeste africano porque
era el animal más resistente para sobrevivir en un territorio volcánico, seco y
con escasez de agua. Gracias al camello se pudieron desarrollar numerosas
labores agrícolas fundamentales para la supervivencia de las islas.
Sin los camellos habría sido mucho más difícil
construir miles de metros de muros de piedra, transportar cosechas, mover
mercancías o trabajar los terrenos agrícolas de lugares tan emblemáticos como
La Geria. Aquellos animales soportaron durante siglos una enorme parte del
esfuerzo físico que permitió a muchas familias canarias salir adelante en una
tierra dura y pobre. (El camello era el tractor de esa época).
Es verdad que hace muchas décadas, como ocurrió
también con caballos, burros, mulas y bueyes en toda Europa, algunos animales
de trabajo pudieron ser tratados con menos sensibilidad de la que existe hoy.
Nadie puede negar que en el pasado hubo prácticas rurales más bruscas, propias
de otra época. Pero utilizar hechos aislados o situaciones antiguas para
afirmar que actualmente los camellos de Lanzarote viven en un permanente estado
de sufrimiento es una manipulación evidente.
Los camelleros lanzaroteños saben perfectamente
que sus animales son su modo de vida. Los cuidan, los alimentan, vigilan su
estado veterinario y mantienen una relación diaria y cercana con ellos. En las
rutas turísticas del Parque Nacional de Timanfaya los recorridos son
relativamente cortos y están controlados. Decir que los camellos viven
torturados por realizar esos paseos es una acusación desproporcionada.
Como en cualquier actividad humana, puede existir
algún trabajador más brusco o algún incidente aislado. Eso ocurre en todos los
sectores y en todos los países. Pero convertir casos puntuales en una campaña
internacional contra toda una tradición insular es injusto y profundamente
tendencioso.
Además, muchas de las imágenes que ciertas
organizaciones utilizan en redes sociales ni siquiera corresponden a los
camellos de Lanzarote. A menudo muestran fotografías de animales procedentes de
Marruecos, Mauritania u otras zonas africanas donde las condiciones son
completamente distintas. Cualquier persona acostumbrada a ver los camellos
lanzaroteños distingue rápidamente la diferencia: los de Lanzarote suelen estar
mejor alimentados, mejor cuidados y utilizan monturas específicas adaptadas al
servicio turístico de la isla.
Hay otra realidad que estas oenegés parecen ignorar
deliberadamente. En Canarias prácticamente desaparecieron los burros y muchos
caballos de trabajo cuando dejaron de tener utilidad económica en el campo.
Cuando un animal deja de formar parte de la vida productiva y cultural de un
pueblo, su número termina reduciéndose drásticamente. Si algún día se eliminan
completamente los paseos turísticos en camello de Lanzarote, probablemente el
camello majorero-lanzaroteño acabará entrando en decadencia hasta casi
desaparecer.
Resulta curioso que ciertas organizaciones
europeas movilicen decenas de miles de firmas desde países que desconocen
completamente la realidad cultural y económica de Lanzarote. Desde la distancia
resulta muy fácil lanzar campañas emocionales acompañadas de fotografías
impactantes y mensajes simplistas. Lo difícil es comprender la historia
agrícola, la identidad rural y la relación histórica entre el hombre y el
animal en una isla volcánica que sobrevivió durante siglos gracias al esfuerzo
conjunto de ambos.
Detrás de muchas campañas animalistas modernas
también existe una enorme maquinaria de propaganda, subvenciones, captación de
socios y financiación internacional. Algunas organizaciones han convertido el
sentimentalismo animal en una industria mediática muy rentable. Cuanto más
escandalosa sea la denuncia, mayor atención consiguen, más donaciones reciben y
más presencia obtienen en medios y redes sociales.
Defender el bienestar animal es correcto y
necesario. Nadie sensato desea que un animal sea maltratado. Pero una cosa es
exigir controles veterinarios, buenas condiciones y vigilancia adecuada, y otra
muy distinta es intentar destruir actividades tradicionales mediante campañas
exageradas que presentan una imagen falsa de Lanzarote y de sus camelleros.
El camello forma parte de la historia, de la
cultura y del paisaje humano de Lanzarote. Demonizar esa realidad desde el
extranjero, sin conocer el contexto insular ni la tradición agrícola canaria,
es una forma de colonialismo ideológico disfrazado de sensibilidad animalista.
Nota: VOX debería salir a la palestra denunciando a la
ONG Franz Weber por sus falsas y exageradas críticas.
¿Cuándo se ha vivido mejor en España, con el franquismo o durante la democracia?
¿Cuándo se ha
vivido mejor en España, con el franquismo o durante la democracia?
Por Bruno Perera
La pregunta sigue viva en millones de
conversaciones familiares, bares, tertulias y redes sociales: ¿se vivía mejor
en España durante el franquismo o se vive mejor hoy en democracia? La respuesta
no es sencilla, porque depende de qué aspecto de la vida quiera analizarse y
también de la experiencia personal de cada generación.
Para muchos españoles mayores, especialmente
quienes crecieron entre los años cincuenta y setenta, existe el recuerdo de una
sociedad donde, pese a las limitaciones políticas, la vida parecía más estable.
Se podía trabajar con relativa facilidad, formar una familia numerosa y comprar
una vivienda con menos obstáculos que hoy. No eran raras las familias con
cuatro, seis u ocho hijos. Un solo sueldo, normalmente el del padre, podía mantener
el hogar. La vivienda era mucho más asequible en proporción al salario y
existía una sensación de mayor seguridad social y de barrio.
Sin embargo, esa realidad convivía con otra mucho
más dura que a veces se olvida o se minimiza. España era entonces un país con
menos libertades políticas y civiles. Existía censura, los partidos políticos
estaban prohibidos, los sindicatos independientes no podían actuar libremente y
las críticas abiertas al régimen podían tener consecuencias graves. Franquismo
Durante las primeras décadas del franquismo,
España también sufrió pobreza, aislamiento internacional y atraso económico.
Muchas familias sobrevivían con muy pocos recursos y la emigración hacia Europa
o hacia grandes ciudades españolas fue masiva. No obstante, a partir de los
años sesenta llegó una etapa de fuerte crecimiento económico conocida como el
“milagro económico español”, impulsada por el turismo, la industrialización y
la apertura parcial al exterior. Milagro económico español
Hoy, en democracia, España disfruta de libertades
políticas, elecciones libres, libertad de prensa, derechos sociales amplios y
una calidad de vida tecnológica y sanitaria muy superior a la de aquella época.
La mayoría de los españoles posee comodidades que hace cincuenta años eran inimaginables:
internet, coches accesibles, universidades masificadas, viajes internacionales
baratos, acceso inmediato a información y una sanidad pública moderna.
Pero al mismo tiempo ha aparecido otro problema
profundo: la inseguridad económica de las clases medias y jóvenes. Muchos
trabajadores sienten que hoy se trabaja más para vivir peor. Comprar una
vivienda se ha convertido en un reto gigantesco para miles de parejas. Los
alquileres absorben gran parte de los salarios y la precariedad laboral provoca
que muchos jóvenes sigan viviendo con sus padres hasta edades avanzadas. Tener
hijos ya no depende solo de querer, sino de poder permitírselo económicamente.
Ahí es donde surge la nostalgia de algunos
sectores hacia el pasado. No necesariamente por la falta de libertades del
franquismo, sino por la percepción de que entonces existía más estabilidad
social y menos presión económica cotidiana. La frase “antes con un sueldo se
levantaba una familia y hoy apenas se puede mantener uno mismo” resume bastante
bien ese sentimiento.
También existe otro elemento importante: la
corrupción política. Muchos ciudadanos consideran que en la España actual la
corrupción ha alcanzado niveles gigantescos y profesionalizados, afectando a
distintos partidos y administraciones. Casos como el Caso Gürtel, el Caso de
los ERE y otros muchos han deteriorado la confianza pública en las
instituciones.
Durante el franquismo también hubo corrupción,
enchufismo y privilegios para sectores cercanos al poder, pero existía menos
transparencia y menos investigaciones públicas. La diferencia es que hoy los
casos salen más a la luz debido a la existencia de jueces independientes,
medios de comunicación y oposición política.
Por tanto, comparar ambas épocas exige honestidad
histórica. Ni el franquismo fue un paraíso perfecto, ni la democracia actual ha
resuelto todos los problemas de los ciudadanos. Una etapa ofrecía más
estabilidad familiar y vivienda accesible, pero menos libertades. La otra
ofrece más derechos y libertades, pero también una presión económica y social
que afecta cada vez más a la población.
Quizá la verdadera pregunta no sea si se vivía
mejor antes o ahora, sino por qué una parte creciente de la sociedad siente que
el progreso económico prometido por la democracia no ha llegado plenamente a
las clases trabajadoras y medias. Ahí es donde se encuentra el verdadero debate
de fondo.
Datos y
contexto histórico
1.
Durante el franquismo la natalidad española era
una de las más altas de Europa occidental.
- En la actualidad, España posee una de las tasas de natalidad más bajas
del continente. España
- El precio medio de la vivienda en relación con el salario era
considerablemente más accesible en los años 60 y 70 que hoy.
- La edad media de emancipación juvenil actual supera ampliamente la de
generaciones anteriores.
- La democracia española ha permitido elecciones libres desde 1977 y el
desarrollo del actual sistema constitucional surgido tras la Transición
española.
domingo, 24 de mayo de 2026
Invertir en MENAS es hundir recursos públicos mientras se abandona a las familias españolas
Invertir en
MENAS es hundir recursos públicos mientras se abandona a las familias españolas
Por Bruno Perera
Cuando se habla de la baja natalidad en España,
se repite el discurso oficial como si fuera un fenómeno inevitable, cuando en
realidad es el resultado directo de decisiones políticas concretas.
Las familias españolas de clase media y
trabajadora están cada vez más asfixiadas económicamente. Tener hijos se ha
convertido en un lujo, no en una opción natural de vida. Sin embargo, al mismo
tiempo, el Estado mantiene un sistema de gasto elevado en la acogida de menores
extranjeros no acompañados (MENAS), con cifras que en distintas estimaciones
autonómicas se sitúan en unos 3.500 y
4.500 euros mensuales por menor, dependiendo del recurso de acogida. Ese dinero
que el Estado despilfarra en una media de 3 años de cobijo de cada MENA
representa un gasto de 126 mil euros en tres años que si se donara a familias
nacionales sería suficiente para que cada una se interesara en tener más hijos
y así la etnia española no se extinga al mínimo en unas decenas de años.
A ello se suma el enorme volumen de recursos que
España, junto con la Unión Europea, destina a la gestión de la inmigración
irregular: control de fronteras, centros de acogida, dispositivos de
emergencia, cooperación internacional y ayudas a países de origen o tránsito,
en especial en África, como parte de programas de contención migratoria.
Si se acumulan estas partidas durante los últimos
30 años, incluyendo acogida, gestión administrativa, políticas migratorias y
cooperación exterior vinculada a la inmigración, se habla de una cifra global
que en estimaciones críticas podría superar los 30 mil millones de euros.
Con ese volumen de recursos se podría haber
impulsado una política de vivienda pública de gran escala. Por ejemplo, la
construcción de alrededor de 300.000 viviendas a un coste medio de
100.000 euros por unidad, especialmente si el Estado aportara suelo público,
licencias, planificación urbanística y parte de la ingeniería administrativa.
Esto no es una cifra al azar: es una forma de
ilustrar la magnitud del coste de oportunidad de unas políticas que han
priorizado la gestión reactiva de la inmigración ilegal frente a la inversión
estructural en vivienda y natalidad.
El resultado es una contradicción evidente.
Mientras se insiste en la necesidad de fomentar la natalidad y mejorar el
acceso a la vivienda, no se aplican políticas de gran impacto para las familias
jóvenes españolas, que siguen siendo las principales perjudicadas por la
precariedad económica y el encarecimiento del mercado inmobiliario.
No se trata de negar la solidaridad, sino de exigir
prioridades claras. Un Estado que no protege primero la estabilidad de sus
propias familias está construyendo un futuro frágil, dependiente y sin base
demográfica sólida.
El debate no puede seguir siendo tabú. España
necesita decidir si quiere seguir expandiendo un modelo de gasto reactivo o si,
por fin, apuesta por una estrategia centrada en su propia supervivencia
demográfica y social.
sábado, 23 de mayo de 2026
Nueva Ley Mundial del Trabajo aprobada por mayoría absoluta por Naciones Unidas 24 de mayo de 2026
Nueva
Ley Mundial del Trabajo aprobada por mayoría absoluta por Naciones Unidas
24 de mayo de 2026
Todos los
trabajadores deberán ser recogidos en sus domicilios por sus empleadores en
coche deportivo nuevo, preferiblemente descapotable, y posteriormente devueltos
a casa con música relajante y aire acondicionado.
1.
Al
llegar al lugar de trabajo, el empleador ofrecerá gratuitamente desayunos de
primera calidad: café premium, zumos naturales, jamón ibérico, croissants
calientes y, para los nostálgicos, cigarrillos incluidos.
2.
Cada
trabajador dispondrá de un robot y un sistema de inteligencia artificial que realizarán
la mayor parte de su trabajo mientras el empleado supervisa la situación con
gesto profesional.
3.
La
ropa laboral, zapatos, perfumes, peluquería y, en casos especiales, retoques de
estética, correrán íntegramente a cargo del empleador.
4.
Queda
terminantemente prohibido llamar la atención a un trabajador por baja
productividad, cansancio, sueño, estrés existencial o exceso de inspiración
filosófica.
5.
Se
concederá un descanso obligatorio de 30 minutos por cada hora trabajada,
acompañado de café, refrescos, aperitivos y zona de masaje relajante.
6.
La
jornada laboral será de únicamente 4 horas diarias: dos horas por la mañana y
dos por la tarde, dejando suficiente tiempo libre para vivir, descansar y
discutir en redes sociales.
7.
El
salario consistirá en una cantidad fija elevada más el 50 % de los beneficios
netos generados por la empresa, aunque nadie entienda exactamente cómo se
calculan dichos beneficios.
8.
La
semana laboral comprenderá exclusivamente de lunes a jueves. Los viernes
quedarán reservados para la recuperación física y emocional del trabajador.
9.
Cada
empleado recibirá dos pagas extraordinarias anuales: una en verano y otra en
Navidad, además de una posible paga extra por aguantar reuniones inútiles.
10.Si el trabajador decide casarse, todos los
gastos de la boda —banquete, música, flores, fotógrafo y luna de miel— serán
cubiertos por el empleador como muestra de gratitud por su esfuerzo laboral.
11.Y si el trabajador decide no casarse pero
igualmente desea disfrutar de la vida amorosa, Naciones Unidas estudiará la
creación de un “Bono Internacional para Encuentros Románticos”, financiado
solidariamente por las grandes multinacionales.
12.Finalmente, se establece que cualquier
empleado que diga la frase: “Estoy quemado del trabajo”, tendrá derecho
automático a 15 días de vacaciones en una playa tropical con todos los gastos
pagados.
Portavoz
de Naciones Unidas:
“Trabajar sí… pero sufrir ya no está de moda.”
La paradoja de un universo sin humanos, sin animales y sin ninguna clase de inteligencia
La paradoja
de un universo sin humanos, sin animales y sin ninguna clase de inteligencia
Por Bruno
Perera
Desde hace miles de años el ser humano se ha
hecho la misma pregunta: ¿existiría el universo si no hubiese nadie capaz de
observarlo?
Es una cuestión inquietante porque nos obliga a pensar no solo en el cosmos,
sino también en nuestra propia existencia.
Imaginemos por un instante un universo
completamente vacío de inteligencia. No habría seres humanos, ni animales, ni
insectos, ni civilizaciones extraterrestres, ni ninguna forma de vida basada en
ADN o en cualquier otro sistema biológico. Habría galaxias, estrellas,
planetas, agujeros negros y enormes océanos cósmicos de materia y energía… pero
nadie para contemplarlos.
Entonces surge la gran paradoja: si no existe
ninguna conciencia capaz de observar el universo, ¿puede decirse realmente que
el universo existe?
Desde el punto de vista de la física clásica, la
respuesta sería sí. Las estrellas seguirían fusionando hidrógeno, los planetas
continuarían girando alrededor de sus soles y las galaxias viajarían por el
espacio aunque nadie las mirase. El universo no necesitaría espectadores para
funcionar.
Sin embargo, la filosofía y algunas
interpretaciones de la física cuántica introducen dudas fascinantes. Hay
teorías que sugieren que el acto de observar participa de algún modo en la
definición de la realidad. En ciertos experimentos cuánticos, las partículas
parecen comportarse de manera distinta cuando son medidas. Esto ha llevado a
algunos pensadores a preguntarse si la conciencia tiene un papel más profundo
en la existencia de la realidad física.
No significa necesariamente que el universo
dependa de los humanos para existir, pero sí abre la puerta a una cuestión
extraordinaria: tal vez un universo sin observadores sería un universo sin
significado.
Porque existir físicamente y existir como
realidad consciente podrían no ser exactamente lo mismo.
Una montaña perdida en un planeta lejano puede
permanecer durante millones de años sin ser observada por nadie. Pero si jamás
hubo un ser capaz de verla, describirla o pensarla, esa montaña jamás habría
tenido historia, belleza ni sentido. Sería únicamente materia obedeciendo leyes
naturales en un silencio absoluto.
El ser humano suele pensar que ocupa un lugar
insignificante dentro de la inmensidad cósmica. Y es cierto que, comparados con
las galaxias, somos microscópicos. Pero existe otro punto de vista igualmente
válido: quizá la conciencia sea una de las cosas más raras y valiosas del
universo.
Puede que el cosmos lleve miles de millones de
años expandiéndose precisamente hasta el momento en que alguna forma de inteligencia
fuese capaz de preguntarse por él.
Y aquí aparece otra paradoja aún más profunda.
Si el universo nunca hubiese generado
inteligencia, nadie podría afirmar que existe. No habría matemáticas, ni
física, ni filosofía, ni memoria, ni lenguaje. El universo sería una realidad
muda y eterna, incapaz de conocerse a sí misma.
En cierto modo, nosotros somos los ojos del
cosmos.
Cuando un ser humano mira las estrellas, el
universo se contempla a sí mismo a través de la conciencia. Cuando pensamos en
el origen del tiempo o en el tamaño de las galaxias, la materia del universo
está reflexionando sobre su propia existencia.
Esta idea resulta casi poética, pero también
posee una enorme profundidad científica y filosófica.
El cerebro humano está formado por átomos creados
en antiguas explosiones estelares. El hierro de nuestra sangre, el calcio de
nuestros huesos y el oxígeno que respiramos nacieron en estrellas que murieron
hace miles de millones de años. Somos literalmente polvo de estrellas
convertido en pensamiento.
Pero aquí aparece otra cuestión todavía más
desconcertante:
¿Dónde estaría Dios en un universo sin
inteligencia?
Si no existiera ninguna conciencia capaz de
imaginarlo, adorarlo, negarlo o preguntarse por Él, ¿seguiría existiendo Dios
como realidad absoluta o el concepto de Dios jamás habría nacido?
Las religiones sostienen generalmente que Dios
existe independientemente del ser humano. Que sería eterno aunque no hubiese
criaturas que lo reconocieran. Sin embargo, filosóficamente surge una duda
inevitable: un Dios que jamás pudiera ser pensado, sentido o descubierto por
ninguna inteligencia, ¿sería distinguible de un Dios inexistente?
Porque incluso la idea de divinidad necesita de
una mente que formule la pregunta.
Tal vez Dios, si existe, no necesite del
universo. Pero un universo sin inteligencia jamás podría plantearse la
existencia de Dios. No habría templos, ni plegarias, ni filosofía, ni ciencia,
ni temor a la muerte, ni esperanza de eternidad.
Sería un cosmos sin preguntas metafísicas.
Un silencio total.
Y quizá por eso la inteligencia representa algo
tan extraordinario. Porque no solo observa galaxias y estrellas, sino que
también intenta comprender aquello que podría estar más allá del espacio y del
tiempo.
Tal vez la aparición de seres conscientes no sea
simplemente un accidente biológico, sino el momento en que el universo comenzó
a preguntarse por su origen… y por la posible existencia de un creador.
No somos importantes por nuestro tamaño, sino
porque somos una parte del universo que ha logrado despertar y hacerse
preguntas sobre sí mismo.
Tal vez la inteligencia no sea un accidente
insignificante del cosmos.
Tal vez sea su forma más elevada de existencia.
viernes, 22 de mayo de 2026
Algunos jóvenes no respetan a los mayores
Algunos jóvenes no respetan a los mayores
Por Bruno
Perera
Vivimos en una época donde la rapidez, la
tecnología y el culto a la juventud parecen haber desplazado valores que
durante siglos fueron fundamentales en la convivencia humana. Uno de ellos es
el respeto hacia las personas mayores. No todos los jóvenes faltan al respeto,
por supuesto, pero sí existe un sector de la juventud que mira a los ancianos
como si fueran personas sin importancia, olvidando algo elemental: ellos
también llegarán a viejos, si la vida les concede ese privilegio.
La juventud suele vivir con la sensación de que
el tiempo nunca pasará para ellos. Cuando se es niño, la vida parece un juego
interminable. Luego llega la adolescencia, etapa de diversión, descubrimientos
y sueños. Más tarde aparecen los estudios, el trabajo, las amistades, las fiestas
y los primeros amores. Durante esos años muchos gastan el dinero sin pensar
demasiado en el mañana, porque creen que el futuro aún queda muy lejos.
Sin embargo, el reloj de la vida nunca se
detiene.
A partir de cierta edad, normalmente alrededor de
los veinticinco o treinta años, muchas personas comienzan a mirar la vida de
otra manera. Empiezan a ahorrar, a pensar en formar una familia, en comprar una
vivienda o en construir cierta estabilidad. Entonces descubren que la vida no
era tan infinita como parecía cuando tenían 16 o 18 años.
Después llegan los hijos, las responsabilidades y
el cansancio acumulado de décadas de trabajo. Y casi sin darse cuenta, aparece
la jubilación. Algunos logran disfrutarla durante veinte o treinta años; otros
apenas tienen tiempo para ello debido a enfermedades o a una muerte temprana.
Por eso, quienes alcanzan los cien años o más pueden considerarse verdaderos
ganadores de la lotería de la vida.
La ancianidad no debería verse como una carga,
sino como una medalla ganada tras décadas de esfuerzo, sacrificios y
experiencias. Cada persona mayor guarda en su memoria historias, errores,
enseñanzas y conocimientos que ningún teléfono móvil ni ninguna inteligencia
artificial pueden reemplazar totalmente. Son bibliotecas humanas vivientes.
Resulta triste observar cómo algunos jóvenes se
burlan de la lentitud de un anciano al caminar, de su forma de hablar o de sus
dificultades para adaptarse a las nuevas tecnologías. Lo que no comprenden es
que el envejecimiento no perdona a nadie. El joven fuerte de hoy puede ser
mañana el anciano que necesite ayuda para subir unas escaleras o cruzar una
calle.
Una sociedad que desprecia a sus mayores termina
perdiendo parte de su memoria y de su humanidad. El respeto hacia los ancianos
no debería nacer solo de la educación familiar o de las normas sociales, sino
también de la inteligencia y de la empatía. Respetar a los mayores es, en el
fondo, respetar nuestro propio futuro.
Además, muchas veces olvidamos que las
generaciones mayores fueron quienes levantaron las ciudades, construyeron
carreteras, trabajaron en el campo, criaron hijos y sostuvieron economías
enteras en tiempos mucho más difíciles que los actuales. Muchos de ellos
vivieron guerras, pobreza o etapas donde apenas existían comodidades. Gracias a
su esfuerzo, las nuevas generaciones heredaron un mundo con más oportunidades.
La vida humana es como una rueda que nunca deja
de girar. Hoy unos están arriba y otros abajo; hoy unos son jóvenes y otros
ancianos. Mañana los papeles cambiarán inevitablemente.
Por eso sería bueno que algunos jóvenes
reflexionaran más antes de despreciar a un mayor. Tal vez deberían mirar a sus
abuelos y preguntarse cómo les gustaría ser tratados cuando les lleguen las
arrugas, el cansancio y la fragilidad de la edad avanzada.
Porque si existe algo seguro en esta vida, es que
el tiempo pasa para todos y que no perdona ni tampoco agracia a nadie con intención
cosmológica.







