Imagínate
un mundo donde todas las criaturas fueran inteligentes
Por Bruno Perera
Imaginemos por un instante un planeta Tierra
donde todas las criaturas poseyeran la misma capacidad de razonar, hablar y
reflexionar que los seres humanos. Un mundo donde las vacas discutieran sobre
filosofía, los cerdos escribieran poesía, los peces reclamaran derechos, los
leones defendieran su territorio ante tribunales y los insectos explicaran sus
propias teorías sobre el universo.
A primera vista podría parecer un paraíso de
comprensión mutua, una gran comunidad de seres conscientes compartiendo un mismo
hogar. Sin embargo, cuanto más profundamente reflexionamos sobre esa
posibilidad, más inquietante se vuelve.
Porque la inteligencia no elimina necesariamente
los conflictos. Los seres humanos, que compartimos la misma especie, seguimos
enfrentándonos por diferencias de raza, religión, ideología, nacionalidad o
riqueza. Si entre individuos tan parecidos existe tanta división, ¿qué
ocurriría en un mundo donde convivieran miles de especies inteligentes
físicamente distintas?
El racismo adquiriría dimensiones inimaginables.
Cada especie se consideraría superior a las demás. Los depredadores
justificarían su dominio apelando a la fuerza. Las presas reclamarían su
derecho a vivir. Los animales de gran tamaño despreciarían a los pequeños,
mientras que estos acusarían a los grandes de tiranía biológica.
Pero el problema más profundo sería otro.
¿Cómo podría existir una convivencia pacífica
cuando la propia naturaleza obliga a unos seres a alimentarse de otros?
¿Cómo justificaría un lobo el hecho de devorar a
un cordero que comprende perfectamente el significado de la muerte?
¿Cómo aceptaría un pez ser tragado vivo sabiendo
exactamente lo que le espera?
¿Cómo podría una vaca acudir tranquilamente al
matadero siendo plenamente consciente de su destino?
La cadena alimentaria se convertiría en una
tragedia universal. Cada comida sería un juicio moral. Cada acto de
supervivencia implicaría la destrucción consciente de otra inteligencia.
Quizás por ello la naturaleza, o aquello que dio
origen al universo, no distribuyó la inteligencia de manera uniforme. Tal vez
la mayoría de los animales viven sin formular las preguntas que atormentan a
los humanos porque, de otro modo, la existencia sería todavía más dolorosa de
lo que ya es.
No sabemos quién o qué creó el universo. Los científicos
postulan que se creó por si mismo a través del Big Bang y la partícula de Higgs;
y las religiones implican a dioses con propósitos definidos. Pero fuera de las
creencias permanece un inmenso misterio.
Podemos imaginar la existencia de un Cosmo-Poder,
una fuerza creadora que no responde a las características humanas que
atribuimos a los dioses tradicionales. No sería un juez, ni un padre, ni un
salvador. Sería simplemente la potencia originaria que hizo posible la
existencia.
Ese Cosmo-Poder habría dado forma a galaxias,
estrellas, planetas y seres vivos siguiendo leyes que apenas comenzamos a
comprender. Y si realmente existe, sus motivos permanecen ocultos para
nosotros.
La creación parece estar construida sobre una
paradoja permanente. La vida genera belleza, pero también sufrimiento. Produce
amor, pero también pérdida. Hace posible la alegría, pero inevitablemente
conduce a la muerte.
Cada ser nace condenado a desaparecer.
Cada criatura lucha por vivir sabiendo que
finalmente perderá esa batalla.
La naturaleza entera parece sostenerse sobre un
intercambio constante entre creación y destrucción.
Quizás por eso el universo provoca tanta
fascinación como angustia. Contemplamos los cielos estrellados y sentimos
asombro, pero también percibimos el inmenso silencio que nos rodea. Un silencio
que no responde a nuestras preguntas.
¿Por qué existimos?
¿Por qué existe el dolor y el llanto?
¿Por qué la vida necesita alimentarse de vida?
¿Por qué la conciencia surge en un universo
aparentemente indiferente a ella?
Nadie posee respuestas definitivas.
Y tal vez nunca las tengamos.
Vivimos en un mundo que muchos consideramos
huérfano de Dios, un mundo donde no existen pruebas concluyentes de una
voluntad divina que intervenga en nuestros destinos. Sin embargo, incluso en
ese aparente abandono cósmico, seguimos percibiendo la presencia de algo mayor
que nosotros mismos: una fuerza creadora inexplicable, un Cosmo-Poder que dio
origen a todo cuanto existe.
Ante ese misterio solo nos queda una posibilidad:
intentar comprender, amar y aliviar el sufrimiento de quienes comparten con
nosotros este breve instante de existencia.
Porque si algo distingue a los seres humanos no
es únicamente la inteligencia, sino la capacidad de reconocer el dolor ajeno y
actuar para reducirlo.
Quizás esa sea la única respuesta que podemos
ofrecer al silencio del universo.







