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sábado, 11 de julio de 2026

¿Cuánta energía contiene el universo observable? Una cifra casi imposible de imaginar

 

¿Cuánta energía contiene el universo observable? Una cifra casi imposible de imaginar

Por Bruno Perera

Desde que Albert Einstein formuló su famosa ecuación E = mc², nuestra forma de entender la materia cambió para siempre. Aquella sencilla expresión matemática reveló una de las mayores verdades de la física: la materia y la energía son dos manifestaciones de una misma realidad.

La ecuación indica que cualquier objeto con masa contiene una enorme cantidad de energía en su interior. Basta multiplicar su masa por el cuadrado de la velocidad de la luz (unos 300.000 kilómetros por segundo) para obtener su energía equivalente.

La sorprendente energía de un simple gramo de roca

Si tomamos un gramo de roca y aplicamos la ecuación de Einstein, obtenemos:

E = 0,001 kg × (299.792.458 m/s)²

El resultado es aproximadamente:

90 billones de julios (9 × 10¹³ julios), lo que también equivale a 90 terajulios.

Esta cantidad resulta difícil de imaginar. Para hacerse una idea, la bomba atómica lanzada sobre Nagasaki en 1945 liberó una energía de aproximadamente 8,8 × 10¹³ julios, prácticamente la misma energía equivalente contenida en un solo gramo de materia.

Naturalmente, esto no significa que un gramo de roca pueda convertirse fácilmente en una bomba. Las bombas nucleares reales únicamente transforman en energía una pequeña fracción de la masa implicada. La ecuación de Einstein representa el límite máximo teórico de conversión entre masa y energía.

Las bombas nucleares se fabrican aprovechando la enorme energía que se libera en las reacciones del núcleo atómico. Existen dos tipos principales:

1.    Bombas de fisión (atómicas): utilizan materiales como el uranio-235 o el plutonio-239. Cuando los núcleos de estos elementos se dividen (fisión), liberan una enorme cantidad de energía y más neutrones, que provocan una reacción en cadena extremadamente rápida.

2.    Bombas de fusión (termonucleares o de hidrógeno): emplean la fusión de isótopos del hidrógeno, como el deuterio y el tritio, para liberar todavía más energía. Para iniciar esa fusión se necesita primero la explosión de una bomba de fisión.

La inmensa energía liberada proviene de una pequeñísima pérdida de masa durante la reacción nuclear. Esa masa se transforma en energía según la famosa ecuación de Albert Einstein:

La energía del universo observable

Si un solo gramo contiene semejante cantidad de energía, surge una pregunta inevitable:

¿Cuánta energía contiene todo el universo observable?

Las estimaciones cosmológicas actuales indican que la masa equivalente total del universo observable es aproximadamente:

10⁵³ kilogramos.

Aplicando nuevamente la ecuación de Einstein obtenemos:

E ≈ 9 × 10⁶⁹ julios.

Es decir, alrededor de:

10⁷⁰ julios.

Estamos hablando de un número formado por un 1 seguido de unos 70 ceros.

Es una cantidad tan gigantesca que escapa completamente a la intuición humana.

¿Cuántas bombas como la de Nagasaki equivaldrían a esa energía?

Si dividimos la energía del universo observable entre la energía liberada por la bomba de Nagasaki, obtenemos aproximadamente:

10⁵⁶ bombas.

Es decir, un 1 seguido de 56 ceros.

Este número resulta tan inmenso que incluso los astrónomos recurren a la notación científica para expresarlo. Es prácticamente imposible escribirlo o imaginarlo de forma intuitiva.

Un universo lleno de energía

La energía equivalente del universo observable no procede únicamente de la materia que vemos en estrellas y galaxias.

Según el modelo cosmológico actual, el contenido del universo está distribuido aproximadamente así:

1.      Un 5 % corresponde a la materia ordinaria, formada por protones, neutrones, electrones y todo aquello que conocemos.

  1. Alrededor del 27 % corresponde a la misteriosa materia oscura, cuya naturaleza aún desconocemos.
  2. Cerca del 68 % corresponde a la energía oscura, responsable de la expansión acelerada del universo.

Todo ello forma parte del inmenso presupuesto energético del cosmos.

Una cifra que desafía la imaginación

La mente humana está acostumbrada a pensar en cientos, miles o millones. Incluso miles de millones comienzan a resultar difíciles de visualizar.

Pero cuando hablamos de 10⁷⁰ julios, estamos entrando en una escala completamente diferente.

Si cada grano de arena de todas las playas de la Tierra representara una enorme cantidad de energía, todavía estaríamos muy lejos de alcanzar la energía equivalente contenida en el universo observable.

Y, sin embargo, toda esa energía nació hace unos 13.800 millones de años, durante el Big Bang, dando origen al espacio, al tiempo, a la materia, a las galaxias, a las estrellas, a los planetas y, finalmente, a la vida.

La genialidad de Einstein

Lo más extraordinario es que toda esta inmensidad queda resumida en una fórmula compuesta únicamente por cinco símbolos:

E = mc²

Pocas ecuaciones han cambiado tanto nuestra comprensión del universo.

Gracias a ella sabemos que incluso una diminuta piedra contiene una energía inimaginable y que el universo entero almacena una cantidad de energía tan colosal que escapa por completo a nuestra capacidad de representación.

Cada átomo, cada estrella y cada galaxia son manifestaciones de esa extraordinaria equivalencia entre masa y energía descubierta por Albert Einstein hace más de un siglo.

Quizá ese sea uno de los mensajes más profundos de la física moderna: el universo que contemplamos no solo está hecho de materia, sino también de una inmensa reserva de energía, escondida silenciosamente en cada rincón del cosmos y gobernada por una de las ecuaciones más bellas y poderosas jamás escritas.

En esto conviene hacer un matiz histórico importante: Einstein fue quien formuló correctamente la equivalencia masa-energía dentro de la teoría especial de la relatividad y le dio su fundamento físico, pero hubo investigadores anteriores que intuyeron o propusieron relaciones entre masa y energía. Sin embargo, no obtuvieron la expresión correcta ni su interpretación completa.

¿Qué es un julio (J)?

Es la unidad básica de energía en el Sistema Internacional. Por sí solo es una cantidad relativamente pequeña de energía.

Se define como:

1 julio es la energía necesaria para aplicar una fuerza de 1 newton y desplazar un objeto 1 metro en la dirección de esa fuerza.

Como esta definición resulta un poco abstracta, es más fácil entenderlo con ejemplos cotidianos:

1.      Levantar una manzana de unos 100 gramos aproximadamente 1 metro requiere cerca de 1 julio de energía.

2.      Una persona en reposo consume alrededor de 100 julios de energía por segundo solo para mantener las funciones vitales.

3.      Una bombilla incandescente de 100 vatios consume 100 julios cada segundo (porque 1 vatio = 1 julio por segundo).

4.      Una bombilla LED de 10 vatios consume 10 julios por segundo.

5.      Una caloría alimentaria (la que aparece en los alimentos, en realidad una kilocaloría) equivale aproximadamente a 4.184 julios.

¿Qué significan entonces los 90 billones de julios de un gramo de materia?

Un gramo de materia contiene, según la ecuación de Einstein:

90 billones de julios = 90 terajulios = 9 × 10¹³ julios.

Para hacerse una idea:

1.      Esa energía bastaría para mantener encendida una bombilla de 100 vatios durante unos 28.500 años.

2.      Equivale aproximadamente a la energía liberada por la bomba atómica de Nagasaki.

3.      También equivale a la electricidad que consumen decenas de miles de hogares durante un año, dependiendo del consumo medio.

Por eso, cuando Einstein descubrió que una cantidad tan pequeña de materia escondía semejante cantidad de energía, la física cambió para siempre. La ecuación E = mc² reveló que la materia es, en cierto sentido, una forma extremadamente concentrada de energía.

Nota histórica: ¿Fue realmente Einstein el único autor de la ecuación E = mc²?

Aunque la ecuación E = mc² está inseparablemente asociada a Albert Einstein, la historia de su origen es más compleja de lo que suele contarse.

Antes de Einstein, varios científicos ya habían sugerido que podía existir una relación entre la masa y la energía, aunque sus planteamientos eran incompletos o contenían errores.

Entre ellos destaca el físico británico John Henry Poynting, quien a finales del siglo XIX estudió la relación entre la energía electromagnética y la inercia de los cuerpos.

Poco después, el físico austriaco Friedrich Hasenöhrl publicó en 1904 y 1905 varios trabajos en los que analizó la masa aparente de un recipiente lleno de radiación. Sus cálculos le llevaron a una relación entre energía y masa, pero obtuvo factores incorrectos (como E = 3/8 mc² y posteriormente E = 3/4 mc²) debido a que aún no disponía de la teoría de la relatividad especial.

También el matemático y físico francés Henri Poincaré había estudiado la relación entre la radiación electromagnética, el momento y la inercia, llegando a conclusiones que apuntaban hacia una conexión entre masa y energía, aunque sin derivar la ecuación definitiva.

Fue finalmente Albert Einstein, en septiembre de 1905, quien publicó el artículo ¿Depende la inercia de un cuerpo de su contenido energético? En ese trabajo demostró, dentro del marco de la recién formulada teoría especial de la relatividad, que la masa y la energía son equivalentes y estableció correctamente la famosa expresión:

E = mc²

Esta ecuación no fue simplemente una aproximación matemática, sino una consecuencia directa de una nueva forma de entender el espacio, el tiempo y la naturaleza de la materia.

Por ello, aunque otros científicos realizaron aportaciones previas muy valiosas e intuyeron parte del camino, la comunidad científica reconoce a Albert Einstein como el autor de la formulación correcta, completa y físicamente fundamentada de la equivalencia entre masa y energía.

 

viernes, 10 de julio de 2026

Puerto Marqués, Acapulco y el misterio de los galeones desaparecidos

 


Puerto Marqués, Acapulco y el misterio de los galeones desaparecidos

¿Dónde están los barcos de Hernán Cortés y del Galeón de Manila?

Por Bruno Perera

La historia del océano Pacífico está llena de aventuras, descubrimientos y misterios. Uno de los más fascinantes es el que rodea a Puerto Marqués y la bahía de Acapulco, en la costa del actual estado mexicano de Guerrero.

Durante casi tres siglos, estas aguas fueron la puerta de entrada entre América y Asia. Desde aquí partieron expediciones que cambiaron la historia del mundo y, posteriormente, navegaron los legendarios Galeones de Manila, que durante 250 años con tripulación española, mexicana y otras, unieron Filipinas con Nueva España.

Sin embargo, existe una pregunta que sigue sin respuesta:

¿Dónde están los restos de aquellos barcos?

Hernán Cortés y Puerto Marqués

Tras la conquista de México, Hernán Cortés comprendió que el futuro de España también se encontraba en el océano Pacífico, entonces conocido como el Mar del Sur.

Con ese objetivo promovió la construcción de embarcaciones y organizó varias expediciones marítimas para explorar las costas occidentales de América y buscar nuevas rutas hacia Asia. Diversos historiadores consideran que Puerto Marqués, situado junto a Acapulco, fue una de sus principales bases navales en la década de 1530, gracias a las excelentes condiciones naturales de su bahía para fondear y preparar embarcaciones. (RTVE)

Desde aquellas aguas zarparon algunas de las expediciones españolas que iniciaron la exploración sistemática del Pacífico oriental.

Décadas después, en 1565, el navegante y fraile Andrés de Urdaneta consiguió resolver uno de los mayores problemas de la navegación de la época: encontrar la ruta de regreso desde Filipinas hasta América.

Su descubrimiento del tornaviaje permitió establecer la ruta regular entre Manila y Acapulco, conocida como el Galeón de Manila o Nao de China. Durante aproximadamente 250 años, desde el siglo XVI hasta comienzos del XIX, enormes galeones cruzaron el océano Pacífico transportando sedas, porcelanas, especias, marfil, lacas, joyas y otros productos orientales hacia América, mientras desde México partían principalmente plata y mercancías destinadas a Asia. (Portal Científico UNED)

Aquella línea marítima fue mucho más que una simple ruta comercial.

Muchos historiadores la consideran la primera gran red de comercio global, ya que unía Asia, América y Europa mediante una cadena continua de transporte que atravesaba medio planeta. (Portal Científico UNED)

Acapulco, el puerto del Pacífico español

Cada llegada del Galeón de Manila transformaba Acapulco.

Miles de comerciantes acudían a la famosa Feria de Acapulco para adquirir productos asiáticos que después continuaban viaje hasta Veracruz y, finalmente, a Sevilla.

La ciudad se convirtió en uno de los puertos más importantes del Imperio español y en un punto de encuentro entre culturas, idiomas y mercancías procedentes de tres continentes. (Portal Científico UNED)

Y aquí aparece una cuestión verdaderamente sorprendente.

Si durante casi tres siglos navegaron por aquellas aguas cientos de galeones, barcos mercantes, navíos militares, embarcaciones auxiliares y pequeñas lanchas de servicio, ¿por qué prácticamente no se conocen restos importantes de barcos hundidos en la bahía de Acapulco o en Puerto Marqués?

La lógica invita a pensar que deberían existir numerosos pecios repartidos por sus fondos marinos.

Sin embargo, hasta la fecha no se ha identificado públicamente ningún gran galeón colonial hundido en estas bahías.

Existen varias razones que podrían explicar esta aparente ausencia.

La primera es que la mayoría de aquellos barcos estaban construidos principalmente de madera. Después de cinco siglos, la acción del agua salada, las bacterias y organismos marinos perforadores puede haber hecho desaparecer casi toda su estructura.

La segunda explicación son los huracanes.

La costa del Pacífico mexicano ha sufrido innumerables ciclones tropicales capaces de romper embarcaciones, desplazarlas, enterrarlas bajo toneladas de arena o cubrirlas con gruesas capas de sedimentos.

Una tercera posibilidad es que muchos barcos que sufrieron accidentes cerca del puerto fueran rescatados parcialmente. En aquella época era habitual recuperar cañones, anclas, mercancías y cualquier elemento de valor antes de abandonar definitivamente un casco hundido.

Aun así, cuesta creer que no haya sobrevivido ningún pecio importante.

Resulta perfectamente posible que muchos restos permanezcan ocultos bajo varios metros de sedimentos.

Hoy existen tecnologías capaces de detectar estructuras enterradas mediante sonares de barrido lateral, magnetómetros y vehículos submarinos operados a distancia.

En otras partes del mundo, este tipo de exploraciones ha permitido localizar barcos hundidos que llevaban siglos ocultos bajo el fondo marino.

Quizá en Acapulco y Puerto Marqués todavía no se haya realizado una prospección arqueológica suficientemente extensa con estos medios.

No se trata de afirmar que existan galeones ocultos bajo la bahía sin pruebas.

Pero sí parece razonable pensar que, tras una actividad marítima tan intensa durante más de 250 años, el fondo marino aún pueda conservar restos de embarcaciones coloniales esperando ser descubiertos.

Es posible que permanezcan enterrados bajo capas de arena, lodo y sedimentos acumulados durante siglos.

El hallazgo de uno solo de aquellos galeones tendría una importancia extraordinaria.

No sería únicamente un descubrimiento para México o para España.

Sería un acontecimiento de alcance mundial, porque permitiría conocer mejor cómo eran los barcos que protagonizaron la primera globalización de la historia, cómo vivían sus tripulaciones y cómo funcionaba la gran ruta comercial que unió Asia, América y Europa durante más de dos siglos.

Quizá el mayor misterio de Puerto Marqués y de la bahía de Acapulco no sea la historia que ya conocemos.

Quizá sea la historia que todavía permanece oculta bajo sus aguas.

Y tal vez algún día, gracias a la arqueología subacuática y a las nuevas tecnologías, los viejos galeones vuelvan a salir a la luz para contarnos, por fin, el último capítulo de una de las aventuras marítimas más extraordinarias de la humanidad.

Nota: Este artículo está dedicado a todos los compañeros mexicanos con quienes tuve el privilegio de trabajar entre 1979 y 1983 en la Sonda de Campeche, a bordo del buque sueco M/v Stena Inspector.

Asimismo, quiero dedicarlo a todos los amigos que, durante aquellos años, formaban parte de la empresa DIAVAZ, en Ciudad del Carmen (Campeche), y de manera muy especial a Eduardo Aguirre, quien entonces era su director, por su amistad y apoyo durante aquella etapa de mi vida profesional.

E.mail: brunopereragarcia5@gmail.com


 

jueves, 9 de julio de 2026

¿Podría una nave espacial vencer la expansión del universo?

 

                                                                                       El espacio se expande

¿Podría una nave espacial vencer la expansión del universo?

Por Bruno Perera.

Una de las preguntas más fascinantes de la astronomía es si una nave espacial podría viajar tan rápido como la luz y alcanzar cualquier lugar del universo. A primera vista podría parecer que sí. Si una nave pudiera desplazarse a la velocidad de la luz, podría recorrer distancias inmensas en tiempos relativamente cortos. Sin embargo, la realidad que nos muestra la física moderna es mucho más sorprendente.

Según la teoría de la relatividad especial de Albert Einstein, la velocidad de la luz en el vacío, aproximadamente 299.792 kilómetros por segundo, constituye el límite máximo al que puede desplazarse cualquier objeto que posea masa. Cuanto más se aproxima una nave a esa velocidad, mayor es la energía necesaria para seguir acelerándola. Al acercarse cada vez más al límite de la velocidad de la luz, la energía requerida aumenta sin cesar. Alcanzar exactamente esa velocidad exigiría una cantidad infinita de energía, algo que, según los conocimientos científicos actuales, resulta imposible.

Por ello, una nave espacial podría, en teoría, aproximarse muchísimo a la velocidad de la luz, pero nunca alcanzarla.

A menudo se afirma que una nave se desintegraría al llegar a la velocidad de la luz. En realidad, la teoría de la relatividad no dice eso. Lo que establece es que una nave con masa nunca puede alcanzar esa velocidad.

No obstante, incluso viajando a velocidades extremadamente próximas a la de la luz aparecerían enormes dificultades técnicas. El espacio interestelar no está completamente vacío. Contiene átomos de hidrógeno, partículas subatómicas y diminutas partículas de polvo. A velocidades relativistas, el impacto de esas partículas contra la nave liberaría cantidades inmensas de energía, capaces de dañar gravemente su estructura. Además, la intensa radiación y el calentamiento del escudo frontal representarían un desafío tecnológico extraordinario.

Con los materiales y la tecnología conocidos en la actualidad, una nave tendría enormes dificultades para soportar estas condiciones extremas. Por ello, los científicos consideran que el verdadero límite para un viaje relativista no es únicamente la inmensa cantidad de energía necesaria para acelerar la nave, sino también la resistencia de los materiales frente al violento entorno espacial.

En cambio, las partículas que no poseen masa, como los fotones que forman la luz, sí pueden viajar exactamente a la velocidad de la luz. Esta es una de las diferencias fundamentales entre la materia y la radiación.

Pero existe otro fenómeno que complica aún más los viajes espaciales a gran escala: la expansión del universo.

Desde que Edwin Hubble descubrió que las galaxias, en promedio, se alejan unas de otras, sabemos que el universo no permanece estático, sino que el propio espacio se expande continuamente. Esto significa que las enormes distancias entre las galaxias aumentan con el paso del tiempo.

Es importante comprender que la expansión del universo no actúa como un viento en contra que frene el avance de una nave espacial. La nave no está luchando contra una corriente de aire cósmica. Lo que sucede es algo mucho más profundo: mientras la nave avanza, el propio tejido del espacio situado entre ella y su destino continúa estirándose.

Dentro de nuestra galaxia, la Vía Láctea, y entre muchas galaxias cercanas del Grupo Local, la gravedad domina sobre la expansión del universo. En estas regiones, la expansión cósmica apenas tiene efecto, por lo que una nave podría recorrer esas distancias sin verse prácticamente afectada por ella.

Sin embargo, cuando hablamos de galaxias extremadamente lejanas, la situación cambia radicalmente. Debido a la expansión del propio espacio, algunas galaxias presentan velocidades aparentes de alejamiento iguales o incluso superiores a la velocidad de la luz. Esto no significa que estén atravesando el espacio más rápido que la luz, sino que es el propio espacio entre ellas y nosotros el que continúa expandiéndose.

En estos casos, aunque una nave pudiera viajar extremadamente cerca de la velocidad de la luz, nunca conseguiría alcanzar aquellas galaxias cuya distancia aumentara más deprisa de lo que la nave pudiera reducirla.

Una comparación sencilla ayuda a comprender este fenómeno. Imaginemos una persona caminando sobre una cinta transportadora que, además de avanzar, se va alargando continuamente. Aunque la persona camine muy deprisa, puede llegar un momento en que la longitud adicional que adquiere la cinta sea mayor que la distancia que consigue recorrer. En ese caso, la meta permanecería siempre fuera de su alcance.

Por esta razón, los cosmólogos hablan del llamado horizonte cosmológico. Existen regiones del universo cuya luz nunca llegará hasta nosotros porque la expansión del espacio las mantiene permanentemente fuera de nuestro alcance observable. Del mismo modo, tampoco nosotros podremos enviar señales ni naves capaces de alcanzarlas.

Esta idea puede parecer paradójica. Si nada puede viajar más rápido que la luz, ¿cómo es posible que existan galaxias alejándose aparentemente a velocidades superiores?

La respuesta es que no son las galaxias las que violan el límite establecido por la relatividad especial. Es el propio espacio entre ellas el que se expande. La relatividad general permite esta expansión del espacio-tiempo, por lo que no existe contradicción alguna con las leyes de la física.

Todo ello nos lleva a una conclusión extraordinaria. Incluso si en el futuro la humanidad construyera una nave capaz de viajar muy cerca de la velocidad de la luz y desarrollara materiales capaces de soportar las condiciones extremas del espacio interestelar, seguirían existiendo regiones del universo que permanecerían para siempre fuera de nuestro alcance debido a la expansión continua del espacio.

La inmensidad del universo no solo viene determinada por sus enormes distancias, sino también por el hecho de que esas distancias continúan creciendo. Este fenómeno convierte al universo en un lugar dinámico, en permanente evolución, y establece límites naturales que, según el conocimiento científico actual, ninguna tecnología podrá superar.

Reflexión final

La expansión del universo nos recuerda que la naturaleza posee fronteras que no dependen únicamente de nuestra capacidad tecnológica, sino también de las propias leyes fundamentales de la física. Comprender estos límites no disminuye nuestro deseo de explorar el cosmos; al contrario, aumenta nuestra admiración por la extraordinaria complejidad y grandeza del universo.

Quizá algún día la humanidad alcance las estrellas más próximas. Tal vez incluso llegue a explorar otras regiones de nuestra galaxia o algunas galaxias vecinas. Sin embargo, todo indica que siempre existirán regiones del cosmos que permanecerán para siempre más allá de nuestro alcance, no por falta de ingenio, sino porque el propio universo continúa expandiéndose mientras intentamos explorarlo.


 


miércoles, 8 de julio de 2026

El espejo mágico y la vida real

 


El espejo mágico y la vida real

Por Bruno Perera

Cuando nos miramos en un espejo el mismo refleja todo cuanto hacemos. Si sonreímos, nos devuelve una sonrisa. Si lloramos, nos muestra nuestras lágrimas. Si cantamos, parece que también canta. Si odiamos, nos devuelve un rostro endurecido por el rencor. Si amamos, refleja la ternura de nuestros ojos. Y si perdonamos, parece que en él también se dibuja la serenidad del perdón.

Esta sencilla observación ha dado lugar a una conocida enseñanza: la sociedad actúa muchas veces como un espejo. Si tratamos a los demás con respeto, es más probable que recibamos respeto. Si ofrecemos amabilidad, solemos despertar amabilidad. Si mostramos agresividad, con frecuencia encontraremos agresividad como respuesta.

Sin embargo, esta comparación tiene sus límites.

El espejo no siente, no piensa ni decide. Es solo un cristal que refleja la luz. La vida, en cambio, está formada por personas con emociones, experiencias, miedos, prejuicios y decisiones propias. Por eso no siempre recibiremos el mismo trato que ofrecemos.

Hay quienes responden con bondad a la bondad, pero también quienes contestan con indiferencia. Existen personas capaces de devolver odio a quien les ofrece comprensión, mientras que otras responden con generosidad incluso después de haber sido tratadas injustamente.

La realidad cotidiana es mucho más compleja que un simple reflejo.

Vivir exige algo más que contemplarnos en un espejo. Requiere paciencia para aceptar las diferencias, fortaleza para soportar las decepciones y sabiduría para no convertirnos en aquello que criticamos. También exige aprender que no podemos controlar la conducta de los demás, pero sí en algo la nuestra.

Quizá el verdadero espejo no sea el cristal que tenemos delante, sino nuestra conciencia. Ella es la que cada noche nos devuelve una imagen sincera de lo que hemos hecho durante el día. Esa imagen no depende de la opinión de los demás, sino de nuestra propia honestidad y conciencia.

No podemos esperar que el mundo siempre nos refleje como deseamos. A veces responderá con gratitud y otras con incomprensión. Pero eso no debería impedirnos seguir actuando con dignidad, respeto y humanidad.

Al fin y al cabo, el espejo solo devuelve una imagen. La vida, en cambio, pone a prueba nuestro carácter. Y es precisamente en esas pruebas donde descubrimos quiénes somos realmente.

 

martes, 7 de julio de 2026

El supuesto Dios Padre Jehová, Dios o Alá no cuida de nadie en la Tierra ni en el universo, aunque se le añada el libre albedrío

 


El supuesto Dios Padre Jehová, Dios o Alá no cuida de nadie en la Tierra ni en el universo, aunque se le añada el libre albedrío

Por Bruno Perera

Desde hace miles de años, millones de personas creen que existe un Dios todopoderoso que vela por la humanidad. Lo llaman Jehová, Dios, Alá o con otros nombres, según la religión que profesen. Sin embargo, cuando observamos la realidad del mundo con una mirada crítica, surge una pregunta difícil de eludir: ¿dónde está ese cuidado divino del que hablan las religiones?

La historia de la Tierra está escrita con terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, inundaciones, sequías, epidemias, guerras y hambrunas. No se trata de hechos aislados, sino de una constante que ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes.

Un ejemplo especialmente dramático fue el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755. Aquel día, mientras miles de personas asistían a misa con motivo del Día de Todos los Santos, un violento terremoto derrumbó iglesias repletas de fieles. Después llegó un tsunami y, finalmente, los incendios terminaron de destruir buena parte de la ciudad. Murieron decenas de miles de personas. Si Dios protegía a quienes rezaban, aquel día no pareció hacerlo.

A ello se suman las innumerables guerras que han asolado el planeta. Desde las antiguas civilizaciones hasta los conflictos actuales, cientos de millones de seres humanos han muerto a causa de la violencia. Entre las víctimas ha habido creyentes de todas las religiones, personas inocentes, niños y ancianos. Todos rezaban a un Dios que, según cada tradición, los protegía.

Pero la naturaleza tampoco distingue entre creyentes y no creyentes. Un simple mosquito puede transmitir enfermedades que, según diversas estimaciones, han causado miles de millones de muertes a lo largo de la historia. Como suele señalarse, los mosquitos podrían haber sido responsables de la muerte de cerca de la mitad de todos los seres humanos que han existido. Y, por supuesto, no preguntan qué religión profesa la persona a la que pican. Del mismo modo, un terremoto no rodea una iglesia para evitar que se derrumbe, ni un tsunami se detiene ante un templo, una mezquita o una sinagoga.

Ante estas objeciones, muchas personas apelan al llamado «libre albedrío». Argumentan que Dios permite las guerras porque respeta la libertad humana. Esa explicación puede intentarse aplicar a los actos de las personas, pero resulta mucho más difícil utilizarla para justificar terremotos, tsunamis, enfermedades transmitidas por insectos, cánceres infantiles o desastres naturales. Ninguno de esos fenómenos depende de una decisión libre del ser humano.

Si Dios es omnipotente y omnisciente, conoce cada tragedia antes de que ocurra y tendría poder para impedirla. Si, además, es infinitamente bueno, cabría esperar que evitara, al menos, el sufrimiento de quienes no han hecho daño a nadie. Sin embargo, la realidad observable muestra que las catástrofes naturales y muchas enfermedades afectan indiscriminadamente a toda clase de personas.

Algunos creyentes sostienen que existe un propósito que los seres humanos no alcanzamos a comprender. Es una respuesta respetable desde la fe, pero que no puede verificarse mediante la observación ni el razonamiento empírico. Otros consideran que el mundo funciona conforme a las leyes de la naturaleza y que esas leyes explican los fenómenos sin necesidad de atribuirles una intervención sobrenatural. En mi opinión, muchos no tienen en cuenta que terremotos, maremotos y otros fenómenos naturales forman parte de la dinámica geológica de la Tierra. Nuestro planeta está en constante evolución, y el movimiento de las placas tectónicas, junto con otros procesos naturales, produce cambios que, en ocasiones, provocan grandes catástrofes, además de favorecer la aparición y propagación de determinadas plagas y enfermedades.

Quizá el mayor desafío para las religiones no sea demostrar que Dios existe, sino explicar de forma convincente por qué un ser todopoderoso y perfectamente bueno permitiría un universo en el que el sufrimiento parece formar parte de su funcionamiento cotidiano.

Cada persona es libre de responder a esta cuestión según sus convicciones. Unos encontrarán respuestas en la fe; otros, en la filosofía; otros, en la ciencia. Lo que parece indiscutible es que la historia de la Tierra muestra un mundo en el que la naturaleza y las acciones humanas producen tragedias sin distinguir credos, nacionalidades ni inocencia.

 

Qué lío presentan algunos cálculos

 


Qué lío presentan algunos cálculos

Por Bruno Perera

Desde que aprendemos las primeras operaciones matemáticas en la escuela nos enseñan que 2 + 2 = 4 y que 2 × 2 = 4. Lo aceptamos con total naturalidad, pero pocas veces nos detenemos a pensar en la curiosidad que encierra este hecho: dos operaciones completamente distintas conducen exactamente al mismo resultado.

La suma y la multiplicación no significan lo mismo. Cuando escribimos 2 + 2, estamos uniendo dos cantidades iguales. En cambio, 2 × 2 representa dos grupos de dos unidades o, dicho de otra manera, la suma repetida del número 2 dos veces. Son caminos diferentes que, en este caso concreto, llegan al mismo destino.

Sin embargo, esa coincidencia desaparece en cuanto cambiamos el número. Si tomamos el tres obtenemos 3 + 3 = 6, mientras que 3 × 3 = 9. Con el cuatro ocurre lo mismo: 4 + 4 = 8, pero 4 × 4 = 16. Lo mismo sucede con cualquier otro número distinto de cero y de dos.

¿Por qué ocurre esto?

La respuesta está en el álgebra. Si buscamos qué números cumplen que la suma de un número consigo mismo es igual a su producto por sí mismo, planteamos la siguiente igualdad:

n + n = n × n

Es decir:

2n = n²

Al resolver esta sencilla ecuación aparecen únicamente dos soluciones:

  • n = 0
  • n = 2

Es decir, solamente el cero y el dos poseen esta peculiar propiedad.

Pero esta pequeña curiosidad matemática nos invita a reflexionar sobre algo más profundo. Muchas veces creemos que dos expresiones iguales representan la misma idea, cuando en realidad describen procesos completamente diferentes. El resultado puede coincidir, pero el camino recorrido para llegar a él no tiene por qué ser el mismo.

Este fenómeno aparece constantemente en las matemáticas. Existen ecuaciones muy distintas que comparten la misma solución; gráficos diferentes que se cruzan en un punto; funciones que, durante un intervalo, producen exactamente los mismos valores y luego se separan por completo. Las matemáticas están llenas de coincidencias que, lejos de ser errores, obedecen a una lógica rigurosa.

Incluso en la vida cotidiana ocurre algo parecido. Dos personas pueden alcanzar el mismo objetivo siguiendo caminos completamente distintos. Dos científicos pueden descubrir una misma realidad utilizando métodos diferentes. Dos viajeros pueden llegar al mismo lugar recorriendo rutas opuestas. La igualdad del resultado no implica necesariamente igualdad en el procedimiento.

Por eso, las matemáticas no consisten únicamente en hacer cuentas. También enseñan a razonar, a distinguir conceptos y a comprender que detrás de un simple número puede esconderse una idea mucho más rica de lo que parece.

Así, una operación tan sencilla como comprobar que 2 + 2 y 2 × 2 dan el mismo resultado nos recuerda que las apariencias pueden engañar. Lo importante no es solo el número final, sino entender por qué se ha llegado hasta él.

En ocasiones, los cálculos parecen formar un auténtico rompecabezas. Presentan coincidencias inesperadas, resultados que sorprenden e igualdades que despiertan nuestra curiosidad. Y quizá esa sea una de las mayores virtudes de las matemáticas: cuanto más las observamos con atención, más descubrimos que detrás de su aparente simplicidad se esconde un universo de razonamiento, belleza y lógica.