Soñé en un
pasado egipcio
Por Bruno
Perera
El sueño que
me convirtió en enemigo de los dioses
Aquella noche me dormí sin imaginar que estaba a
punto de vivir la experiencia más extraordinaria de mi existencia. No sabía
que, durante aquel sueño, regresaría a una época de más de tres mil años atrás,
cuando Egipto era una de las civilizaciones más poderosas de la Tierra y un
joven faraón llamado Tutankamón gobernaba bajo la mirada de sus dioses.
Tampoco podía imaginar que, en aquel mundo
perdido, yo sería el gran sacerdote de Egipto, el hombre que conocía los
secretos del templo, el consejero del faraón y el encargado de interpretar la
voluntad divina.
Pero mi sueño no comenzó con una ceremonia
religiosa ni con una visita al palacio.
Comenzó con un grito.
—¡Los dioses nos han abandonado!
La voz de un hombre resonó entre las columnas de
un templo monumental. Un grupo de sacerdotes corría por los pasillos, mientras
los guardianes cerraban las puertas de bronce. A lo lejos, las campanas
ceremoniales anunciaban una emergencia.
Me encontraba en el interior de una cámara
iluminada por lámparas de aceite. Vestía una túnica blanca, un collar de oro y
una banda ceremonial sobre la cabeza. A mis pies, un escriba permanecía
arrodillado, temblando.
—Gran sacerdote —me dijo—, el faraón exige
vuestra presencia. Los consejeros han declarado que la desgracia que se
aproxima es consecuencia de la ira de los dioses.
—¿Qué desgracia?
El hombre levantó la cabeza.
—El Nilo no ha alcanzado el nivel esperado. Los
almacenes de grano están disminuyendo. Hay disturbios en las aldeas. Y los
sacerdotes de Amón aseguran que solo un sacrificio extraordinario podrá salvar
a Egipto.
—¿Un sacrificio humano?
El escriba bajó la mirada.
Su silencio fue suficiente.
En aquel instante comprendí que mi primera
decisión como gran sacerdote podía enfrentarme a los hombres más poderosos del
reino.
Y todavía no sabía que aquella sería la menor de
mis dificultades.
El faraón y la
profecía
Me condujeron al palacio de Tutankamón. El joven
faraón se encontraba sentado en su trono, rodeado de generales, administradores
y sacerdotes. Su rostro estaba pálido y sus dedos golpeaban nerviosamente el
brazo dorado del asiento.
A su derecha se encontraba el sumo consejero
religioso, un hombre llamado Menkheper, anciano, poderoso y temido por todos.
Sus ojos parecían dos piedras negras.
Tutankamón me habló sin rodeos.
—Gran sacerdote, mis consejeros afirman que
Egipto está condenado si no obedecemos la profecía del templo. Dicen que los
dioses reclaman una vida para devolver la prosperidad al reino.
—¿Quién debe morir, majestad?
Menkheper dio un paso al frente.
—Una joven sacerdotisa. Su nacimiento coincidió
con un eclipse y su sangre pertenece a una familia que ha desafiado las
tradiciones. Los dioses la han señalado.
Miré al anciano con incredulidad.
—¿Y qué prueba tenéis de que los dioses han
pronunciado semejante sentencia?
El sacerdote apretó los labios.
—Los textos sagrados.
—Los textos no hablan por sí solos. Son los
hombres quienes los interpretan.
Un murmullo recorrió la sala.
Acababa de pronunciar una frase peligrosa. En
Egipto, cuestionar la interpretación de los sacerdotes equivalía a cuestionar
una parte esencial del poder establecido.
Menkheper se acercó hasta quedar frente a mí.
—¿Pretendéis enseñar a los dioses lo que deben
hacer?
—No —respondí—. Pretendo impedir que los hombres
utilicen a los dioses para justificar sus propios crímenes.
El silencio se hizo absoluto.
Tutankamón se levantó del trono.
—¡Basta! Gran sacerdote, tenéis hasta la próxima
salida del sol para demostrar que esa profecía es falsa. Si no podéis hacerlo,
la ceremonia se celebrará.
—¿Y si demuestro que es una mentira?
El faraón miró a Menkheper antes de responder.
—Entonces haré justicia.
Pero en sus ojos advertí algo que me inquietó:
Tutankamón tenía miedo.
No temía solamente a los dioses. Temía a los
hombres que decían hablar en su nombre.
El secreto
oculto bajo el templo
Aquella noche descendí a las cámaras subterráneas
del templo acompañado por dos guardianes de mi confianza. Necesitaba examinar
los textos originales antes de que se celebrara el sacrificio.
Las escaleras conducían a un laberinto de
pasillos donde el aire olía a polvo, piedra húmeda e incienso antiguo. En las
paredes aparecían inscripciones que relataban los reinados de faraones
desaparecidos y las ceremonias de generaciones anteriores.
Llegamos a una puerta sellada con arcilla.
Sobre ella había una inscripción que reconocí de
inmediato:
«La verdad no pertenece a quien posee el poder,
sino a quien se atreve a buscarla».
Ordené a los guardianes que rompieran el sello.
Detrás encontramos una cámara estrecha, llena de
papiros y tablillas. Encima de una mesa de piedra descansaba un documento mucho
más antiguo que los demás.
Lo desenrollé con cuidado.
No era una profecía.
Era un registro administrativo.
En sus líneas se describían las reservas de
grano, las reparaciones de los canales y las órdenes emitidas por los
administradores del templo. Pero las anotaciones finales revelaban algo mucho
más grave: durante meses, una parte considerable de las reservas había sido
desviada hacia almacenes privados.
Los nombres de los responsables estaban escritos
en el documento.
Entre ellos figuraba Menkheper.
Comprendí entonces que la supuesta ira de los
dioses ocultaba una conspiración. Algunos hombres estaban aprovechándose de la
crisis para aumentar su poder, controlar al faraón y silenciar a quienes
conocían sus operaciones.
El sacrificio de la joven no era una exigencia
divina. Era una representación cuidadosamente preparada para mantener
aterrorizado al pueblo.
Pero había algo todavía peor.
En la última línea del documento aparecía una
orden firmada por el propio consejero religioso: si el gran sacerdote
cuestionaba la profecía, debía ser acusado de traición y ejecutado antes del
amanecer.
Sentí un escalofrío.
No había descendido a las cámaras para descubrir
un secreto.
Había descendido para encontrar mi propia
sentencia de muerte.
La persecución
Al abandonar la cámara, escuchamos pasos.
—¡Alto! —gritó una voz.
Las antorchas iluminaron el pasillo. Una docena
de guardianes nos cerraba el camino. Al frente marchaba un capitán que hasta
aquel momento había obedecido mis órdenes.
—Gran sacerdote, entregad el documento.
—¿Por orden de quién?
—Por orden del consejo religioso.
—¿Y desde cuándo el consejo religioso puede
ordenar el arresto del principal sacerdote de Egipto sin conocimiento del
faraón?
El capitán vaciló.
Aquella duda me dio unos segundos para comprender
que algunos de los hombres que protegían el templo también estaban sometidos al
miedo.
—Escuchadme —les dije—. Si permitís que una
mentira se convierta en ley, mañana cualquiera de vosotros podrá ser
sacrificado por una profecía inventada.
Nadie respondió.
Entonces apareció Menkheper.
—¡Prendedlo! Este hombre ha profanado las cámaras
sagradas y pretende destruir la autoridad de los dioses.
—No he profanado nada. He encontrado las pruebas
de vuestro robo.
El anciano perdió por un instante la serenidad.
Fue suficiente.
El capitán miró el documento que yo sostenía
entre las manos. Dos guardianes bajaron sus lanzas.
Menkheper comprendió que estaba perdiendo el control.
—¡Ese documento es falso! ¡El gran sacerdote
pretende provocar una rebelión!
Ordenó avanzar a sus hombres.
Eché a correr.
Atravesé un corredor lateral y subí por una
escalera que conducía al patio exterior. Los guardianes que me acompañaban
quedaron atrás, y durante unos instantes escuché el choque de las armas y los
gritos de los perseguidores.
Salí a la noche egipcia.
La luna iluminaba los tejados y el viento
levantaba la arena de las calles. Corrí hacia el palacio mientras sentía que el
documento pesaba más que una piedra.
Si conseguía entregárselo a Tutankamón, podría
detener el sacrificio.
Si me atrapaban, la verdad moriría conmigo.
Y una muchacha inocente sería ejecutada al
amanecer.
La última
noche de Tutankamón
Cuando llegué al palacio, encontré las puertas
cerradas. Los guardias habían recibido órdenes de impedir mi entrada.
Golpeé con los puños.
—¡Abrid en nombre del faraón!
Nadie respondió.
—¡El consejo religioso conspira contra su
majestad!
Una pequeña puerta lateral se abrió finalmente.
Un servidor anciano, que me conocía desde hacía años, me hizo entrar y me
condujo hasta una habitación privada.
Tutankamón estaba allí, sin corona, vestido con
una sencilla túnica. Parecía un muchacho agotado por el peso de un reino que no
sabía cómo gobernar.
Al verme, se levantó.
—Me han dicho que habéis huido del templo y que
habéis robado documentos sagrados.
—He encontrado pruebas de que Menkheper está
desviando el grano destinado al pueblo. La profecía es una mentira. La muchacha
no debe morir.
Le entregué el documento.
El faraón leyó las primeras líneas. Su rostro
cambió.
—Estos nombres... Son hombres de mi propio
consejo.
—Sí, majestad.
—¿Y afirmáis que han inventado la profecía para
ocultar sus crímenes?
—No lo afirmo. Lo demuestra este documento.
Tutankamón se sentó lentamente.
Por primera vez, vi a un rey que no sabía en
quién confiar.
—Si ordeno su arresto, algunos sacerdotes dirán
que he desafiado a los dioses. Si permito el sacrificio, una inocente morirá
por una mentira. Si el pueblo descubre que mis consejeros han robado sus
reservas, podría levantarse contra mí.
—Majestad, el pueblo no necesita un faraón que
nunca se equivoque. Necesita un faraón que se atreva a corregir sus errores.
El joven me miró.
—¿Y si los dioses realmente existen y exigen ese
sacrificio?
Me acerqué a él.
—Entonces, majestad, tendremos que vivir con
nuestra incertidumbre. Pero si somos nosotros quienes hemos inventado esa
exigencia, no podremos atribuir a los dioses la sangre que derramemos.
Tutankamón permaneció en silencio.
Después se puso en pie y tomó una decisión.
—Al amanecer, el consejo se reunirá en el gran
templo. Vos presentaréis las pruebas delante de todos. Yo estaré allí.
—Menkheper intentará impedirlo.
—Que lo intente.
Por primera vez aquella noche, el faraón parecía
un verdadero gobernante.
Pero ninguno de los dos sabía que el anciano ya
conocía nuestros planes.
El juicio de
los dioses
El amanecer llegó con un cielo rojizo.
Miles de personas se congregaron frente al
templo. Los sacerdotes habían anunciado que la ceremonia salvaría a Egipto de la
desgracia, y el pueblo esperaba una señal de los dioses.
En el centro del patio, la joven sacerdotisa
aguardaba junto a un altar. Tenía las manos atadas y el rostro cubierto de
lágrimas.
Menkheper dirigía la ceremonia.
Cuando me vio aparecer, levantó los brazos.
—¡He aquí al traidor que pretende destruir
nuestras tradiciones!
Los guardias me rodearon.
Pero entonces las trompetas resonaron desde la
entrada principal.
Tutankamón apareció acompañado por sus oficiales.
—¡Que nadie toque al gran sacerdote! —ordenó.
La multitud cayó en silencio.
El faraón subió a la plataforma y me hizo una
señal.
Avancé hasta el centro del patio. Tenía delante a
los sacerdotes, a los generales, a los funcionarios y a miles de egipcios que
no sabían si estaban a punto de presenciar una revelación divina o una
tragedia.
Levanté el documento.
—Habitantes de Egipto, os han dicho que los
dioses exigen una vida para salvar vuestras cosechas. Os han dicho que la
desgracia procede de una joven inocente. Pero nadie os ha mostrado pruebas de
semejante sentencia.
Menkheper gritó:
—¡Miente! ¡Quemad ese documento!
Nadie se movió.
Continué hablando.
—Aquí están registradas las reservas de grano que
debían alimentar a las aldeas. Aquí están las órdenes que desviaron esos
recursos hacia almacenes privados. Y aquí aparecen los nombres de quienes
firmaron esas órdenes.
Entregué el documento a un escriba real.
El hombre leyó los nombres en voz alta.
El rostro de Menkheper se transformó. Durante
unos segundos pareció envejecer diez años.
—¡Todo es una conspiración! —gritó—. ¡El faraón
está siendo engañado!
Tutankamón se levantó.
—¿Negáis vuestra firma?
El anciano guardó silencio.
—¿Negáis haber desviado el grano?
Menkheper retrocedió.
—Majestad, los intereses del templo están por
encima de los intereses de los hombres. El pueblo necesita creer. Sin miedo a
los dioses, no habrá obediencia. Sin obediencia, no habrá reino.
Entonces comprendí el verdadero conflicto que
había estado oculto desde el principio.
Menkheper no defendía una profecía. Defendía un
sistema en el que el miedo permitía a unos pocos gobernar sobre todos los
demás.
Y estaba dispuesto a sacrificar a una inocente
para conservarlo.
—No —respondí—. Un reino que necesita mentiras
para mantenerse en pie ya está condenado.
El anciano me miró con odio.
—¡Entonces morirás con tu verdad!
Sacó una pequeña daga escondida entre sus
vestiduras y se lanzó hacia mí.
Todo sucedió en un instante.
Los guardias se interpusieron, pero uno de ellos
cayó al suelo. Menkheper consiguió acercarse lo suficiente para levantar el
arma.
Vi el destello del metal.
Escuché un grito.
Y sentí un golpe en el pecho.
La elección
Caí de rodillas.
La multitud comenzó a gritar. Los guardias
redujeron a Menkheper, mientras Tutankamón descendía de la plataforma y corría
hacia mí.
Me llevé una mano al pecho.
No había sangre, pero sentía un dolor profundo,
como si algo invisible estuviera desgarrándome por dentro.
El joven faraón se arrodilló a mi lado.
—¡Gran sacerdote! ¡No podéis morir! ¡Todavía no!
Quise hablar, pero las palabras no salían.
Entonces, entre el ruido de la multitud, escuché
una voz que no procedía de ningún hombre.
—Has descubierto la mentira, pero aún no has
comprendido el precio de la verdad.
Levanté la cabeza.
El patio del templo empezó a oscurecerse. Las
columnas parecían alargarse hacia el cielo. Las figuras de los dioses grabadas
en la piedra cambiaban de forma y las sombras se movían sin obedecer a la luz.
Tutankamón también las veía.
—¿Qué está ocurriendo? —gritó.
La voz volvió a resonar.
—El hombre que desafía a los dioses debe decidir si
acepta la ignorancia que lo protege o la verdad que puede destruirlo.
De pronto, me encontré de pie en una inmensa sala
sin paredes. Sobre mí se extendía un cielo lleno de estrellas. Delante había
una balanza de oro.
En uno de sus platillos descansaba una pluma. En
el otro, un corazón humano.
Reconocí la imagen de los antiguos rituales
funerarios: la prueba de la verdad y de la justicia.
Pero aquella balanza no pesaba mi corazón.
Pesaba mi decisión.
A un lado vi el antiguo Egipto: el templo, el
faraón, la joven sacerdotisa y el pueblo que esperaba una respuesta.
Al otro vi mi mundo actual, un lugar de máquinas,
ciudades, libros y hombres que seguían discutiendo sobre la existencia, el
poder y los límites del conocimiento.
Comprendí que podía permanecer en el pasado,
aceptar el papel que el sueño me había concedido y convertirme en una figura de
autoridad entre los egipcios.
O podía regresar a mi propia época, dejando atrás
a Tutankamón y a todos aquellos a quienes había intentado ayudar.
—¿Por qué tengo que elegir? —pregunté.
La voz respondió:
—Porque nadie puede vivir eternamente en un mundo
que no le pertenece.
Miré hacia el templo.
Tutankamón seguía arrodillado junto a mi cuerpo.
La joven sacerdotisa había sido liberada.
Menkheper estaba encadenado y los escribas preparaban las pruebas de su
traición.
La verdad había vencido, pero yo no sabía si
volvería a ver el resultado de aquella victoria.
—¿Y si no quiero marcharme? —pregunté.
El cielo comenzó a temblar.
—Entonces olvidarás quién eres.
Aquellas palabras me aterrorizaron más que la
muerte.
No quería olvidar mi vida, mis recuerdos ni el
mundo del que procedía. Pero tampoco quería abandonar a las personas que había
conocido en aquel pasado imposible.
Miré por última vez al faraón.
—Tutankamón —grité—, recordad que ningún hombre
debe utilizar el nombre de los dioses para justificar una injusticia.
El faraón levantó la cabeza, como si hubiera
escuchado mis palabras desde una distancia infinita.
—¡No os vayáis! —respondió—. ¡Egipto todavía os
necesita!
La balanza comenzó a girar.
La pluma se elevó en el aire.
El corazón cayó al suelo.
Y todo desapareció.
El regreso
Abrí los ojos de golpe.
Estaba en mi cama, en mi habitación, en mi propio
tiempo. La luz de la mañana entraba por la ventana. Mi respiración era agitada
y tenía la sensación de haber corrido durante horas.
Me llevé la mano al pecho.
No había ninguna herida.
Miré alrededor, intentando reconocer cada objeto,
cada sombra y cada detalle de mi habitación. Todo estaba en su sitio. El
antiguo Egipto había desaparecido.
Sin embargo, el miedo seguía conmigo.
Había experimentado una lucha que parecía real:
la amenaza de una ejecución, la conspiración de un sacerdote poderoso, la
angustia de un faraón joven y la obligación de elegir entre mi seguridad y la
vida de una persona inocente.
Me levanté y caminé hasta la ventana.
Durante un rato contemplé el mundo moderno,
preguntándome por qué mi mente había construido una historia tan intensa.
Tal vez porque el sueño había convertido en
personajes y acontecimientos una preocupación tan antigua como la humanidad: la
lucha entre la verdad y el poder.
Menkheper representaba al hombre que utiliza las
creencias para dominar. Tutankamón representaba al gobernante atrapado entre el
miedo y la responsabilidad. La joven sacerdotisa simbolizaba a los inocentes
que sufren cuando los poderosos deciden en su nombre.
¿Y yo?
Yo había sido el hombre obligado a escoger.
No sabía si aquel sueño significaba algo más que
una creación extraordinaria de mi imaginación. No podía afirmar que hubiese
vivido otra vida ni que hubiera viajado realmente a través del tiempo.
Pero sabía que aquella historia me había dejado
una pregunta difícil de olvidar.
¿Qué haríamos si descubrir la verdad pusiera en
peligro nuestra propia vida?
Quizá muchos guardarían silencio. Otros
obedecerían a quienes tuvieran más poder. Algunos buscarían refugio en la
comodidad de no saber.
Yo, en aquel sueño, había decidido hablar.
Y, aunque al despertar ya no era el gran
sacerdote de Egipto, me quedó la sensación de que el conflicto que había vivido
no pertenecía solamente al pasado.
Porque los templos pueden derrumbarse, los
faraones pueden desaparecer y las civilizaciones pueden convertirse en polvo.
Pero la lucha entre el miedo y la libertad, entre
la mentira y la verdad, continúa mientras existan seres humanos capaces de
pensar.
Cerré los ojos por un instante.
Todavía podía escuchar la voz de Tutankamón
llamándome desde el otro lado del tiempo.
Y me pregunté si, en algún lugar de mi
imaginación, el joven faraón seguía esperando una respuesta.
Aquella noche soñé que era el hombre más poderoso
de los templos de Egipto. Pero al despertar comprendí que mi mayor poder no
había sido mandar sobre los sacerdotes, ni aconsejar al faraón, ni conocer los
secretos del templo. Había sido atreverme a desafiar a quienes pretendían
convertir el miedo en una verdad indiscutible.

