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lunes, 27 de julio de 2026

El reencuentro o “descubrimiento” de América por España en 1492 fue y sigue siendo la mayor hazaña de la historia mundial

 


El reencuentro o “descubrimiento” de América por España en 1492 fue y sigue siendo la mayor hazaña de la historia mundial

Por Bruno Perera

El 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón partió del puerto de Palos de la Frontera, en Huelva (España), al mando de tres embarcaciones: la nao Santa María, capitaneada por el propio Colón, y las carabelas La Pinta, capitaneada por Martín Alonso Pinzón, y La Niña, capitaneada por Vicente Yáñez Pinzón. La expedición, formada por unos noventa marineros, navegaba al servicio de la Corona de Castilla y fue financiada con el apoyo de los Reyes Católicos, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, quienes respaldaron el proyecto de Colón tras la firma de las Capitulaciones de Santa Fe en abril de 1492.

Antes de emprender la travesía del océano Atlántico, la flota hizo escala en las Islas Canarias. Allí permaneció varias semanas para reparar el timón de La Pinta, aprovisionarse de agua y alimentos frescos y aprovechar los vientos alisios que soplan desde Canarias hacia el oeste. Finalmente, el 6 de septiembre de 1492, las tres naves zarparon del puerto de San Sebastián de La Gomera rumbo a lo desconocido.

Tras treinta y seis días de navegación, en la madrugada del 12 de octubre de 1492, el marinero Rodrigo de Triana (Juan Rodríguez Bermejo), que navegaba a bordo de La Pinta, fue el primero en avistar tierra y dio la voz de alarma con el célebre grito de «¡Tierra!», popularmente recordado como «¡Tierra a la vista!». Poco después, la expedición llegó a una isla de las Bahamas llamada por sus habitantes Guanahaní, a la que Colón dio el nombre de San Salvador.

Aquel viaje, realizado con solo tres pequeñas embarcaciones de madera y guiándose por los conocimientos náuticos de la época, constituye una de las mayores proezas de la navegación de todos los tiempos. Además, fue la primera travesía transatlántica documentada que consiguió establecer un contacto permanente entre Europa y América, un hecho que transformó para siempre la historia de la humanidad.

El 12 de octubre de 1492, la expedición dirigida por Cristóbal Colón, al servicio de la Corona de Castilla, dio inicio a uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad. Aquel viaje no solo modificó el rumbo de Europa, sino que transformó para siempre la historia del planeta.

Hasta entonces, los continentes conocidos por los europeos —Europa, Asia y África— habían permanecido separados de los continentes americanos durante miles de años. El viaje de Colón de 1492 estableció un contacto permanente entre ambos lados del Atlántico, inaugurando una nueva etapa de intercambios humanos, comerciales, culturales, científicos y tecnológicos que con el correr de los siguientes 534 años hasta el presente acabaría transformando el mundo antiguo en uno  moderno y totalmente conectado.

Gracias a aquel descubrimiento y a las posteriores expediciones españolas, se cartografiaron inmensos territorios desconocidos para los europeos, se abrieron nuevas rutas marítimas y comenzaron exploraciones que permitieron comprender por primera vez la verdadera dimensión del planeta. La navegación oceánica experimentó un enorme impulso y, pocos años después, la expedición de Fernando de Magallanes y Juan Sebastián Elcano completó la primera vuelta al mundo, demostrando de forma práctica la continuidad de los océanos.

Con el paso de los siglos, los territorios americanos evolucionaron hasta convertirse en numerosas naciones independientes. Entre ellas se encuentran Canadá, los Estados Unidos, México y los países de Centroamérica y Sudamérica. Aunque su desarrollo histórico ha seguido caminos muy diversos, todos forman parte de un continente cuya incorporación al conocimiento geográfico mundial comenzó con el viaje de 1492.

El descubrimiento de América también impulsó el intercambio de cultivos, animales, conocimientos y tecnologías entre continentes. Productos como el maíz, la patata, el tomate, el cacao o el pimiento llegaron desde América a Europa y posteriormente al resto del mundo, transformando la alimentación y la agricultura de numerosos países. En sentido inverso, también se introdujeron en América especies animales, nuevos cultivos, herramientas y técnicas procedentes de Europa. Este proceso es conocido por los historiadores como el intercambio colombino.

Asimismo, el descubrimiento abrió nuevas rutas comerciales entre Europa, América, África y posteriormente Asia, favoreciendo un intercambio global de mercancías, ideas y personas que aceleró el desarrollo económico y científico de muchas regiones del mundo.

Sin embargo, este proceso también tuvo consecuencias muy dolorosas. Las enfermedades introducidas desde Europa causaron una enorme mortalidad entre muchos pueblos indígenas americanos, y la conquista y colonización dieron lugar a conflictos, sometimientos y profundas transformaciones sociales y culturales. Reconocer la trascendencia del descubrimiento no significa ignorar estos hechos, sino comprender la historia en toda su complejidad.

A lo largo de los siglos ha existido un intenso debate sobre si debe hablarse de «descubrimiento», «encuentro entre dos mundos» o «inicio de la conquista». Cada una de estas expresiones pone el énfasis en aspectos diferentes de un mismo acontecimiento histórico. Lo indiscutible es que el viaje de Colón marcó un antes y un después en la historia universal.

Pocas hazañas han tenido un impacto comparable. Ni las grandes exploraciones terrestres, ni la apertura del canal de Suez o del canal de Panamá, ni siquiera la llegada del ser humano a la Luna en 1969, ni la exploración espacial posterior modificaron de manera tan profunda la organización política, económica, geográfica y cultural del mundo como lo hizo el viaje iniciado por Cristóbal Colón en 1492.

Tras explorar diversas islas del Caribe, la expedición emprendió el viaje de regreso a España. Cristóbal Colón arribó al puerto de Palos de la Frontera el 15 de marzo de 1493, donde fue recibido con gran expectación. Poco después se entrevistó con los Reyes Católicos en Barcelona, donde les informó del éxito de la expedición, les presentó algunos de los productos traídos del Nuevo Mundo y varios nativos que habían viajado con él. Aquel encuentro confirmó la trascendencia del viaje y propició la organización de nuevas expediciones españolas, que ampliarían el conocimiento geográfico del continente americano y consolidarían la presencia de España en aquellas tierras.

Cinco siglos después, seguimos viviendo en un mundo profundamente influido por aquel acontecimiento. Las relaciones entre continentes, el comercio internacional, la expansión del conocimiento geográfico y buena parte de la configuración política del planeta tienen sus raíces en aquel viaje.

Por ello, puede afirmarse que el descubrimiento de América por España constituye una de las mayores hazañas de la historia de la humanidad. Aquel viaje, iniciado desde el puerto de Palos de la Frontera, con escala decisiva en las Islas Canarias y culminado con la llegada a unas tierras desconocidas para los europeos, que posteriormente serían reconocidas como un nuevo continente, cambió para siempre el rumbo del mundo. Aunque Cristóbal Colón creyó hasta su muerte que había llegado a las costas orientales de Asia, su expedición abrió el camino al conocimiento de un continente cuya existencia era ignorada por los europeos y dio comienzo a una nueva etapa de la historia universal. Más de cinco siglos después, su legado continúa siendo objeto de estudio por historiadores de todo el mundo y constituye uno de los acontecimientos más decisivos e influyentes de la historia universal.

 

 

Los habitantes de Norte, Centro y Sur de América no son indios

 


Los habitantes de Norte, Centro y Sur de América no son indios

Por Bruno Perera

Durante más de cinco siglos se ha utilizado la palabra "indios" para referirse a los pueblos originarios de América. Sin embargo, si analizamos el origen de ese término desde una perspectiva histórica, resulta evidente que se trata de una denominación nacida de un error geográfico.

Cuando Cristóbal Colón llegó al Caribe en 1492, estaba convencido de haber alcanzado las costas de Asia, concretamente las llamadas "Indias". Creyendo que había llegado a ese territorio, llamó indios a los habitantes que encontró. Aunque con el tiempo se comprobó que aquellas tierras pertenecían a un continente desconocido para los europeos, el nombre continuó utilizándose durante siglos.

Posteriormente, las exploraciones y los mapas elaborados por Américo Vespucio contribuyeron a que el nuevo continente recibiera el nombre de América. Aun así, la denominación de "indios" permaneció para referirse a los pueblos originarios de Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica.

En el caso de Norteamérica, los colonizadores ingleses también emplearon el término Indians para designar a los pueblos indígenas. En Canadá, los franceses utilizaron distintos nombres para los diversos pueblos originarios; entre ellos, el término esquimal se empleó históricamente para algunos pueblos del Ártico, aunque hoy muchas de esas comunidades prefieren ser conocidas como inuit, mientras que otras, como los yupik, tienen su propia identidad y no se consideran inuit.

En Hispanoamérica, además, es frecuente encontrar expresiones como hispanoamericanos o latinoamericanos, que hacen referencia principalmente a criterios lingüísticos y culturales derivados de la colonización española y portuguesa. Estos términos describen a las sociedades actuales de esos países, pero no sustituyen la identidad de los pueblos originarios que habitaban el continente mucho antes de la llegada de los europeos.

Desde mi punto de vista, sería más apropiado emplear expresiones como aborígenes norteamericanos, aborígenes centroamericanos y aborígenes suramericanos, o simplemente pueblos originarios de América, ya que describen con mayor precisión a quienes habitaban esas tierras antes de la colonización europea y evitan perpetuar un nombre surgido de un error histórico.

También conviene recordar que, antes de la llegada de los europeos, los habitantes del continente no tenían un nombre común para designar la totalidad de América. Cada pueblo conocía y nombraba su propio territorio según su lengua, cultura y forma de entender el mundo. No existía un concepto continental equivalente al que posteriormente desarrolló la cartografía europea. Para muchos de aquellos pueblos, el espacio geográfico se organizaba en torno a sus regiones, montañas, ríos, selvas o llanuras, y no como un único continente.

Por otra parte, los pueblos originarios de América nunca constituyeron una sola cultura. Existían cientos de naciones diferentes, con idiomas, creencias, formas de gobierno y costumbres propias. Mayas, mexicas o aztecas, incas, mapuches, guaraníes, taínos, iroqueses, apaches, navajos, sioux y muchas otras sociedades desarrollaron identidades independientes mucho antes del contacto con Europa.

El lenguaje evoluciona con el tiempo y refleja la forma en que comprendemos la historia. Hoy sabemos que América no era la India y que los primeros habitantes del continente no eran indios. Mantener una denominación nacida de una equivocación histórica puede resultar poco precisa desde un punto de vista académico. Por ello, cada vez son más los historiadores, antropólogos e instituciones que prefieren utilizar términos como pueblos americanos, pueblos originarios o aborígenes, según el contexto.

En definitiva, llamar "indios" a los habitantes originarios de América responde a una tradición histórica derivada del error de Cristóbal Colón. Cinco siglos después, disponemos de un conocimiento mucho más amplio sobre la historia y la diversidad cultural del continente. Quizá haya llegado el momento de emplear denominaciones que reflejen con mayor fidelidad la realidad histórica y el respeto hacia la identidad de los primeros pueblos de América.

Nota final. Aunque todavía existen algunos aspectos en debate, la hipótesis científica más aceptada sostiene que los primeros habitantes de América procedían de poblaciones del noreste de Asia, especialmente de la región de Siberia. Durante la última glaciación, cuando el nivel del mar era mucho más bajo que el actual, cruzaron el puente terrestre de Beringia, que unía Siberia con Alaska. Desde allí fueron desplazándose lentamente hacia el sur, poblando primero Norteamérica y, con el paso de miles de años, Centroamérica y Sudamérica. Las evidencias arqueológicas y genéticas indican que las primeras migraciones comenzaron hace aproximadamente entre 20.000 y 15.000 años, aunque algunos yacimientos sugieren que pudieron existir llegadas incluso algo anteriores. Con el tiempo, aquellos primeros pobladores dieron origen a la enorme diversidad de pueblos y culturas aborígenes que encontraron los europeos a partir de 1492.

Esta formulación refleja el consenso científico actual. Hay hipótesis alternativas —como migraciones costeras por el Pacífico o propuestas de llegadas muy anteriores—, pero la ruta por Beringia desde Asia sigue siendo la explicación con mayor respaldo por las pruebas arqueológicas, genéticas y antropológicas.

domingo, 26 de julio de 2026

Quizás el Big Bang no fue el inicio de nuestro universo sino el final de otro anterior

 


Quizás el Big Bang no fue el inicio de nuestro universo sino el final de otro anterior

Por Bruno Perera

Durante décadas hemos aprendido que el Big Bang fue el origen del universo. Sin embargo, la cosmología moderna plantea una pregunta tan fascinante como inquietante: ¿y si el Big Bang no hubiera sido el nacimiento de todo, sino el final de un universo anterior y el comienzo del nuestro?

Aunque esta idea no forma parte del modelo cosmológico estándar, tampoco puede descartarse con los conocimientos científicos actuales. De hecho, varios físicos y cosmólogos han desarrollado teorías que exploran esta posibilidad.

Una de ellas es la del universo cíclico. Según este modelo, el universo nace con un Big Bang, se expande durante miles de millones de años formando galaxias, estrellas, planetas y vida. Sin embargo, tras un tiempo inmenso, la expansión podría detenerse y comenzar un lento proceso de contracción. Finalmente, toda la materia y la energía volverían a concentrarse en un estado extremadamente denso y caliente, conocido como Big Crunch. Ese colapso podría desencadenar un nuevo Big Bang, dando origen a otro universo y repitiendo el ciclo una y otra vez.

Otra propuesta es la teoría del Big Bounce o Gran Rebote. En este caso, el universo anterior no termina en una singularidad infinita, sino que alcanza una densidad máxima y, en lugar de desaparecer, "rebota", iniciando una nueva fase de expansión. Nuestro universo sería, por tanto, el resultado de ese rebote cósmico.

Existe además la Cosmología Conforme Cíclica, propuesta por el físico Roger Penrose. Según esta hipótesis, el futuro extremadamente lejano de un universo puede transformarse, bajo determinadas condiciones físicas, en el Big Bang de un nuevo universo. En este escenario, el final de un cosmos se convierte, de forma natural, en el principio del siguiente.

Lo cierto es que el modelo cosmológico estándar explica con enorme precisión la evolución del universo desde una fracción de segundo después del Big Bang. Sin embargo, todavía no puede responder qué ocurrió exactamente en el instante inicial ni si existía algo antes. Al acercarnos a ese momento, las leyes conocidas de la física dejan de ser suficientes y necesitamos una teoría completa de la gravedad cuántica, algo que aún no hemos conseguido desarrollar.

Por ello, afirmar que el Big Bang fue el comienzo absoluto del universo es una interpretación basada en el conocimiento disponible, pero no una verdad demostrada de forma definitiva. Del mismo modo, sostener que fue el final de un universo anterior sigue siendo una hipótesis científicamente posible, aunque todavía carece de pruebas concluyentes.

Quizá el universo en el que vivimos sea el primero de todos. O quizá sea simplemente un eslabón más de una inmensa cadena de universos que nacen unos de otros, en un ciclo que se repite desde hace un tiempo inimaginable.

La ciencia continúa investigando esta cuestión con nuevas observaciones, mejores telescopios y modelos matemáticos cada vez más sofisticados. Mientras no existan pruebas definitivas, ambas posibilidades permanecen abiertas.

Tal vez, algún día, descubramos que aquello que llamamos Big Bang no fue realmente el comienzo de todo, sino el extraordinario puente entre un universo que terminó y otro que acababa de comenzar.

 

¿Si los animales pudieran pensar y hablar como los humanos qué creéis que nos aconsejarían?

 



¿Si los animales pudieran pensar y hablar como los humanos qué creéis que nos aconsejarían?

Por Bruno Perera

Si los animales pudieran pensar y hablar con un nivel similar al nuestro, probablemente sus consejos reflejarían la forma en que viven y se relacionan con la naturaleza. Podrían decirnos cosas como:

1.    "No destruyáis el hogar que compartimos." Os recordarían que los bosques, los océanos y los ríos son la casa de todos, no solo de los humanos.

2.    "Tomad solo lo que necesitéis." Muchos animales consumen lo necesario para sobrevivir y no acumulan más de lo que necesitan.

3.    "Respetad la diversidad." En la naturaleza conviven millones de especies, cada una con una función. Quizá nos dirían que también respetemos las diferencias entre las personas.

4.    "No hagáis guerras." Les resultaría difícil entender por qué los seres humanos organizan conflictos que destruyen ciudades y causan tanto sufrimiento.

5.    "Aprended a vivir en equilibrio." Nos señalarían que la naturaleza funciona gracias al equilibrio entre especies y ecosistemas.

6.    "No confundáis inteligencia con superioridad." Tal vez dirían que ser más inteligentes no significa tener más valor que otras formas de vida.

7.    "Escuchad más y hablad menos." Muchos animales dependen de la observación y de prestar atención a su entorno para sobrevivir.

8.    "Proteged a los más débiles." En muchas especies existen comportamientos de cuidado hacia las crías, los heridos o los miembros del grupo.

9.    "Disfrutad del presente." Los animales no suelen vivir preocupados constantemente por el pasado o el futuro; aprovechan el momento.

10."Recordad que todos venimos del mismo universo." Quizá nos dirían algo parecido a: "Todos estamos hechos de los mismos átomos nacidos en las estrellas. Ninguna especie es dueña del planeta; solo somos compañeros de viaje en la Tierra."

Sería curioso que, al final de su discurso, un viejo elefante, una ballena, un águila y una hormiga miraran a los humanos y dijeran:

"Vosotros habéis llegado muy lejos con vuestra inteligencia. Ahora demostrad que también podéis llegar lejos con vuestra sabiduría."

Esa quizá sería la diferencia que más nos pedirían desarrollar: usar la inteligencia no solo para crear más tecnología, sino también para convivir mejor con los demás seres vivos y con el planeta que todos compartimos.

 





sábado, 25 de julio de 2026

Si los humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar", entonces somos todos iguales ante la ley del universo

 


Si los humanos y los animales somos polvo de estrellas o "basura estelar", entonces somos todos iguales ante la ley del universo

Por Bruno Perera

Durante siglos, el ser humano se ha considerado el amo y señor de la Tierra. Las religiones, especialmente las monoteístas, han sostenido que el hombre ocupa un lugar privilegiado en la creación y que los demás seres vivos fueron puestos a su servicio. Uno de los argumentos más utilizados para defender esa idea es que poseemos una inteligencia superior a la de los animales.

Sin embargo, ese razonamiento plantea una cuestión filosófica muy interesante. Si la inteligencia es el criterio para determinar quién es superior, ¿significa eso que una persona con una discapacidad intelectual vale menos que otra con mayores capacidades mentales? La inmensa mayoría de las personas respondería que no. Todos los seres humanos poseen la misma dignidad, independientemente de su inteligencia, de su edad o de sus limitaciones físicas o mentales.

Entonces surge una pregunta inevitable: si la inteligencia no determina el valor de unas personas frente a otras, ¿por qué habría de determinar el valor de toda la especie humana frente al resto de los animales?

La ciencia moderna nos ofrece otra perspectiva. Sabemos que todos los elementos químicos que forman nuestro cuerpo fueron creados en el interior de antiguas estrellas que explotaron hace miles de millones de años. El carbono de nuestros músculos, el oxígeno que respiramos, el hierro de nuestra sangre y el calcio de nuestros huesos nacieron en aquellos gigantescos hornos cósmicos. Lo mismo ocurre con los árboles, los peces, las aves, los insectos, los perros, los gatos y cualquier otra forma de vida conocida.

En otras palabras, todos estamos hechos del mismo polvo de estrellas, o, si se quiere utilizar una expresión más coloquial, de la misma "basura estelar" que quedó dispersa por el universo tras la muerte de incontables estrellas.

Desde esa perspectiva cósmica, las diferencias que tanto nos preocupan en la Tierra pierden gran parte de su importancia. El universo no distingue entre ricos y pobres, entre creyentes y ateos, entre premios Nobel y personas analfabetas, ni tampoco entre un ser humano y un delfín, un águila o un árbol. Todos compartimos el mismo origen material y todos estamos sometidos a las mismas leyes de la naturaleza.

Nacemos, vivimos durante un breve instante en la inmensidad del tiempo cósmico y finalmente nuestros átomos regresan al ciclo eterno de la materia. Ningún ser vivo escapa a esa ley universal.

Esto no significa que los seres humanos y los animales sean idénticos en sus capacidades. Cada especie posee habilidades diferentes, fruto de millones de años de evolución. El ser humano destaca por su razonamiento abstracto; un águila por su extraordinaria visión; un perro por su olfato; un murciélago por su ecolocalización; un pulpo por su sorprendente inteligencia adaptativa. La naturaleza no establece una clasificación absoluta de superioridad, sino una extraordinaria diversidad de capacidades.

Quizá el verdadero privilegio del ser humano no sea sentirse dueño del planeta, sino ser consciente de su propio origen. Somos la parte del universo que ha llegado a preguntarse de dónde viene y cuál es su destino.

Si todos procedemos del mismo polvo de estrellas, entonces todos somos hijos del universo. Compartimos el mismo origen, vivimos bajo las mismas leyes físicas y, tarde o temprano, volveremos a convertirnos en materia que quizá forme nuevas estrellas, nuevos planetas o incluso nuevas formas de vida.

Por ello, más que sentirnos los amos de la Tierra, tal vez deberíamos considerarnos compañeros de viaje de todos los seres vivos que habitan este pequeño planeta azul. Al fin y al cabo, todos somos polvo de estrellas y todos somos iguales ante la ley del universo.

 

viernes, 24 de julio de 2026

Fuimos creados de polvo o "basura" de estrellas y ese polvo o "basura" que dio origen a cada individuo marca su diferente destino presente y futuro

 


Fuimos creados de polvo o "basura" de estrellas y ese polvo o "basura" que dio origen a cada individuo marca su diferente destino presente y futuro

Por Bruno Perera

Cuando hablamos de que los seres humanos fuimos creados de polvo de estrellas, no estamos utilizando únicamente una expresión poética. La ciencia ha demostrado que los elementos químicos que forman nuestro cuerpo —como el carbono, el oxígeno, el hierro, el calcio y el nitrógeno— fueron fabricados en el interior de estrellas que vivieron hace miles de millones de años. Al final de su existencia, muchas de ellas expulsaron al espacio inmensas cantidades de materia. Aquellos restos estelares, que de forma figurada podríamos llamar "basura de estrellas", se dispersaron por el universo y terminaron formando nuevas estrellas, planetas y, finalmente, la vida en la Tierra.

Todos llevamos, por tanto, una pequeña parte del universo en nuestro interior.

Sin embargo, este hecho nos lleva a una interesante reflexión.

Si todos procedemos del mismo polvo o "basura" de estrellas, ¿por qué cada ser humano es diferente?

La ciencia explica que los átomos son esencialmente iguales. Lo que cambia es la forma en que esos átomos se organizaron para construir moléculas, células, órganos y el ADN de cada persona. Esa organización dio lugar a miles de millones de individuos únicos, con una combinación genética irrepetible que influye en muchos de sus rasgos y que, en parte, se transmite a las siguientes generaciones.

A partir de aquí surge una reflexión filosófica.

Podría decirse que aquel polvo o "basura" de estrellas no se reunió para formar un único ser, sino que la naturaleza lo organizó de incontables maneras diferentes. Cada una de esas organizaciones dio origen a un individuo distinto, con unas características propias y con unas posibilidades diferentes de afrontar la vida.

No significa que las estrellas hayan escrito el destino de cada persona ni que exista un plan cósmico predeterminado. La ciencia no dispone de pruebas que respalden esa afirmación.

Sin embargo, sí puede sostenerse que la organización concreta de la materia que dio origen a cada individuo constituye la base física sobre la que se desarrolla toda su existencia. A esa base se suman la herencia genética, la educación, el ambiente, las experiencias, las decisiones personales y el azar.

En otras palabras, nuestro presente y nuestro futuro no están escritos por las estrellas, pero tampoco pueden entenderse sin ellas, porque fueron las estrellas las que fabricaron la materia de la que surgimos.

Quizá por eso podamos afirmar que somos el resultado de una larga historia cósmica: restos de antiguas estrellas convertidos en seres capaces de pensar, de amar, de crear conocimiento y de preguntarse por su propio origen.

Y tal vez esa sea una de las ideas más extraordinarias que la ciencia nos ha revelado: que la aparente "basura" del universo acabó convirtiéndose en vida consciente capaz de contemplar las mismas estrellas de las que nació.

 

Ojo con las plumas y los bolígrafos borrables: no son aptos para documentos importantes

 


Ojo con las plumas y los bolígrafos borrables: no son aptos para documentos importantes

Por Bruno Perera

En los últimos años han aparecido en el mercado plumas y bolígrafos borrables con una o dos gomas que prometen una gran comodidad: escribir, borrar y volver a escribir sobre el mismo papel. A primera vista parecen un invento excelente, especialmente para estudiantes, profesores y personas que realizan muchos apuntes.

Sin embargo, tras hacer algunas pruebas, he descubierto un inconveniente que conviene conocer antes de utilizarlos para documentos importantes.

Al escribir con una pluma o bolígrafo borrable y aplicar calor por la parte posterior del papel, por ejemplo con un simple mechero, la escritura desaparece por completo. Esto ocurre porque la tinta utilizada es termocrómica, es decir, cambia de color cuando alcanza una determinada temperatura y se vuelve prácticamente invisible.

Este hecho plantea un problema importante. Las impresoras y fotocopiadoras láser utilizan calor para fijar el tóner sobre el papel. En algunos casos, ese calor puede hacer desaparecer parcial o totalmente lo escrito con una pluma o bolígrafo borrable. Del mismo modo, un documento guardado dentro de un vehículo expuesto al sol o cerca de una fuente intensa de calor también podría perder la escritura.

Por este motivo, estas plumas y bolígrafos no deberían utilizarse para:

·        Firmar contratos.

·        Firmar documentos bancarios.

·        Rellenar formularios oficiales.

·        Escribir documentos legales.

·        Cualquier escrito que deba conservarse durante muchos años.

Su verdadero campo de utilidad es otro. Son ideales para:

·        Hacer borradores.

·        Tomar apuntes.

·        Resolver ejercicios.

·        Escribir en agendas.

·        Corregir textos sin desperdiciar hojas de papel.

En este sentido, sí cumplen una función muy positiva: permiten ahorrar papel, ya que una misma hoja puede reutilizarse muchas veces antes de desecharla.

Por tanto, estas plumas y bolígrafos no deben considerarse instrumentos para redactar documentos permanentes, sino herramientas de trabajo temporal.

Antes de usar una pluma o un bolígrafo borrable conviene conocer esta limitación. Un invento puede ser muy práctico, pero también es importante saber cuándo utilizarlo y cuándo no.

Conclusión

Las plumas y bolígrafos borrables son excelentes para ahorrar papel y realizar borradores, pero no ofrecen la seguridad necesaria para documentos importantes. Cuando un escrito deba conservarse, archivarse o tener validez legal, la mejor opción sigue siendo una pluma o un bolígrafo de tinta permanente.

Nota 1: También conviene saber que la escritura realizada con una pluma o bolígrafo borrable que haya desaparecido por efecto del calor —ya sea por la fricción de la goma de borrar o por una fuente de calor, como un mechero— puede reaparecer al enfriarse intensamente el documento, por ejemplo introduciéndolo durante un tiempo en un congelador. No obstante, la recuperación de la escritura puede no ser perfecta y depende del tipo de tinta y de la marca de la pluma o del bolígrafo.

Nota 2: Cuando vaya a firmarse un contrato, un documento bancario, un formulario oficial o cualquier otro escrito con validez legal, es aconsejable que la persona o entidad que prepara el documento facilite su propia pluma o bolígrafo de tinta permanente. De este modo se reduce el riesgo de que, por descuido o de forma intencionada, la firma se realice con una pluma o un bolígrafo de tinta borrable, cuya escritura puede desaparecer si el documento se expone a temperaturas elevadas.

No se trata de desconfiar de quien firma, sino de adoptar una sencilla medida de seguridad que ayude a preservar la integridad y la validez del documento con el paso del tiempo.

Como comprobación adicional, una vez firmado un documento importante puede aplicarse calor moderado por la parte posterior del papel. Si la firma o el texto se atenúan o desaparecen, es un indicio de que se utilizó una pluma o un bolígrafo de tinta borrable y no una tinta permanente.

También conviene tener presente otra posible forma de engaño. Imagine que va a extender un cheque y la persona que va a recibirlo le ofrece amablemente su propia pluma o bolígrafo. Si ese instrumento utiliza tinta borrable, esa persona podría, posteriormente y sin que usted lo advirtiera, borrar la cantidad escrita, el nombre del beneficiario, la fecha y otros datos del cheque, conservando únicamente su firma. Después podría volver a escribir los datos que le interesaran. Por ello, siempre que vaya a firmar o cumplimentar un documento de importancia, es recomendable utilizar una pluma o un bolígrafo de tinta permanente de su confianza.

Bruno Perera García

Tel: 623 500 818

E.Mail: brunopereragarcia5@gmail.com



 




jueves, 23 de julio de 2026

¿Fuimos creados de polvo de estrellas o de basura estelar?

 


¿Fuimos creados de polvo de estrellas o de basura estelar?

Por Bruno Perera

Desde hace años, la astronomía nos recuerda una frase que se ha hecho muy popular: «Somos polvo de estrellas». Es una expresión hermosa y poética que resume un hecho científico: los elementos químicos que forman nuestro cuerpo —carbono, oxígeno, calcio, hierro y muchos otros— fueron fabricados en el interior de antiguas estrellas que, tras agotar su combustible, expulsaron esos materiales al espacio.

Sin embargo, yo prefiero contemplar ese mismo hecho desde otra perspectiva, menos romántica y más directa.

Si una estrella muere y expulsa al espacio los restos de su existencia, esos restos podrían considerarse, en cierto modo, sus desechos. Con el paso de millones o miles de millones de años, esa materia dispersa vuelve a reunirse para formar nuevas estrellas, nuevos planetas y, finalmente, nuevas formas de vida.

Desde este punto de vista, me atrevo a decir que no solo somos polvo de estrellas: somos basura estelar.

Sé que los astrónomos no emplean esa expresión. Ellos prefieren hablar de «reciclaje cósmico», porque en el universo nada se desperdicia. La materia cambia continuamente de forma y pasa a formar parte de nuevos cuerpos celestes. Pero precisamente ese reciclaje me lleva a la reflexión que propongo.

Pensemos en un ejemplo terrestre.

Cuando abandonamos durante mucho tiempo materia orgánica —hojas, restos vegetales o alimentos— esa materia se descompone. Sobre ella aparecen bacterias, hongos, insectos, gusanos y otras formas de vida que aprovechan esos restos para alimentarse y reproducirse. Lo que parecía basura termina siendo el origen de nueva vida.

¿No ocurre algo parecido en el universo?

Las estrellas nacen, evolucionan y finalmente muchas de ellas expulsan enormes cantidades de materia al espacio. Esa materia permanece durante millones de años mezclándose con gases y polvo interestelar hasta que, por efecto de la gravedad, vuelve a concentrarse para dar origen a nuevas estrellas, nuevos sistemas planetarios y, en algunos lugares privilegiados, a la vida.

En otras palabras, la naturaleza terrestre recicla la basura orgánica, mientras que el universo recicla la basura estelar.

Toda la materia orgánica existente en la Tierra está formada por elementos químicos que fueron creados en generaciones anteriores de estrellas. Incluso una simple hoja seca, una cáscara de fruta o un montón de compost contienen átomos que nacieron hace miles de millones de años en el corazón de una estrella.

Si toda la basura orgánica terrestre procede, en última instancia, de antiguas estrellas, entonces también puede verse como basura cósmica reciclada.

Por eso considero que la famosa frase «somos polvo de estrellas» podría ampliarse con otra interpretación:

Somos basura estelar reciclada por el universo.

Naturalmente, esta no es una afirmación científica en sentido estricto, sino una reflexión filosófica sobre el origen de la materia. La ciencia describe cómo los elementos químicos fueron sintetizados en estrellas y reutilizados en la formación de nuevos sistemas planetarios. Mi propuesta consiste simplemente en observar ese proceso desde un ángulo diferente.

Al fin y al cabo, aquello que para una estrella fue el final de su existencia terminó convirtiéndose en el principio de la nuestra.

Quizá por eso el universo nos enseña una de las lecciones más profundas de la naturaleza: la basura no siempre es el final de algo; muchas veces es el comienzo de algo nuevo.

Si esto es así, tal vez deberíamos dejar de sentirnos ofendidos por la palabra «basura». En realidad, todos los seres vivos podríamos ser la prueba de que el universo posee el sistema de reciclaje más extraordinario que existe.

Y quién sabe si, dentro de miles de millones de años, cuando nuestro Sol también agote su vida y devuelva su materia al cosmos, esa misma materia servirá para formar nuevas estrellas, nuevos planetas y quizá nuevas formas de vida que volverán a preguntarse de dónde proceden.

Tal vez ellas también descubran que, igual que nosotros, son el resultado del eterno reciclaje del universo: auténtica basura estelar convertida en vida.

 

miércoles, 22 de julio de 2026

¿Los calendarios basados en acontecimientos religiosos están algo locos?

 


¿Los calendarios basados en acontecimientos religiosos están algo locos?

Por Bruno Perera

Vivimos rodeados de calendarios y los utilizamos a diario sin preguntarnos de dónde salen sus fechas. Sin embargo, cuando se comparan entre sí y con los conocimientos científicos actuales, da la impresión de que los calendarios están algo locos.

La cosmología nos dice que el universo nació hace aproximadamente 13.800 millones de años con el Big Bang, y el tiempo a partir del mismo. La geología, por su parte, sitúa el origen de la Tierra hace unos 4.540 millones de años. Estas cifras están respaldadas por observaciones astronómicas, el estudio de la expansión del universo y la datación radiométrica de las rocas más antiguas.

Pero cuando abrimos un calendario encontramos números completamente distintos.

El calendario gregoriano nos dice que estamos en el año 2026. El calendario judío sitúa el año actual alrededor del 5786, pues comienza a contar desde la fecha tradicional de la creación del mundo según la cronología bíblica. El calendario islámico, basado en la Hégira —la emigración de Mahoma de La Meca a Medina en el año 622 de nuestra era—, se encuentra aproximadamente en el año 1448 y, además, utiliza años lunares, por lo que no avanza al mismo ritmo que el calendario solar.

Todos ellos están contando el mismo tiempo, pero cada uno decidió empezar la cuenta desde un acontecimiento distinto. En realidad, ninguno mide la edad del universo ni de la Tierra; simplemente establecen un punto de referencia cultural o religioso.

Sin embargo, la historia se vuelve aún más curiosa cuando hablamos del calendario gregoriano.

Tradicionalmente se ha considerado que Jesucristo nació en el año 1 d.C. No obstante, numerosos historiadores y biblistas sostienen que esa fecha fue calculada con un error de varios años cuando el monje Dionisio el Exiguo estableció la era cristiana en el siglo VI.

La mayoría de los investigadores sitúa hoy el nacimiento de Jesús entre los años 6 y 4 antes de Cristo, principalmente porque los Evangelios indican que nació durante el reinado de Herodes el Grande, fallecido en el año 4 a. C.

Existe además otra interesante hipótesis recogida en la obra A Commentary on Holy Scriptures, redactada hace unos 72 años para el Vaticano por unos 50 teólogos canadienses. Según esta interpretación, Jesucristo habría nacido hacia el 7 a. C., durante el gobierno romano de Cayo Sencio Saturnino, gobernador de Siria entre aproximadamente los años 9 y 6 a. C. Aunque esta propuesta no representa un consenso universal entre los historiadores, constituye una reconstrucción cronológica estudiada y debatida.

Si esa hipótesis fuese correcta, el calendario cristiano tendría un desfase de unos siete años. Dicho de otra forma, si contáramos los años desde el nacimiento histórico de Jesús, actualmente no estaríamos en el año 2026, sino aproximadamente en el 2033.

Lo curioso es que este posible error no ha impedido que el calendario gregoriano con sus conquistas religiosas y hegemonía en diferentes países se convirtiera en el sistema de datación más utilizado del planeta. Millones de documentos, leyes, contratos, acontecimientos históricos y registros científicos siguen utilizándolo porque modificarlo hoy sería prácticamente imposible.

En realidad, los calendarios no están locos; simplemente reflejan distintas formas en que la humanidad ha querido organizar el tiempo. La ciencia mide la edad del universo y de la Tierra mediante evidencias físicas. Las religiones y las civilizaciones eligieron acontecimientos simbólicos para comenzar su propia cuenta de los años.

Quizá la mejor conclusión sea que el tiempo es uno solo, pero los seres humanos lo contamos de maneras muy diferentes. Mientras el universo continúa su viaje desde hace 13.800 millones de años, nosotros seguimos discutiendo si estamos en el año 2026, 5786, 1448… o quizá, históricamente hablando, en el 2033.

Después de todo, el tiempo no cambia; lo único que cambian son los calendarios con los que decidimos medirlo.