EL SÁHARA
OCCIDENTAL SIEMPRE SERÁ LA TIERRA REBELDE
Por Bruno Perera
Han pasado ya muchas décadas desde que España
abandonó el Sáhara Occidental y, sin embargo, el conflicto continúa sin una
solución definitiva. Es uno de esos problemas internacionales que el paso del
tiempo no ha conseguido cerrar, sino simplemente congelar.
Desde mi punto de vista, aunque algún día el
Sáhara Occidental terminara formando parte de Marruecos de manera definitiva y
con reconocimiento internacional, difícilmente dejaría de ser una tierra
marcada por la resistencia política de una parte importante de su población. Su
historia ya ha quedado escrita y esa historia no puede borrarse mediante
decretos, acuerdos diplomáticos o el paso de los años.
Los pueblos construyen su identidad a través de
su memoria colectiva. En el caso del pueblo saharaui, durante décadas ha
desarrollado un sentimiento nacional propio, reforzado por el exilio, los
campamentos de refugiados, la actividad del Frente Polisario y la
reivindicación del derecho a decidir su futuro. Esa conciencia política no
desaparece fácilmente.
Por ello considero que, aun en el supuesto de que
Marruecos consolidara plenamente su soberanía sobre el territorio, siempre
existiría una parte de la sociedad saharaui que seguiría considerándose
distinta y mantendría vivas sus aspiraciones políticas. En ese sentido, el
Sáhara Occidental continuaría siendo, históricamente, un territorio rebelde.
La historia ofrece numerosos ejemplos de regiones
que, aun integradas dentro de un Estado durante generaciones, han mantenido
fuertes movimientos identitarios o independentistas. La integración
administrativa no siempre significa integración emocional, histórica o
cultural. La memoria de los pueblos suele sobrevivir a los cambios de
fronteras. (Por el ejemplo el caso de los curdos en Turquía).
El conflicto saharaui posee además un fuerte
componente internacional. Las resoluciones de las Naciones Unidas mantienen al
Sáhara Occidental como un territorio pendiente de descolonización y defienden
la necesidad de encontrar una solución política aceptable para las partes.
Mientras no exista un acuerdo ampliamente aceptado, el debate seguirá abierto.
Salvando las enormes diferencias históricas,
militares y humanas, la disputa entre saharauis y marroquíes presenta ciertos
paralelismos con la existente entre palestinos e israelíes. En ambos casos
existe un profundo desacuerdo sobre la soberanía de un territorio, la identidad
nacional y el derecho de un pueblo a decidir su futuro. Evidentemente, el
conflicto del Sáhara Occidental no ha alcanzado el nivel de violencia ni el
número de víctimas que ha sufrido Oriente Próximo, pero sí mantiene un fuerte
componente reivindicativo que continúa vivo desde hace décadas. La existencia
de generaciones enteras de saharauis que siguen defendiendo su identidad hace
pensar que esa reivindicación difícilmente desaparecerá con el paso del tiempo.
La situación también afecta a la estabilidad del
norte de África. Las tensiones entre Marruecos y Argelia, el cierre de
fronteras terrestres entre ambos países y la competencia geopolítica en la
región convierten al Sáhara Occidental en mucho más que un conflicto
territorial. Se trata de un asunto con implicaciones diplomáticas, económicas y
de seguridad para todo el Magreb.
Resulta difícil imaginar que varias generaciones
de saharauis renuncien por completo a la identidad política que han construido
durante medio siglo. Incluso si las circunstancias internacionales
evolucionaran hacia un reconocimiento más amplio de la soberanía marroquí,
probablemente seguirían existiendo organizaciones, asociaciones y movimientos
que reivindicaran la identidad nacional saharaui.
Por ello pienso que el verdadero desafío no
consiste únicamente en determinar quién ejerce la soberanía sobre el
territorio, sino en encontrar una fórmula que permita garantizar la
convivencia, el respeto a los derechos humanos, la estabilidad regional y el
reconocimiento de la identidad de la población saharaui.
La paz duradera no suele imponerse únicamente
mediante el control del territorio. También requiere legitimidad, diálogo y
aceptación por parte de quienes viven en él.
Quizá el tiempo modifique las fronteras
políticas, pero difícilmente borrará la memoria histórica de un pueblo que
lleva décadas defendiendo aquello que considera su derecho. Y mientras esa
memoria permanezca viva, el Sáhara Occidental seguirá siendo, para muchos, el
Sáhara rebelde. (Y más lo será cuando Marruecos intente extraer el telurium del Monte submarino Tropic que se haya dentro de la Plataforma Continental Extra de 150 m/n que podría pertenecer al Sáhara si algún día llegara a ser una nación soberana.











