Venezuela en el abismo del colapso político, bélico y económico
Por Bruno Perera.
La captura de
Nicolás Maduro —ese episodio que ya parece escrito para un documental que
mezcle thriller y tragicomedia— no solo ha descabezado al chavismo: ha abierto
un hueco en la historia reciente de América Latina. Un hueco que, como siempre,
alguien se apresura a llenar. Y ese alguien, según los periódicos
estadounidenses, es Donald Trump, que ha decidido convertir a Venezuela en su
laboratorio geopolítico más ambicioso.
La escena es
casi cinematográfica: Maduro detenido, trasladado, exhibido ante la justicia
norteamericana como un trofeo que simboliza el final de una era. Y mientras
tanto, Caracas convertida en un tablero donde cada pieza se mueve con torpeza,
miedo o cálculo.
La prensa
describe un país que no termina de caer, pero tampoco sabe levantarse. El
chavismo, sin su figura totémica, se fragmenta entre quienes exigen su
liberación y quienes ya están haciendo cuentas para sobrevivir a la nueva
etapa. La oposición, por su parte, celebra, pero sin saber muy bien qué hacer
con la victoria: la ausencia de Maduro no garantiza la presencia de un
proyecto.
Y en medio de
ese vacío, aparece Trump con una frase que ya es titular global:
“Estados Unidos dirigirá Venezuela hasta que haya una transición segura.”
No es una
metáfora. Es un programa.
Los periódicos
estadounidenses coinciden en que Trump no quiere simplemente “ayudar” a
Venezuela: quiere administrarla, aunque sea temporalmente. Y lo dice sin
rodeos, como quien anuncia que va a reformar una casa que no es suya, pero que
lleva años abandonada.
Lo interesante
—y aquí la ironía se escribe sola— es que Trump afirma que Delcy Rodríguez
podría ser parte de la transición. La misma Delcy que exige la liberación de
Maduro y que jura que Venezuela no será “colonia de nadie”. La política tiene
estas simetrías involuntarias: los enemigos de ayer se convierten en los
interlocutores de hoy cuando el tablero se rompe.
Los movimientos que ya se intuyen (según la prensa, no según la
adivinación)
A partir de lo
que publican los medios, se dibuja un patrón claro:
1. Supervisión directa del proceso político
Trump no
quiere repetir el modelo de “apoyo externo”. Quiere un control operativo,
una especie de administración provisional que garantice que el país no se
deshace antes de recomponerse.
2. Un gobierno de transición sin figuras “incómodas”
María Corina
Machado queda descartada por “falta de apoyos”.
Delcy Rodríguez queda en la mesa por “utilidad estratégica”.
La transición, según esta lógica, no será un acto moral, sino un acto
funcional.
3. Presencia militar para evitar el caos
La operación
que capturó a Maduro no fue simbólica. Fue un mensaje.
Y la prensa sugiere que Washington mantendrá presencia militar para:
- evitar una guerra interna,
- proteger infraestructuras críticas,
- y asegurar que ningún actor externo (Cuba,
Irán, Rusia) meta la mano en el proceso.
4. Reordenamiento diplomático
Estados Unidos
buscará neutralizar a los aliados históricos del chavismo.
No por ideología, sino por geometría: demasiados actores externos complican la
transición.
Venezuela, una
vez más, se convierte en un espejo donde se reflejan las ambiciones de otros.
Pero esta vez el guion es distinto: no se trata de un conflicto ideológico,
sino de un experimento de estabilización en manos de un presidente que entiende
la política como un espectáculo donde él siempre debe ocupar el centro del
escenario.
Nota final: La cuestión no
es qué hará Venezuela, sino cuánto margen real tendrá para decidirlo. Mientras
tanto, Maduro y su círculo más cercano solo pueden esperar que Estados Unidos
no termine por responsabilizarlos ni confiscar las fortunas que, según
numerosas denuncias, habrían sacado del país y escondido en paraísos offshore.
Ver Manual de Seguridad Estratégica de los Estados Unidos de América:
https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf







