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martes, 29 de septiembre de 2026

Marruecos quiere el Gran Magreb, pero ¿qué hace por los marroquíes que se marchan de sus país?

 


Marruecos quiere el Gran Magreb, pero ¿qué hace por los marroquíes que se marchan de sus país?

Por Bruno Perera

Hay cosas que, cuando uno las mira con un poco de perspectiva, producen una pregunta difícil de evitar: ¿qué sentido tiene que un Estado quiera ampliar sus territorios mientras muchos de sus propios ciudadanos intentan escapar de ellos en busca de una vida mejor?

Esta pregunta resulta especialmente inevitable cuando se habla de Marruecos, de la inmigración y de las históricas reivindicaciones territoriales marroquíes.

Durante los últimos años, España y Marruecos han mantenido una relación estrecha en materia de seguridad, fronteras, comercio e inmigración. A regañadientes la propia Comisión Europea considera a Marruecos un socio estratégico en la lucha contra el tráfico de personas y la inmigración ilegal.

Pero una cosa es la cooperación entre Estados y otra muy distinta es cerrar los ojos ante las contradicciones que aparecen cuando miles de personas abandonan Marruecos buscando precisamente aquello que no encuentran suficientemente en su país: trabajo, prosperidad, seguridad y oportunidades.

Y aquí aparece una cuestión que merece ser planteada sin rodeos.

Si un Gobierno aspira a ser respetado por sus ciudadanos y pretende además ampliar su influencia territorial, su primera obligación debería ser conseguir que sus propios ciudadanos quieran quedarse.

No parece lógico que un joven marroquí tenga que mirar hacia España u otra nación del mundo como una puerta de salida mientras su propio país proclama grandes proyectos nacionales y territoriales.

Ceuta ha vuelto a poner el problema delante de nuestros ojos

Lo ocurrido en Ceuta durante julio de 2026 fue extraordinario por sus dimensiones. Decenas de miles de personas entraron desde Marruecos en territorio español en cuestión de días, provocando una situación que desbordó la capacidad de recepción de la ciudad y obligó a intervenir a las autoridades españolas y a solicitar apoyo europeo.

La discusión sobre quién provocó aquella situación continúa abierta.

Algunos informes españoles señalaron una actuación extraordinariamente permisiva de las fuerzas marroquíes durante determinadas horas. Marruecos negó haber facilitado la entrada y atribuyó el fenómeno a las redes de tráfico, las redes sociales y la interpretación de una resolución judicial española. El presidente del Gobierno español, como un vendido a Marruecos que es, afirmó posteriormente que no existían pruebas sólidas que demostraran que Marruecos hubiera organizado la operación.

Por tanto, entre tantas mentiras y conociendo la cobardía y manipulación de Pedro Sánchez y las aspiraciones marroquíes, se puede afirmar como hecho probado que Rabat organizó aquella entrada masiva.

Y tampoco podemos ignorar la realidad que quedó delante de nuestros ojos: cuando decenas de miles de personas se concentran en una frontera y terminan entrando en una ciudad española, las consecuencias humanas y materiales las tiene que afrontar España, mientras Marruecos juega a humanitario alegando falsamente de dientes para afuera que acepta la devolución de sus migrantes, MENAs y adultos. Y en todo ello Marruecos jamás ha enviado alimentos, ropa y albergue a esos ciudadanos que llegan a España con lo puesto y que el Estado español  debe asumir como problema interno suyo.

Y esa es precisamente la contradicción que merece ser discutida.

¿Por qué tiene que ser España quien recoja los pedazos? ¿Por qué debe ser España y la UE., quienes solventen los problemas sociales y económicos de Marruecos?

El inmigrante que consigue llegar a España normalmente no llega con una vivienda, un empleo, una cuenta bancaria y una familia esperándolo.

Llega muchas veces con lo puesto.

Necesita comida.

Necesita asistencia sanitaria.

Necesita alojamiento.

Necesita protección.

Necesita que alguien se ocupe de él y de ella.

Y cuando se trata de menores, las obligaciones de protección son todavía mayores. Unos 4.500 euros por persona por mes de gastos. Y en todo esto habiendo tantos nacionales en España que duermen en la calle o están a la espera de un desaucio.

La cuestión que planteo no es si esas personas merecen ser tratadas humanamente.

La cuestión es otra:

¿Por qué la mayor parte de esa responsabilidad termina recayendo sobre el país al que llegan?

En la crisis de Ceuta de 2026, las autoridades españolas tuvieron que aumentar la capacidad de acogida mientras la Unión Europea seguía de cerca la situación. La Comisión Europea incluso señaló que Marruecos estaba dispuesto a readmitir a quienes hubieran entrado ilegalmente, incluidos menores no acompañados. Pero todo ese cuento de readmitir como sabemos es falso. Y toda esta tragedia ya le ha costado a España y a la UE., unos 26 millones de euros.

Eso demuestra que el problema es que Marruecos «abandona» oficialmente a todos sus ciudadanos que emigran aunque digan que  existe cooperación y existen mecanismos de retorno, retorno que el Gobierno marroquí olvida cuando se les reclama readmitir inmigrantes que llegan a España.

Pero queda una pregunta política y moral mucho más profunda:

¿No sería mejor que Marruecos pudiera ofrecer a sus jóvenes unas condiciones de vida suficientemente buenas como para que no sintieran la necesidad de arriesgar la vida intentando llegar a Europa? No ofrece eso porque para el Gobierno marroquí las divisas que envían los inmigrantes es parte del sustento de la Monarquía alauita y de su séquito que la guarda, la cuida y la defiende.

Primero los ciudadanos, después los territorios

Aquí llegamos al asunto que más me llama la atención.

Marruecos mantiene como propaganda de invasión y de lavado de cerebro de sus ciudadanos desde hace décadas una reivindicación sobre Ceuta y Melilla. En agosto de 2026, el ministro marroquí de Justicia volvió a defender públicamente la posición de Rabat sobre ambas ciudades. España respondió que su soberanía sobre Ceuta y Melilla no está abierta a negociación.

Es una cuestión territorial que forma parte de la política exterior marroquí desde hace mucho tiempo.

Pero yo me pregunto:

¿Para qué quiere un Estado más territorio si todavía tiene ciudadanos que abandonan el territorio que ya posee porque consideran que fuera de él tendrán una vida mejor?

Esta pregunta no pretende negar a Marruecos el derecho a defender sus posiciones diplomáticas.

Pretende poner las prioridades en otro orden.

Primero el ciudadano.

Después el territorio.

Primero el pan.

Después el mapa.

Primero una vivienda digna.

Después las fronteras.

Primero el empleo.

Después los sueños geopolíticos.

Porque conquistar un territorio puede cambiar un mapa.

Pero conseguir que millones de personas quieran quedarse voluntariamente en su país porque viven bien es una conquista mucho más profunda.

El sueño del Gran Marruecos

Durante el siglo XX existieron corrientes nacionalistas marroquíes asociadas a la idea de un territorio histórico mucho más amplio que el actual Estado marroquí. En diferentes momentos, esas reivindicaciones han incluido territorios que hoy pertenecen a otros Estados o cuya soberanía es objeto de disputa.

Hoy el conflicto territorial más importante es el del Sáhara Occidental, cuya soberanía Marruecos reivindica mientras las Naciones Unidas continúan considerándolo un territorio no autónomo pendiente de una solución política.

También están las reclamaciones sobre Ceuta y Melilla.

Pero una cosa es defender una reivindicación histórica y otra convertir la historia en una especie de cheque en blanco territorial.

Porque si aplicáramos ese principio sin límites, habría que reconstruir medio mundo a partir de los antiguos imperios, reinos, sultanatos y civilizaciones.

Y entonces el mapa mundial no duraría ni cinco minutos.

¿Y las Canarias?

Aquí conviene separar la historia de la propaganda.

Se ha recurrido en determinados discursos nacionalistas marroquíes  a argumentos relacionados con la antigua presencia amazigh o bereber en las islas Canarias  antes de que reinara Juba II en la antigua Mauritania Tingitana, y con la vinculación histórica del norte de África y las islas.

Pero de ahí no se desprende jurídicamente que Canarias forme parte de Marruecos.

Las islas Canarias tienen una lejanía histórica propia de unos 2.000 y tantos años, y su situación política contemporánea es completamente diferente de la de los territorios norteafricanos.

El argumento de que determinados pueblos amazighes estuvieron relacionados culturalmente con las islas tampoco convierte automáticamente a Canarias en territorio marroquí.

La historia puede explicar una civilización; no necesariamente determina una frontera moderna.

Y aquí aparece otra paradoja histórica

Marruecos es hoy un Estado con una identidad oficial que combina elementos árabes, amazighes, islámicos,  subsaharianos y otros componentes históricos.

La propia Constitución marroquí reconoce la identidad amazigh como uno de los componentes fundamentales de la identidad nacional.

Pero la historia del Magreb es muchísimo más complicada que la simple idea de que «esto siempre fue nuestro».

La expansión musulmana alcanzó el norte de África a partir del siglo VII y la conquista omeya tuvo su origen en el mundo árabe oriental. Sin embargo, el Marruecos posterior no fue una simple colonia permanente de Damasco: surgieron dinastías locales y estructuras políticas propias que terminaron configurando la historia del país.

Y tampoco conviene confundir a los árabes que llegaron durante la expansión islámica con los sirios de la actual Siria como si todo el proceso histórico hubiera sido una colonización siria de Marruecos.

La historia es bastante más compleja.

Una monarquía que reivindica un origen especial

Hay otro elemento muy particular de la monarquía marroquí.

La Casa alauita sostiene oficialmente su descendencia del profeta Mahoma. El propio rey Mohammed VI se refiere públicamente a esa condición y a su papel como descendiente del Profeta y «Comendador de los Creyentes».

Esto forma parte de la legitimidad religiosa e histórica de la monarquía marroquí.

Pero precisamente por eso cabe formular otra pregunta:

Si quien gobierna un país se presenta como heredero de una tradición religiosa vinculada al Profeta, ¿no debería la dignidad y el bienestar de los ciudadanos constituir una de sus máximas prioridades?

No estoy hablando de religión.

Estoy hablando de responsabilidad.

Un país no se hace grande solamente aumentando su territorio

Marruecos tiene derecho a defender sus intereses nacionales.

España tiene derecho a defender los suyos.

Los marroquíes tienen derecho a buscar una vida mejor.

Los españoles tienen derecho a exigir que sus fronteras sean controladas.

Y los inmigrantes tienen derecho a recibir un trato humano y digno siempre y cuando no entren en un país en forma de invasiones.

Todas esas afirmaciones pueden coexistir.

Pero hay algo que debería estar por encima de cualquier proyecto geopolítico:

que una persona no tenga que jugarse la vida en el mar para escapar de su propia tierra.

Quizá la verdadera grandeza de Marruecos no consistiría en conseguir algún día Ceuta, Melilla, el Sáhara o cualquier otro territorio.

Quizá consistiría en conseguir que un joven marroquí pudiera levantarse una mañana y decir:

«¿Para qué voy a marcharme de Marruecos? Aquí tengo trabajo, vivienda, seguridad, libertad y un futuro».

Eso sí sería una gran victoria para un Marruecos que quiera vivir en paz y en armonía con sus naciones vecinas.

Porque los territorios se pueden conquistar.

Las fronteras se pueden modificar.

Los mapas se pueden dibujar de nuevo.

Pero conseguir que un pueblo no quiera emigrar porque encuentra en su propia patria una vida digna es conquistar algo mucho más difícil: el corazón de sus propios ciudadanos.

Nota final: Los marroquíes que viven en el extranjero no mantienen su identidad solo por considerar que Marruecos es un país libre y democrático. Más bien, se sienten empujados a aferrarse a sus raíces debido al rechazo y al racismo que a menudo sufren en los países de acogida. Es precisamente esta discriminación la que refuerza su fidelidad a su rey y a su patria. Como consecuencia, siguen inyectando grandes sumas de dinero a través del envío de divisas, un pilar que resulta absolutamente vital para la economía marroquí y para su Gobierno. Y en todo esto quizás el problema de Ceuta se pueda solucionar dando 1.000 euros a cada inmigrante que voluntariamente acepte retornar a Marruecos con viaje pago hasta su lugar de residencia. Si hacen cuentas en los gastos y en el descontento que están creando los más de 10.000 inmigrantes ilegales que aún quedan en Ceuta comprobarán que es más barato ofrecer el retorno voluntario por 1.000 euros por cada individuo. Y además la Ley española lo admite.

Ver vídeo: https://www.bing.com/search?q=Videos%20de%20inmigrantes%20en%20Ceuta&FORM=ARPSEC&PC=3BTC&PTAG=1391

 

domingo, 27 de septiembre de 2026

Es posible que el universo sea un conglomerado de inteligencia repartida entre toda su creación

 




Es posible que el universo sea un conglomerado de inteligencia repartida entre toda su creación

Por Bruno Perera

Desde que el ser humano levantó los ojos al cielo y comenzó a preguntarse qué era aquello que brillaba sobre su cabeza, no ha dejado de buscar una respuesta a una pregunta que quizá sea imposible contestar definitivamente: ¿qué es el Universo y hacia dónde se dirige?

Sabemos que existimos dentro de él, que somos una diminuta parte de una inmensidad que apenas podemos comprender y que nuestras vidas transcurren durante un instante insignificante frente a las dimensiones del tiempo cósmico.

Pero hay algo que me produce todavía mayor asombro: nosotros pensamos sobre el Universo porque somos parte de él.

La materia que forma nuestro cuerpo procede de la misma historia cósmica que originó las estrellas, los planetas y todo cuanto conocemos. Y, en algún momento de esa larguísima historia, apareció la vida y, con ella, formas cada vez más complejas de percepción, memoria, aprendizaje y, finalmente, aquello que llamamos conciencia.

Entonces surge una pregunta inevitable:

¿Es la conciencia una excepción dentro del Universo o una de las formas mediante las cuales el propio Universo se manifiesta?

No tenemos una respuesta científica definitiva.

Pero podemos contemplar la naturaleza y encontrar algo extraordinario: cada especie parece disponer de una forma particular de inteligencia que le permite desenvolverse en el mundo.

El pájaro sabe construir su nido sin haber estudiado arquitectura. La araña fabrica una tela de una complejidad extraordinaria sin haber aprendido ingeniería. Las abejas organizan sus colonias, se comunican y trabajan colectivamente. Los lobos cooperan para sobrevivir. Los árboles intercambian sustancias y mantienen relaciones con otros organismos de su entorno.

No significa necesariamente que todos estos seres posean una conciencia igual a la humana. Sería una conclusión que no podemos demostrar.

Pero sí nos muestran que la vida está llena de mecanismos de adaptación, comunicación, cooperación y supervivencia que parecen formar parte de una inteligencia extraordinariamente compleja de la naturaleza.

Y aquí comienza mi reflexión.

Quizá el Universo no sea una máquina muerta en la que, por casualidad, apareció la inteligencia.

Quizá podamos contemplarlo como un enorme conglomerado de procesos inteligentes repartidos por toda su creación, expresados de maneras diferentes según el organismo, la especie y el nivel de complejidad.

No estoy diciendo que la ciencia haya demostrado que el Universo tenga una mente universal. No lo ha demostrado.

Estoy hablando de una posibilidad filosófica.

La ley del devoramiento

La Naturaleza, además, no es un lugar de bondad permanente.

La vida se alimenta de la vida.

El pez pequeño es devorado por el grande. El insecto es devorado por el pájaro. El herbívoro come plantas y el carnívoro come herbívoros. Un organismo nace mientras otro muere.

Parece una terrible crueldad.

Pero la Naturaleza no parece tener la crueldad como propósito. La crueldad es una valoración moral que hacemos nosotros. La Naturaleza simplemente funciona.

Y, curiosamente, dentro de ese mundo de competencia y depredación apareció también la cooperación.

Las especies se protegen. Los animales cuidan a sus crías. Algunos viven en grupos organizados. Existen jerarquías, alianzas y formas de ayuda mutua.

Y el ser humano llevó esa cooperación muchísimo más lejos.

Creamos familias, tribus, pueblos, ciudades, Estados, leyes, hospitales, escuelas y sistemas de protección.

En cierto modo, el hombre comenzó a intentar modificar las condiciones más duras que había recibido de la propia Naturaleza.

El animal que quiere cambiar las reglas

Aquí aparece una de las mayores paradojas de nuestra existencia.

El ser humano es producto de la Naturaleza y, sin embargo, intenta rebelarse contra algunas de sus leyes más duras.

La enfermedad forma parte de la vida y nosotros inventamos la medicina.

La muerte forma parte de la vida y nosotros intentamos retrasarla.

La debilidad puede significar la desaparición de un animal en la naturaleza y nosotros construimos sistemas para proteger al débil.

El hambre puede significar la muerte y nosotros inventamos la agricultura.

La oscuridad nos limitaba y nosotros inventamos la luz artificial.

El frío nos amenazaba y construimos viviendas.

Es decir, la inteligencia surgida dentro del Universo comenzó a utilizarse para modificar las condiciones que el propio Universo había impuesto.

Y aquí aparece mi concepto del Cosmo-Poder.

Podríamos llamar Cosmo-Poder al conjunto de fuerzas, leyes y condiciones que gobiernan nuestra existencia: la materia, la energía, la gravedad, el tiempo, la evolución, el nacimiento y la muerte.

Nosotros no hemos elegido esas reglas.

Hemos nacido dentro de ellas.

Y, sin embargo, nuestra inteligencia nos permite actuar sobre una pequeña parte de ellas.

¿Quién puso la inteligencia dentro de nosotros?

Esta es quizá la pregunta más difícil.

Podemos explicar mediante la evolución cómo determinadas capacidades han podido desarrollarse y transmitirse. Podemos estudiar el cerebro, las neuronas, la genética y el comportamiento.

Pero queda una pregunta filosófica que sigue abierta:

¿Por qué existe un Universo capaz de producir seres que puedan preguntarse por su propia existencia?

¿Por qué existe algo en lugar de nada?

¿Por qué las leyes del Universo permiten la aparición de estrellas, planetas, vida, inteligencia y conciencia?

No tenemos respuestas definitivas.

Y quizá sea precisamente nuestra necesidad de encontrar respuestas lo que constituye una de las manifestaciones más fascinantes de nuestra propia inteligencia.

El Universo mirándose a sí mismo

Imaginemos por un instante que la materia que compone nuestro cuerpo pudiera hablar.

Diría:

«Durante miles de millones de años formé parte de estrellas, planetas, minerales y organismos. Y ahora estoy formando un ser que puede preguntarse de dónde vengo».

Desde esta perspectiva, hay una idea que resulta extraordinariamente hermosa:

quizá cuando un ser humano contempla las estrellas, sea el propio Universo contemplándose a través de una de sus criaturas.

No sabemos si esto es literalmente cierto.

Pero como reflexión filosófica resulta poderosa.

Porque nosotros no estamos fuera del Cosmos observándolo desde una ventana.

Somos Cosmos.

Nuestro cuerpo está hecho de materia cósmica. Nuestra existencia depende de las leyes físicas. Nuestra vida pertenece a la evolución de este planeta. Y nuestra conciencia apareció dentro de esa misma historia.

Por eso quizá deberíamos cambiar la manera de formular la pregunta.

En lugar de preguntarnos únicamente:

«¿Qué somos nosotros dentro del Universo?»

podríamos preguntarnos:

«¿Qué parte del Universo somos nosotros?»

Cada criatura participa en la gran obra

Me gusta imaginar el Universo como una gigantesca obra cuyo argumento desconocemos.

Ningún ser humano conoce el final.

Ni siquiera sabemos si existe un final.

El Universo continúa su cauce y nosotros participamos en él durante un pequeño intervalo.

Una hormiga participa con su diminuta inteligencia. Un árbol participa creciendo y reproduciéndose. Un lobo participa cazando y protegiendo a su manada. Una ballena participa recorriendo los océanos.

Y nosotros participamos pensando.

Pero también destruyendo, construyendo, amando, odiando, creando, investigando y preguntándonos por el significado de nuestra existencia.

Tenemos una característica que parece especialmente extraordinaria: sabemos que existimos y sabemos que algún día dejaremos de existir.

Y aun sabiendo que nuestra vida es limitada, seguimos construyendo cosas que quizá duren más que nosotros.

Escribimos libros.

Levantamos edificios.

Educamos a nuestros hijos.

Descubrimos planetas.

Componemos música.

Buscamos respuestas.

Es como si una pequeña parte del Universo hubiera adquirido conciencia de su propia fugacidad y, aun así, se negara a permanecer indiferente.

¿Hacia dónde va todo esto?

No lo sabemos.

Quizá el Universo tenga un destino que jamás llegaremos a conocer.

Quizá no tenga ningún destino.

Quizá el concepto mismo de «destino» sea exclusivamente humano.

Tal vez el Universo simplemente existe y continúa desarrollándose de acuerdo con sus leyes.

Pero mientras continúa su recorrido, nosotros participamos en él.

Y esa participación puede tener un significado aunque no conozcamos el significado último de todo.

Podemos ser conscientes de nuestra pequeñez sin considerarnos insignificantes.

Porque una criatura diminuta puede contener una pregunta gigantesca.

Un ser humano puede mirar una estrella situada a miles de millones de años luz y preguntarse:

«¿Qué es todo esto?»

Y esa pregunta ya es, en sí misma, un acontecimiento cósmico.

Porque el Universo ha producido algo que puede preguntarse por el Universo.

Por eso me atrevo a pensar que quizá la inteligencia no sea simplemente una propiedad aislada del hombre, sino una de las extraordinarias formas en que la realidad se organiza y se manifiesta.

No sabemos si existe una inteligencia universal.

No sabemos si existe una conciencia cósmica.

No sabemos si detrás de todo hay un propósito.

Pero sí sabemos algo:

estamos aquí.

Somos parte de esta inmensa realidad.

Pensamos dentro de ella.

Vivimos dentro de ella.

Morimos dentro de ella.

Y mientras estamos vivos, participamos en su interminable movimiento.

Quizá esa sea nuestra verdadera condición: somos pequeñas parcelas conscientes de un Universo gigantesco que todavía no sabemos si se dirige hacia alguna parte o simplemente continúa siendo.

Y tal vez la pregunta más extraordinaria no sea saber hacia dónde va el Universo.

Tal vez sea comprender cómo pudo llegar a existir un Universo capaz de producir seres que, mirando hacia las estrellas, fueran capaces de formular esa pregunta.

Ceuta se ahoga algo más cada día que pasa. Y mientras el Gobierno español duerme la mona

 


Ceuta se ahoga algo más cada día que pasa. Y mientras el Gobierno español duerme la mona

Por Bruno Perera

Ceuta no ha vuelto a sufrir esta semana una entrada masiva como la registrada a finales de julio que fue de más de 80.000 inmigrantes ilegales -según algunas fuentes-, pero eso no significa que el problema haya desaparecido. Todo lo contrario: la ciudad continúa intentando digerir las consecuencias de aquella avalancha mientras en la frontera permanece latente el riesgo de nuevos intentos de entrada.

El pasado 23 de septiembre se esperaba incluso un nuevo asalto masivo a la frontera. España reforzó considerablemente la vigilancia y Marruecos hizo lo mismo al otro lado. Finalmente, aquella entrada masiva no se produjo.

Pero que no haya ocurrido un nuevo asalto no quiere decir que Ceuta haya recuperado la normalidad.

Después de los acontecimientos de julio, miles de inmigrantes permanecen todavía en la ciudad. Las cifras ofrecidas por distintas administraciones no coinciden exactamente, pero todas reflejan la magnitud del problema. Una parte ha regresado voluntariamente a Marruecos, otra ha sido trasladada a la Península y otra continúa en Ceuta, alojada en instalaciones oficiales o sobreviviendo en asentamientos improvisados.

Y ahí está precisamente uno de los grandes problemas.

Playas, montes, túneles, edificios abandonados, coches y viviendas sobreocupadas se han convertido en lugares de alojamiento para personas que no disponen de una plaza adecuada. La antigua fábrica del Guano y la zona del Trampolín han vuelto a aparecer esta semana en las noticias por las condiciones en las que viven algunos de estos inmigrantes.

La Policía Nacional tuvo que realizar incluso un operativo para identificar a menores que permanecían en uno de estos asentamientos.

Mientras tanto, continúa otro problema que puede convertirse en una nueva fuente de negocio para las mafias: sacar clandestinamente de Ceuta hacia la Península a quienes ya se encuentran dentro de la ciudad.

La Guardia Civil ha interceptado varias embarcaciones y ha detenido a presuntos patrones dedicados a estos transportes. Según las investigaciones difundidas esta semana, algunos inmigrantes habrían pagado miles de euros por conseguir llegar clandestinamente a la Península.

Es decir, el problema migratorio no termina cuando una persona consigue entrar en Ceuta.

Entonces comienza otro.

Hay que alojarla, identificarla, determinar su situación jurídica, atender a los menores, gestionar sus posibles retornos o traslados y evitar que las mafias conviertan la desesperación de estas personas en un nuevo negocio.

Y mientras tanto, la frontera continúa necesitando refuerzos.

El Ministerio del Interior ha anunciado nuevas actuaciones en El Tarajal, entre ellas la prolongación del espigón y la instalación de elementos de balizamiento. Es una señal bastante evidente de que el Gobierno considera que el riesgo de nuevos intentos de entrada sigue existiendo.

Pero hay algo todavía más preocupante.

Ceuta no solamente tiene un problema en su frontera. Tiene un problema dentro de la propia ciudad.

Los miles de personas que llegaron durante la crisis de julio no desaparecieron cuando Marruecos volvió a reforzar sus controles fronterizos.

Siguen ahí.

Y los servicios de acogida tienen que hacer frente a una situación extraordinaria que se prolonga semana tras semana.

Esta semana, además, se produjo un episodio especialmente grave: dos ciudadanos marroquíes fueron detenidos por su presunta relación con una agresión sexual a una menor de 17 años en uno de los asentamientos. Naturalmente, corresponde a los tribunales determinar las responsabilidades y no se puede convertir un caso concreto en una acusación contra todo un colectivo.

Pero tampoco se puede ocultar que los asentamientos incontrolados generan problemas de seguridad, salubridad y convivencia que las autoridades tienen la obligación de afrontar.

Y existe otro problema que tampoco puede ignorarse: los menores.

Miles de menores fueron identificados después de la avalancha de julio y las administraciones siguen intentando resolver su situación. Algunos han sido reunificados con familiares o trasladados a la Península, pero otros permanecen todavía bajo tutela de las autoridades.

La pregunta es inevitable:

¿Cuánto tiempo puede soportar Ceuta una situación extraordinaria que se está convirtiendo poco a poco en permanente?

Porque una cosa es impedir una nueva avalancha en la frontera y otra muy distinta solucionar las consecuencias de la que ya ocurrió.

Mientras tanto, el debate político se ha trasladado también a Madrid. Miles de personas se manifestaron esta semana en defensa de Ceuta y reclamando responsabilidades por la gestión de la crisis migratoria. Los partidos políticos han convertido lo sucedido en uno de los grandes asuntos de confrontación política.

Pero Ceuta necesita algo más que manifestaciones, declaraciones y enfrentamientos entre partidos.

Necesita soluciones.

Necesita una frontera segura.

Necesita capacidad suficiente para atender a quienes se encuentran en la ciudad.

Necesita una política clara respecto a los menores.

Necesita combatir a las mafias.

Necesita saber qué va a ocurrir con las miles de personas que todavía permanecen allí.

Y necesita, sobre todo, que una situación excepcional no termine convirtiéndose en una situación normal.

Porque mientras en Madrid se discute quién tiene la culpa, en Ceuta continúa transcurriendo el tiempo.

Y cada día que pasa hay más personas que necesitan alojamiento, más menores que necesitan protección, más operaciones policiales, más embarcaciones clandestinas interceptadas y más recursos públicos destinados a gestionar las consecuencias de una crisis que comenzó con una entrada masiva y que todavía no ha terminado.

Ceuta se ahoga algo más cada día que pasa.

Y mientras tanto, desde Madrid, uno tiene a veces la impresión de que el Gobierno español está demasiado ocupado administrando el problema como para resolverlo.

O, dicho en el lenguaje de la calle:

Mientras Ceuta se ahoga, el Gobierno español parece estar durmiendo la mona. Y en todo esto el Reinado marroquí no ha enviado ayuda humanitaria, alimentos, ropa y albergues para esos casi 12.000 inmigrantes que aún quedan en Ceuta. Marruecos se lava las manos y deja el problema en manos de España. Así es como el Reino alauita resuelve los problemas sociales de su gente pobre. Y luego dice a los cuatro vientos que es un país musulmán digno de su Dios Ahlá.

Noticias en el Faro de Ceuta: https://elfarodeceuta.es/