El universo
es un conglomerado de inteligencia repartida entre toda su creación
Por Bruno Perera
Desde que el ser humano levantó los ojos al cielo
y comenzó a preguntarse qué era aquello que brillaba sobre su cabeza, no ha
dejado de buscar una respuesta a una pregunta que quizá sea imposible contestar
definitivamente: ¿qué es el Universo y hacia dónde se dirige?
Sabemos que existimos dentro de él, que somos una
diminuta parte de una inmensidad que apenas podemos comprender y que nuestras
vidas transcurren durante un instante insignificante frente a las dimensiones
del tiempo cósmico.
Pero hay algo que me produce todavía mayor
asombro: nosotros pensamos sobre el Universo porque somos parte de él.
La materia que forma nuestro cuerpo procede de la
misma historia cósmica que originó las estrellas, los planetas y todo cuanto
conocemos. Y, en algún momento de esa larguísima historia, apareció la vida y,
con ella, formas cada vez más complejas de percepción, memoria, aprendizaje y,
finalmente, aquello que llamamos conciencia.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿Es la conciencia una excepción dentro del Universo
o una de las formas mediante las cuales el propio Universo se manifiesta?
No tenemos una respuesta científica definitiva.
Pero podemos contemplar la naturaleza y encontrar
algo extraordinario: cada especie parece disponer de una forma particular de inteligencia
que le permite desenvolverse en el mundo.
El pájaro sabe construir su nido sin haber
estudiado arquitectura. La araña fabrica una tela de una complejidad
extraordinaria sin haber aprendido ingeniería. Las abejas organizan sus
colonias, se comunican y trabajan colectivamente. Los lobos cooperan para
sobrevivir. Los árboles intercambian sustancias y mantienen relaciones con
otros organismos de su entorno.
No significa necesariamente que todos estos seres
posean una conciencia igual a la humana. Sería una conclusión que no podemos
demostrar.
Pero sí nos muestran que la vida está llena de
mecanismos de adaptación, comunicación, cooperación y supervivencia que parecen
formar parte de una inteligencia extraordinariamente compleja de la naturaleza.
Y aquí comienza mi reflexión.
Quizá el Universo no sea una máquina muerta en la
que, por casualidad, apareció la inteligencia.
Quizá podamos contemplarlo como un enorme
conglomerado de procesos inteligentes repartidos por toda su creación,
expresados de maneras diferentes según el organismo, la especie y el nivel de
complejidad.
No estoy diciendo que la ciencia haya demostrado
que el Universo tenga una mente universal. No lo ha demostrado.
Estoy hablando de una posibilidad filosófica.
La ley del
devoramiento
La Naturaleza, además, no es un lugar de bondad
permanente.
La vida se alimenta de la vida.
El pez pequeño es devorado por el grande. El
insecto es devorado por el pájaro. El herbívoro come plantas y el carnívoro
come herbívoros. Un organismo nace mientras otro muere.
Parece una terrible crueldad.
Pero la Naturaleza no parece tener la crueldad
como propósito. La crueldad es una valoración moral que hacemos nosotros.
La Naturaleza simplemente funciona.
Y, curiosamente, dentro de ese mundo de
competencia y depredación apareció también la cooperación.
Las especies se protegen. Los animales cuidan a
sus crías. Algunos viven en grupos organizados. Existen jerarquías, alianzas y
formas de ayuda mutua.
Y el ser humano llevó esa cooperación muchísimo
más lejos.
Creamos familias, tribus, pueblos, ciudades,
Estados, leyes, hospitales, escuelas y sistemas de protección.
En cierto modo, el hombre comenzó a intentar
modificar las condiciones más duras que había recibido de la propia Naturaleza.
El animal que
quiere cambiar las reglas
Aquí aparece una de las mayores paradojas de
nuestra existencia.
El ser humano es producto de la Naturaleza y, sin
embargo, intenta rebelarse contra algunas de sus leyes más duras.
La enfermedad forma parte de la vida y nosotros
inventamos la medicina.
La muerte forma parte de la vida y nosotros
intentamos retrasarla.
La debilidad puede significar la desaparición de
un animal en la naturaleza y nosotros construimos sistemas para proteger al
débil.
El hambre puede significar la muerte y nosotros
inventamos la agricultura.
La oscuridad nos limitaba y nosotros inventamos
la luz artificial.
El frío nos amenazaba y construimos viviendas.
Es decir, la inteligencia surgida dentro del
Universo comenzó a utilizarse para modificar las condiciones que el propio
Universo había impuesto.
Y aquí aparece mi concepto del Cosmo-Poder.
Podríamos llamar Cosmo-Poder al conjunto de
fuerzas, leyes y condiciones que gobiernan nuestra existencia: la materia, la
energía, la gravedad, el tiempo, la evolución, el nacimiento y la muerte.
Nosotros no hemos elegido esas reglas.
Hemos nacido dentro de ellas.
Y, sin embargo, nuestra inteligencia nos permite
actuar sobre una pequeña parte de ellas.
¿Quién puso la
inteligencia dentro de nosotros?
Esta es quizá la pregunta más difícil.
Podemos explicar mediante la evolución cómo
determinadas capacidades han podido desarrollarse y transmitirse. Podemos
estudiar el cerebro, las neuronas, la genética y el comportamiento.
Pero queda una pregunta filosófica que sigue
abierta:
¿Por qué existe un Universo capaz de producir
seres que puedan preguntarse por su propia existencia?
¿Por qué existe algo en lugar de nada?
¿Por qué las leyes del Universo permiten la
aparición de estrellas, planetas, vida, inteligencia y conciencia?
No tenemos respuestas definitivas.
Y quizá sea precisamente nuestra necesidad de
encontrar respuestas lo que constituye una de las manifestaciones más
fascinantes de nuestra propia inteligencia.
El Universo
mirándose a sí mismo
Imaginemos por un instante que la materia que
compone nuestro cuerpo pudiera hablar.
Diría:
«Durante miles de millones de años formé parte de
estrellas, planetas, minerales y organismos. Y ahora estoy formando un ser que
puede preguntarse de dónde vengo».
Desde esta perspectiva, hay una idea que resulta
extraordinariamente hermosa:
quizá cuando un ser humano contempla las
estrellas, sea el propio Universo contemplándose a través de una de sus
criaturas.
No sabemos si esto es literalmente cierto.
Pero como reflexión filosófica resulta poderosa.
Porque nosotros no estamos fuera del Cosmos
observándolo desde una ventana.
Somos Cosmos.
Nuestro cuerpo está hecho de materia cósmica.
Nuestra existencia depende de las leyes físicas. Nuestra vida pertenece a la
evolución de este planeta. Y nuestra conciencia apareció dentro de esa misma
historia.
Por eso quizá deberíamos cambiar la manera de
formular la pregunta.
En lugar de preguntarnos únicamente:
«¿Qué somos nosotros dentro del Universo?»
podríamos preguntarnos:
«¿Qué parte del Universo somos nosotros?»
Cada criatura
participa en la gran obra
Me gusta imaginar el Universo como una gigantesca
obra cuyo argumento desconocemos.
Ningún ser humano conoce el final.
Ni siquiera sabemos si existe un final.
El Universo continúa su cauce y nosotros
participamos en él durante un pequeño intervalo.
Una hormiga participa con su diminuta
inteligencia. Un árbol participa creciendo y reproduciéndose. Un lobo participa
cazando y protegiendo a su manada. Una ballena participa recorriendo los
océanos.
Y nosotros participamos pensando.
Pero también destruyendo, construyendo, amando,
odiando, creando, investigando y preguntándonos por el significado de nuestra
existencia.
Tenemos una característica que parece
especialmente extraordinaria: sabemos que existimos y sabemos que algún día
dejaremos de existir.
Y aun sabiendo que nuestra vida es limitada,
seguimos construyendo cosas que quizá duren más que nosotros.
Escribimos libros.
Levantamos edificios.
Educamos a nuestros hijos.
Descubrimos planetas.
Componemos música.
Buscamos respuestas.
Es como si una pequeña parte del Universo hubiera
adquirido conciencia de su propia fugacidad y, aun así, se negara a permanecer
indiferente.
¿Hacia dónde
va todo esto?
No lo sabemos.
Quizá el Universo tenga un destino que jamás
llegaremos a conocer.
Quizá no tenga ningún destino.
Quizá el concepto mismo de «destino» sea
exclusivamente humano.
Tal vez el Universo simplemente existe y continúa
desarrollándose de acuerdo con sus leyes.
Pero mientras continúa su recorrido, nosotros
participamos en él.
Y esa participación puede tener un significado
aunque no conozcamos el significado último de todo.
Podemos ser conscientes de nuestra pequeñez sin
considerarnos insignificantes.
Porque una criatura diminuta puede contener una
pregunta gigantesca.
Un ser humano puede mirar una estrella situada a
miles de millones de años luz y preguntarse:
«¿Qué es todo esto?»
Y esa pregunta ya es, en sí misma, un
acontecimiento cósmico.
Porque el Universo ha producido algo que puede
preguntarse por el Universo.
Por eso me atrevo a pensar que quizá la
inteligencia no sea simplemente una propiedad aislada del hombre, sino una de
las extraordinarias formas en que la realidad se organiza y se manifiesta.
No sabemos si existe una inteligencia universal.
No sabemos si existe una conciencia cósmica.
No sabemos si detrás de todo hay un propósito.
Pero sí sabemos algo:
estamos aquí.
Somos parte de esta inmensa realidad.
Pensamos dentro de ella.
Vivimos dentro de ella.
Morimos dentro de ella.
Y mientras estamos vivos, participamos en su
interminable movimiento.
Quizá esa sea nuestra verdadera condición: somos
pequeñas parcelas conscientes de un Universo gigantesco que todavía no sabemos
si se dirige hacia alguna parte o simplemente continúa siendo.
Y tal vez la pregunta más extraordinaria no sea
saber hacia dónde va el Universo.
Tal vez sea comprender cómo pudo llegar a
existir un Universo capaz de producir seres que, mirando hacia las estrellas,
fueran capaces de formular esa pregunta.



