Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

lunes, 5 de octubre de 2026

Mientras no se construyan viviendas sociales suficientes y se cambie la ley de arrendamiento España seguirá ahogada por falta de vivienda

 


Mientras no se construyan viviendas sociales suficientes y se cambie la ley de arrendamiento España seguirá ahogada por falta de vivienda

Por Bruno Perera

España corre el riesgo de acostumbrarse a discutir los síntomas de la crisis de la vivienda mientras deja sin resolver sus causas. Y eso es precisamente lo que está ocurriendo estos días, con la atención nacional concentrada en la acampada de la Puerta del Sol y en las protestas por el precio de los alquileres.

Desde el pasado 26 de septiembre, la Puerta del Sol se ha convertido en el centro de una protesta que ha terminado ocupando buena parte del debate político y mediático nacional. Miles de personas han participado en las movilizaciones y la acampada continúa, mientras el Congreso ha rechazado los decretos de vivienda impulsados por el Gobierno.

Pero mientras Madrid discute sobre la vivienda, hay otros problemas que también reclaman atención. Entre ellos está la situación de Ceuta y la presión migratoria que soporta una ciudad situada en una posición geográfica extraordinariamente complicada. Una cuestión no debería hacer desaparecer a la otra del debate público.

El problema fundamental es sencillo: hay más demanda que oferta

El Banco de España ya advertía que el mercado español sufría un fuerte desequilibrio entre la creación de hogares y la construcción de viviendas. En 2024 calculaba un déficit acumulado de unas 600.000 viviendas para el periodo 2022-2025. En su informe más reciente, la estimación ha aumentado hasta unas 750.000 viviendas de déficit entre 2021 y 2025.

No hace falta ser economista para comprender lo que sucede cuando muchas más personas necesitan una vivienda de la que el mercado puede ofrecer: los precios suben.

España, además, está experimentando un crecimiento demográfico considerable. A comienzos de 2025 había 49,1 millones de habitantes y más de 6,9 millones de personas con nacionalidad extranjera. El INE señala que el crecimiento poblacional se está produciendo fundamentalmente por el aumento de la población nacida en el extranjero. A 1 de enero de 2026 España ya superaba los 10 millones de habitantes nacidos fuera del país.

Eso no significa que la inmigración sea responsable por sí sola de la crisis de vivienda. Sería una simplificación. Pero tampoco tiene sentido negar una evidencia económica elemental: cuando aumenta rápidamente la población, aumenta también la necesidad de hogares, y esa demanda tiene que ser atendida con vivienda.

El propio Banco de España ha incorporado la llegada de inmigrantes y la creación de hogares al análisis del desequilibrio entre oferta y demanda.

El turismo también compite por una parte del parque residencial

A la presión demográfica se añade otra circunstancia particularmente importante en España: el turismo.

España es una de las grandes potencias turísticas mundiales y determinadas ciudades y zonas costeras han visto crecer enormemente el número de viviendas destinadas a usos turísticos o no residenciales.

El Banco de España estima que en 2025 las viviendas propiedad de extranjeros no residentes y las viviendas de uso turístico sumaban conjuntamente cerca de 900.000 viviendas, aproximadamente el 3,3% del parque nacional. En provincias como Alicante y Málaga la proporción llegaba al 14%. El propio Banco de España advierte de que este fenómeno reduce la oferta residencial allí donde ya existe escasez y puede presionar al alza los precios de compra y alquiler.

Por tanto, tampoco resulta razonable culpar exclusivamente al propietario que alquila una vivienda turística. El fenómeno responde a una combinación de turismo, rentabilidad, demanda internacional y falta de alternativas residenciales.

La pregunta correcta debería ser otra:

¿Por qué hemos permitido que aumentara tanto la demanda residencial y turística sin construir simultáneamente suficiente vivienda para atenderla?

Y aquí aparece la gran asignatura pendiente: la vivienda social

España ha construido millones de viviendas durante las últimas décadas, pero una parte importante de la vivienda protegida terminó siendo vivienda en propiedad y, con el tiempo, dejó de formar parte de un parque público permanente.

El propio Ministerio de Vivienda ha reconocido que durante el periodo democrático se impulsaron alrededor de 2,4 millones de viviendas desde las administraciones públicas, pero que muchas se destinaron a la compraventa y no permanecieron como un parque público de alquiler.

El resultado es que España continúa teniendo un parque de vivienda social muy pequeño comparado con otros países europeos. La Comisión Europea señalaba en 2026 que España tenía menos del 2% de su oferta total dentro del parque de vivienda social, frente a aproximadamente el 7% de media de la Unión Europea, aunque las cifras pueden variar según la definición utilizada.

El Gobierno español, utilizando una definición más amplia de vivienda social y asequible, sitúa actualmente el parque en el 3,4%.

Sea cual sea la cifra que se utilice, la conclusión es difícil de discutir: España necesita mucho más alquiler social permanente.

No basta con anunciar ayudas al alquiler cada pocos años. Tampoco basta con poner límites temporales a determinados precios. Si una familia no puede pagar 1.000 euros mensuales por una vivienda, el Estado no puede solucionar indefinidamente el problema entregándole una parte de esos 1.000 euros. Porque si la oferta continúa siendo insuficiente, una parte de las ayudas puede terminar trasladándose nuevamente al precio.

Lo que hace falta es construir viviendas.

Muchas viviendas.

Y mantenerlas como vivienda social durante décadas.

Pero también hay que recuperar la confianza del propietario

Hay otra cuestión de la que se habla mucho menos: el pequeño propietario que tiene miedo de alquilar.

La legislación debe proteger al inquilino vulnerable, pero también tiene que ofrecer seguridad jurídica al propietario. Una persona que ha trabajado durante décadas para comprar un piso no debería tener la sensación de que alquilarlo puede convertirse en un problema difícil de resolver si el arrendatario deja de pagar.

La actual Ley de Arrendamientos Urbanos permite determinadas garantías adicionales, pero establece límites: en los contratos ordinarios de vivienda de hasta cinco años —o siete si el arrendador es una persona jurídica— esas garantías adicionales no pueden superar dos mensualidades de renta.

Es legítimo preguntarse si el sistema actual proporciona suficiente seguridad a ambas partes.

Una reforma sensata debería buscar un equilibrio: protección efectiva para quien realmente la necesita, pero también procedimientos rápidos, claros y previsibles frente al impago deliberado.

El propietario no debería verse obligado a elegir entre dejar la vivienda vacía o asumir un riesgo que considera excesivo.

Porque una vivienda vacía tampoco ayuda a quien necesita alquilar.

El error de convertir la vivienda en una batalla entre pobres y propietarios

La solución tampoco consiste en presentar al propietario como enemigo del inquilino.

La mayoría de propietarios de viviendas no son grandes fondos internacionales. Hay familias que tienen un segundo piso, una vivienda heredada o unos ahorros invertidos en ladrillo.

Al mismo tiempo, la mayoría de inquilinos tampoco son enemigos del propietario. Son trabajadores, jubilados, jóvenes y familias que necesitan un lugar donde vivir.

El verdadero problema es que el mercado tiene una oferta insuficiente para una demanda creciente, mientras que el Estado dispone de un parque social demasiado pequeño para corregir esa situación.

Y cuando la oferta escasea, el precio termina subiendo.

Ceuta no debería desaparecer del debate

En este contexto tampoco debería ocurrir que la crisis de vivienda absorba completamente la atención política y mediática hasta hacer desaparecer otros problemas nacionales.

Ceuta tiene unas características demográficas, territoriales y migratorias muy diferentes de las de Madrid, Barcelona, Málaga o Alicante. La presión migratoria en una ciudad pequeña y fronteriza tiene consecuencias específicas que merecen ser discutidas con datos y sin consignas.

Una cosa no debería tapar la otra.

España puede hablar de vivienda y, al mismo tiempo, hablar de inmigración, de Ceuta, de turismo, de alquileres, de construcción y de seguridad jurídica.

De hecho, debería hacerlo.

Hay que construir, construir y construir

El Banco de España lleva años señalando que las medidas aisladas difícilmente resolverán un problema de esta magnitud. Para acercarse al parque público de alquiler de otros países europeos calculó que España necesitaría incorporar alrededor de 1,5 millones de viviendas adicionales al alquiler social.

Eso exige suelo, financiación, permisos, mano de obra y una estrategia de construcción sostenida durante muchos años.

También exige dejar de cambiar de política cada vez que cambia el Gobierno.

España necesita un gran pacto nacional de vivienda que establezca objetivos para diez, quince y veinte años: cuántas viviendas sociales se construirán, dónde se construirán, quién las gestionará y cómo se garantizará que sigan siendo sociales.

Y junto a ello una reforma de la legislación de alquiler que proteja simultáneamente al inquilino y al propietario.

La vivienda no se arregla con pancartas

Las manifestaciones pueden poner un problema encima de la mesa. Y la acampada de Sol ha conseguido que la vivienda vuelva a ocupar el centro de la conversación nacional. Pero ninguna pancarta puede construir un edificio.

Tampoco se solucionará el problema culpando exclusivamente a los inmigrantes, a los turistas, a los propietarios, a los fondos de inversión, a los gobiernos autonómicos o al Gobierno central.

El problema es mucho más complejo.

España ha permitido que la demanda de vivienda creciera durante años más deprisa que la oferta residencial disponible.

La población ha aumentado. Han aumentado los hogares. Ha aumentado el turismo. Parte del parque se ha desplazado hacia usos turísticos y temporales. Y la vivienda social continúa siendo escasa.

Por eso la respuesta tiene que ser igualmente amplia.

Más suelo disponible.

Más construcción.

Más vivienda social permanente.

Más vivienda de alquiler.

Un tratamiento específico para las zonas turísticas tensionadas.

Una política migratoria compatible con la capacidad real de acogida de cada territorio.

Y una ley de arrendamientos que dé seguridad tanto al que alquila como al que pone su vivienda en alquiler.

Porque mientras no se construyan suficientes viviendas sociales y no se consiga un mercado del alquiler equilibrado y jurídicamente seguro, España seguirá dando vueltas alrededor del mismo problema.

Y mientras los políticos discuten quién tiene la culpa, miles de españoles seguirán preguntándose algo mucho más sencillo:

¿Dónde puedo vivir y cuánto tengo que pagar por ello?

Nota final: Mientras el conflicto de la Puerta del Sol continúa ocupando buena parte de la atención pública, Marruecos puede ver cómo el foco se aleja de Ceuta y de la difícil situación que atraviesa la ciudad.

Mientras tanto, Ceuta sigue soportando una fuerte presión migratoria. Según las cifras y estimaciones que se vienen manejando, alrededor de 10.000 inmigrantes en situación ilegal permanecen todavía en la ciudad tras aquella llegada masiva que muchos consideramos consecuencia de una estrategia de presión orquestada y ejercida por Marruecos.

Pero la cuestión de fondo sigue sin resolverse: ¿quién debe asumir la responsabilidad de estas personas y de las consecuencias sociales, económicas y humanitarias derivadas de su llegada? Ceuta necesita una respuesta que vaya más allá de dejar pasar el tiempo mientras la ciudad afronta prácticamente en solitario un problema que tiene también una clara dimensión internacional.

Y hay otra pregunta que resulta inevitable: si Marruecos organizó, permitió o facilitó la salida de estas personas hacia Ceuta, ¿por qué no está asumiendo ahora una mayor responsabilidad en su atención y manutención, especialmente en cuestiones básicas como alimentación, ropa y alojamiento?

La situación está generando en Ceuta una sensación creciente de abandono por parte del Estado español. Y, al mismo tiempo, está provocando un aumento de la población de origen marroquí en una ciudad cuya composición demográfica tiene una importancia estratégica evidente.

Por eso, más allá de la emergencia inmediata, España debería preguntarse qué consecuencias puede tener esta situación a medio y largo plazo y si, detrás de las repetidas crisis migratorias que parecen no tener fin, existe también una estrategia por parte de Marruecos destinada a modificar progresivamente la realidad demográfica de Ceuta y Melilla buscando desde el Gobierno marroquí la toma por la fuerza de ambas ciudades con mayoría musulmana. Algo parecido a la Marcha Verde se podría repetir en Ceuta y Melilla si España no se enfrenta duramente al Reino alauita.

 


viernes, 2 de octubre de 2026

Puerta del Sol y vivienda: un poco de cordura en medio de tanto follón

 


Puerta del Sol y vivienda: un poco de cordura en medio de tanto follón

Por Bruno Perera

España lleva tiempo metida en un enorme follón con la vivienda. En las calles se protesta contra los precios de los alquileres, contra los desahucios y contra la falta de viviendas asequibles. Y es comprensible que una persona que trabaja y, aun trabajando, no puede pagar un alquiler abusivo porque si lo hace debe dejar de comer, etcétera., sienta que algo no funciona.

Pero precisamente porque el problema es muy serio, creo que convendría introducir un poco de cordura y sentido común en el debate.

Un desahucio no siempre tiene la misma historia detrás. Hay personas que dejan de pagar porque sus ingresos no les permiten afrontar el alquiler, y hay situaciones en las que existe una verdadera vulnerabilidad económica. Pero también existen casos de personas que dejan de pagar deliberadamente y permanecen durante largos periodos en una vivienda. Y también existe la oKupación ilegal de viviendas por familias sin el consentimiento del propietario. Y otros, mafias que se dedican a reventar puertas para okupar y luego vender la okupación.

No deberíamos meter todos estos casos en el mismo saco.

Tampoco podemos olvidar una cosa elemental: una vivienda tiene un propietario. Puede ser una gran empresa, un pequeño empresario, un jubilado que tiene dos pisos, una familia que heredó una casa o una persona que compró una vivienda con los ahorros de toda su vida.

Si esa persona decide alquilarla, lo razonable es que pueda tener la seguridad de que recibirá el alquiler acordado y de que, si se produce un incumplimiento grave del contrato, podrá recuperar legalmente su propiedad en un plazo razonable como se hace en los EE.UU.

Porque si hacemos demasiado arriesgado alquilar una vivienda, puede ocurrir algo bastante sencillo: algunos propietarios dejarán de alquilarla.

Y una vivienda que no sale al mercado de alquiler es una vivienda menos disponible para quien está buscando casa.

Ahí está una de las grandes contradicciones del debate actual.

Queremos que haya más viviendas de alquiler, pero al mismo tiempo podemos crear unas condiciones que hagan que determinados propietarios tengan miedo de ponerlas en alquiler.

¿Y de dónde viene el problema?

No existe una única causa.

Tenemos una población que ha aumentado con la entrada de la inmigración y, por tanto, más personas que necesitan una vivienda. Tenemos una fuerte concentración de población en determinadas ciudades. Tenemos zonas turísticas donde existe una importante demanda internacional. Tenemos viviendas destinadas al alquiler turístico vacacional y temporal. Tenemos compradores extranjeros que adquieren viviendas, especialmente en determinadas zonas costeras y turísticas.

Y tenemos otro problema fundamental: no se construye vivienda social suficiente allí donde existe una gran demanda.

A todo ello hay que añadir una cuestión que afecta directamente al ciudadano: los salarios no han aumentado al mismo ritmo que el precio de la vivienda y del alquiler.

Ahí está probablemente el verdadero drama.

Una persona puede trabajar, pagar impuestos, tener una nómina y, sin embargo, encontrarse con que una parte enorme de sus ingresos desaparece cada mes pagando el alquiler.

Entonces aparece la pregunta inevitable:

¿De qué sirve tener empleo si el sueldo no permite acceder a una vivienda digna?

Pero la respuesta no puede consistir simplemente en trasladar todo el problema al propietario.

Viviendas turísticas, extranjeros e inmigración

También conviene hablar de estos asuntos sin tabúes y sin convertirlos en culpables universales.

Las viviendas turísticas pueden reducir la oferta residencial en determinados barrios y municipios cuando una vivienda que antes estaba disponible para residentes pasa al mercado turístico.

La compra de viviendas por extranjeros aumenta la demanda en aquellas zonas donde existe una elevada presencia de compradores internacionales.

Y el crecimiento de la población, incluida la población inmigrante, aumenta también la necesidad de viviendas.

Todo eso es economía básica: más personas buscando vivienda significa más demanda.

Pero decir que cualquiera de estos factores es por sí solo responsable de la crisis sería simplificar demasiado.

El problema aparece cuando la demanda aumenta y la oferta no consigue crecer al mismo ritmo. Y mientras en la mayoría de los sectores los salarios permanecen congelados.

Proteger al inquilino y proteger al propietario

Creo que aquí debería estar el centro del debate.

Hay que proteger al ciudadano vulnerable que realmente no puede pagar.

Pero también hay que proteger al propietario que cumple la ley y alquila su vivienda.

Las dos cosas no son incompatibles.

Un sistema razonable debería permitir que una persona vulnerable pueda recibir ayuda pública, mientras el propietario tenga la garantía de que no tendrá que esperar indefinidamente para recuperar su vivienda cuando existe un incumplimiento.

Y aquí llegamos a las polémicas prórrogas de los contratos de alquiler.

Si un propietario sabe que un contrato que inicialmente era de dos años puede prolongarse otros dos años en determinadas circunstancias, puede considerar que ha perdido parte del control sobre cuándo podrá recuperar su vivienda.

Algunos propietarios pueden aceptar esa situación.

Otros pueden decidir no alquilar.

Y otros pueden vender.

Por eso, antes de aprobar cualquier norma, habría que preguntarse también:

¿Qué hará el propietario después de que se apruebe esta ley?

Porque las leyes no funcionan únicamente por lo que dicen en el papel. También producen comportamientos.

Y una cosa más: construir

Quizá sea la parte menos espectacular del debate, porque construir viviendas no produce titulares inmediatos.

Pero si faltan viviendas, hay que construir viviendas.

Más suelo disponible donde sea posible.

Más rapidez administrativa.

Más vivienda pública.

Más vivienda protegida.

Más colaboración entre administraciones y empresas.

Y más seguridad jurídica para quien construye y para quien alquila.

Si conseguimos aumentar considerablemente el número de viviendas disponibles, la presión sobre los precios puede reducirse.

Mientras haya mucha gente buscando vivienda y pocas viviendas disponibles, será difícil solucionar el problema solamente mediante decretos.

Ni todos los propietarios son especuladores ni todos los inquilinos son okupas

Esta frase debería escribirse en letras grandes.

Hay propietarios abusivos y hay propietarios perfectamente cumplidores.

Hay inquilinos que cumplen escrupulosamente sus obligaciones y hay personas que utilizan las dificultades del sistema para permanecer en viviendas que no les pertenecen o por las que han dejado de pagar.

Y hay personas verdaderamente vulnerables que necesitan ayuda.

Por eso no sirve demonizar a todo un colectivo.

El propietario no debe ser presentado automáticamente como el malo de la película, ni el inquilino como el culpable de todos los problemas.

La realidad es mucho más compleja.

Hace falta sentido común

El problema de la vivienda no se va a solucionar con consignas.

Tampoco con enfrentamientos entre propietarios e inquilinos.

Ni convirtiendo a los extranjeros, a los inmigrantes, a los propietarios, a los turistas o a los jóvenes en los culpables absolutos.

Hace falta aumentar la oferta, construir más vivienda, controlar los usos turísticos donde realmente estén expulsando al residente, mejorar los salarios, ayudar a quien realmente no puede pagar y garantizar al propietario que alquilar su vivienda no significa quedar indefenso durante años ante un incumplimiento.

Y, sobre todo, hace falta recordar algo que parece haberse olvidado:

la vivienda es un derecho, pero una vivienda también es una propiedad.

Una sociedad razonable tiene que ser capaz de proteger ambas cosas.

Porque si queremos que haya viviendas para alquilar, necesitamos que alguien esté dispuesto a ponerlas en alquiler.

Y si queremos que los trabajadores puedan vivir dignamente, necesitamos que sus salarios permitan pagar esas viviendas.

Quizá, en medio de todo este enorme follón, la solución empiece por dejar de buscar culpables absolutos y empezar a buscar equilibrios razonables.

Eso, al menos, sería un poco de cordura.

 

jueves, 1 de octubre de 2026

El cerebro de una persona o animal es un fantasma para sí mismo

 


El cerebro de una persona o animal es un fantasma para sí mismo

Por Bruno Perera

Hay algo extraordinariamente curioso en nuestro cuerpo que pocas veces nos detenemos a pensar: tenemos dentro de la cabeza un órgano que controla, interpreta y organiza prácticamente todo lo que somos, pero que, paradójicamente, parece no tener una percepción consciente de sí mismo como órgano.

Me refiero al cerebro.

El cerebro recibe información de nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra piel, nuestros músculos y prácticamente de todo nuestro organismo. Gracias a él vemos, escuchamos, pensamos, recordamos, imaginamos, sentimos miedo, alegría, tristeza o dolor. Es, por decirlo de una manera sencilla, el gran guardián de todo lo que ocurre a nuestro alrededor y dentro de nosotros.

Pero existe una paradoja fascinante: el cerebro propiamente dicho no siente dolor cuando se le toca.

Esto no es una cuestión filosófica, sino un hecho anatómico. El tejido cerebral carece prácticamente de nociceptores, que son los receptores especializados en detectar estímulos potencialmente dolorosos. Por eso, cuando se realiza una operación cerebral, el cirujano puede llegar a manipular determinadas zonas del cerebro sin que el propio tejido cerebral produzca dolor.

Naturalmente, una operación cerebral no significa que el paciente no necesite anestesia. El cuero cabelludo, el cráneo, las meninges y otras estructuras que rodean el cerebro sí poseen sensibilidad y pueden producir dolor. Por eso esas zonas deben ser anestesiadas.

Y aquí comienza la parte que, a mi juicio, resulta verdaderamente extraordinaria.

El cerebro es el órgano que nos permite sentir el dolor, pero él mismo no siente dolor cuando se toca directamente.

Es como si un guardián estuviera encargado de vigilar una enorme ciudad, recibiera información de cada rincón de ella y supiera inmediatamente cuándo ocurre algo, pero no pudiera experimentar directamente su propia existencia como guardián.

Por eso me atrevo a decir que el cerebro de una persona o de un animal es un fantasma para sí mismo.

No quiero decir con ello que el cerebro no pueda recibir información sobre su propio funcionamiento. Evidentemente puede hacerlo. El organismo dispone de numerosos mecanismos para informar al cerebro de lo que sucede en su interior: presión, temperatura, composición química de la sangre, posición de las extremidades, funcionamiento de los órganos, etc.

Lo que quiero señalar es algo diferente: nosotros no tenemos una experiencia consciente del cerebro como objeto físico que llevamos dentro de la cabeza.

No sentimos nuestro cerebro como sentimos una mano.

Podemos cerrar los ojos y sentir una mano, una pierna o nuestro estómago. Podemos notar un golpe en la piel. Podemos sentir frío o calor. Pero no podemos concentrarnos y decir: «Ahora mismo estoy sintiendo mi cerebro».

Y eso resulta todavía más sorprendente porque, en cierto sentido, todo aquello que sentimos depende de él.

El cerebro construye nuestra representación del mundo. Recibe señales procedentes de los sentidos y las transforma en una experiencia que nosotros interpretamos como realidad. También construye una representación de nuestro propio cuerpo.

Sin embargo, parece que esa representación no incluye una experiencia cotidiana del cerebro como órgano físico.

Es como si el cerebro pudiera mirar hacia todas partes, pero no pudiera mirarse directamente a sí mismo.

Aquí aparece una comparación que quizá ayude a entenderlo.

El ojo puede ver el mundo, pero no puede verse directamente a sí mismo. Para observar nuestro propio ojo necesitamos un espejo, una fotografía o una cámara.

Con el cerebro ocurre algo todavía más profundo. El cerebro es el instrumento mediante el cual conocemos el mundo y también mediante el cual pensamos sobre nosotros mismos. Podemos estudiar nuestro cerebro mediante un escáner, una operación, una fotografía o un modelo anatómico. Podemos pensar sobre él.

Pero cuando pensamos «mi cerebro», no estamos experimentando directamente nuestro cerebro como experimentamos una mano que tocamos con la otra.

Estamos construyendo una representación mental de él.

Y aquí aparece una de las grandes preguntas de la existencia humana:

¿Cómo puede el órgano que produce nuestra experiencia consciente no tener una experiencia consciente directa de sí mismo como órgano?

Quizá por eso la palabra «fantasma» resulte apropiada como metáfora.

No porque el cerebro sea realmente un fantasma, por supuesto, sino porque está presente en todo lo que somos y, al mismo tiempo, permanece oculto para nuestra experiencia directa.

Está detrás de nuestros pensamientos, pero no podemos sacar nuestro pensamiento fuera de la cabeza para observarlo como observamos una piedra.

Está detrás de nuestra visión, pero no podemos mirar directamente el cerebro que está produciendo esa visión.

Está detrás de nuestra sensación de dolor, pero el tejido cerebral no siente dolor cuando el cirujano lo toca.

Está detrás de nuestra conciencia, pero todavía seguimos sin comprender completamente cómo la actividad de miles de millones de neuronas da lugar a esa experiencia íntima que llamamos «yo».

Y esto no ocurre solamente en los seres humanos. En los animales que poseen sistemas nerviosos complejos existe también una separación entre el órgano que procesa la información y la experiencia que ese organismo tiene de sí mismo.

Por eso esta cuestión no solamente pertenece a la medicina. También pertenece a la filosofía.

Quizá uno de los mayores misterios de la naturaleza sea precisamente este: somos conscientes de nuestro entorno, somos conscientes de nuestro cuerpo y podemos incluso pensar sobre nuestro propio cerebro, pero el cerebro no aparece ante nosotros como aparece cualquier otro objeto del mundo.

El cerebro es, al mismo tiempo, el observador y parte de lo observado.

Es el instrumento con el que intentamos comprender el universo y también el instrumento con el que intentamos comprendernos a nosotros mismos.

Y aquí aparece una última paradoja que me parece extraordinaria:

El cerebro humano ha conseguido construir telescopios para observar galaxias situadas a miles de millones de años luz, microscopios para observar estructuras diminutas y máquinas capaces de fotografiar su propia actividad; sin embargo, todavía tiene que recurrir a esos instrumentos externos para intentar comprenderse a sí mismo.

Quizá por eso podamos decir, metafóricamente, que el cerebro es el gran guardián de nuestro mundo, pero un fantasma para sí mismo.

Un fantasma que piensa.

Un fantasma que observa.

Un fantasma que siente a través de todo el cuerpo.

Y, sobre todo, un fantasma que lleva miles de años intentando descubrir quién es.

 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Marruecos debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional

 


Marruecos debe cambiar su actitud política y social a nivel nacional e internacional

Por Bruno Perera

Marruecos debería plantearse seriamente un cambio de actitud política y social, tanto dentro de sus fronteras como en sus relaciones con los países vecinos. No lo digo pensando en el pueblo marroquí, sino en quienes gobiernan y toman las decisiones que afectan a millones de sus ciudadanos.

Lo que está ocurriendo actualmente alrededor de Ceuta debería servir para abrir una reflexión.

Decenas de miles de inmigrantes ilegales (unos 80.000)  orquestados por el Gobierno marroquí llegaron como invasión en julio a la ciudad autónoma procedentes de Marruecos y una parte importante de ellos unos 10.000 que aún no la han abandonado, adultos y MENAs, necesita comida, ropa, alojamiento y asistencia médica. España, las instituciones ceutíes, organizaciones humanitarias y ciudadanos particulares están afrontando buena parte de esa responsabilidad.

Y aquí aparece una pregunta que considero inevitable: ¿por qué Marruecos no participa de una manera mucho más visible en la ayuda a sus propios ciudadanos que tiene abandonados en Ceuta?

Si una persona marroquí se encuentra en una situación de extrema necesidad al otro lado de la frontera, sería razonable esperar que su propio país mostrara preocupación y colaborara, dentro de sus posibilidades, en atenderla.

Sin embargo, mientras se produce esta situación humanitaria, Marruecos continúa manteniendo una política exterior marcada por importantes reivindicaciones territoriales y por su interés en aumentar su influencia regional.

Aquí aparece una contradicción que merece ser analizada.

Antes de aspirar a tener más territorio o mayor influencia internacional, cualquier Estado debería demostrar que es capaz de proporcionar unas condiciones dignas a todos sus ciudadanos.

No se trata solamente de territorio. Se trata de personas.

¿De qué sirve reivindicar más territorio si todavía existen ciudadanos que viven en condiciones de pobreza y que, cuando abandonan su país, terminan dependiendo de la asistencia de otros Estados?

Marruecos tiene recursos humanos, económicos y geográficos importantes. También tiene una posición estratégica extraordinaria entre Europa y África. Precisamente por eso debería utilizar sus posibilidades para mejorar las condiciones de vida de su población y para construir relaciones de confianza con sus vecinos.

España y Marruecos están condenados, por su proximidad geográfica, a entenderse. Hay intereses económicos, comerciales, turísticos y de seguridad que hacen necesaria una relación estable. Pero una relación estable necesita confianza y la confianza se construye mediante hechos.

Ceuta y Melilla constituyen uno de los asuntos más delicados de esa relación. España considera ambas ciudades parte integrante de su territorio, mientras que Marruecos mantiene reivindicaciones ficticias sobre ellas. Ese desacuerdo existe y seguirá siendo objeto de discusión política.

Pero precisamente por eso resulta todavía más importante que la cuestión migratoria no se convierta en un instrumento de presión.

Las personas que emigran no deberían convertirse en piezas de una partida política entre Estados, y menos en carne de cañón que es la pólvora que Marruecos utiliza para su guerra hibrida contra España.

Detrás de cada inmigrante hay una persona que busca una vida mejor. Algunos huyen de la pobreza, otros buscan trabajo y otros persiguen unas oportunidades que no encuentran en su país. Utilizar su desesperación como herramienta política solamente agrava el problema.

Y tampoco España puede limitarse a esperar que las crisis desaparezcan por sí solas. Ceuta tiene una población limitada, un territorio reducido y unas capacidades de acogida que no son infinitas. Cuando miles de personas llegan en poco tiempo, las consecuencias recaen directamente sobre los servicios públicos y sobre los propios ciudadanos ceutíes.

Por eso hace falta una política migratoria clara, rápida y humana.

También hace falta que Marruecos asuma su parte de responsabilidad.

No es razonable que Europa tenga que afrontar prácticamente en solitario las consecuencias sociales de problemas que tienen una parte importante de su origen en el norte de África.

Marruecos podría ganar mucho más mediante la cooperación que mediante la confrontación. Un país que quiere aumentar su peso internacional debería aspirar también a ser reconocido por la calidad de vida de sus ciudadanos, por la fortaleza de sus instituciones, por la lucha contra la corrupción, por el respeto a los derechos de las personas y por su capacidad para resolver sus propios problemas sociales.

La grandeza de un país no se mide solamente por los kilómetros cuadrados que pretende controlar.

La verdadera grandeza de una nación se demuestra cuando sus ciudadanos no necesitan abandonar su tierra para encontrar una vida digna.

Por eso Marruecos debería cambiar su actitud política y social, tanto a nivel nacional como internacional.

Debería mirar menos hacia los territorios que pretende incorporar a su esfera de influencia y mirar más hacia las necesidades de las personas que ya viven dentro de sus fronteras.

Porque antes de querer más territorio, hay algo mucho más importante que conquistar:

el bienestar de su propio pueblo.

Nota final: Espero sinceramente que este artículo pueda llegar algún día a conocimiento del rey de Marruecos. Quizás algunas de las reflexiones que aquí expongo puedan servirle para meditar sobre su forma de gobernar y sobre el futuro que desea para su país.