¿Qué clase de universo habría si el Big Bang no hubiese ocurrido?
Por Bruno Perera
Si la Nada no hubiera despertado creando el Big
Bang, ¿qué clase de universo tendríamos? Y aún más importante: si algo
existiera en esa Nada Absoluta, ¿quién podría dar testimonio de ello?
Estas preguntas parecen sencillas, pero nos
llevan a uno de los mayores misterios que la inteligencia humana ha intentado
comprender desde que comenzó a observar las estrellas. Según la teoría
científica más aceptada, el universo nació hace unos 13.800 millones de años en
un acontecimiento conocido como Big Bang. Antes de ese instante, la ciencia
reconoce que sus herramientas actuales encuentran enormes dificultades para
describir qué había o qué podía existir.
Pero imaginemos por un momento que el Big Bang
jamás hubiese ocurrido.
En ese escenario no existirían galaxias, estrellas,
planetas ni seres vivos. No existirían los átomos que forman nuestros cuerpos
ni la luz que viaja por el espacio. Tampoco existiría el tiempo tal como lo
conocemos, pues el tiempo parece estar ligado a la existencia misma del
universo.
Algunos filósofos sostienen que habría una Nada
Absoluta. No una oscuridad infinita, porque la oscuridad ya implica la
existencia de espacio donde pueda haber ausencia de luz. La Nada Absoluta sería
la inexistencia total de materia, energía, espacio, tiempo, leyes físicas e
incluso de posibilidades.
Sin embargo, aquí aparece una paradoja
fascinante: si realmente existiera una Nada Absoluta, ¿cómo pudo surgir algo de
ella? ¿Cómo nació el universo?
Quizás la Nada Absoluta sea imposible. Tal vez la
existencia sea una propiedad inevitable de la realidad. Quizás siempre hubo
algo, aunque fuera una forma de existencia tan extraña que nuestras mentes no
pueden comprenderla.
Otra posibilidad es que el universo exista dentro
de una realidad superior. Del mismo modo que un pez no comprende el océano
entero porque solo conoce una pequeña parte de él, nosotros podríamos estar
observando apenas una diminuta región de una realidad mucho más vasta.
Pero volvamos a la pregunta inicial. Supongamos
que no hubiese ocurrido el Big Bang y que existiera una especie de realidad
silenciosa e inmóvil.
¿Quién podría dar testimonio de ella?
La respuesta parece ser nadie.
Sin observadores, sin inteligencia y sin
conciencia, no habría nadie para afirmar que algo existe. El universo, si
existiera, sería una realidad muda. No habría palabras para describirlo, ni
pensamientos para interpretarlo, ni memoria para conservar su historia.
Esto nos conduce a una reflexión profunda. Quizás
la inteligencia no sea simplemente un producto accidental del cosmos. Tal vez
la inteligencia sea el mecanismo mediante el cual el universo llega a conocerse
a sí mismo.
Las montañas existen, pero no saben que existen.
Las estrellas brillan, pero no saben que brillan.
Las galaxias giran durante miles de millones de
años, pero no son conscientes de su movimiento.
Somos nosotros, los seres inteligentes, quienes
observamos, analizamos y explicamos esas realidades. Gracias a la conciencia,
la materia deja de ser completamente muda y adquiere significado.
Por ello podría afirmarse que los seres
inteligentes somos la voz del universo. Somos la parte del cosmos que pregunta
de dónde viene, por qué existe y cuál puede ser su destino final.
Quizás, si el Big Bang nunca hubiera ocurrido,
tampoco habría surgido ninguna inteligencia capaz de formular estas preguntas.
En consecuencia, jamás habría existido un testigo para confirmar la existencia
o inexistencia de nada.
Y tal vez esa sea una de las mayores
singularidades del ser humano: que en un universo inmenso y aparentemente
indiferente ha aparecido una forma de materia capaz de contemplar las estrellas
y preguntarse qué había antes de que ellas existieran.
Quizás la gran misión de la inteligencia sea
precisamente esa: ser los ojos con los que el cosmos se observa a sí mismo y la
voz con la que intenta explicar su propio origen.
Apéndice:
Reflexión adicional
La ciencia intenta explicar cómo nació el
universo. La filosofía intenta comprender por qué existe algo en lugar
de nada. Ambas disciplinas siguen enfrentándose a una frontera común: el
misterio del origen último de la realidad. Hasta hoy nadie ha demostrado qué
había antes del Big Bang ni si la pregunta misma tiene sentido. Quizás el mayor
descubrimiento futuro no sea encontrar qué hubo antes del universo, sino
comprender por qué existe la capacidad de preguntarlo.







