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miércoles, 19 de agosto de 2026

Marruecos le mete goles a España en inmigración ilegal tantas veces como quiere

 


Marruecos le mete goles a España en inmigración ilegal tantas veces como quiere

Por Bruno Perera

Hay partidos de fútbol en los que un equipo marca un gol y el contrario responde inmediatamente. Y hay otros en los que uno de los equipos parece haber descubierto que su adversario no sabe defenderse.

En materia de inmigración ilegal, la relación entre Marruecos y España lleva demasiados años pareciéndose a lo segundo.

Marruecos sabe perfectamente que Ceuta y Melilla son dos de las fronteras exteriores de la Unión Europea y que cualquier presión migratoria sobre ellas termina convirtiéndose en un problema político, económico y humanitario para España y, finalmente, para toda Europa.

Ceuta: mayo de 2021

Uno de los episodios más conocidos ocurrió entre el 17 y el 18 de mayo de 2021, cuando alrededor de 6.000 personas entraron irregularmente en Ceuta en cuestión de horas, muchas de ellas a nado o utilizando pequeñas embarcaciones y flotadores. Entre los llegados había aproximadamente 1.500 menores. RTVE informó entonces de que al menos una persona había muerto ahogada en aguas marroquíes. (RTVE.es)

Aquella crisis se produjo en un momento de enorme tensión diplomática entre Madrid y Rabat. (Por el caso del político saharaui que fue recibido en España con Covid)

Posteriormente, España intentó devolver a Marruecos a algunos de los menores que habían quedado en Ceuta. En enero de 2024, sin embargo, el Tribunal Supremo confirmó que las devoluciones realizadas en agosto de 2021 habían sido ilegales porque no se habían respetado los procedimientos y garantías establecidos por la legislación española. (Poder Judicial)

Es decir, la presión migratoria no terminó cuando acabó aquella crisis. Sus consecuencias jurídicas, económicas y sociales continuaron durante años.

Y llegó el 30 de julio de 2026

Pero lo ocurrido el 30 de julio de 2026 ha cambiado completamente la escala del problema.

Durante aquella jornada se produjo una entrada masiva desde Marruecos hacia Ceuta. Las informaciones publicadas posteriormente hablan de más de 70.000 inmigrantes invasores, mientras que algunas estimaciones llegaron a situar la cifra por encima de 72.000. (Reuters)

Y esta vez la tragedia humana fue enorme.

El Gobierno de Ceuta llegó a elevar a 88 el número de fallecidos encontrados en las inmediaciones del espigón del Tarajal. Según las autoridades ceutíes, en la mayoría de los casos la causa de la muerte fue el ahogamiento. (EFE Noticias)

Detrás de cada una de esas cifras había una persona, una familia y una tragedia.

Pero también existe otra realidad que España tiene que afrontar: la enorme presión que una entrada de esta magnitud ejerce sobre una ciudad de apenas unos 20 kilómetros cuadrados.

Miles de personas permanecen en Ceuta

Semanas después de aquella entrada masiva, todavía quedaban alrededor de 5.000 inmigrantes ilegales en Ceuta, tirados por las calles, y según las estimaciones recogidas por distintos medios, mientras las autoridades ceutíes hablaban incluso de cifras superiores. (Cadena SER)

Entre ellos hay miles de menores.

La Policía Nacional había identificado 2.168 menores no acompañados desde el 30 de julio. (ElHuffPost)

Y aquí aparece uno de los grandes problemas del sistema español.

Un menor extranjero no acompañado no puede ser simplemente devuelto al otro lado de la frontera como si se tratara de una mercancía. La legislación española y europea exige procedimientos individuales y garantías destinadas a proteger al menor.

Por eso España puede encontrarse ante una situación paradójica: una entrada masiva puede producirse en cuestión de horas, pero resolver legalmente la situación de cada menor puede llevar meses.

¿Cuánto cuesta todo esto?

También debemos hablar del dinero público.

 La manutención de cada menor cuesta unos 3.500 euros mensuales, porque el coste depende del sistema de acogida, alojamiento, personal, alimentación, educación, asistencia sanitaria, seguridad y otros servicios.

Y sabemos que la factura pública es enorme.

En agosto de 2026 el Gobierno anunció una partida extraordinaria de 25 millones de euros para atender a los menores migrantes de Ceuta, además de otros 5,5 millones de euros que ya habían sido asignados previamente. (EFE Noticias)

Y Ceuta ya venía soportando un gasto considerable. Para 2025 se estimaba un coste de aproximadamente 1 a 1,2 millones de euros mensuales para cubrir el déficit de atención a menores no acompañados. (La Verdad de Ceuta)

Por tanto, no estamos hablando de unas pocas ayudas.

Estamos hablando de decenas de millones de euros de dinero público.

¿Es esto una política migratoria o una presión sobre España?

Aquí comienza mi opinión.

Yo creo que España y la Unión Europea llevan demasiado tiempo actuando a la defensiva.

Marruecos sabe que España no puede permitirse una frontera abierta, pero también sabe que España tiene obligaciones legales y humanitarias con las personas que consiguen entrar.

Y ahí aparece una enorme ventaja estratégica.

Si miles de personas consiguen atravesar la frontera, España tiene que identificarlas, atenderlas, alojarlas, proporcionarles asistencia sanitaria, estudiar sus circunstancias y, cuando se trate de menores, protegerlos conforme a la legislación.

El coste y la responsabilidad pasan entonces de Marruecos a España.

Eso es lo que yo llamo marcar un gol sin necesidad de disparar contra la portería.

Pero tampoco debemos olvidar Canarias

Mientras Ceuta soporta la presión de su frontera terrestre, Canarias lleva décadas soportando la presión de las rutas marítimas procedentes de África.

Pateras, cayucos y embarcaciones neumáticas han convertido el Atlántico en una de las rutas migratorias más peligrosas.

Y cada año aparecen nuevas tragedias.

España rescata a personas en el mar, atiende a los supervivientes y recibe a quienes consiguen alcanzar territorio español.

Pero la pregunta fundamental continúa sin resolverse:

¿Quién controla realmente las salidas?

Porque rescatar a una persona que está a punto de morir ahogada es una obligación humanitaria. Pero permitir que miles de personas se embarquen en travesías extremadamente peligrosas es otra cuestión completamente distinta.

La política migratoria europea no puede limitarse a recibir, rescatar y repartir.

Tiene que actuar antes.

Marruecos tiene una responsabilidad

No pretendo afirmar que todas las personas que llegan irregularmente a España sean enviadas deliberadamente por el Gobierno marroquí. Eso necesitaría pruebas concretas para cada episodio.

Pero sí considero legítimo preguntarse por qué las autoridades españolas y europeas han permitido que la cooperación con Marruecos se convierta en una pieza tan importante de la política migratoria europea.

Marruecos recibe cooperación, financiación y apoyo de Europa.

España mantiene relaciones económicas y comerciales extraordinariamente importantes con Marruecos.

Y, al mismo tiempo, España continúa enfrentándose a episodios periódicos de presión migratoria en Ceuta, Melilla y Canarias.

Por eso la pregunta que debemos hacer a nuestros políticos es muy sencilla:

¿Qué obtiene España a cambio de todo lo que entrega?

No podemos convertir la inmigración en una guerra de cifras

Tampoco debemos cometer el error de convertir a los inmigrantes en simples números.

Los 6.000 que llegaron en mayo de 2021 eran personas.

Los más de 70.000 que entraron en julio de 2026 eran personas.

Y los fallecidos eran personas.

Pero precisamente porque son personas, Europa debe tener una política migratoria seria.

Una política que combine humanidad con control fronterizo.

Solidaridad con seguridad.

Asilo para quien realmente lo necesite.

Retorno efectivo para quien no tenga derecho a permanecer.

Cooperación con los países de origen y tránsito.

Y, sobre todo, una política que impida que las mafias y las presiones fronterizas sean quienes decidan quién entra en territorio europeo.

¿Cuántos goles más puede recibir España?

En mayo de 2021 fueron alrededor de 6.000 entradas en pocas horas.

En julio de 2026, las cifras fueron de una magnitud que parecía imposible imaginar pocos años antes.

Y mientras tanto, España continúa pagando la factura económica, administrativa y política.

Por eso mi pregunta final es:

¿Cuántos goles más está dispuesta a recibir España antes de aprender a defender su propia portería?

No se trata de cerrar las puertas a quien huye de una guerra o necesita protección.

No se trata de abandonar a quien se está ahogando.

Se trata de que las fronteras de España y de la Unión Europea sean realmente fronteras, de que la inmigración sea ordenada y legal, y de que ningún país pueda utilizar la desesperación de miles de personas como instrumento de presión política.

Porque una frontera europea no puede funcionar como una puerta que unos abren cuando les interesa y otros tienen que pagar cuando se encuentran con ella abierta.

 

 

domingo, 16 de agosto de 2026

Cuando acabemos con las energías fósiles el Sol nos dará todas las que necesitemos

 


Cuando acabemos con las energías fósiles el Sol nos dará todas las que necesitemos

Por Bruno Perera

Desde hace décadas escuchamos advertencias sobre el agotamiento de los combustibles fósiles. Petróleo, gas natural y carbón que han permitido a nuestra civilización alcanzar un desarrollo tecnológico y económico extraordinario, pero también han dejado una enorme huella sobre el planeta.

Sin embargo, pienso que la humanidad no debería mirar el futuro únicamente con miedo. Si algún día los combustibles fósiles dejan de estar disponibles en cantidades suficientes para mantener nuestro actual modelo energético, tendremos sobre nosotros una fuente de energía que lleva miles de millones de años funcionando y que continuará haciéndolo durante miles de millones de años más: el Sol.

El Sol está ahí, como un enorme Padre Celestial Generador Natural, enviando continuamente energía hacia la Tierra.

El problema no será que nos falte energía. El verdadero problema será nuestra capacidad para capturarla, almacenarla y utilizarla cuando la necesitemos.

La cantidad de energía solar que recibe nuestro planeta es gigantesca comparada con la que consume actualmente la humanidad. La dificultad consiste en transformar una parte de esa energía en electricidad y calor, almacenarla durante las horas sin Sol y transportarla hasta los lugares donde sea necesaria.

Para conseguirlo necesitaremos grandes instalaciones solares, sistemas de almacenamiento, redes eléctricas mucho más inteligentes, baterías, hidrógeno producido con electricidad renovable y probablemente otras tecnologías que todavía están desarrollándose.

Por eso considero que la humanidad debería prepararse desde ahora.

No podemos esperar a que el petróleo, el gas o el carbón sean escasos para comenzar a construir la civilización energética del futuro. Cuando llegue ese momento, si no disponemos de suficientes instalaciones solares, sistemas de almacenamiento, redes eléctricas y medios de producción alternativos, la transición podría ser extremadamente difícil.

Y aquí aparece uno de los mayores peligros.

La escasez energética puede provocar una enorme competencia entre países. Las naciones que dependan todavía de los combustibles fósiles podrían enfrentarse a dificultades económicas, sociales y políticas. El control de los recursos restantes podría convertirse en motivo de conflictos internacionales.

No sería extraño que durante una gran transición energética aparecieran crisis económicas, tensiones sociales e incluso conflictos entre Estados.

La historia de la humanidad demuestra que las grandes transformaciones suelen producir periodos de inestabilidad. Pero eso no significa que las guerras, las epidemias o las hambrunas sean buenas para la humanidad. Al contrario: son tragedias que debemos intentar evitar.

Lo que sí puede ocurrir es que las grandes crisis obliguen a las sociedades a cambiar.

Durante siglos, la humanidad ha aumentado su población gracias a la agricultura, la medicina, la industria y la disponibilidad de energía abundante. Hoy somos miles de millones de personas y consumimos una cantidad de recursos que nuestros antepasados jamás pudieron imaginar.

Por eso también tendremos que aprender a utilizar la energía de una manera mucho más eficiente.

Pero para ello necesariamente necesitamos menos seres humanos; y necesitamos consumir mejor y desperdiciar mucho menos.

El futuro no debería consistir en esperar a que una guerra, una pandemia o una catástrofe reduzca la población. Nuestro verdadero éxito como especie sería conseguir que una población menor y controlada en su natalidad pudiera vivir dignamente utilizando mucha menos materia prima y mucha menos energía contaminante.

Y aquí el Sol puede convertirse en nuestro gran aliado.

La energía solar tiene una característica extraordinaria: no necesitamos extraerla del interior de la Tierra. No tenemos que perforar millones de kilómetros cuadrados buscando nuevos yacimientos. No necesitamos transportar cada día enormes cantidades de combustible desde un país productor hasta otro consumidor.

La fuente energética llega gratuitamente hasta nosotros.

Cada mañana sale el Sol sobre nuestras ciudades, nuestros campos, nuestros desiertos y nuestros océanos, océanos que nos darán toda el agua potable que necesitemos por medio de la energía solar.

Lo que debemos aprender es a aprovecharlo.

Imagine una civilización en la que los tejados de las viviendas produzcan electricidad, las carreteras y las industrias funcionen con energía renovable, los vehículos sean eléctricos o utilicen combustibles producidos con electricidad limpia y las grandes centrales solares alimenten redes capaces de transportar energía entre continentes.

Imagine también enormes sistemas de almacenamiento capaces de guardar durante el día la electricidad necesaria para utilizarla durante la noche.

No es ciencia ficción. Muchas de esas tecnologías ya existen. Lo que todavía tenemos que conseguir es desarrollarlas a una escala suficientemente grande, reducir sus costes, mejorar su eficiencia y construir las infraestructuras necesarias.

El desafío será enorme, pero también lo fue construir las grandes ciudades, las redes ferroviarias, las centrales eléctricas, los aviones, Internet y los sistemas modernos de comunicaciones, como la IA.

La humanidad ya ha demostrado muchas veces que puede realizar transformaciones que parecían imposibles para generaciones anteriores.

Por eso no veo el futuro energético exclusivamente como una amenaza.

Lo veo también como una oportunidad.

Quizá nuestros descendientes vivan en un mundo donde quemar petróleo para producir electricidad sea considerado algo tan extraño como nos parecería hoy utilizar leña para alimentar una gran central eléctrica.

Quizá llegue un momento en que la principal fuente energética de la civilización sea simplemente la luz que recibimos desde nuestra estrella.

Pero para llegar hasta allí tendremos que prepararnos.

El petróleo no desaparecerá necesariamente de un día para otro. Es posible que mucho antes de que se produzca un agotamiento físico de todos los recursos, determinados combustibles fósiles resulten demasiado caros, difíciles de extraer o poco competitivos frente a las energías renovables.

La transición, por tanto, probablemente será gradual, aunque no necesariamente tranquila.

Los países que comiencen antes a desarrollar tecnologías de almacenamiento, redes eléctricas, energía solar, eólica, nuclear y otras fuentes de baja emisión tendrán una ventaja considerable sobre aquellos que esperen hasta el último momento.

La verdadera pregunta no debería ser:

“¿Qué haremos cuando se termine el petróleo?”

Deberíamos preguntarnos:

“¿Estaremos preparados cuando ya no necesitemos el petróleo?”

Porque son dos situaciones completamente diferentes.

Si esperamos a que la escasez nos obligue a cambiar, la transición puede ser dolorosa y conflictiva.

Si nos preparamos con décadas de anticipación, puede convertirse en una de las mayores transformaciones positivas de la historia humana.

El Sol no necesita que lo descubramos. Lleva miles de millones de años iluminando nuestro planeta.

Lo que necesita la humanidad es aprender a utilizar inteligentemente esa energía.

Tal vez nuestros descendientes contemplen algún día los antiguos pozos petrolíferos, las plataformas marinas y las gigantescas tuberías de transporte de combustible como nosotros contemplamos hoy las viejas máquinas de vapor.

Serán recuerdos de una época en la que la humanidad necesitaba extraer de las entrañas de la Tierra la energía que necesitaba para vivir.

Y quizá entonces comprendamos que la verdadera riqueza energética siempre estuvo sobre nuestras cabezas.

El Sol seguirá saliendo cada mañana.

La cuestión será si nosotros habremos aprendido a aprovecharlo.

 

viernes, 7 de agosto de 2026

Marruecos juega al gato y al ratón con España

 


Marruecos juega al gato y al ratón con España

Por Bruno Perera

Las relaciones entre España y Marruecos llevan siglos marcadas por la historia, la geografía y los intereses estratégicos. Son dos vecinos separados por apenas catorce kilómetros de mar, pero unidos por una historia de más de mil años de encuentros, enfrentamientos y cooperación. Sin embargo, en las últimas décadas la sensación que tienen muchos españoles es que Marruecos juega continuamente al gato y al ratón con España.

Cada cierto tiempo aparece una nueva crisis. Unas veces es la inmigración irregular. Otras, las reclamaciones sobre Ceuta y Melilla. En ocasiones son las aguas territoriales, la pesca o el Sáhara Occidental. Cuando parece que las relaciones vuelven a la normalidad, surge un nuevo motivo de tensión.

Históricamente conviene recordar algunos hechos. Ceuta fue conquistada por Portugal en 1415 y pasó definitivamente a la Corona española tras el Tratado de Lisboa de 1668. Mucho antes de que existiera el actual Estado marroquí, la ciudad ya formaba parte de la historia de la Península Ibérica.

Con frecuencia se afirma que Marruecos fue el primer país en reconocer la independencia de los Estados Unidos. La realidad histórica es algo más precisa. Quien estableció aquellas relaciones fue el sultán Mohammed III en 1777. En aquella época no existía el Estado moderno marroquí nacido tras la independencia de 1956, sino un sultanato gobernado por la dinastía alauí. La diferencia puede parecer pequeña, pero desde el punto de vista histórico resulta importante.

También suele olvidarse que el nombre "Marruecos" procede de la ciudad de Marrakech, fundada por los almorávides hacia los años 1070-1072. En árabe, sin embargo, el país se denomina Al-Maghrib, "el Occidente". La evolución histórica del territorio ha sido larga y compleja, con distintas dinastías, cambios de fronteras y diferentes grados de unidad política.

Muchos analistas consideran que Marruecos utiliza su posición geográfica como un importante instrumento de presión diplomática. La colaboración en el control de la inmigración hacia Europa depende en gran medida de la cooperación entre ambos países. Cuando las relaciones políticas atraviesan momentos difíciles, las crisis migratorias suelen convertirse en un factor adicional de tensión.

A ello se suma una importante diferencia económica entre ambos lados del Estrecho. Mientras España forma parte de la Unión Europea, Marruecos mantiene salarios mucho más bajos en numerosos sectores productivos. Esa desigualdad alimenta los flujos migratorios y convierte la cooperación bilateral en una necesidad permanente.

Durante la denominada guerra contra el terrorismo iniciada tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Marruecos apareció citado en diversas investigaciones internacionales relacionadas con el programa de "entregas extraordinarias" de la CIA. Organizaciones de derechos humanos denunciaron que algunos detenidos fueron trasladados a terceros países para ser interrogados, lo que generó un intenso debate sobre el respeto a los derechos fundamentales y la cooperación internacional en materia de seguridad.

Todo ello contribuye a que una parte de la opinión pública española perciba que Marruecos combina la cooperación con la presión política según convenga a sus intereses. Desde esa perspectiva nace la sensación de que España siempre termina reaccionando a iniciativas tomadas por Rabat, en lugar de desarrollar una estrategia propia a largo plazo.

No obstante, también conviene reconocer que ambos países mantienen una intensa relación comercial, una estrecha cooperación policial contra el terrorismo y el crimen organizado, y una convivencia diaria entre millones de ciudadanos españoles y marroquíes que trabajan, estudian o hacen negocios a ambos lados del Estrecho. Esa realidad demuestra que, junto a los desacuerdos políticos, existe una profunda interdependencia.

Las diferencias históricas seguirán existiendo. También continuarán las reclamaciones territoriales y los desacuerdos diplomáticos. Pero cualquier solución estable deberá construirse sobre el respeto al derecho internacional, la cooperación y el diálogo. España y Marruecos seguirán siendo vecinos. La cuestión es si ambos gobiernos deciden actuar como socios responsables o continúan prolongando una relación en la que, periódicamente, uno intenta jugar al gato y al ratón con el otro.

 

viernes, 31 de julio de 2026

Las invasiones inmigratorias de Ceuta y Canarias son hermanas

 


Las invasiones migratorias de Ceuta y Canarias son hermanas

Por Bruno Perera

Lo ocurrido estos últimos días en Ceuta debería hacer reflexionar seriamente a toda España. Miles de inmigrantes ilegales, adultos y menores han entrado ilegalmente desde Marruecos, muchos de ellos y ellas lanzándose al agua para alcanzar territorio español. Las estimaciones difundidas sobre la última oleada sitúan las entradas en torno a 2.000 o 3.000 personas, aunque la cifra definitiva deberá ser determinada por las autoridades. La situación ha obligado a reforzar la presencia policial y militar en la ciudad autónoma. (Reuters)

Pero Ceuta no es un fenómeno aislado. Lo que está sucediendo allí y lo que durante más de 30 años hemos sufrido en Canarias son dos manifestaciones diferentes de un mismo problema: la dificultad de España para controlar eficazmente sus fronteras frente a una presión inmigratoria ilegal que puede producir entradas masivas en muy poco tiempo.

Ceuta y Canarias: dos fronteras, un mismo problema

En Ceuta la frontera se encuentra prácticamente a las puertas de Marruecos. En Canarias, la frontera exterior de España se encuentra en el océano Atlántico. En un caso, los inmigrantes ilegales intentan atravesar las barreras fronterizas o rodearlas por el mar; en el otro, utilizan embarcaciones precarias como pateras, cayucos, zodiacs, y también pateras aviones para alcanzar las islas.

Las dimensiones son diferentes, pero el problema político es parecido: cuando miles de inmigrantes ilegales intentan entrar al mismo tiempo, el Estado debe disponer de medios suficientes para controlar la frontera, identificar a quienes llegan y aplicar la legislación correspondiente.

Canarias ha experimentado durante los últimos 30 años y algo más, una presión migratoria extraordinaria. En 2024 llegaron irregularmente a las islas 46.843 personas. En 2025 la cifra descendió considerablemente, hasta 17.788, pero siguió representando una presión importante para unas islas con recursos territoriales y poblacionales limitados. (Departamento de Seguridad Nacional)

Y aunque las cifras de 2026 son considerablemente menores que las de 2025, el problema no desaparece. Hasta el 30 de junio se habían registrado 3.708 llegadas irregulares a Canarias. (Departamento de Seguridad Nacional)

Por eso no creo que España deba analizar Ceuta y Canarias como problemas separados. Son dos puntos de la frontera exterior española sometidos a diferentes formas de presión inmigratoria.

¿Dónde está el Estado cuando una frontera es superada?

Esta es la pregunta que debemos hacernos.

No se trata de negar ayuda a una persona que se encuentra en peligro en el mar. No se trata de abandonar los principios humanitarios. Y tampoco se trata de convertir la inmigración en un conflicto entre pueblos o religiones.

Se trata de algo mucho más sencillo:

Una frontera debe ser una frontera.

Un Estado tiene derecho y obligación de determinar quién entra en su territorio, por qué procedimiento entra y bajo qué condiciones puede permanecer en él.

España ya dispone de legislación específica para Ceuta y Melilla. La Ley Orgánica 4/2000 contempla el rechazo de inmigrantes detectados intentando superar ilegalmente los elementos de contención fronterizos, siempre respetando la normativa internacional de derechos humanos y de protección internacional. (BOE)

Por tanto, el debate no debería reducirse a decir que «la ley no permite actuar». La realidad es bastante más compleja. El problema está en qué medios utiliza el Estado, cómo se aplican las leyes y qué ocurre cuando las circunstancias cambian rápidamente.

De hecho, la propia estructura del Estado contempla la participación de las Fuerzas Armadas en mecanismos de coordinación relacionados con la inmigración ilegal, y estos días España ha desplegado militares en Ceuta como refuerzo ante la crisis, pero no suficiente y tampoco con urgencia. (BOE)

La cuestión, por tanto, no es simplemente si deben intervenir militares o policías. La cuestión es si España tiene preparada una estrategia suficientemente eficaz para impedir que una frontera pueda ser desbordada.

Marruecos, España y la presión migratoria

Otro aspecto que no podemos ignorar es que Ceuta se encuentra en una situación geográfica extraordinariamente delicada.

España comparte con Marruecos una frontera terrestre en Ceuta y Melilla, pero también mantiene una enorme frontera marítima. La cooperación entre ambos países resulta fundamental para impedir que las redes de tráfico de personas y policías y políticos corruptos puedan utilizar los movimientos migratorios como instrumento de presión y de negocio.

Cuando miles de inmigrantes aparecen simultáneamente frente a una frontera, no estamos únicamente ante decisiones individuales. También existen organizaciones dedicadas al tráfico de personas, redes de información y circunstancias políticas y sociales que pueden favorecer determinados movimientos.

Por eso España necesita una política migratoria que no consista únicamente en reaccionar cuando los inmigrantes ya han conseguido entrar.

La frontera debe protegerse antes de que sea superada.

Canarias tampoco puede vivir permanentemente en situación de emergencia

Los canarios sabemos muy bien lo que significa recibir pateras, cayucos y zodiacs por mar y pateras aviones continuamente.

Durante años, las islas han tenido que afrontar la llegada de centenas de miles de personas procedentes de África, además de otras rutas migratorias. Las autoridades canarias han denunciado repetidamente la presión que supone atender a los recién llegados, especialmente cuando entre ellos se encuentran menores no acompañados MENAs que nos cuesta cada unos 3.500 euros mensuales en gastos. Dinero que nos falta para dar mejor servicio a nuestros pensionistas y gente necesitada.

Y aquí aparece otra cuestión fundamental: Canarias no puede convertirse en un lugar de empleo internacional ni en una sala de espera permanente de la inmigración ilegal que llega con la intención de viajar a Europa.

Las islas tienen una población limitada, un territorio limitado y unos servicios públicos que también deben atender a quienes viven permanentemente en ellas.

España es un país solidario y debe cumplir sus obligaciones internacionales. Pero solidaridad no significa ausencia de fronteras.

No confundamos inmigración legal con inmigración ilegal

También considero necesario hacer una distinción que muchas veces desaparece del debate.

Un inmigrante que llega legalmente a España, obtiene un permiso de residencia, trabaja, cumple las leyes y participa en la sociedad española es una cosa.

Otra muy diferente es entrar clandestinamente en territorio español.

Criticar la inmigración ilegal no significa necesariamente rechazar al inmigrante como persona.

Podemos defender una política migratoria mucho más estricta y, al mismo tiempo, defender el respeto absoluto a la dignidad humana.

De hecho, cuanto más descontrolada sea la inmigración ilegal, mayor es el riesgo de que también sufran las consecuencias los inmigarntes que han llegado legalmente y que cumplen las normas.

Una advertencia para el futuro

España debería dejar de actuar únicamente cuando se produce una crisis.

En 2021 Ceuta ya vivió una entrada masiva de alrededor de 8.000 personas en apenas dos días. (YouTube)

Ahora volvemos a contemplar escenas de enorme presión fronteriza.

Y Canarias ha vivido durante más de 30 años sus propias crisis migratorias.

¿Cuántas veces tendremos que esperar a que una frontera sea desbordada para empezar a buscar soluciones?

No hace falta esperar treinta años para preguntarnos qué consecuencias puede tener una política migratoria mal gestionada. Las consecuencias deben analizarse hoy, con datos, con serenidad y sin prejuicios.

España necesita conocer cuántos inmigrantes pueden integrarse cada año, qué necesidades laborales existen, qué recursos económicos tienen las comunidades autónomas para atenderlas y, sobre todo, qué capacidad real tiene el Estado para controlar quién entra y quién permanece en nuestro territorio.

La historia tampoco debe utilizarse para alimentar el enfrentamiento

Hay políticos marroquíes que comparan la situación actual con la conquista musulmana de la península iniciada en el año 711. Esa comparación puede resultar políticamente llamativa, pero históricamente hay que hacerla con mucho cuidado.

La conquista de la península fue realizada por fuerzas musulmanas formadas principalmente por contingentes árabes y bereberes bajo el poder de la dinastía omeya y sus estructuras políticas y militares de la época. No es correcto describirla simplemente como una «invasión marroquí», ni afirmar que el 90 % de la actual España y Portugal  perteneciera entonces a la antigua Mauritania Tingitana, hoy territorio de  Marruecos. (El problema es que Marruecos es un país controlado por una monarquía y su séquito que mata a su pueblo poco a poco de hambre).

Han pasado más de 1.300 años y las circunstancias históricas son completamente diferentes.

Podemos defender nuestras fronteras sin necesidad de falsear la historia.

¿Puede un Estado moderno controlar eficazmente sus fronteras y decidir quién entra en su territorio?

Mi respuesta es que debe poder hacerlo.

Y debe hacerlo respetando la Constitución, las leyes españolas, los tratados internacionales y los derechos humanos.

Pero también debe proteger a sus ciudadanos, a sus servicios públicos y a quienes han elegido España para vivir legalmente.

Ceuta debería ser una llamada de atención

Lo ocurrido en Ceuta debería servir como una llamada de atención para todo el país.

No porque haya que militarizar permanentemente las fronteras.

No porque haya que tratar a todos los inmigrantes como delincuentes.

Y tampoco porque España deba cerrar sus puertas a todo aquel que necesite protección.

Sino porque ningún Estado puede permitirse que sus fronteras dependan exclusivamente de que quienes pretenden atravesarlas decidan voluntariamente no hacerlo.

Ceuta y Canarias son dos fronteras diferentes, pero forman parte de la misma frontera exterior española.

Lo que ocurre en Ceuta puede volver a ocurrir.

Lo que ocurre en Canarias puede volver a aumentar.

Y si algo debería haber aprendido Europa durante las últimas décadas es que las crisis migratorias no desaparecen por ignorarlas.

Hay que actuar antes de que se conviertan en una emergencia.

España necesita una política migratoria clara: control efectivo de las fronteras, inmigración legal vinculada a las necesidades reales del país, persecución de las mafias que trafican con personas, procedimientos de asilo eficaces y rápidos, integración de quienes tienen derecho a permanecer y retorno de quienes no tienen derecho legal a hacerlo, siempre dentro de la ley.

Eso no es xenofobia.

Eso es política de Estado.