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lunes, 12 de octubre de 2026

Soñé en un pasado egipcio

 


Soñé en un pasado egipcio

Por Bruno Perera

El sueño que me convirtió en enemigo de los dioses

Aquella noche me dormí sin imaginar que estaba a punto de vivir la experiencia más extraordinaria de mi existencia. No sabía que, durante aquel sueño, regresaría a una época de más de tres mil años atrás, cuando Egipto era una de las civilizaciones más poderosas de la Tierra y un joven faraón llamado Tutankamón gobernaba bajo la mirada de sus dioses.

Tampoco podía imaginar que, en aquel mundo perdido, yo sería el gran sacerdote de Egipto, el hombre que conocía los secretos del templo, el consejero del faraón y el encargado de interpretar la voluntad divina.

Pero mi sueño no comenzó con una ceremonia religiosa ni con una visita al palacio.

Comenzó con un grito.

—¡Los dioses nos han abandonado!

La voz de un hombre resonó entre las columnas de un templo monumental. Un grupo de sacerdotes corría por los pasillos, mientras los guardianes cerraban las puertas de bronce. A lo lejos, las campanas ceremoniales anunciaban una emergencia.

Me encontraba en el interior de una cámara iluminada por lámparas de aceite. Vestía una túnica blanca, un collar de oro y una banda ceremonial sobre la cabeza. A mis pies, un escriba permanecía arrodillado, temblando.

—Gran sacerdote —me dijo—, el faraón exige vuestra presencia. Los consejeros han declarado que la desgracia que se aproxima es consecuencia de la ira de los dioses.

—¿Qué desgracia?

El hombre levantó la cabeza.

—El Nilo no ha alcanzado el nivel esperado. Los almacenes de grano están disminuyendo. Hay disturbios en las aldeas. Y los sacerdotes de Amón aseguran que solo un sacrificio extraordinario podrá salvar a Egipto.

—¿Un sacrificio humano?

El escriba bajó la mirada.

Su silencio fue suficiente.

En aquel instante comprendí que mi primera decisión como gran sacerdote podía enfrentarme a los hombres más poderosos del reino.

Y todavía no sabía que aquella sería la menor de mis dificultades.

El faraón y la profecía

Me condujeron al palacio de Tutankamón. El joven faraón se encontraba sentado en su trono, rodeado de generales, administradores y sacerdotes. Su rostro estaba pálido y sus dedos golpeaban nerviosamente el brazo dorado del asiento.

A su derecha se encontraba el sumo consejero religioso, un hombre llamado Menkheper, anciano, poderoso y temido por todos. Sus ojos parecían dos piedras negras.

Tutankamón me habló sin rodeos.

—Gran sacerdote, mis consejeros afirman que Egipto está condenado si no obedecemos la profecía del templo. Dicen que los dioses reclaman una vida para devolver la prosperidad al reino.

—¿Quién debe morir, majestad?

Menkheper dio un paso al frente.

—Una joven sacerdotisa. Su nacimiento coincidió con un eclipse y su sangre pertenece a una familia que ha desafiado las tradiciones. Los dioses la han señalado.

Miré al anciano con incredulidad.

—¿Y qué prueba tenéis de que los dioses han pronunciado semejante sentencia?

El sacerdote apretó los labios.

—Los textos sagrados.

—Los textos no hablan por sí solos. Son los hombres quienes los interpretan.

Un murmullo recorrió la sala.

Acababa de pronunciar una frase peligrosa. En Egipto, cuestionar la interpretación de los sacerdotes equivalía a cuestionar una parte esencial del poder establecido.

Menkheper se acercó hasta quedar frente a mí.

—¿Pretendéis enseñar a los dioses lo que deben hacer?

—No —respondí—. Pretendo impedir que los hombres utilicen a los dioses para justificar sus propios crímenes.

El silencio se hizo absoluto.

Tutankamón se levantó del trono.

—¡Basta! Gran sacerdote, tenéis hasta la próxima salida del sol para demostrar que esa profecía es falsa. Si no podéis hacerlo, la ceremonia se celebrará.

—¿Y si demuestro que es una mentira?

El faraón miró a Menkheper antes de responder.

—Entonces haré justicia.

Pero en sus ojos advertí algo que me inquietó: Tutankamón tenía miedo.

No temía solamente a los dioses. Temía a los hombres que decían hablar en su nombre.

El secreto oculto bajo el templo

Aquella noche descendí a las cámaras subterráneas del templo acompañado por dos guardianes de mi confianza. Necesitaba examinar los textos originales antes de que se celebrara el sacrificio.

Las escaleras conducían a un laberinto de pasillos donde el aire olía a polvo, piedra húmeda e incienso antiguo. En las paredes aparecían inscripciones que relataban los reinados de faraones desaparecidos y las ceremonias de generaciones anteriores.

Llegamos a una puerta sellada con arcilla.

Sobre ella había una inscripción que reconocí de inmediato:

«La verdad no pertenece a quien posee el poder, sino a quien se atreve a buscarla».

Ordené a los guardianes que rompieran el sello.

Detrás encontramos una cámara estrecha, llena de papiros y tablillas. Encima de una mesa de piedra descansaba un documento mucho más antiguo que los demás.

Lo desenrollé con cuidado.

No era una profecía.

Era un registro administrativo.

En sus líneas se describían las reservas de grano, las reparaciones de los canales y las órdenes emitidas por los administradores del templo. Pero las anotaciones finales revelaban algo mucho más grave: durante meses, una parte considerable de las reservas había sido desviada hacia almacenes privados.

Los nombres de los responsables estaban escritos en el documento.

Entre ellos figuraba Menkheper.

Comprendí entonces que la supuesta ira de los dioses ocultaba una conspiración. Algunos hombres estaban aprovechándose de la crisis para aumentar su poder, controlar al faraón y silenciar a quienes conocían sus operaciones.

El sacrificio de la joven no era una exigencia divina. Era una representación cuidadosamente preparada para mantener aterrorizado al pueblo.

Pero había algo todavía peor.

En la última línea del documento aparecía una orden firmada por el propio consejero religioso: si el gran sacerdote cuestionaba la profecía, debía ser acusado de traición y ejecutado antes del amanecer.

Sentí un escalofrío.

No había descendido a las cámaras para descubrir un secreto.

Había descendido para encontrar mi propia sentencia de muerte.

La persecución

Al abandonar la cámara, escuchamos pasos.

—¡Alto! —gritó una voz.

Las antorchas iluminaron el pasillo. Una docena de guardianes nos cerraba el camino. Al frente marchaba un capitán que hasta aquel momento había obedecido mis órdenes.

—Gran sacerdote, entregad el documento.

—¿Por orden de quién?

—Por orden del consejo religioso.

—¿Y desde cuándo el consejo religioso puede ordenar el arresto del principal sacerdote de Egipto sin conocimiento del faraón?

El capitán vaciló.

Aquella duda me dio unos segundos para comprender que algunos de los hombres que protegían el templo también estaban sometidos al miedo.

—Escuchadme —les dije—. Si permitís que una mentira se convierta en ley, mañana cualquiera de vosotros podrá ser sacrificado por una profecía inventada.

Nadie respondió.

Entonces apareció Menkheper.

—¡Prendedlo! Este hombre ha profanado las cámaras sagradas y pretende destruir la autoridad de los dioses.

—No he profanado nada. He encontrado las pruebas de vuestro robo.

El anciano perdió por un instante la serenidad.

Fue suficiente.

El capitán miró el documento que yo sostenía entre las manos. Dos guardianes bajaron sus lanzas.

Menkheper comprendió que estaba perdiendo el control.

—¡Ese documento es falso! ¡El gran sacerdote pretende provocar una rebelión!

Ordenó avanzar a sus hombres.

Eché a correr.

Atravesé un corredor lateral y subí por una escalera que conducía al patio exterior. Los guardianes que me acompañaban quedaron atrás, y durante unos instantes escuché el choque de las armas y los gritos de los perseguidores.

Salí a la noche egipcia.

La luna iluminaba los tejados y el viento levantaba la arena de las calles. Corrí hacia el palacio mientras sentía que el documento pesaba más que una piedra.

Si conseguía entregárselo a Tutankamón, podría detener el sacrificio.

Si me atrapaban, la verdad moriría conmigo.

Y una muchacha inocente sería ejecutada al amanecer.

La última noche de Tutankamón

Cuando llegué al palacio, encontré las puertas cerradas. Los guardias habían recibido órdenes de impedir mi entrada.

Golpeé con los puños.

—¡Abrid en nombre del faraón!

Nadie respondió.

—¡El consejo religioso conspira contra su majestad!

Una pequeña puerta lateral se abrió finalmente. Un servidor anciano, que me conocía desde hacía años, me hizo entrar y me condujo hasta una habitación privada.

Tutankamón estaba allí, sin corona, vestido con una sencilla túnica. Parecía un muchacho agotado por el peso de un reino que no sabía cómo gobernar.

Al verme, se levantó.

—Me han dicho que habéis huido del templo y que habéis robado documentos sagrados.

—He encontrado pruebas de que Menkheper está desviando el grano destinado al pueblo. La profecía es una mentira. La muchacha no debe morir.

Le entregué el documento.

El faraón leyó las primeras líneas. Su rostro cambió.

—Estos nombres... Son hombres de mi propio consejo.

—Sí, majestad.

—¿Y afirmáis que han inventado la profecía para ocultar sus crímenes?

—No lo afirmo. Lo demuestra este documento.

Tutankamón se sentó lentamente.

Por primera vez, vi a un rey que no sabía en quién confiar.

—Si ordeno su arresto, algunos sacerdotes dirán que he desafiado a los dioses. Si permito el sacrificio, una inocente morirá por una mentira. Si el pueblo descubre que mis consejeros han robado sus reservas, podría levantarse contra mí.

—Majestad, el pueblo no necesita un faraón que nunca se equivoque. Necesita un faraón que se atreva a corregir sus errores.

El joven me miró.

—¿Y si los dioses realmente existen y exigen ese sacrificio?

Me acerqué a él.

—Entonces, majestad, tendremos que vivir con nuestra incertidumbre. Pero si somos nosotros quienes hemos inventado esa exigencia, no podremos atribuir a los dioses la sangre que derramemos.

Tutankamón permaneció en silencio.

Después se puso en pie y tomó una decisión.

—Al amanecer, el consejo se reunirá en el gran templo. Vos presentaréis las pruebas delante de todos. Yo estaré allí.

—Menkheper intentará impedirlo.

—Que lo intente.

Por primera vez aquella noche, el faraón parecía un verdadero gobernante.

Pero ninguno de los dos sabía que el anciano ya conocía nuestros planes.

El juicio de los dioses

El amanecer llegó con un cielo rojizo.

Miles de personas se congregaron frente al templo. Los sacerdotes habían anunciado que la ceremonia salvaría a Egipto de la desgracia, y el pueblo esperaba una señal de los dioses.

En el centro del patio, la joven sacerdotisa aguardaba junto a un altar. Tenía las manos atadas y el rostro cubierto de lágrimas.

Menkheper dirigía la ceremonia.

Cuando me vio aparecer, levantó los brazos.

—¡He aquí al traidor que pretende destruir nuestras tradiciones!

Los guardias me rodearon.

Pero entonces las trompetas resonaron desde la entrada principal.

Tutankamón apareció acompañado por sus oficiales.

—¡Que nadie toque al gran sacerdote! —ordenó.

La multitud cayó en silencio.

El faraón subió a la plataforma y me hizo una señal.

Avancé hasta el centro del patio. Tenía delante a los sacerdotes, a los generales, a los funcionarios y a miles de egipcios que no sabían si estaban a punto de presenciar una revelación divina o una tragedia.

Levanté el documento.

—Habitantes de Egipto, os han dicho que los dioses exigen una vida para salvar vuestras cosechas. Os han dicho que la desgracia procede de una joven inocente. Pero nadie os ha mostrado pruebas de semejante sentencia.

Menkheper gritó:

—¡Miente! ¡Quemad ese documento!

Nadie se movió.

Continué hablando.

—Aquí están registradas las reservas de grano que debían alimentar a las aldeas. Aquí están las órdenes que desviaron esos recursos hacia almacenes privados. Y aquí aparecen los nombres de quienes firmaron esas órdenes.

Entregué el documento a un escriba real.

El hombre leyó los nombres en voz alta.

El rostro de Menkheper se transformó. Durante unos segundos pareció envejecer diez años.

—¡Todo es una conspiración! —gritó—. ¡El faraón está siendo engañado!

Tutankamón se levantó.

—¿Negáis vuestra firma?

El anciano guardó silencio.

—¿Negáis haber desviado el grano?

Menkheper retrocedió.

—Majestad, los intereses del templo están por encima de los intereses de los hombres. El pueblo necesita creer. Sin miedo a los dioses, no habrá obediencia. Sin obediencia, no habrá reino.

Entonces comprendí el verdadero conflicto que había estado oculto desde el principio.

Menkheper no defendía una profecía. Defendía un sistema en el que el miedo permitía a unos pocos gobernar sobre todos los demás.

Y estaba dispuesto a sacrificar a una inocente para conservarlo.

—No —respondí—. Un reino que necesita mentiras para mantenerse en pie ya está condenado.

El anciano me miró con odio.

—¡Entonces morirás con tu verdad!

Sacó una pequeña daga escondida entre sus vestiduras y se lanzó hacia mí.

Todo sucedió en un instante.

Los guardias se interpusieron, pero uno de ellos cayó al suelo. Menkheper consiguió acercarse lo suficiente para levantar el arma.

Vi el destello del metal.

Escuché un grito.

Y sentí un golpe en el pecho.

La elección

Caí de rodillas.

La multitud comenzó a gritar. Los guardias redujeron a Menkheper, mientras Tutankamón descendía de la plataforma y corría hacia mí.

Me llevé una mano al pecho.

No había sangre, pero sentía un dolor profundo, como si algo invisible estuviera desgarrándome por dentro.

El joven faraón se arrodilló a mi lado.

—¡Gran sacerdote! ¡No podéis morir! ¡Todavía no!

Quise hablar, pero las palabras no salían.

Entonces, entre el ruido de la multitud, escuché una voz que no procedía de ningún hombre.

—Has descubierto la mentira, pero aún no has comprendido el precio de la verdad.

Levanté la cabeza.

El patio del templo empezó a oscurecerse. Las columnas parecían alargarse hacia el cielo. Las figuras de los dioses grabadas en la piedra cambiaban de forma y las sombras se movían sin obedecer a la luz.

Tutankamón también las veía.

—¿Qué está ocurriendo? —gritó.

La voz volvió a resonar.

—El hombre que desafía a los dioses debe decidir si acepta la ignorancia que lo protege o la verdad que puede destruirlo.

De pronto, me encontré de pie en una inmensa sala sin paredes. Sobre mí se extendía un cielo lleno de estrellas. Delante había una balanza de oro.

En uno de sus platillos descansaba una pluma. En el otro, un corazón humano.

Reconocí la imagen de los antiguos rituales funerarios: la prueba de la verdad y de la justicia.

Pero aquella balanza no pesaba mi corazón.

Pesaba mi decisión.

A un lado vi el antiguo Egipto: el templo, el faraón, la joven sacerdotisa y el pueblo que esperaba una respuesta.

Al otro vi mi mundo actual, un lugar de máquinas, ciudades, libros y hombres que seguían discutiendo sobre la existencia, el poder y los límites del conocimiento.

Comprendí que podía permanecer en el pasado, aceptar el papel que el sueño me había concedido y convertirme en una figura de autoridad entre los egipcios.

O podía regresar a mi propia época, dejando atrás a Tutankamón y a todos aquellos a quienes había intentado ayudar.

—¿Por qué tengo que elegir? —pregunté.

La voz respondió:

—Porque nadie puede vivir eternamente en un mundo que no le pertenece.

Miré hacia el templo.

Tutankamón seguía arrodillado junto a mi cuerpo.

La joven sacerdotisa había sido liberada. Menkheper estaba encadenado y los escribas preparaban las pruebas de su traición.

La verdad había vencido, pero yo no sabía si volvería a ver el resultado de aquella victoria.

—¿Y si no quiero marcharme? —pregunté.

El cielo comenzó a temblar.

—Entonces olvidarás quién eres.

Aquellas palabras me aterrorizaron más que la muerte.

No quería olvidar mi vida, mis recuerdos ni el mundo del que procedía. Pero tampoco quería abandonar a las personas que había conocido en aquel pasado imposible.

Miré por última vez al faraón.

—Tutankamón —grité—, recordad que ningún hombre debe utilizar el nombre de los dioses para justificar una injusticia.

El faraón levantó la cabeza, como si hubiera escuchado mis palabras desde una distancia infinita.

—¡No os vayáis! —respondió—. ¡Egipto todavía os necesita!

La balanza comenzó a girar.

La pluma se elevó en el aire.

El corazón cayó al suelo.

Y todo desapareció.

El regreso

Abrí los ojos de golpe.

Estaba en mi cama, en mi habitación, en mi propio tiempo. La luz de la mañana entraba por la ventana. Mi respiración era agitada y tenía la sensación de haber corrido durante horas.

Me llevé la mano al pecho.

No había ninguna herida.

Miré alrededor, intentando reconocer cada objeto, cada sombra y cada detalle de mi habitación. Todo estaba en su sitio. El antiguo Egipto había desaparecido.

Sin embargo, el miedo seguía conmigo.

Había experimentado una lucha que parecía real: la amenaza de una ejecución, la conspiración de un sacerdote poderoso, la angustia de un faraón joven y la obligación de elegir entre mi seguridad y la vida de una persona inocente.

Me levanté y caminé hasta la ventana.

Durante un rato contemplé el mundo moderno, preguntándome por qué mi mente había construido una historia tan intensa.

Tal vez porque el sueño había convertido en personajes y acontecimientos una preocupación tan antigua como la humanidad: la lucha entre la verdad y el poder.

Menkheper representaba al hombre que utiliza las creencias para dominar. Tutankamón representaba al gobernante atrapado entre el miedo y la responsabilidad. La joven sacerdotisa simbolizaba a los inocentes que sufren cuando los poderosos deciden en su nombre.

¿Y yo?

Yo había sido el hombre obligado a escoger.

No sabía si aquel sueño significaba algo más que una creación extraordinaria de mi imaginación. No podía afirmar que hubiese vivido otra vida ni que hubiera viajado realmente a través del tiempo.

Pero sabía que aquella historia me había dejado una pregunta difícil de olvidar.

¿Qué haríamos si descubrir la verdad pusiera en peligro nuestra propia vida?

Quizá muchos guardarían silencio. Otros obedecerían a quienes tuvieran más poder. Algunos buscarían refugio en la comodidad de no saber.

Yo, en aquel sueño, había decidido hablar.

Y, aunque al despertar ya no era el gran sacerdote de Egipto, me quedó la sensación de que el conflicto que había vivido no pertenecía solamente al pasado.

Porque los templos pueden derrumbarse, los faraones pueden desaparecer y las civilizaciones pueden convertirse en polvo.

Pero la lucha entre el miedo y la libertad, entre la mentira y la verdad, continúa mientras existan seres humanos capaces de pensar.

Cerré los ojos por un instante.

Todavía podía escuchar la voz de Tutankamón llamándome desde el otro lado del tiempo.

Y me pregunté si, en algún lugar de mi imaginación, el joven faraón seguía esperando una respuesta.

Aquella noche soñé que era el hombre más poderoso de los templos de Egipto. Pero al despertar comprendí que mi mayor poder no había sido mandar sobre los sacerdotes, ni aconsejar al faraón, ni conocer los secretos del templo. Había sido atreverme a desafiar a quienes pretendían convertir el miedo en una verdad indiscutible.

 

viernes, 9 de octubre de 2026

¿Es Dios = Cosmo-Poder esclavo eterno de la humanidad?

 


¿Es Dios = Cosmo-Poder esclavo eterno de la humanidad?

Por Bruno Perera

(Artículo para meditar en un rato de ocio y tranquilidad).

La paradoja de un Dios que no puede dejar de existir y al que los seres humanos exigimos protección eterna

¿Y si Dios existiera realmente, fuera eterno, tuviera un poder ilimitado y, sin embargo, no pudiera dejar de existir? ¿Podría considerarse absolutamente libre un ser que no tiene la posibilidad de poner fin a su propia existencia? Y si los seres humanos deseamos que ese Dios permanezca eternamente para protegernos, ayudarnos y concedernos aquello que necesitamos, ¿no estaríamos reclamando que el poder universal se encuentre perpetuamente a nuestro servicio?

Estas preguntas constituyen el punto de partida de una reflexión filosófica que cuestiona algunas de las ideas más arraigadas sobre la divinidad, la eternidad y la relación entre el ser humano y el universo.

Para desarrollar este planteamiento, utilizaré la expresión Cosmo-Poder como una denominación filosófica hipotética de Dios, entendido como el poder supremo que, según determinadas concepciones religiosas, habría dado origen al universo, lo gobernaría o constituiría su fundamento último. No pretendo afirmar científicamente que Dios exista ni que sea idéntico al cosmos, sino examinar las consecuencias lógicas de atribuirle una existencia eterna y un poder absoluto.

1. Si Dios es eterno, ¿puede elegir dejar de existir?

Las religiones que defienden la existencia de un Dios eterno suelen atribuirle cualidades extraordinarias: no habría tenido principio, no tendría final, conocería todas las cosas y dispondría de un poder superior al de cualquier criatura.

Pero al aceptar estas características aparece una pregunta que no siempre recibe suficiente atención: si Dios no puede dejar de existir, ¿es realmente libre en todos los sentidos?

Pensemos en un ser que nunca ha comenzado a existir y que jamás podrá dejar de hacerlo. No habría tenido la posibilidad de elegir entre existir o no existir, porque su existencia sería necesaria y perpetua.

Desde nuestra perspectiva humana, la libertad suele relacionarse con la posibilidad de elegir entre distintas alternativas. Podemos tomar decisiones, modificar nuestro comportamiento y, dentro de ciertos límites, cambiar el rumbo de nuestra vida. Sin embargo, no podemos elegir todas las condiciones fundamentales de nuestra existencia.

Entonces, ¿qué ocurriría con un ser en espíritu que tuviera un poder extraordinario sobre todo cuanto existe, pero que no pudiera actuar sobre su propia existencia?

Podría crear galaxias, establecer leyes naturales, transformar la materia o dar origen a innumerables mundos. Sin embargo, si su eternidad fuera una condición inalterable, no podría escoger la alternativa de dejar de existir.

¿Sería, por tanto, un ser  en espíritu absolutamente libre o estaría sometido a la obligación de existir para siempre?

Aquí nace la paradoja: un ser en espíritu que supuestamente no tiene límites podría encontrarse ante una condición que no puede modificar, precisamente la condición que hace posible su propia existencia.

2. ¿Puede un ser eterno ser esclavo de su propia naturaleza?

La palabra esclavitud suele asociarse con la dominación de un individuo por otro, con la pérdida de autonomía y con la imposibilidad de escapar de una situación impuesta.

Sin embargo, podemos plantearnos una cuestión más amplia: ¿podría existir una forma de sometimiento derivada de una condición de la que un ser en espíritu no pudiera liberarse?

Imaginemos que el Cosmo-Poder existiera necesariamente, sin principio ni final, y que careciera de la posibilidad de dejar de ser.

En ese supuesto, su existencia no dependería de una decisión que pudiera tomar libremente. Estaría determinada por una necesidad absoluta.

¿Sería correcto llamarlo esclavo?

La respuesta depende de lo que entendamos por esclavitud. Si exigimos que exista un amo que imponga su voluntad, no podríamos aplicar el concepto directamente a un Dios que no estuviera sometido a ninguna voluntad exterior. Pero si nos referimos, en sentido filosófico y figurado, a la imposibilidad de escapar de una condición inevitable, la comparación adquiere interés.

El Cosmo-Poder sería, en esa hipótesis, prisionero de su propia necesidad de existir.

Ahora bien, existe una objeción importante: no poder dejar de existir no significa necesariamente sufrir ni sentirse esclavizado. Un ser eterno en espíritu podría no experimentar su existencia como una obligación, sino como algo inseparable de su propia naturaleza.

Por tanto, no podemos afirmar que Dios sea un esclavo en el sentido habitual de la palabra. Lo que sí podemos cuestionar es si la existencia necesaria resulta compatible con todas las interpretaciones posibles de la libertad absoluta.

La pregunta sigue abierta: ¿puede considerarse plenamente libre un ser en espíritu que no puede elegir su propia inexistencia?

3. ¿Qué significa realmente ser eterno?

Para comprender mejor el problema, debemos distinguir entre dos ideas de eternidad.

La primera consiste en existir durante un tiempo interminable. En ese caso, el ser eterno atravesaría una sucesión infinita de momentos: ayer, hoy, mañana y todos los días que pudieran imaginarse, sin llegar nunca a un final.

Si Dios viviera de esa manera, cabría preguntarse si estaría obligado a continuar existiendo durante una duración que nunca terminaría.

La segunda idea sostiene que la eternidad divina no es una duración infinita, sino una forma de existencia ajena a nuestra experiencia del tiempo.

El filósofo Boecio desarrolló una concepción de la eternidad como posesión simultánea y completa de una vida interminable. Tomás de Aquino, por su parte, defendió que Dios es eterno y que no está sometido al tiempo como las criaturas.

Desde estas perspectivas, decir que Dios existe eternamente no significa necesariamente imaginarlo viviendo durante una cantidad infinita de días.

Esta distinción complica nuestra hipótesis, porque quizá la eternidad divina no sea una condena a permanecer para siempre dentro del tiempo, sino una condición completamente distinta.

Sin embargo, incluso aceptando esa interpretación, permanece una cuestión filosófica: si la existencia de Dios es necesaria y no puede ser de otra manera, ¿qué relación guarda esa necesidad con su libertad?

No podemos resolverla simplemente comparando a Dios con un ser humano. Pero tampoco tenemos por qué renunciar a plantearla.

4. ¿Queremos un Dios que exista eternamente para servirnos?

Pasemos ahora a la segunda parte de esta reflexión, que afecta directamente a nuestra forma de entender la religión.

Muchos seres humanos desean que Dios exista eternamente porque esperan recibir protección, consuelo, justicia o ayuda ante las dificultades de la vida. Otros esperan que intervenga en sus problemas, que cure enfermedades, que proteja a sus familiares o que les conceda una vida futura después de la muerte.

Estos deseos son comprensibles. El miedo a la muerte, el sufrimiento, la incertidumbre y la necesidad de encontrar un sentido a nuestra existencia forman parte de la experiencia humana.

Pero podemos examinar esa relación desde otra perspectiva.

Si deseamos que Dios exista eternamente, no solo porque creemos que su existencia es una verdad independiente de nosotros, sino porque queremos que permanezca disponible para satisfacer nuestras necesidades, ¿no estamos colocando nuestros intereses en el centro de la cuestión?

Imaginemos que una persona exigiera a otra que estuviera siempre presente, que nunca pudiera marcharse y que dedicara toda su existencia a resolver sus problemas. Consideraríamos injusta semejante exigencia si implicara privarla de su libertad.

¿Por qué no plantear una pregunta equivalente cuando imaginamos una divinidad?

¿Tenemos derecho a exigir que un ser supuestamente absoluto exista eternamente para atender las necesidades de una humanidad temporal?

Naturalmente, pedir ayuda no significa necesariamente esclavizar a quien puede ofrecerla. En muchas religiones, Dios no es concebido como un servidor obligado, sino como un ser que concede su ayuda libremente.

Pero mi reflexión se dirige a una idea más profunda: la tendencia humana a imaginar que el poder supremo debe tener como finalidad nuestra protección y nuestro bienestar.

Tal vez no estemos reclamando conscientemente la esclavitud de Dios, pero sí podemos estar imaginando una eternidad cuya función consiste en servirnos.

5. ¿Es el universo una realidad destinada a servirnos?

Durante siglos, numerosas concepciones religiosas han situado al ser humano en un lugar central dentro de la creación. Según algunas interpretaciones, el universo habría sido creado con nosotros en mente y la existencia humana tendría un propósito establecido por una voluntad superior.

Otras corrientes religiosas y filosóficas sostienen que el ser humano no ocupa necesariamente una posición privilegiada en el conjunto de la realidad.

Desde el punto de vista científico, sabemos que la Tierra es un planeta entre innumerables cuerpos celestes y que la humanidad apareció en una etapa relativamente reciente de la historia cósmica. La ciencia no demuestra con ello que Dios exista o no exista, ni puede determinar por sí sola si el universo posee una finalidad última.

Pero esos conocimientos nos invitan a ser prudentes antes de suponer que todo cuanto existe tiene como objetivo satisfacer nuestros deseos.

¿Por qué tendría que existir un poder universal para proteger exclusivamente a los seres humanos? ¿Por qué no podría tener una realidad independiente de nosotros, si es que existe?

Y si ese poder fuera eterno, ¿por qué deberíamos dar por supuesto que su eternidad tiene que estar relacionada con nuestras necesidades?

La humanidad puede desear que el universo le proporcione seguridad, justicia y felicidad. Sin embargo, desear algo no demuestra que el cosmos tenga la obligación de proporcionárnoslo.

Quizá el problema no resida en creer en Dios, sino en convertir nuestras expectativas en una supuesta finalidad de toda la existencia.

6. ¿Qué responderían las distintas filosofías?

La cuestión admite varias respuestas y ninguna debería presentarse como una demostración definitiva.

Desde el cristianismo clásico, Dios no estaría obligado a existir contra su voluntad. Su existencia necesaria sería una característica de su propia naturaleza, no una condena impuesta por otro ser. Además, su ayuda a los seres humanos se entendería como una expresión de su bondad, no como un servicio exigido por ellos.

Desde la filosofía de la eternidad, como la desarrollada por Boecio y Tomás de Aquino, la comparación entre la existencia divina y una vida humana interminable podría ser inadecuada. Dios no estaría atrapado en una sucesión infinita de momentos como quien no puede abandonar una prisión temporal.

Desde una perspectiva existencial, podemos examinar qué significa ser libre cuando no podemos escoger todas las condiciones fundamentales de nuestra existencia. Esta pregunta no demuestra que Dios sea un esclavo, pero permite discutir los límites de la libertad cuando se habla de un ser necesario.

Desde el ateísmo filosófico, se señalaría que no disponemos de una demostración concluyente de la existencia de Dios. Por tanto, el argumento puede estudiarse como una hipótesis sobre las propiedades que tendría una divinidad si existiera, sin aceptar previamente su realidad.

Las diferencias entre estas posiciones muestran que el problema depende, en buena medida, de cómo definamos a Dios, la eternidad y la libertad.

Pero que existan respuestas distintas no convierte la pregunta en inútil. Al contrario, demuestra que la cuestión merece ser examinada con rigor.

7. La paradoja de la omnipotencia

Llegados a este punto, aparece otro problema clásico de la filosofía religiosa: ¿puede un ser omnipotente hacer absolutamente cualquier cosa?

Si Dios no puede dejar de existir, alguien podría sostener que hay algo que escapa a su poder. Pero un defensor de la omnipotencia respondería que dejar de existir no es una acción ordinaria, sino la negación de la propia existencia del sujeto que supuestamente debe realizarla.

La filosofía clásica suele distinguir entre poder hacer todo lo posible y realizar contradicciones lógicas. Desde esa perspectiva, la omnipotencia no exige que un ser pueda existir y no existir simultáneamente en el mismo sentido.

Por tanto, no poder dejar de existir no demostraría automáticamente una falta de omnipotencia.

Sin embargo, el debate nos obliga a precisar qué queremos decir cuando afirmamos que un ser es absolutamente poderoso.

¿Significa que puede hacer cualquier cosa que tenga sentido lógico? ¿Significa que su naturaleza es inalterable? ¿O significa que no está sometido a ninguna realidad exterior?

Son cuestiones diferentes.

Si Dios es necesariamente eterno, quizá su imposibilidad de dejar de existir no constituya una limitación impuesta desde fuera, sino una consecuencia de lo que es. Pero entonces debemos preguntarnos si la libertad absoluta significa poder cambiar cualquier condición o si, por el contrario, puede coexistir con una naturaleza inmutable.

No existe una respuesta universalmente aceptada. Lo importante es no confundir la existencia necesaria con la esclavitud demostrada, ni la omnipotencia con la capacidad de realizar cualquier contradicción imaginable.

8. ¿Sería más libre un Dios que pudiera dejar de existir?

Esta es, posiblemente, la pregunta más provocadora de todo el planteamiento.

Supongamos que existen dos posibilidades.

En la primera, Dios es eterno por necesidad. No puede dejar de existir, pero su naturaleza no le produce sufrimiento ni experimenta su existencia como una obligación.

En la segunda, Dios puede elegir entre continuar existiendo o poner fin a su existencia. En ese caso, tendría una posibilidad de elección que no tendría el primero.

Desde una determinada concepción de la libertad, el segundo parecería disponer de una alternativa adicional. Sin embargo, también podría escoger desaparecer, con lo que dejaría de existir el supuesto protector eterno que algunos seres humanos desean.

La paradoja es evidente: la posibilidad de dejar de existir podría ampliar la libertad de Dios, pero eliminaría la garantía de su permanencia.

No obstante, tener una alternativa más no significa necesariamente ser más perfecto en todos los sentidos. Un ser que pudiera destruirse a sí mismo también podría perder aquello que lo hace capaz de actuar.

Por eso, no podemos concluir que un Dios capaz de dejar de existir sea necesariamente superior a uno cuya existencia sea eterna por naturaleza. Lo que sí podemos hacer es reconocer que la relación entre libertad y existencia necesaria plantea una dificultad filosófica genuina.

9. ¿Estamos convirtiendo a Dios en esclavo de la humanidad?

Llegamos así al núcleo de la cuestión que da título a este artículo.

Si Dios es eterno y no puede dejar de existir, podríamos preguntarnos si es prisionero de su propia naturaleza. Pero si, además, nosotros exigimos que permanezca eternamente para protegernos, escucharnos y resolver nuestros problemas, aparece una segunda forma de dependencia: la que nosotros mismos proyectamos sobre él.

En realidad, no estaríamos convirtiéndolo literalmente en esclavo, porque un deseo humano no puede demostrar que exista una obligación divina. Estaríamos, más bien, imaginando a Dios bajo una función determinada por nuestros propios intereses.

Es como si dijéramos: «Necesitamos que existas siempre porque queremos que alguien nos proteja, nos ayude y nos garantice que nunca estaremos completamente solos».

La frase expresa una necesidad humana comprensible, pero también revela una cuestión incómoda: ¿estamos buscando la verdad sobre la existencia o buscamos un poder que satisfaga nuestros deseos?

Ambas motivaciones pueden coexistir. Una persona puede creer sinceramente en Dios y, al mismo tiempo, desear su protección. El problema surge cuando confundimos ese deseo con una obligación que el universo tendría que cumplir.

Si el Cosmo-Poder existiera, su realidad no tendría por qué depender de nuestras necesidades ni estar destinada necesariamente a satisfacerlas.

Y si no existiera, nuestros deseos tampoco bastarían para crearlo.

En cualquiera de los dos casos, la reflexión nos recuerda que el ser humano no puede convertir sus esperanzas en una demostración de cómo debe ser la realidad.

10. Conclusión: ¿un Dios libre o una eternidad a nuestro servicio?

La idea de un Dios eterno plantea una paradoja que merece ser examinada sin prejuicios.

Si su existencia fuera necesaria y no pudiera dejar de existir, podríamos preguntarnos si esa condición limita su libertad. No obstante, para hablar propiamente de esclavitud tendríamos que demostrar que existe algún tipo de sometimiento, y no simplemente una naturaleza que no puede ser diferente.

Por tanto, no podemos asegurar que Dios sea esclavo de su existencia. Pero sí podemos preguntar si la libertad absoluta es compatible con la imposibilidad de dejar de ser.

La segunda cuestión es todavía más cercana a nuestra experiencia: ¿por qué deseamos que Dios exista eternamente?

Si la respuesta es que creemos que su existencia es una realidad independiente de nosotros, estamos ante una convicción metafísica o religiosa. Si la respuesta es que necesitamos que permanezca para protegernos y satisfacer nuestros deseos, estamos expresando también una aspiración humana.

No hay nada necesariamente censurable en buscar consuelo o ayuda. Sin embargo, debemos reconocer la diferencia entre desear la protección de un ser superior y exigir que ese ser tenga como obligación eterna atendernos.

Tal vez el verdadero problema no sea que Dios pueda convertirse en esclavo de la humanidad, sino que los seres humanos imaginemos un poder supremo cuya razón de existir sea servir a nuestras necesidades.

Y aquí aparece la pregunta que dejo a la consideración de los lectores:

Si Dios existe eternamente y no puede dejar de existir, ¿es un ser espiritual absolutamente libre o está sujeto a su propia naturaleza? Y si, además, deseamos que exista para protegernos durante toda la eternidad, ¿estamos buscando a Dios por lo que pudiera ser o por lo que esperamos obtener de él?

Quizá nunca lleguemos a una respuesta definitiva. Pero plantear estas preguntas nos obliga a examinar nuestras creencias, a distinguir los deseos de los argumentos y a reconocer que el universo podría tener una realidad independiente de nuestras expectativas.

Porque una cosa es desear que exista un poder eterno que nos proteja y otra muy distinta demostrar que ese poder existe, que está obligado a hacerlo o que la humanidad ocupa el centro de su finalidad.

Y si algún día pudiéramos demostrar que el Cosmo-Poder existe, todavía tendríamos que resolver una última paradoja:

¿Es más libre quien puede elegir dejar de existir o quien existe necesariamente para siempre?

Esa pregunta no pretende negar a Dios ni demostrar su existencia. Pretende algo más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: invitarnos a pensar si la eternidad, la libertad y el deseo humano de protección son realmente compatibles tal como solemos imaginarlos.

 Amén sin amén.