Ceuta se
ahoga algo más cada día que pasa. Y mientras el Gobierno español duerme la mona
Por Bruno Perera
Ceuta no ha vuelto a sufrir esta semana una
entrada masiva como la registrada a finales de julio que fue de más de 80.000 inmigrantes
ilegales -según algunas fuentes-, pero eso no significa que el problema haya desaparecido. Todo lo
contrario: la ciudad continúa intentando digerir las consecuencias de aquella
avalancha mientras en la frontera permanece latente el riesgo de nuevos
intentos de entrada.
El pasado 23 de septiembre se esperaba incluso un
nuevo asalto masivo a la frontera. España reforzó considerablemente la
vigilancia y Marruecos hizo lo mismo al otro lado. Finalmente, aquella entrada
masiva no se produjo.
Pero que no haya ocurrido un nuevo asalto no
quiere decir que Ceuta haya recuperado la normalidad.
Después de los acontecimientos de julio, miles de
inmigrantes permanecen todavía en la ciudad. Las cifras ofrecidas por distintas
administraciones no coinciden exactamente, pero todas reflejan la magnitud del
problema. Una parte ha regresado voluntariamente a Marruecos, otra ha sido
trasladada a la Península y otra continúa en Ceuta, alojada en instalaciones
oficiales o sobreviviendo en asentamientos improvisados.
Y ahí está precisamente uno de los grandes
problemas.
Playas, montes, túneles, edificios abandonados,
coches y viviendas sobreocupadas se han convertido en lugares de alojamiento
para personas que no disponen de una plaza adecuada. La antigua fábrica del
Guano y la zona del Trampolín han vuelto a aparecer esta semana en las noticias
por las condiciones en las que viven algunos de estos inmigrantes.
La Policía Nacional tuvo que realizar incluso un
operativo para identificar a menores que permanecían en uno de estos
asentamientos.
Mientras tanto, continúa otro problema que puede
convertirse en una nueva fuente de negocio para las mafias: sacar
clandestinamente de Ceuta hacia la Península a quienes ya se encuentran dentro
de la ciudad.
La Guardia Civil ha interceptado varias
embarcaciones y ha detenido a presuntos patrones dedicados a estos transportes.
Según las investigaciones difundidas esta semana, algunos inmigrantes habrían
pagado miles de euros por conseguir llegar clandestinamente a la Península.
Es decir, el problema migratorio no termina
cuando una persona consigue entrar en Ceuta.
Entonces comienza otro.
Hay que alojarla, identificarla, determinar su
situación jurídica, atender a los menores, gestionar sus posibles retornos o
traslados y evitar que las mafias conviertan la desesperación de estas personas
en un nuevo negocio.
Y mientras tanto, la frontera continúa
necesitando refuerzos.
El Ministerio del Interior ha anunciado nuevas
actuaciones en El Tarajal, entre ellas la prolongación del espigón y la
instalación de elementos de balizamiento. Es una señal bastante evidente de que
el Gobierno considera que el riesgo de nuevos intentos de entrada sigue
existiendo.
Pero hay algo todavía más preocupante.
Ceuta no solamente tiene un problema en su
frontera. Tiene un problema dentro de la propia ciudad.
Los miles de personas que llegaron durante la
crisis de julio no desaparecieron cuando Marruecos volvió a reforzar sus
controles fronterizos.
Siguen ahí.
Y los servicios de acogida tienen que hacer
frente a una situación extraordinaria que se prolonga semana tras semana.
Esta semana, además, se produjo un episodio
especialmente grave: dos ciudadanos marroquíes fueron detenidos por su presunta
relación con una agresión sexual a una menor de 17 años en uno de los
asentamientos. Naturalmente, corresponde a los tribunales determinar las
responsabilidades y no se puede convertir un caso concreto en una acusación
contra todo un colectivo.
Pero tampoco se puede ocultar que los
asentamientos incontrolados generan problemas de seguridad, salubridad y
convivencia que las autoridades tienen la obligación de afrontar.
Y existe otro problema que tampoco puede
ignorarse: los menores.
Miles de menores fueron identificados después de
la avalancha de julio y las administraciones siguen intentando resolver su
situación. Algunos han sido reunificados con familiares o trasladados a la
Península, pero otros permanecen todavía bajo tutela de las autoridades.
La pregunta es inevitable:
¿Cuánto tiempo puede soportar Ceuta una situación
extraordinaria que se está convirtiendo poco a poco en permanente?
Porque una cosa es impedir una nueva avalancha en
la frontera y otra muy distinta solucionar las consecuencias de la que ya ocurrió.
Mientras tanto, el debate político se ha
trasladado también a Madrid. Miles de personas se manifestaron esta semana en
defensa de Ceuta y reclamando responsabilidades por la gestión de la crisis
migratoria. Los partidos políticos han convertido lo sucedido en uno de los
grandes asuntos de confrontación política.
Pero Ceuta necesita algo más que manifestaciones,
declaraciones y enfrentamientos entre partidos.
Necesita soluciones.
Necesita una frontera segura.
Necesita capacidad suficiente para atender a quienes
se encuentran en la ciudad.
Necesita una política clara respecto a los
menores.
Necesita combatir a las mafias.
Necesita saber qué va a ocurrir con las miles de
personas que todavía permanecen allí.
Y necesita, sobre todo, que una situación
excepcional no termine convirtiéndose en una situación normal.
Porque mientras en Madrid se discute quién tiene
la culpa, en Ceuta continúa transcurriendo el tiempo.
Y cada día que pasa hay más personas que
necesitan alojamiento, más menores que necesitan protección, más operaciones
policiales, más embarcaciones clandestinas interceptadas y más recursos
públicos destinados a gestionar las consecuencias de una crisis que comenzó con
una entrada masiva y que todavía no ha terminado.
Ceuta se ahoga algo más cada día que pasa.
Y mientras tanto, desde Madrid, uno tiene a veces
la impresión de que el Gobierno español está demasiado ocupado administrando el
problema como para resolverlo.
O, dicho en el lenguaje de la calle:
Mientras Ceuta se ahoga, el Gobierno español
parece estar durmiendo la mona. Y en todo esto el Reinado marroquí no ha
enviado ayuda humanitaria, alimentos, ropa y albergues para esos casi 12.000
inmigrantes que aún quedan en Ceuta. Marruecos se lava las manos y deja el
problema en manos de España. Así es como el Reino alauita resuelve los
problemas sociales de su gente pobre. Y luego dice a los cuatro vientos que es
un país musulmán digno de su Dios Ahlá.
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