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viernes, 15 de mayo de 2026

La soledad te llama a la puerta cuando no respondes

 


La soledad te llama a la puerta cuando no respondes

Por Bruno Perera

Hay momentos que no parecen importantes cuando están pasando.

No tienen música de fondo ni frases memorables. Nadie se gira para decirte: “acuérdate de esto”. Ocurren despacio, escondidos dentro de tardes normales, mientras el viento mueve una cortina o el mar respira al otro lado de la avenida.

Recuerdo una playa pequeña casi vacía al final de septiembre.

La arena todavía guardaba el calor del día y el agua estaba tranquila, como cansada después de todo el verano. Tú caminabas descalza cerca de la orilla, dibujando líneas absurdas con el pie, y yo fingía escuchar lo que decías mientras miraba cómo el sol te convertía el pelo en algo naranja y dorado.

En aquel momento quería estar en cualquier otro sitio.
Eso es lo terrible de algunas felicidades: llegan silenciosas y uno las confunde con rutina.

Después la vida hace lo suyo.
La gente cambia de ciudad. Cambia de cuerpo. Cambia de voz. Los mensajes se vuelven más cortos hasta desaparecer. Y un día descubres que darías cualquier cosa por volver a aquella tarde donde no estaba pasando “nada”.

A veces la memoria no guarda grandes acontecimientos.
Guarda detalles.

El sabor salado de un beso después de salir del agua.
Una toalla compartida porque empezaba a refrescar.
Tus piernas llenas de arena sobre mi asiento del coche.
El ruido de las olas entrando por la ventana en mitad de la noche.

Ahora entiendo que aquello no era aburrimiento.

Era paz.

Una paz tan completa que no necesitaba demostrar nada.

Creo que crecer tiene algo cruel.
Te convierte en arqueólogo de momentos que no supiste vivir del todo. Vas excavando recuerdos pequeños, intentando rescatar versiones antiguas de ti mismo entre conversaciones rotas y fotografías borrosas.

Y entonces llega la soledad.

No entra de golpe.
No rompe ventanas ni hace ruido. La soledad llama a la puerta cuando dejas de responderle a la vida. Cuando empiezas a sobrevivir en vez de sentir. Cuando pasas demasiado tiempo diciéndote “ya habrá tiempo”.

Pero el tiempo casi nunca espera.

Ahora, algunas noches, camino cerca del mar y me ocurre algo extraño. El viento huele igual que entonces. Las farolas iluminan la arena mojada igual que aquella noche. Y durante unos segundos siento que todavía podría verte aparecer desde lejos, con el pelo húmedo y los zapatos en la mano.

Entonces comprendo que hay recuerdos que no duelen porque terminaron.

Duelen porque fueron reales pero que no supiste aprovechar.

 

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