La soledad
te llama a la puerta cuando no respondes
Por Bruno
Perera
Hay momentos que no parecen importantes cuando
están pasando.
No tienen música de fondo ni frases memorables.
Nadie se gira para decirte: “acuérdate de esto”. Ocurren despacio, escondidos
dentro de tardes normales, mientras el viento mueve una cortina o el mar
respira al otro lado de la avenida.
Recuerdo una playa pequeña casi vacía al final de
septiembre.
La arena todavía guardaba el calor del día y el
agua estaba tranquila, como cansada después de todo el verano. Tú caminabas
descalza cerca de la orilla, dibujando líneas absurdas con el pie, y yo fingía
escuchar lo que decías mientras miraba cómo el sol te convertía el pelo en algo
naranja y dorado.
En aquel momento quería estar en cualquier otro
sitio.
Eso es lo terrible de algunas felicidades: llegan silenciosas y uno las
confunde con rutina.
Después la vida hace lo suyo.
La gente cambia de ciudad. Cambia de cuerpo. Cambia de voz. Los mensajes se
vuelven más cortos hasta desaparecer. Y un día descubres que darías cualquier
cosa por volver a aquella tarde donde no estaba pasando “nada”.
A veces la memoria no guarda grandes
acontecimientos.
Guarda detalles.
El sabor salado de un beso después de salir del
agua.
Una toalla compartida porque empezaba a refrescar.
Tus piernas llenas de arena sobre mi asiento del coche.
El ruido de las olas entrando por la ventana en mitad de la noche.
Ahora entiendo que aquello no era aburrimiento.
Era paz.
Una paz tan completa que no necesitaba demostrar
nada.
Creo que crecer tiene algo cruel.
Te convierte en arqueólogo de momentos que no supiste vivir del todo. Vas
excavando recuerdos pequeños, intentando rescatar versiones antiguas de ti
mismo entre conversaciones rotas y fotografías borrosas.
Y entonces llega la soledad.
No entra de golpe.
No rompe ventanas ni hace ruido. La soledad llama a la puerta cuando dejas de
responderle a la vida. Cuando empiezas a sobrevivir en vez de sentir. Cuando
pasas demasiado tiempo diciéndote “ya habrá tiempo”.
Pero el tiempo casi nunca espera.
Ahora, algunas noches, camino cerca del mar y me
ocurre algo extraño. El viento huele igual que entonces. Las farolas iluminan
la arena mojada igual que aquella noche. Y durante unos segundos siento que
todavía podría verte aparecer desde lejos, con el pelo húmedo y los zapatos en
la mano.
Entonces comprendo que hay recuerdos que no
duelen porque terminaron.
Duelen porque fueron reales pero que no supiste
aprovechar.

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