Algunos jóvenes no respetan a los mayores
Por Bruno
Perera
Vivimos en una época donde la rapidez, la
tecnología y el culto a la juventud parecen haber desplazado valores que
durante siglos fueron fundamentales en la convivencia humana. Uno de ellos es
el respeto hacia las personas mayores. No todos los jóvenes faltan al respeto,
por supuesto, pero sí existe un sector de la juventud que mira a los ancianos
como si fueran personas sin importancia, olvidando algo elemental: ellos
también llegarán a viejos, si la vida les concede ese privilegio.
La juventud suele vivir con la sensación de que
el tiempo nunca pasará para ellos. Cuando se es niño, la vida parece un juego
interminable. Luego llega la adolescencia, etapa de diversión, descubrimientos
y sueños. Más tarde aparecen los estudios, el trabajo, las amistades, las fiestas
y los primeros amores. Durante esos años muchos gastan el dinero sin pensar
demasiado en el mañana, porque creen que el futuro aún queda muy lejos.
Sin embargo, el reloj de la vida nunca se
detiene.
A partir de cierta edad, normalmente alrededor de
los veinticinco o treinta años, muchas personas comienzan a mirar la vida de
otra manera. Empiezan a ahorrar, a pensar en formar una familia, en comprar una
vivienda o en construir cierta estabilidad. Entonces descubren que la vida no
era tan infinita como parecía cuando tenían 16 o 18 años.
Después llegan los hijos, las responsabilidades y
el cansancio acumulado de décadas de trabajo. Y casi sin darse cuenta, aparece
la jubilación. Algunos logran disfrutarla durante veinte o treinta años; otros
apenas tienen tiempo para ello debido a enfermedades o a una muerte temprana.
Por eso, quienes alcanzan los cien años o más pueden considerarse verdaderos
ganadores de la lotería de la vida.
La ancianidad no debería verse como una carga,
sino como una medalla ganada tras décadas de esfuerzo, sacrificios y
experiencias. Cada persona mayor guarda en su memoria historias, errores,
enseñanzas y conocimientos que ningún teléfono móvil ni ninguna inteligencia
artificial pueden reemplazar totalmente. Son bibliotecas humanas vivientes.
Resulta triste observar cómo algunos jóvenes se
burlan de la lentitud de un anciano al caminar, de su forma de hablar o de sus
dificultades para adaptarse a las nuevas tecnologías. Lo que no comprenden es
que el envejecimiento no perdona a nadie. El joven fuerte de hoy puede ser
mañana el anciano que necesite ayuda para subir unas escaleras o cruzar una
calle.
Una sociedad que desprecia a sus mayores termina
perdiendo parte de su memoria y de su humanidad. El respeto hacia los ancianos
no debería nacer solo de la educación familiar o de las normas sociales, sino
también de la inteligencia y de la empatía. Respetar a los mayores es, en el
fondo, respetar nuestro propio futuro.
Además, muchas veces olvidamos que las
generaciones mayores fueron quienes levantaron las ciudades, construyeron
carreteras, trabajaron en el campo, criaron hijos y sostuvieron economías
enteras en tiempos mucho más difíciles que los actuales. Muchos de ellos
vivieron guerras, pobreza o etapas donde apenas existían comodidades. Gracias a
su esfuerzo, las nuevas generaciones heredaron un mundo con más oportunidades.
La vida humana es como una rueda que nunca deja
de girar. Hoy unos están arriba y otros abajo; hoy unos son jóvenes y otros
ancianos. Mañana los papeles cambiarán inevitablemente.
Por eso sería bueno que algunos jóvenes
reflexionaran más antes de despreciar a un mayor. Tal vez deberían mirar a sus
abuelos y preguntarse cómo les gustaría ser tratados cuando les lleguen las
arrugas, el cansancio y la fragilidad de la edad avanzada.
Porque si existe algo seguro en esta vida, es que
el tiempo pasa para todos y que no perdona ni tampoco agracia a nadie con intención
cosmológica.

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