Zapatero
voló en el nido del Cucú situado en un árbol con muchas ramas podridas
Por Bruno Perera
En la política española existe una vieja
costumbre: cuando comienzan a aparecer demasiadas sombras alrededor de
determinados personajes públicos, unos los convierten en héroes perseguidos y
otros en culpables antes de que exista sentencia alguna. Y en medio de ese
ruido mediático y político se encuentra el expresidente del Gobierno español José
Luis Rodríguez Zapatero, cuyo nombre vuelve a sonar con fuerza en tertulias,
redes sociales y artículos de opinión debido a las múltiples especulaciones,
acusaciones indirectas y teorías que circulan sobre sus relaciones políticas y
diplomáticas.
La imagen que muchos españoles empiezan a
percibir es la de un político que decidió volar demasiado cerca de ciertos
entornos controvertidos, confiando quizá en que su experiencia, sus contactos
internacionales y su influencia le permitirían mantenerse siempre por encima de
cualquier sospecha. Pero la historia política demuestra que cuando un árbol
tiene demasiadas ramas secas o podridas, cualquiera que se pose sobre él corre
el riesgo de caer junto con ellas.
A día de hoy, gran parte de lo que se comenta
sobre Zapatero pertenece más al terreno de la especulación política y mediática
que al de los hechos judicialmente probados. Conviene recordarlo porque en
democracia nadie debería ser condenado en la plaza pública antes de que hablen
los tribunales. Sin embargo, también es cierto que la percepción pública pesa
mucho, y en España la confianza en la clase política lleva años deteriorándose.
Muchos ciudadanos ven con preocupación las relaciones
mantenidas por determinados dirigentes españoles con gobiernos extranjeros
polémicos o con figuras políticas cuestionadas internacionalmente. Otros
consideran que Zapatero actuó simplemente como mediador internacional,
intentando ejercer un papel diplomático que, acertado o no, formaba parte de su
estrategia política personal tras abandonar la presidencia del Gobierno. El
propio Zapatero ha defendido públicamente su amistad con dirigentes chavistas
como Delcy y Jorge Rodríguez, afirmando incluso que “ellos me han ayudado y yo
les he ayudado”. (RTVE)
Sin embargo, para una parte importante de la
sociedad española y también para sectores de la oposición venezolana, esa
cercanía política y personal con el chavismo siempre generó sospechas. Desde
hace años, algunos opositores venezolanos llegaron a acusarlo de actuar más
como protector internacional del régimen de Nicolás Maduro que como mediador
neutral. Incluso la Asamblea Nacional venezolana controlada por la oposición
llegó a declarar “inadmisible” su mediación al considerar que actuaba con
parcialidad favorable al chavismo. (infobae)
Aquí es donde la metáfora del cucú cobra aún más
fuerza.
El cucú es un ave que pone sus huevos en nidos
ajenos para que otros carguen con el esfuerzo y las consecuencias. Y muchos
críticos de Zapatero creen ver algo parecido en su manera de moverse
políticamente entre gobiernos, empresarios, influencias diplomáticas y
relaciones internacionales. Según esa visión crítica, el expresidente habría
utilizado su enorme red de contactos para posicionarse siempre cerca de centros
de poder económico y político tanto en España como en Venezuela.
Ahora bien, también existen quienes defienden
exactamente lo contrario. Sus partidarios sostienen que Zapatero evitó
escenarios de violencia civil en Venezuela, facilitó liberaciones de presos
políticos y mantuvo abiertos canales de diálogo cuando otros solo apostaban por
la confrontación. (RTVE)
El problema aparece cuando todas esas relaciones
internacionales comienzan a mezclarse con investigaciones judiciales y
acusaciones sobre tráfico de influencias. En los últimos días diversos medios
han informado de que la Audiencia Nacional investiga presuntas conexiones
económicas y empresariales vinculadas a operaciones relacionadas con Venezuela
y con la aerolínea Plus Ultra. (El País)
Si finalmente un juez interrogara a Zapatero en
un contexto de máxima presión mediática, podrían suceder varias cosas
simultáneamente.
La primera sería una explosión política
inmediata. Los partidos rivales aprovecharían el momento para intentar
desgastar aún más al entorno socialista y presentar el caso como símbolo de una
decadencia moral de parte de la izquierda política española. Mientras tanto,
sus defensores denunciarían una persecución política o una campaña de
demolición mediática.
La segunda consecuencia sería mediática. España
vive instalada desde hace años en una política-espectáculo donde las
investigaciones judiciales se convierten casi en series televisivas. Cada
gesto, cada silencio y cada declaración serían analizados hasta el extremo por
periodistas, tertulianos y usuarios de redes sociales.
Y la tercera consecuencia sería psicológica y
social: aumentaría todavía más el desencanto ciudadano. Muchos españoles ya
sienten que existe una enorme distancia entre la vida cotidiana de la población
y los privilegios o maniobras de ciertas élites políticas. Si un expresidente
acabara seriamente cuestionado judicialmente, para una parte importante del
país sería otra prueba más de que el sistema político español atraviesa una
profunda crisis ética.
No obstante, también podría ocurrir algo
distinto: que tras el interrogatorio no aparecieran pruebas concluyentes de
ilegalidad. De hecho, algunos juristas ya sostienen públicamente que
determinadas acusaciones presentadas hasta ahora podrían carecer de base
probatoria suficiente. (ElHuffPost) En ese caso, quienes durante meses o
años hayan dado por hecha su culpabilidad quedarían políticamente retratados.
Esa es precisamente la razón por la que en un Estado de derecho debe prevalecer
siempre la prudencia.
El gran problema de la España actual es que la
ciudadanía ya no distingue claramente entre información, propaganda, rumores o
campañas de desgaste político. Todo se mezcla. Y cuando eso ocurre, cualquier
figura pública queda atrapada en un juicio paralelo permanente.
Quizá por eso la metáfora del “nido del cucú”
resulta tan apropiada. El cucú pone sus huevos en nidos ajenos y deja que otros
carguen con las consecuencias. En política ocurre algo parecido: algunos
construyen alianzas tácticas creyendo que podrán abandonarlas antes del
derrumbe, pero a veces el árbol entero termina partiéndose.
Y muchos españoles, viendo el espectáculo desde
abajo, comienzan a pensar que las ramas podridas no pertenecen solo a un
político concreto, sino a una parte entera del sistema político español.

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