Lo llamado generalmente amor no es magia ni brujería, es química natural que inculca el Cosmo-Poder
Por
Bruno Perera.
La idea de
que “todo ser humano tiene derecho a amar a quien desee” se ha convertido en
uno de los pilares del discurso contemporáneo. Cultura popular, movimientos
sociales y narrativas institucionales presentan el amor como una fuerza
universal, casi sagrada, que trasciende cuerpos, géneros, edades y biología.
Sin embargo, antes de aceptar esta afirmación como un axioma incuestionable,
conviene formular una pregunta incómoda pero necesaria: ¿existe realmente el
amor como una entidad objetiva e independiente, o estamos confundiendo impulsos
biológicos con relatos culturales cuidadosamente construidos?
Este
artículo no cuestiona la libertad individual, ni la igualdad jurídica, ni el
derecho de las personas a relacionarse como deseen. Cuestiona algo distinto y
más profundo: la mitificación del amor como una fuerza trascendente que
justificaría por sí misma cualquier discurso moral o político.
1. El amor
no es un concepto único
En el
lenguaje cotidiano utilizamos la palabra amor
como si designara un fenómeno homogéneo y universal. Sin embargo, desde la
psicología y la neurociencia se distinguen estados claramente diferentes:
·
atracción,
·
deseo
sexual,
·
limerencia
(enamoramiento obsesivo),
·
apego,
·
compañerismo,
·
afecto
estable.
Cada uno de
estos procesos activa circuitos cerebrales distintos y responde a estímulos
diferentes. Agruparlos bajo una sola palabra no los convierte en una entidad
única; solo simplifica el relato.
En este
texto me centro exclusivamente en el llamado amor
romántico-sexual: el que asociamos culturalmente con pasión,
euforia, exclusividad y la idea de “media naranja”. Es ese tipo de amor el que
suele presentarse como una fuerza universal y casi sagrada.
2. La
biología del impulso
Desde un
punto de vista estrictamente biológico, el amor romántico no es un misterio
metafísico, sino un conjunto de reacciones neuroquímicas moldeadas por la
evolución para favorecer la reproducción, la vinculación y la cooperación entre
individuos.
Entre las
principales sustancias implicadas destacan:
·
Dopamina, asociada a la
recompensa, la euforia y la obsesión.
·
Testosterona y estrógenos, responsables del
deseo sexual.
·
Oxitocina y vasopresina, que consolidan el
apego y el vínculo.
·
Serotonina, que regula el
estado emocional.
La biología
genera el impulso; la cultura lo interpreta, lo idealiza y lo bautiza como
“amor”. Que una experiencia sea intensa o significativa no la convierte
automáticamente en trascendente.
3.
Juventud, hormonas y la ilusión de eternidad
Durante la
juventud y la madurez temprana, los niveles hormonales alcanzan su punto
máximo. El resultado es una atracción intensa, una necesidad de contacto
constante y una idealización del otro que se vive como única e irrepetible. A
ese estado lo llamamos comúnmente “estar enamorado”.
Con el paso
de los años —especialmente a partir de la madurez avanzada— la producción
hormonal disminuye en la mayoría de las personas. Con ello se atenúa ese
impulso arrebatador que antes parecía eterno.
Lo que suele
permanecer no es la pasión desbordante, sino:
·
afecto,
·
costumbre,
·
apego,
·
dependencia
emocional,
·
miedo
a la soledad,
·
necesidad
de estabilidad.
Esto no
implica que desaparezca todo vínculo emocional, sino que desaparece el motor
biológico que hacía parecer trascendente aquello que en realidad era
contingente.
4. El
espejo del mundo animal
En la
naturaleza, la mayoría de las especies se aparean por instinto, no por
romanticismo. Incluso las especies monógamas —como cisnes, lobos o gibones—
mantienen vínculos duraderos por razones evolutivas: protección, crianza y
eficiencia energética.
No existe
evidencia de amor idealizado en el mundo animal. Existe reproducción,
cooperación y supervivencia. La naturaleza no conoce el amor eterno; conoce
mecanismos funcionales.
El ser
humano no escapa a estas leyes, aunque las recubra de poesía, símbolos y promesas.
5. ¿Existe
un “derecho a amar”?
En este
contexto, la afirmación de que “todos tenemos derecho a amar” merece una
reflexión crítica. No porque deba negarse la libertad individual —que es
incuestionable— sino porque plantea una confusión conceptual.
Los derechos
pueden garantizar libertades, igualdad ante la ley o ausencia de
discriminación. Pero no pueden garantizar estados emocionales ni reacciones
químicas del cerebro.
Nadie tiene
derecho a enamorarse, ni a ser correspondido, ni a sentir pasión eterna. El
amor no es una entidad objetiva sobre la que se pueda legislar; es una
experiencia subjetiva, condicionada por el cuerpo, el contexto y el tiempo.
Esto no
invalida las reivindicaciones de igualdad, convivencia o respeto entre personas
de cualquier orientación. Lo que cuestiona es la elevación del amor a categoría
metafísica incuestionable.
6. Amor:
biología, relato e institución
Negar el
amor como entidad trascendente no equivale a negar la experiencia humana.
Significa comprenderla mejor.
·
La
biología genera el impulso.
·
La
cultura lo convierte en relato.
·
La
sociedad lo transforma en institución.
·
El
individuo lo interpreta según su historia personal.
El amor no
desaparece cuando se analiza; pierde su aura mística, pero gana claridad.
7. Hacia
una visión más lúcida
Quizá ha
llegado el momento de abandonar la idealización acrítica del amor y empezar a
mirarlo con honestidad intelectual. No para destruirlo, sino para liberarnos de
expectativas irreales, frustraciones repetidas, mitos heredados y trastornos
mentales.
Comprender
que el amor es un fenómeno humano, limitado y condicionado, no lo empobrece.
Nos permite vivirlo con menos autoengaño y con más lucidez.

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