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viernes, 10 de julio de 2026

Puerto Marqués, Acapulco y el misterio de los galeones desaparecidos

 


Puerto Marqués, Acapulco y el misterio de los galeones desaparecidos

¿Dónde están los barcos de Hernán Cortés y del Galeón de Manila?

Por Bruno Perera

La historia del océano Pacífico está llena de aventuras, descubrimientos y misterios. Uno de los más fascinantes es el que rodea a Puerto Marqués y la bahía de Acapulco, en la costa del actual estado mexicano de Guerrero.

Durante casi tres siglos, estas aguas fueron la puerta de entrada entre América y Asia. Desde aquí partieron expediciones que cambiaron la historia del mundo y, posteriormente, navegaron los legendarios Galeones de Manila, que durante 250 años con tripulación española, mexicana y otras, unieron Filipinas con Nueva España.

Sin embargo, existe una pregunta que sigue sin respuesta:

¿Dónde están los restos de aquellos barcos?

Hernán Cortés y Puerto Marqués

Tras la conquista de México, Hernán Cortés comprendió que el futuro de España también se encontraba en el océano Pacífico, entonces conocido como el Mar del Sur.

Con ese objetivo promovió la construcción de embarcaciones y organizó varias expediciones marítimas para explorar las costas occidentales de América y buscar nuevas rutas hacia Asia. Diversos historiadores consideran que Puerto Marqués, situado junto a Acapulco, fue una de sus principales bases navales en la década de 1530, gracias a las excelentes condiciones naturales de su bahía para fondear y preparar embarcaciones. (RTVE)

Desde aquellas aguas zarparon algunas de las expediciones españolas que iniciaron la exploración sistemática del Pacífico oriental.

Décadas después, en 1565, el navegante y fraile Andrés de Urdaneta consiguió resolver uno de los mayores problemas de la navegación de la época: encontrar la ruta de regreso desde Filipinas hasta América.

Su descubrimiento del tornaviaje permitió establecer la ruta regular entre Manila y Acapulco, conocida como el Galeón de Manila o Nao de China. Durante aproximadamente 250 años, desde el siglo XVI hasta comienzos del XIX, enormes galeones cruzaron el océano Pacífico transportando sedas, porcelanas, especias, marfil, lacas, joyas y otros productos orientales hacia América, mientras desde México partían principalmente plata y mercancías destinadas a Asia. (Portal Científico UNED)

Aquella línea marítima fue mucho más que una simple ruta comercial.

Muchos historiadores la consideran la primera gran red de comercio global, ya que unía Asia, América y Europa mediante una cadena continua de transporte que atravesaba medio planeta. (Portal Científico UNED)

Acapulco, el puerto del Pacífico español

Cada llegada del Galeón de Manila transformaba Acapulco.

Miles de comerciantes acudían a la famosa Feria de Acapulco para adquirir productos asiáticos que después continuaban viaje hasta Veracruz y, finalmente, a Sevilla.

La ciudad se convirtió en uno de los puertos más importantes del Imperio español y en un punto de encuentro entre culturas, idiomas y mercancías procedentes de tres continentes. (Portal Científico UNED)

Y aquí aparece una cuestión verdaderamente sorprendente.

Si durante casi tres siglos navegaron por aquellas aguas cientos de galeones, barcos mercantes, navíos militares, embarcaciones auxiliares y pequeñas lanchas de servicio, ¿por qué prácticamente no se conocen restos importantes de barcos hundidos en la bahía de Acapulco o en Puerto Marqués?

La lógica invita a pensar que deberían existir numerosos pecios repartidos por sus fondos marinos.

Sin embargo, hasta la fecha no se ha identificado públicamente ningún gran galeón colonial hundido en estas bahías.

Existen varias razones que podrían explicar esta aparente ausencia.

La primera es que la mayoría de aquellos barcos estaban construidos principalmente de madera. Después de cinco siglos, la acción del agua salada, las bacterias y organismos marinos perforadores puede haber hecho desaparecer casi toda su estructura.

La segunda explicación son los huracanes.

La costa del Pacífico mexicano ha sufrido innumerables ciclones tropicales capaces de romper embarcaciones, desplazarlas, enterrarlas bajo toneladas de arena o cubrirlas con gruesas capas de sedimentos.

Una tercera posibilidad es que muchos barcos que sufrieron accidentes cerca del puerto fueran rescatados parcialmente. En aquella época era habitual recuperar cañones, anclas, mercancías y cualquier elemento de valor antes de abandonar definitivamente un casco hundido.

Aun así, cuesta creer que no haya sobrevivido ningún pecio importante.

Resulta perfectamente posible que muchos restos permanezcan ocultos bajo varios metros de sedimentos.

Hoy existen tecnologías capaces de detectar estructuras enterradas mediante sonares de barrido lateral, magnetómetros y vehículos submarinos operados a distancia.

En otras partes del mundo, este tipo de exploraciones ha permitido localizar barcos hundidos que llevaban siglos ocultos bajo el fondo marino.

Quizá en Acapulco y Puerto Marqués todavía no se haya realizado una prospección arqueológica suficientemente extensa con estos medios.

No se trata de afirmar que existan galeones ocultos bajo la bahía sin pruebas.

Pero sí parece razonable pensar que, tras una actividad marítima tan intensa durante más de 250 años, el fondo marino aún pueda conservar restos de embarcaciones coloniales esperando ser descubiertos.

Es posible que permanezcan enterrados bajo capas de arena, lodo y sedimentos acumulados durante siglos.

El hallazgo de uno solo de aquellos galeones tendría una importancia extraordinaria.

No sería únicamente un descubrimiento para México o para España.

Sería un acontecimiento de alcance mundial, porque permitiría conocer mejor cómo eran los barcos que protagonizaron la primera globalización de la historia, cómo vivían sus tripulaciones y cómo funcionaba la gran ruta comercial que unió Asia, América y Europa durante más de dos siglos.

Quizá el mayor misterio de Puerto Marqués y de la bahía de Acapulco no sea la historia que ya conocemos.

Quizá sea la historia que todavía permanece oculta bajo sus aguas.

Y tal vez algún día, gracias a la arqueología subacuática y a las nuevas tecnologías, los viejos galeones vuelvan a salir a la luz para contarnos, por fin, el último capítulo de una de las aventuras marítimas más extraordinarias de la humanidad.

Nota: Este artículo está dedicado a todos los compañeros mexicanos con quienes tuve el privilegio de trabajar entre 1979 y 1983 en la Sonda de Campeche, a bordo del buque sueco M/v Stena Inspector.

Asimismo, quiero dedicarlo a todos los amigos que, durante aquellos años, formaban parte de la empresa DIAVAZ, en Ciudad del Carmen (Campeche), y de manera muy especial a Eduardo Aguirre, quien entonces era su director, por su amistad y apoyo durante aquella etapa de mi vida profesional.

E.mail: brunopereragarcia5@gmail.com


 

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