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lunes, 15 de junio de 2026

El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes que él no acoge en su hogar vaticano

 


El Papa envía a casas ajenas a los inmigrantes que él no acoge en su hogar vaticano

Por Bruno Perera

Cada vez que el Papa hace un llamamiento a una mayor acogida de inmigrantes en Canarias, España o Europa, surge una pregunta que muchos ciudadanos nos hacemos: ¿Por qué pide a otros que hagan lo que el propio Vaticano no parece dispuesto a asumir en la misma proporción?

Nadie discute que ayudar a personas necesitadas sea una obligación moral para quienes así lo consideran. Tampoco se puede negar que la Iglesia católica, a través de numerosas organizaciones benéficas, participa en programas de ayuda humanitaria en distintos países. Sin embargo, una cosa es predicar la solidaridad y otra muy distinta asumir directamente todas las consecuencias prácticas de esa solidaridad.

Canarias lleva más de 3 décadas soportando una presión migratoria constante. Decenas de miles de inmigrantes ilegales llegan cada año a las islas en embarcaciones precarias, y su atención requiere enormes recursos económicos, sanitarios, educativos y sociales. Estos gastos son sufragados principalmente por los contribuyentes españoles y europeos.

Cuando el Papa pide una mayor acogida, muchos canarios percibimos que el mensaje va dirigido siempre a terceros: a los gobiernos, a las administraciones públicas y a los ciudadanos. Sin embargo, el Estado de la Ciudad del Vaticano, aunque es una entidad soberana con recursos propios, no se presenta como un lugar dispuesto a albergar de forma masiva a quienes llegan ilegalmente a Europa.

Es cierto que el Vaticano es un territorio muy pequeño y que no dispone de capacidad para acoger grandes cantidades de personas. Pero precisamente ese argumento es el mismo que utilizamos muchos ciudadanos de Canarias cuando afirmamos que unas islas limitadas en territorio, recursos e infraestructuras tampoco pueden absorber indefinidamente una inmigración creciente.

La cuestión, por tanto, no es si debe existir solidaridad. La verdadera cuestión es quién debe asumir el coste de esa solidaridad y cuáles son sus límites razonables.

Resulta fácil reclamar generosidad cuando los gastos recaen sobre otros. Es más sencillo pedir a los ciudadanos europeos que compartan sus recursos, su vivienda pública, sus servicios sanitarios y sus escuelas que ofrecer el propio hogar para resolver el problema.

Por ello, muchos ciudadanos contemplamos con escepticismo los llamamientos papales sobre inmigración. Consideramos que existe una diferencia entre el discurso moral y la realidad práctica. Desde su punto de vista, el Papa predica una solidaridad cuyos costes son asumidos principalmente por terceros.

Quizá el debate debería centrarse menos en los discursos y más en las soluciones reales para evitar que millones de personas se vean obligadas a abandonar sus países. Porque mientras las causas profundas de la emigración no se resuelvan, Europa seguirá afrontando un fenómeno que ningún territorio, por solidario que sea, puede absorber sin límites.

La solidaridad es una virtud. Pero también lo son la responsabilidad, la prudencia y el reconocimiento de que los recursos de cualquier comunidad son finitos.

 

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