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jueves, 11 de junio de 2026

Parece una broma: El Papa pide que Canarias acoja a más inmigrantes

 



Parece una broma: El Papa pide que Canarias acoja a más inmigrantes

Por Bruno Perera

La reciente visita del Papa a Canarias y sus llamamientos a una mayor acogida de inmigrantes han sido recibidos con aplausos por unos y con indignación por otros. Entre estos últimos nos encontramos muchos canarios que consideramos que las islas han llegado al límite de su capacidad de acogida y que quienes piden más solidaridad desde cómodos despachos desconocen la realidad que se vive en las calles de nuestras ciudades.

Canarias lleva más de 30 años soportando una presión migratoria constante. Centenas de miles de inmigrantes ilegales llegan en pateras y cayucos, mientras otras entran por vía aérea y permanecen en situación ilegal. Ante esta situación, muchos ciudadanos nos preguntamos cuánto más puede resistir un territorio fragmentado, alejado del continente europeo y con recursos limitados.

La vivienda se ha convertido en un lujo para miles de familias canarias. Los alquileres están por las nubes, comprar una vivienda es cada vez más difícil y los salarios no crecen al mismo ritmo que el coste de la vida. Mientras tanto, la sanidad acumula listas de espera, los servicios sociales trabajan al límite y los cuerpos policiales denuncian falta de medios.

Ante este panorama, resulta comprensible que la mayor parte de la población no entienda los mensajes que reclaman una acogida cada vez mayor. Muchos ciudadanos consideramos que la solidaridad tiene límites cuando los recursos son escasos y cuando las necesidades de la población local siguen sin resolverse.

También existe una crítica creciente hacia determinadas oenegés que viven de la gestión de programas relacionados con la inmigración. Y por ello la mayor parte de ciudadanos piensan que se ha creado una industria subvencionada alrededor del fenómeno migratorio. Aunque muchas de estas entidades realizan algunas labores asistenciales, los desconformes consideramos que existe una dependencia económica de un problema que parece no tener solución ni final.

La cuestión que muchos planteamos es sencilla: si la inmigración masiva es una responsabilidad moral de toda Europa, ¿por qué Canarias debe soportar una carga tan desproporcionada? ¿Por qué no se distribuye de forma efectiva entre todos los territorios? ¿Por qué las regiones más alejadas de las rutas migratorias pueden pronunciar discursos humanitarios sin sufrir las consecuencias directas de la presión que soportan las fronteras exteriores? ¿Y por qué no se cierran las fronteras?

En cuanto al Vaticano, algunos ciudadanos sostenemos que sus mensajes serían más convincentes si la propia Iglesia asumiera una responsabilidad material aún mayor en la acogida de inmigrantes. Los canarios consideramos que no basta con hacer llamamientos morales, sino que también es necesario ofrecer ejemplos prácticos de cómo afrontar un fenómeno tan complejo.

El debate sobre la inmigración suele presentarse como una lucha entre buenos y malos, entre solidarios e insolidarios. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Es posible sentir compasión por quienes arriesgan su vida en el mar y, al mismo tiempo, preocuparse por el impacto que una inmigración descontrolada puede tener sobre los servicios públicos, la vivienda y la convivencia social.

Canarias no puede convertirse indefinidamente en la sala de espera de Europa. La solidaridad es una virtud, pero también lo es la responsabilidad. Y gobernar consiste precisamente en encontrar un equilibrio entre ambas.

Quizá la verdadera pregunta no sea cuántos inmigrantes más puede acoger Canarias, sino cuánto tiempo más podrá mantenerse una situación en la que las soluciones reales parecen sustituirse por discursos manipulados que no resuelven los problemas de fondo.

Porque las palabras de toque de corazón pueden aliviar conciencias, pero no construyen viviendas, no amplían hospitales, no crean empleo ni eliminan la presión que sentimos miles de ciudadanos que observamos cómo nuestras dificultades aumentan año tras año.

Nota: No pido más que un poco de solidaridad: El Vaticano como ejemplo de buena voluntad podría acoger a unos 50 MENAs y mantenerlos durante tres años por unos 3.500 euros mensuales por cada uno. A ver si a la curia le gusta el remedio social compartido.

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Apostilla: La inmigración, la Iglesia y los límites de Canarias

Cada vez que el Papa o altos representantes de la Iglesia católica hacen un llamamiento para que Canarias reciba más inmigrantes, surge una pregunta que muchos canarios nos planteamos: ¿Quién soportará realmente las consecuencias de esa acogida continua y creciente?

La Iglesia defiende públicamente una mayor solidaridad con los inmigrantes y refugiados, apelando a valores cristianos como la caridad, la compasión y la ayuda al necesitado. Sin embargo, existen ciudadanos que consideramos que esta postura no aborda suficientemente los problemas reales que afrontan los territorios receptores, especialmente cuando estos poseen recursos limitados y una capacidad de acogida finita.

Desde esta perspectiva crítica, muchos miles de canarios sostenemos que si la Iglesia desea ayudar a los más desfavorecidos del mundo, debería concentrar una parte importante de sus recursos económicos en promover el desarrollo de los países de origen de la emigración. La construcción de escuelas, hospitales, centros de formación profesional, sistemas de abastecimiento de agua y proyectos de desarrollo económico podrían contribuir a que muchas personas encontraran oportunidades en sus propias tierras sin verse obligadas a emprender peligrosas rutas migratorias.

Quienes defendemos esta posición también señalamos que el Vaticano dispone de importantes recursos económicos, patrimoniales e inmobiliarios. Por ello consideramos que, antes de pedir mayores esfuerzos a regiones que ya soportan fuertes presiones sociales y económicas, la propia Iglesia podría incrementar aún más sus programas de ayuda directa en los países más pobres.

En Canarias, el debate adquiere una dimensión especial debido a la condición insular del archipiélago. Las islas cuentan con un territorio limitado, recursos naturales escasos, dificultades para ampliar infraestructuras y una creciente presión sobre la vivienda, la sanidad, los servicios sociales y el empleo. Para la mayoría de ciudadanos canarios, estas circunstancias hacen que cualquier incremento significativo de población genere tensiones adicionales.

Quienes sostenemos esta visión argumentamos que el espacio disponible en las islas debe planificarse pensando también en las futuras generaciones de canarios. Consideramos que la protección del territorio, de los recursos naturales y de la calidad de vida de los residentes constituye una obligación de cualquier administración pública responsable.

Según este razonamiento, no se trata de rechazar la ayuda humanitaria ni de ignorar el sufrimiento de quienes emigran, sino de reconocer que ningún territorio posee una capacidad ilimitada para absorber población sin que aparezcan problemas sociales, económicos y medioambientales.

El verdadero desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la solidaridad y la sostenibilidad. Una ayuda eficaz debería combinar la asistencia humanitaria inmediata con inversiones que permitan a los países de origen mejorar sus condiciones económicas y sociales. Solo así podría reducirse la necesidad de emigrar por pura supervivencia.

Pero en esto nace un problema.  Cuando los países más desarrollados invierten en África o en otras naciones en vías de desarrollo, suele surgir un problema: una parte de la población local ve esas inversiones con desconfianza y considera que no buscan ayudar al progreso del país, sino aprovecharse de sus recursos y de su mano de obra para beneficio propio.

La cuestión de fondo sigue abierta: ¿es más eficaz concentrar los esfuerzos en acoger cada vez a más personas en los países receptores, o invertir masivamente en crear oportunidades en los países de origen para que millones de personas no tengan que abandonar sus hogares?

Muchos canarios creemos que la segunda opción es la más razonable y sostenible a largo plazo, especialmente en un territorio limitado como Canarias, donde los recursos y el espacio no son infinitos y donde también deben preservarse oportunidades para las generaciones futuras.

 



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