Por Bruno
Perera
La noche había caído sin hacer ruido, como si no
quisiera interrumpir la calma del mar. La terraza del pequeño restaurante
estaba casi vacía. Una luz tenue de una vela y la luna llena iluminaban la
mesa, lo justo para vernos sin romper la magia.
El sonido de las olas marcaba el ritmo de todo.
Sobre la mesa, el aroma del pato asado al
estilo de París se mezclaba con la brisa marina. La piel crujiente, dorada,
desprendía un olor suave y envolvente. A su lado, dos copas finas dejaban
escapar pequeñas burbujas de un champán exquisito, brillante, casi
dorado bajo la luz.
Yo levanté la vista hacia el cielo, lleno de
estrellas, y sonreí ligeramente.
—Curioso… miramos las estrellas como si
estuvieran lejos, pero en realidad todo lo que somos viene de ahí.
Ella me miró en silencio unos segundos antes de
responder:
—A veces pienso que lo verdaderamente raro no es
el universo… sino que dos personas coincidan en el mismo momento para compartir
algo así.
No dije nada al principio. Solo tomé su mano con
suavidad, como si ese gesto lo dijera todo.
—Contigo todo tiene más sentido… —le dije—. Como
si el caos se ordenara un poco. Como si dejara de ser un átomo perdido y
encontrara su lugar.
Ella sonrió sin apartar la mirada.
—Entonces no eres un átomo solitario… eres parte
de algo más grande. Y esta noche… yo también lo soy contigo.
El viento suave pasó entre nosotros, y durante
unos instantes no hizo falta hablar. Solo el leve tintinear de las copas al
rozarse cuando brindamos.
—Por coincidir —dije.
—Por encontrarnos —respondió ella.
Después, volví a mirar el cielo.
—¿Y si pudiéramos viajar ahí arriba?
Ella siguió mi mirada, dejando que la imaginación
hiciera el resto.
—No haría falta nada complicado —respondió—.
Bastaría con cerrar los ojos… y que los dos imagináramos el mismo destino.
Cerré los ojos primero.
Y, de alguna forma difícil de explicar, la mesa,
el restaurante, el sabor del pato, el frescor del champán… todo empezó a
desvanecerse.
No era un viaje real, pero se sentía como si lo
fuera.
Nos vimos atravesando un cielo infinito,
deslizándonos entre estrellas como si el universo nos hubiera dado permiso para
cruzarlo. Sin prisa, sin rumbo fijo… solo avanzando.
—¿Lo sientes? —pregunté en voz baja.
—Sí… —respondió ella—. Como si el universo no
fuera tan inmenso cuando se comparte.
Las estrellas parecían más cercanas. El silencio,
más lleno.
Y en medio de todo aquello, no había vértigo…
solo una calma extraña, como si ese lugar también fuera nuestro.
Poco a poco, el sonido del mar volvió.
Abrimos los ojos.
La mesa seguía ahí. La noche también. El plato
casi vacío. Las copas aún brillando.
Pero algo había cambiado.
—Al final no hacía falta ningún trineo —dije con
una leve sonrisa.
Ella negó suavemente.
—No… solo hacía falta coincidir.
Nos quedamos en silencio otra vez, mirando el
cielo.
Y por primera vez, las estrellas no parecían tan
lejanas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario