El
Cosmo-Poder, la religión y el fracaso de las normas humanas
Por Bruno Perera
Desde tiempos remotos, el ser humano ha buscado
respuestas fuera de sí mismo. Ha levantado templos, ha escrito libros
supuestamente sagrados y ha creado sistemas de creencias con la esperanza de
entender el mundo y, sobre todo, de ordenar su propia existencia. Sin embargo,
cabe plantearse una cuestión incómoda: ¿y si todo eso nunca fue necesario?
Si existe una fuerza creadora —llámese
Cosmo-Poder o de cualquier otra forma—, no parece lógico que haya necesitado
dictar normas en libros escritos por humanos. La propia naturaleza ya contiene
un orden. Cada átomo, cada forma de vida, cada proceso natural responde a leyes
que no necesitan interpretación ni intermediarios. Todo funciona sin necesidad
de dogmas.
El ser humano, sin embargo, decidió apartarse de
ese orden natural. En su intento de organizar la convivencia, creó sistemas
religiosos que prometían algo muy concreto: evitar el caos, frenar la
violencia, dar sentido a la vida y a la muerte. Pero el resultado dista mucho
de ese ideal.
Las religiones introdujeron conceptos como el
pecado y la salvación, el bien y el mal absolutos, el cielo y el infierno. Con
ello no solo se establecieron normas, sino también mecanismos de control
emocional basados en la culpa y el miedo. El individuo dejó de actuar por
comprensión o equilibrio natural y comenzó a hacerlo por temor a castigos
invisibles o promesas futuras.
Ahora bien, el argumento más revelador es este:
la violencia no desapareció. Lejos de ello, la historia demuestra que los
conflictos continuaron —y en muchos casos se intensificaron— tanto con religión
como sin ella. Esto nos obliga a reconocer una verdad incómoda: el problema no
radica exclusivamente en la ausencia o presencia de creencias religiosas, sino
en la propia condición humana.
El ser humano es capaz de crear normas, pero
también de manipularlas. Es capaz de construir sistemas éticos, pero también de
utilizarlos para dominar a otros. En ese contexto, las religiones no han sido
una excepción. Han servido en ocasiones como guía moral y consuelo, pero
también como herramienta de poder.
Frente a esto, surge una idea que muchos
consideran radical: ¿podría el ser humano vivir sin religiones, guiado
únicamente por su naturaleza? A primera vista, parece una regresión. Sin
embargo, los animales no necesitan códigos escritos ni amenazas eternas para
mantener un equilibrio dentro de su entorno. El ser humano, en cambio, ha
complicado su existencia hasta el punto de depender de estructuras que no han
resuelto sus conflictos fundamentales.
Esto no significa que la solución sea eliminar
toda forma de creencia, sino reconocer que ningún sistema —religioso o no— ha
logrado erradicar la violencia ni garantizar la armonía. Quizá el error ha sido
buscar fuera lo que debería construirse desde dentro: una ética basada en la
responsabilidad, la comprensión y el conocimiento, no en el miedo.
En definitiva, si existe un orden universal, este
no necesita ser impuesto por textos ni defendido por instituciones. Ya está
presente en la propia realidad. La cuestión no es si debemos seguir o rechazar
las religiones, sino si somos capaces, como especie, de asumir nuestra
responsabilidad sin necesidad de intermediarios.

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