Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

viernes, 17 de abril de 2026

El Cosmo-Poder, la religión y el fracaso de las normas humanas

 


El Cosmo-Poder, la religión y el fracaso de las normas humanas

Por Bruno Perera

Desde tiempos remotos, el ser humano ha buscado respuestas fuera de sí mismo. Ha levantado templos, ha escrito libros supuestamente sagrados y ha creado sistemas de creencias con la esperanza de entender el mundo y, sobre todo, de ordenar su propia existencia. Sin embargo, cabe plantearse una cuestión incómoda: ¿y si todo eso nunca fue necesario?

Si existe una fuerza creadora —llámese Cosmo-Poder o de cualquier otra forma—, no parece lógico que haya necesitado dictar normas en libros escritos por humanos. La propia naturaleza ya contiene un orden. Cada átomo, cada forma de vida, cada proceso natural responde a leyes que no necesitan interpretación ni intermediarios. Todo funciona sin necesidad de dogmas.

El ser humano, sin embargo, decidió apartarse de ese orden natural. En su intento de organizar la convivencia, creó sistemas religiosos que prometían algo muy concreto: evitar el caos, frenar la violencia, dar sentido a la vida y a la muerte. Pero el resultado dista mucho de ese ideal.

Las religiones introdujeron conceptos como el pecado y la salvación, el bien y el mal absolutos, el cielo y el infierno. Con ello no solo se establecieron normas, sino también mecanismos de control emocional basados en la culpa y el miedo. El individuo dejó de actuar por comprensión o equilibrio natural y comenzó a hacerlo por temor a castigos invisibles o promesas futuras.

Ahora bien, el argumento más revelador es este: la violencia no desapareció. Lejos de ello, la historia demuestra que los conflictos continuaron —y en muchos casos se intensificaron— tanto con religión como sin ella. Esto nos obliga a reconocer una verdad incómoda: el problema no radica exclusivamente en la ausencia o presencia de creencias religiosas, sino en la propia condición humana.

El ser humano es capaz de crear normas, pero también de manipularlas. Es capaz de construir sistemas éticos, pero también de utilizarlos para dominar a otros. En ese contexto, las religiones no han sido una excepción. Han servido en ocasiones como guía moral y consuelo, pero también como herramienta de poder.

Frente a esto, surge una idea que muchos consideran radical: ¿podría el ser humano vivir sin religiones, guiado únicamente por su naturaleza? A primera vista, parece una regresión. Sin embargo, los animales no necesitan códigos escritos ni amenazas eternas para mantener un equilibrio dentro de su entorno. El ser humano, en cambio, ha complicado su existencia hasta el punto de depender de estructuras que no han resuelto sus conflictos fundamentales.

Esto no significa que la solución sea eliminar toda forma de creencia, sino reconocer que ningún sistema —religioso o no— ha logrado erradicar la violencia ni garantizar la armonía. Quizá el error ha sido buscar fuera lo que debería construirse desde dentro: una ética basada en la responsabilidad, la comprensión y el conocimiento, no en el miedo.

En definitiva, si existe un orden universal, este no necesita ser impuesto por textos ni defendido por instituciones. Ya está presente en la propia realidad. La cuestión no es si debemos seguir o rechazar las religiones, sino si somos capaces, como especie, de asumir nuestra responsabilidad sin necesidad de intermediarios.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario