Si es cierto que el universo tiene la edad de unos 15 mil
millones de años luz, entonces nacimos después de haber estado dormidos todo
ese tiempo entre las partes que compone
la Creación.
A cada uno nos toca despertar según nuestro turno de vida, e
igualmente volver a dormir para siempre cuando nos llega la hora del adiós definitivo.
No debemos incordiar a la Naturaleza preguntándole ¿por qué
no podemos vivir eternamente? porque eso es un anhelo imposible que depende de
que todo cuanto se integra se vuelve a desintegrar durante el proceso evolutivo,
y no hay manera de cambiar el rumbo inicial que tuvo lugar allá en la NADA.
A la vida, aunque nos haya dado felicidad y tristeza, o sólo
felicidad o sólo tristeza, hay que entenderla como un premio regalo que nos
tocó sin haber comprado números de su gran lotería, y que nos llegará la hora de dormir para siempre porque en la cola del
despertar hay otros que también han sido agraciados con números premiados para
ver la luz. Y así sigue la frecuencia de despertar, vivir y dormir eternamente.
La muerte es un sueño profundo eterno que pone fin a todas
las vanidades que hayamos ilusionado y creado en este mundo, y postre ese final
no hay Infierno ni Cielo esperando por quienes se van a dormir perpetuamente.
Por ello las religiones son unas veces el Infierno y otras el
Cielo para quienes se hacen esclavos de ellas, pero asimismo es riqueza para
quienes las propagan, aunque todos vayan en la expiración al mismo dormir
eterno.
Y al final de todo entendemos que La NADA nos dio luz
mientras llorábamos, y la NADA nos engullirá en la oscuridad según nos vamos en
silencio. A eso le llamamos vida y muerte, o proceso natural evolutivo, -toda
una gracia que nos concede la NADA-.
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