Rancho Texas - Puerto del Carmen - Lanzarote

domingo, 7 de agosto de 2016

Por Bruno Perera. Artículo de opinión. El temor a la muerte no es más que no querer volver a dormir para siempre.


Si es cierto que el universo tiene la edad de unos 15 mil millones de años luz, entonces nacimos después de haber estado dormidos todo ese tiempo entre las partes que  compone la Creación.

A cada uno nos toca despertar según nuestro turno de vida, e igualmente volver a dormir para siempre cuando nos llega la hora del adiós definitivo.

No debemos incordiar a la Naturaleza preguntándole ¿por qué no podemos vivir eternamente? porque eso es un anhelo imposible que depende de que todo cuanto se integra se vuelve a desintegrar durante el proceso evolutivo, y no hay manera de cambiar el rumbo inicial que tuvo lugar allá en la NADA.

A la vida, aunque nos haya dado felicidad y tristeza, o sólo felicidad o sólo tristeza, hay que entenderla como un premio regalo que nos tocó sin haber comprado números de su gran lotería, y que nos llegará la hora  de dormir para siempre porque en la cola del despertar hay otros que también han sido agraciados con números premiados para ver la luz. Y así sigue la frecuencia de despertar, vivir y dormir eternamente.

La muerte es un sueño profundo eterno que pone fin a todas las vanidades que hayamos ilusionado y creado en este mundo, y postre ese final no hay Infierno ni Cielo esperando por quienes se van a dormir perpetuamente.

Por ello las religiones son unas veces el Infierno y otras el Cielo para quienes se hacen esclavos de ellas, pero asimismo es riqueza para quienes las propagan, aunque todos vayan en la expiración al mismo dormir eterno.

Y al final de todo entendemos que La NADA nos dio luz mientras llorábamos, y la NADA nos engullirá en la oscuridad según nos vamos en silencio. A eso le llamamos vida y muerte, o proceso natural evolutivo, -toda una gracia que nos concede la NADA-.


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