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martes, 7 de julio de 2026

El supuesto Dios Padre Jehová, Dios o Alá no cuida de nadie en la Tierra ni en el universo, aunque se le añada el libre albedrío

 


El supuesto Dios Padre Jehová, Dios o Alá no cuida de nadie en la Tierra ni en el universo, aunque se le añada el libre albedrío

Por Bruno Perera

Desde hace miles de años, millones de personas creen que existe un Dios todopoderoso que vela por la humanidad. Lo llaman Jehová, Dios, Alá o con otros nombres, según la religión que profesen. Sin embargo, cuando observamos la realidad del mundo con una mirada crítica, surge una pregunta difícil de eludir: ¿dónde está ese cuidado divino del que hablan las religiones?

La historia de la Tierra está escrita con terremotos, erupciones volcánicas, tsunamis, inundaciones, sequías, epidemias, guerras y hambrunas. No se trata de hechos aislados, sino de una constante que ha acompañado a la humanidad desde sus orígenes.

Un ejemplo especialmente dramático fue el terremoto de Lisboa del 1 de noviembre de 1755. Aquel día, mientras miles de personas asistían a misa con motivo del Día de Todos los Santos, un violento terremoto derrumbó iglesias repletas de fieles. Después llegó un tsunami y, finalmente, los incendios terminaron de destruir buena parte de la ciudad. Murieron decenas de miles de personas. Si Dios protegía a quienes rezaban, aquel día no pareció hacerlo.

A ello se suman las innumerables guerras que han asolado el planeta. Desde las antiguas civilizaciones hasta los conflictos actuales, cientos de millones de seres humanos han muerto a causa de la violencia. Entre las víctimas ha habido creyentes de todas las religiones, personas inocentes, niños y ancianos. Todos rezaban a un Dios que, según cada tradición, los protegía.

Pero la naturaleza tampoco distingue entre creyentes y no creyentes. Un simple mosquito puede transmitir enfermedades que, según diversas estimaciones, han causado miles de millones de muertes a lo largo de la historia. Como suele señalarse, los mosquitos podrían haber sido responsables de la muerte de cerca de la mitad de todos los seres humanos que han existido. Y, por supuesto, no preguntan qué religión profesa la persona a la que pican. Del mismo modo, un terremoto no rodea una iglesia para evitar que se derrumbe, ni un tsunami se detiene ante un templo, una mezquita o una sinagoga.

Ante estas objeciones, muchas personas apelan al llamado «libre albedrío». Argumentan que Dios permite las guerras porque respeta la libertad humana. Esa explicación puede intentarse aplicar a los actos de las personas, pero resulta mucho más difícil utilizarla para justificar terremotos, tsunamis, enfermedades transmitidas por insectos, cánceres infantiles o desastres naturales. Ninguno de esos fenómenos depende de una decisión libre del ser humano.

Si Dios es omnipotente y omnisciente, conoce cada tragedia antes de que ocurra y tendría poder para impedirla. Si, además, es infinitamente bueno, cabría esperar que evitara, al menos, el sufrimiento de quienes no han hecho daño a nadie. Sin embargo, la realidad observable muestra que las catástrofes naturales y muchas enfermedades afectan indiscriminadamente a toda clase de personas.

Algunos creyentes sostienen que existe un propósito que los seres humanos no alcanzamos a comprender. Es una respuesta respetable desde la fe, pero que no puede verificarse mediante la observación ni el razonamiento empírico. Otros consideran que el mundo funciona conforme a las leyes de la naturaleza y que esas leyes explican los fenómenos sin necesidad de atribuirles una intervención sobrenatural. En mi opinión, muchos no tienen en cuenta que terremotos, maremotos y otros fenómenos naturales forman parte de la dinámica geológica de la Tierra. Nuestro planeta está en constante evolución, y el movimiento de las placas tectónicas, junto con otros procesos naturales, produce cambios que, en ocasiones, provocan grandes catástrofes, además de favorecer la aparición y propagación de determinadas plagas y enfermedades.

Quizá el mayor desafío para las religiones no sea demostrar que Dios existe, sino explicar de forma convincente por qué un ser todopoderoso y perfectamente bueno permitiría un universo en el que el sufrimiento parece formar parte de su funcionamiento cotidiano.

Cada persona es libre de responder a esta cuestión según sus convicciones. Unos encontrarán respuestas en la fe; otros, en la filosofía; otros, en la ciencia. Lo que parece indiscutible es que la historia de la Tierra muestra un mundo en el que la naturaleza y las acciones humanas producen tragedias sin distinguir credos, nacionalidades ni inocencia.

 

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