
El cine de Jaime Rosales había vivido de espaldas a los espectadores. Sus películas, exigentes, únicas y hasta radicales (todavía se recuerdan los abucheos a Tiro en la cabeza en el Kursaal de San Sebastián), no pensaban en la audiencia, eran el resultado de una mirada única y personal, de un autor que hasta convenció a los Goya con un filme como La soledad, y al que Cannes invita siempre -aunque todavía no haya entrado en su Sección Oficial.
Con semejantes mimbres, Rosales podía haber vivido en la comodidad, en saber que hiciera lo que hiciera habría alguien que leprodujera su obra, a pesar de que luego la fueran a ver cuatro gatos en salas españolas. Pero él mismo se dio cuenta de que fallaba algo. Tras firmar uno de los mejores retratos adolescentes del cine español reciente, Hermosa juventud, el director se sometió a un examen hecho por el peor juez posible: él mismo. El resultado fue que no podía vivir tan alejado del espectador, tenía que hacer cine para ellos sin renunciar a su estilo.
Para ello decidió contratar a dos guionistas que le ayudaran con su nueva película.
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