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miércoles, 22 de julio de 2026

¿Los calendarios basados en acontecimientos religiosos están algo locos?

 


¿Los calendarios basados en acontecimientos religiosos están algo locos?

Por Bruno Perera

Vivimos rodeados de calendarios y los utilizamos a diario sin preguntarnos de dónde salen sus fechas. Sin embargo, cuando se comparan entre sí y con los conocimientos científicos actuales, da la impresión de que los calendarios están algo locos.

La cosmología nos dice que el universo nació hace aproximadamente 13.800 millones de años con el Big Bang, y el tiempo a partir del mismo. La geología, por su parte, sitúa el origen de la Tierra hace unos 4.540 millones de años. Estas cifras están respaldadas por observaciones astronómicas, el estudio de la expansión del universo y la datación radiométrica de las rocas más antiguas.

Pero cuando abrimos un calendario encontramos números completamente distintos.

El calendario gregoriano nos dice que estamos en el año 2026. El calendario judío sitúa el año actual alrededor del 5786, pues comienza a contar desde la fecha tradicional de la creación del mundo según la cronología bíblica. El calendario islámico, basado en la Hégira —la emigración de Mahoma de La Meca a Medina en el año 622 de nuestra era—, se encuentra aproximadamente en el año 1448 y, además, utiliza años lunares, por lo que no avanza al mismo ritmo que el calendario solar.

Todos ellos están contando el mismo tiempo, pero cada uno decidió empezar la cuenta desde un acontecimiento distinto. En realidad, ninguno mide la edad del universo ni de la Tierra; simplemente establecen un punto de referencia cultural o religioso.

Sin embargo, la historia se vuelve aún más curiosa cuando hablamos del calendario gregoriano.

Tradicionalmente se ha considerado que Jesucristo nació en el año 1 d.C. No obstante, numerosos historiadores y biblistas sostienen que esa fecha fue calculada con un error de varios años cuando el monje Dionisio el Exiguo estableció la era cristiana en el siglo VI.

La mayoría de los investigadores sitúa hoy el nacimiento de Jesús entre los años 6 y 4 antes de Cristo, principalmente porque los Evangelios indican que nació durante el reinado de Herodes el Grande, fallecido en el año 4 a. C.

Existe además otra interesante hipótesis recogida en la obra A Commentary on Holy Scriptures, redactada hace unos 72 años para el Vaticano por unos 50 teólogos canadienses. Según esta interpretación, Jesucristo habría nacido hacia el 7 a. C., durante el gobierno romano de Cayo Sencio Saturnino, gobernador de Siria entre aproximadamente los años 9 y 6 a. C. Aunque esta propuesta no representa un consenso universal entre los historiadores, constituye una reconstrucción cronológica estudiada y debatida.

Si esa hipótesis fuese correcta, el calendario cristiano tendría un desfase de unos siete años. Dicho de otra forma, si contáramos los años desde el nacimiento histórico de Jesús, actualmente no estaríamos en el año 2026, sino aproximadamente en el 2033.

Lo curioso es que este posible error no ha impedido que el calendario gregoriano con sus conquistas religiosas y hegemonía en diferentes países se convirtiera en el sistema de datación más utilizado del planeta. Millones de documentos, leyes, contratos, acontecimientos históricos y registros científicos siguen utilizándolo porque modificarlo hoy sería prácticamente imposible.

En realidad, los calendarios no están locos; simplemente reflejan distintas formas en que la humanidad ha querido organizar el tiempo. La ciencia mide la edad del universo y de la Tierra mediante evidencias físicas. Las religiones y las civilizaciones eligieron acontecimientos simbólicos para comenzar su propia cuenta de los años.

Quizá la mejor conclusión sea que el tiempo es uno solo, pero los seres humanos lo contamos de maneras muy diferentes. Mientras el universo continúa su viaje desde hace 13.800 millones de años, nosotros seguimos discutiendo si estamos en el año 2026, 5786, 1448… o quizá, históricamente hablando, en el 2033.

Después de todo, el tiempo no cambia; lo único que cambian son los calendarios con los que decidimos medirlo.

 

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