Si
el universo no existiera: la orfandad de la Nada y el silencio de Dios
Por
Bruno Perera
Imaginar la
inexistencia del universo no es un simple ejercicio de fantasía, sino un salto
al límite mismo del pensamiento. Todo lo que conocemos —la materia, el tiempo,
el espacio, la vida, la conciencia— está contenido dentro de eso que llamamos
universo. Si lo eliminamos, no queda un “vacío” en el sentido físico, sino algo
mucho más radical: la ausencia absoluta de todo. Ni siquiera el vacío
existiría, porque el vacío ya es algo.
Entonces,
¿qué quedaría?
La respuesta
más honesta es inquietante: no quedaría nada. Pero ese “Nada” no es un espacio
oscuro, ni un silencio profundo, ni una extensión infinita sin estrellas. Es la
negación de cualquier posibilidad de ser. No habría tiempo en el que
transcurriera esa Nada, ni lugar donde situarla. No habría antes ni después. No
habría leyes, ni energía, ni siquiera la posibilidad de que algo pudiera llegar
a existir.
A esa Nada
podríamos llamarla “huérfana”, pero incluso ese adjetivo resulta insuficiente.
La orfandad implica la pérdida de algo previo, una relación rota. Sin universo,
no habría habido nunca vínculo alguno, ni origen, ni ruptura. Sería una Nada
sin historia, sin memoria, sin posibilidad de evocación.
Ahora bien,
en ese escenario extremo surge inevitablemente la gran pregunta: ¿dónde estaría
Dios?
Si
entendemos a Dios como un ser creador, su propia definición parece exigir la
existencia de algo creado. Sin creación, Dios quedaría reducido a una potencia
sin acto, a una posibilidad eterna que nunca se realiza. Pero si Dios es
absoluto, no dependería de la existencia del universo para ser. En ese caso,
Dios no estaría “en” ningún lugar, porque no habría lugar alguno. Sería,
simplemente, el Ser sin escenario, sin manifestación, sin reflejo.
Aquí aparece
una paradoja profunda: un Dios sin universo sería un Dios sin testimonio, sin
relación, sin historia. Y eso nos lleva a preguntarnos si la creación no es, en
cierto modo, la forma en que lo divino se expresa, se revela o incluso se
reconoce a sí mismo.
¿Y nosotros?
Sin
universo, nosotros no solo no existiríamos, sino que tampoco habría posibilidad
alguna de que existiéramos. No seríamos ni siquiera un pensamiento latente, ni
una idea en espera. Nuestra ausencia sería total, radical, incuestionable. No
habría conciencia que pudiera preguntarse por su propia inexistencia.
Y sin
embargo, el hecho de que podamos formular esta pregunta es, en sí mismo, una
evidencia poderosa: existimos dentro de algo que permite la pregunta, la duda,
la reflexión. La Nada Absoluta no permite ni siquiera el planteamiento de la Nada.
Quizás,
entonces, el verdadero misterio no sea imaginar la inexistencia del universo,
sino comprender por qué existe algo en lugar de Nada.
Porque la Nada,
por definición, no tiene capacidad de generar algo. Y, sin embargo, aquí
estamos: en un universo lleno de estructuras, leyes, vida y conciencia. Un
universo que no solo existe, sino que se interroga sobre su propia existencia.
Tal vez la Nada
Absoluta sea una imposibilidad lógica, y la existencia —de alguna forma— sea
inevitable. O tal vez la Nada sí sea posible, pero hemos tenido la improbable
fortuna de no estar en ella.
En ese
sentido, el universo no sería solo un escenario físico, sino una especie de
excepción cósmica: una grieta en la Nada, un acontecimiento improbable, una
afirmación frente al vacío absoluto.
Y si Dios
existe, quizás no esté fuera del universo ni separado de él, sino íntimamente
ligado a su existencia misma: como causa, como fundamento, o como el misterio
último que hace que haya algo en lugar de Nada.
Así, más que
preguntarnos dónde estaría Dios sin universo, podríamos invertir la cuestión:
¿es el universo, en sí mismo, la huella de lo divino en medio de la Nada
imposible?
Porque
mientras haya algo —aunque sea una sola conciencia que se hace preguntas— la Nada
Absoluta ya ha sido derrotada.

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