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sábado, 11 de abril de 2026

Si el universo no existiera: la orfandad de la Nada y el silencio de Dios

 


Si el universo no existiera: la orfandad de la Nada y el silencio de Dios

Por Bruno Perera

Imaginar la inexistencia del universo no es un simple ejercicio de fantasía, sino un salto al límite mismo del pensamiento. Todo lo que conocemos —la materia, el tiempo, el espacio, la vida, la conciencia— está contenido dentro de eso que llamamos universo. Si lo eliminamos, no queda un “vacío” en el sentido físico, sino algo mucho más radical: la ausencia absoluta de todo. Ni siquiera el vacío existiría, porque el vacío ya es algo.

Entonces, ¿qué quedaría?

La respuesta más honesta es inquietante: no quedaría nada. Pero ese “Nada” no es un espacio oscuro, ni un silencio profundo, ni una extensión infinita sin estrellas. Es la negación de cualquier posibilidad de ser. No habría tiempo en el que transcurriera esa Nada, ni lugar donde situarla. No habría antes ni después. No habría leyes, ni energía, ni siquiera la posibilidad de que algo pudiera llegar a existir.

A esa Nada podríamos llamarla “huérfana”, pero incluso ese adjetivo resulta insuficiente. La orfandad implica la pérdida de algo previo, una relación rota. Sin universo, no habría habido nunca vínculo alguno, ni origen, ni ruptura. Sería una Nada sin historia, sin memoria, sin posibilidad de evocación.

Ahora bien, en ese escenario extremo surge inevitablemente la gran pregunta: ¿dónde estaría Dios?

Si entendemos a Dios como un ser creador, su propia definición parece exigir la existencia de algo creado. Sin creación, Dios quedaría reducido a una potencia sin acto, a una posibilidad eterna que nunca se realiza. Pero si Dios es absoluto, no dependería de la existencia del universo para ser. En ese caso, Dios no estaría “en” ningún lugar, porque no habría lugar alguno. Sería, simplemente, el Ser sin escenario, sin manifestación, sin reflejo.

Aquí aparece una paradoja profunda: un Dios sin universo sería un Dios sin testimonio, sin relación, sin historia. Y eso nos lleva a preguntarnos si la creación no es, en cierto modo, la forma en que lo divino se expresa, se revela o incluso se reconoce a sí mismo.

¿Y nosotros?

Sin universo, nosotros no solo no existiríamos, sino que tampoco habría posibilidad alguna de que existiéramos. No seríamos ni siquiera un pensamiento latente, ni una idea en espera. Nuestra ausencia sería total, radical, incuestionable. No habría conciencia que pudiera preguntarse por su propia inexistencia.

Y sin embargo, el hecho de que podamos formular esta pregunta es, en sí mismo, una evidencia poderosa: existimos dentro de algo que permite la pregunta, la duda, la reflexión. La Nada Absoluta no permite ni siquiera el planteamiento de la Nada.

Quizás, entonces, el verdadero misterio no sea imaginar la inexistencia del universo, sino comprender por qué existe algo en lugar de Nada.

Porque la Nada, por definición, no tiene capacidad de generar algo. Y, sin embargo, aquí estamos: en un universo lleno de estructuras, leyes, vida y conciencia. Un universo que no solo existe, sino que se interroga sobre su propia existencia.

Tal vez la Nada Absoluta sea una imposibilidad lógica, y la existencia —de alguna forma— sea inevitable. O tal vez la Nada sí sea posible, pero hemos tenido la improbable fortuna de no estar en ella.

En ese sentido, el universo no sería solo un escenario físico, sino una especie de excepción cósmica: una grieta en la Nada, un acontecimiento improbable, una afirmación frente al vacío absoluto.

Y si Dios existe, quizás no esté fuera del universo ni separado de él, sino íntimamente ligado a su existencia misma: como causa, como fundamento, o como el misterio último que hace que haya algo en lugar de Nada.

Así, más que preguntarnos dónde estaría Dios sin universo, podríamos invertir la cuestión:
¿es el universo, en sí mismo, la huella de lo divino en medio de la Nada imposible?

Porque mientras haya algo —aunque sea una sola conciencia que se hace preguntas— la Nada Absoluta ya ha sido derrotada.

 

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