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viernes, 17 de abril de 2026

Ni culpables ni inocentes: la trampa del pasado en el debate sobre Hispanoamérica

 


Ni culpables ni inocentes: la trampa del pasado en el debate sobre Hispanoamérica

Por Bruno Perera

En los últimos años se ha extendido un discurso que atribuye a los españoles actuales la responsabilidad moral de los abusos cometidos durante la conquista y colonización de América. Este planteamiento puede entenderse desde una sensibilidad contemporánea hacia las injusticias históricas, pero es débil desde el punto de vista lógico y problemático desde el punto de vista jurídico y moral.

La idea fundamental es clara: la culpa no se hereda. La responsabilidad moral exige acción, intención y contexto. Ningún individuo puede ser considerado responsable de hechos ocurridos siglos antes de su nacimiento. Confundir pertenencia colectiva con culpabilidad personal rompe uno de los principios básicos de cualquier sistema ético moderno: la responsabilidad es individual, no transmisible por sangre, nación o identidad cultural.

Ahora bien, rechazar la culpa heredada no implica negar los hechos históricos. La expansión de la Monarquía Hispánica en América fue un proceso complejo, que incluyó violencia, sometimiento y explotación en numerosos territorios. Negarlo sería tan incorrecto como reducir todo el proceso a un relato simplificado de opresores y víctimas sin matices.

De hecho, dentro del propio mundo hispánico del siglo XVI surgieron voces críticas relevantes. Bartolomé de las Casas denunció con firmeza los abusos contra los pueblos indígenas, y sus escritos influyeron en la elaboración de las Leyes de Indias, uno de los primeros intentos de establecer marcos normativos para limitar la violencia colonial. Su aplicación fue desigual y muchas veces insuficiente, pero su existencia muestra que el debate moral no fue ajeno a aquella época.

Junto a ello, la presencia española en América no se redujo exclusivamente a la explotación. Se fundaron instituciones educativas tempranas, como la Universidad de San Marcos (1551) o la de Santo Tomás de Aquino (1538), y se configuraron ciudades de nueva planta que con el tiempo se convirtieron en centros políticos, económicos y culturales de enorme relevancia. Asimismo, se produjo un proceso de mestizaje complejo, nacido en un contexto desigual, pero que dio lugar a nuevas identidades culturales que hoy forman parte esencial de Hispanoamérica.

Todo ello no elimina los abusos ni los desequilibrios de poder, pero obliga a rechazar las interpretaciones lineales que reducen siglos de historia a un único esquema moral.

Con el paso del tiempo, además, una parte significativa del poder en América pasó a manos de élites criollas nacidas en el propio continente. Por ello, las independencias del siglo XIX no pueden interpretarse únicamente como una confrontación entre una metrópoli opresora y pueblos colonizados. En muchos casos fueron también conflictos internos por el control político, económico y territorial, con alianzas variables entre sectores criollos, peninsulares e incluso clero local, dependiendo de cada región.

Reducir la conquista a un crimen absoluto o las independencias a una liberación pura conduce, en ambos casos, a una simplificación histórica que empobrece la comprensión del proceso.

En este marco suele mencionarse el caso de Canarias como comparación histórica. El archipiélago vivió su propia conquista en el siglo XV e integró posteriormente el sistema atlántico que conectó Europa, África y América. Sin embargo, trasladar hechos de ese periodo a categorías de culpabilidad contemporánea no tiene sentido histórico ni moral. Los canarios actuales no son responsables de aquellos acontecimientos, del mismo modo que ningún pueblo actual lo es de los procesos imperiales del pasado.

En el fondo, el problema no es la memoria histórica, sino su uso selectivo como herramienta de confrontación política. Cuando la historia se convierte en un instrumento para asignar culpas colectivas actuales, pierde su función principal: ayudar a comprender cómo se construyeron los procesos humanos en toda su complejidad.

Una sociedad madura no es la que se declara culpable de lo que no hizo, ni la que niega lo que ocurrió, sino la que es capaz de mirar su pasado con rigor, reconociendo luces y sombras sin convertir la historia en un juicio permanente contra el presente.

Vídeo del historiador profesor Zunzunegui: https://www.bing.com/videos/riverview/relatedvideo?q=videos+de+juan+miguel+zunzunegui&&mid=6D26BAE753B07E3E6F076D26BAE753B07E3E6F07&churl=https%3a%2f%2fwww.youtube.com%2fchannel%2fUCiMy7rO-xbaW6JE89daxq8Q&FORM=VAMGZC

 

 

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